¿La tentación rojiparda? La eterna crítica de los indiferentes

Un tal Emmanuel Rodríguez, partícipe de la Fundación de los Comunes y el Instituto para la Democracia y el Municipalismo ha publicado en el espacio CTXT del diario Público un artículo titulado La tentación rojiparda. Este artículo pretende servir de puntilla intelectual como apertura del debate duro frente a la izquierda soberanista que parece emerger en estos últimos años. Sólo pretende, digo bien.

Emmanuel se explaya en su artículo hablando de esa nueva corriente en la izquierda, esa amalgama indefinida hoy por hoy (hace falta una nueva Internacional), más dura con la inmigración, contraria a la globalización capitalista y a que las grandes fortunas elijan a dedo a los cabezas de la izquierda nacional. El bohemio autor del artículo que me sienta a escribir esto la define ya desde el primer momento como algo formado por «viejos y nuevos estalinistas». Y después de un párrafo despotricando sobre la inexistencia de la «clase trabajadora» llega al eureka de su artículo: acuñar el «rojipardismo» para denominar a esta corriente de la izquierda europea que va tomando fuerza.

Lo que subyace a esa lógica que lleva años hegemonizando los debates internos de la izquierda, desde el PCE hasta el PSOE o las interminables escisiones comunistas entre otros partidos de menor nombre, es lo que Daniel Bernabé ha intentado explicar sin mucha pretensión de arreglar en su libro «La trampa de la diversidad»¿hay una clase obrera de intereses homogéneos?

Así, en la izquierda de este siglo tenemos a los más obreristas por un lado, que afirmamos la existencia de una clase obrera de intereses estandarizables a toda ella; y en frente, a estos indiferentes o pasotas bohemios de la izquierda de las minorías, que hablan de que no existe eso de la «clase obrera nacional» y la cambian por unos «pobres reales». Parece que el amigo se ha olvidado de que España es uno de los países de «Occidente» con más trabajadores pobres. Según estos valientes defensores de los desvalidos, debe ser que nos pesa más el llevar gafas o ser morenitos que la explotación por el trabajo asalariado. Pues bueno.

Mi aporte mínimo como reflexión propia va por ese camino, el de la homogeneidad. Está bien saber que la clase obrera no es homogénea (nunca lo ha sido), pero mejor está entender que tenemos aspiraciones e intereses iguales, que son los que nos convierten en clase obrera. Porque no tenemos nada en común con los autoidentificados como revolucionarios (de pega) más que el compartir el mismo espacio físico cuando vienen a los barrios obreros a intentar aleccionarnos en qué hacer. Hola, Mayo del 68. Por lo demás, cualquiera que crea derivar del marxismo debería saber que no se ha hablado jamás de una clase obrera homogénea, sino que se ha hablado y escrito que, consiguiendo la emancipación de esta clase obrera de particularidades y contradicciones infinitas, las demás opresiones también acabarían por cesar. Y si no se lo creen eviten criticármelo a mí, váyanse a los textos marxistas clásicos y les responden a ellos.

Pero pasemos ya a lo más pretendidamente material de su artículo, que no deja de ser la misma crítica aburrida al obrerismo que lleva haciendo la izquierda de Universidad desde que me ha interesado la política: lo de defender a la clase obrera nacional «así sin más» es un poco nazi. Porque eso de defender a la clase obrera lo hacen también los falangistas y los nazis. De ahí el «rojipardismo» que se inventa este señor. Puede que este problema venga de que estos intelectuales pequen en verdad de haberse tragado el típico discurso hitleriano, por esa manía que tienen de darle tanta importancia al «discurso» y al «relato» frente al materialismo y la acción. Otro argumento más para llamarlos indiferentes. 

Nos habla Emmanuel del proteccionismo frente a la globalización, y de la búsqueda de «arrancar posiciones económicas, pero también políticas«, porque «para Trump defender unos miles de empleos en las cadenas de montaje del Medio Oeste, es tanto como asentar parte de su base electoral«. Se supone que este es su mejor argumento: querer asegurar los puestos de trabajo nacionales es muy de derechistas. Otra vez. ¿Por qué? Porque Trump y Salvini. No se da cuenta de que esa es la lógica electoralista de las democracias burguesas: ellos defienden a las minoráis esperando ganar su apoyo en las elecciones, y las nuevas corrientes soberanistas esperan ganar el apoyo de la clase obrera atendiendo a sus intereses. Espero que lo vayan viendo y entren también al debate público. Y siguiendo con lo de antes, así, en vez de intentar entender y responder desde la izquierda institucional y callejera a la desesperada necesidad de la clase obrera de mantener su empleo (vaya locura filofascista) por la deslocalización (Decreto Dignidad…) y la agresividad del globalismo, nos dicen desde la altura intelectualoide que esto es hacerle «el caldo gordo» a la extrema derecha.

Por cierto. Voy a citar íntegramente una parte clave del artículo:

«El rojipardismo (…) Nos insiste en que ser hoy anticapitalista es ser anticosmopolita y antiglobalista, y nos propone una vuelta al Estado nación, a la protección soberana de los mercados nacionales regulados bajo un protector sistema público de bienestar. En esta fantasía, el verdadero internacionalismo es aquel que consiste en proponer planes de desarrollo a los países de emigración: un 0,7% hinchado de buenas intenciones, pero con un férreo control de fronteras. Su escenario ideal es el de cada uno en su país dedicado a forjar la prosperidad nacional. Tal es el delirio.»

Así, tan sutilmente y probablemente sin darse cuenta, plasma el señor autor los más importantes puntos de la nueva corriente soberanista/obrerista: la inmigración, la solución a la pobreza más allá del Mediterráneo o del Atlántico, y los problemas de identidad nacional con el internacionalismo, problemas que nos llevan a una durísima pregunta: ¿en qué se convierte la izquierda si la hacemos defensora únicamente de los intereses de la clase obrera nacional? Pregunta que, por cierto, necesita un debate importantísimo, que probablemente defina la división de la izquierda en este siglo XXI que se va marcando. Siguiendo, Emmanuel vuelve aquí a dejar ver la inutilidad y esa indiferencia moral que les caracteriza (que él mismo caricaturiza sin querer hablando de «la superioridad moral que caracteriza al progresismo«), porque aspiran a mantener su posición de altura intelectual sin hacer frente a los retos de las crisis de producción y el estancamiento de la productividad, los choques culturales y económicos de la lucha por el mismo puesto de trabajo no cualificado (a este señor no se lo van a quitar ni los «pobres reales» ni los nacionales), y ni siquiera han pensado cómo hacer frente al nuevo imperialismo que se viene (de China en África y en América Latina) o a la decadencia de la Unión Europea al servicio del capital estadounidense y saudí. Porque ya me dirán cómo van a defenderse los pueblos de África de ese imperialismo chino, por ejemplo, si no es con soberanía y obrerismo.

No sabemos quién ganará la batalla dialéctica o la electoral (el Aufstehen de Wagenknecht pinta mínimamente victorioso), pero lo que está claro es que, simple y llanamente, esta lógica de los indiferentes, catastróficamente hegemónicos en la izquierda hasta ahora, le van viendo las orejas al lobo obrerista en el debate nacional e internacional. Veremos qué pasa.

Politólogo por la USAL.
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