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La Identidad, algo inserviblemente necesario

Cuando pensamos en la identidad, es difícil desprenderse de los lastres que acompañan a ese concepto, ya que inevitablemente relacionamos esa idea con lo sólido, lo histórico, lo importante y lo duradero. En este sentido, la palabra identidad crea y es realidad, no podemos deshacernos de ella debido a que ha sido asumida y construida por nosotros desde que somos conscientes de nuestro entorno. De esta manera, la identidad no tiene el mismo sentido en un contexto histórico que en otro, pero la palabra no desaparece, sigue manteniéndose ahí independientemente del sentido que se le dé.

Visto así, las identidades sirven como puntos de adhesión temporal a posiciones subjetivas, posiciones que el sujeto está obligado a tomar a la vez que sabe que se trata de una representación construida a través del lugar del otro. Cualquier término y su identidad se construye a través de su relación con el otro, su afuera constitutivo, lo que no se es; creando así un juego constante de antagonismos. Según Laclau la constitución de una identidad lleva a cabo un acto de poder, lleva a cabo una objetivación para afirmarse, creando al otro como un accidente: hombre/mujer, blanco/negro, rico/pobre… Además, como analiza Haraway en “El Manifiesto Cyborg” (1984), se habla de patriarcado, colonialismo, esencialismo y naturalismo debido a que permiten la formación de dualismos antagónicos para dominar a las mujeres, la gente de color, la naturaleza, los trabajadores, los animales… Todos los llamados otros desde una perspectiva androcentrista europea, la predominante en occidente a lo largo de su historia.

Por otro lado, la identidad también puede representar un símbolo de estabilidad, permanencia, limpieza y orden. En este caso, se utiliza mucho el imaginario de lo propio-limpio, lo propio y limpio es lo mismo; lo mío es limpio y propio, mientras que lo otro es sucio e impropio. Un claro ejemplo de ello, es la concepción de limpieza y orden que se utilizaba durante la Alemania Nazi para reafirmar constantemente esa identidad: Sujeto alemán, trabajador, ario, propio y limpio; y sujeto inferior, no alemán, no ario, vago, impropio, y por lo tanto sucio. En definitiva, cabe decir que no hay identidad sin coherencia, duración o indivisibilidad; ya que los procedimientos de racionalización de la identidad se dan a través de construcciones científicas e históricas. Las representaciones científicas sirven como dispositivos de representación del mundo los cuales se convierten en sociedad, como por ejemplo los mapas. Un mapa es una representación científica de un territorio del cual puede haber múltiples representaciones dependiendo del punto de vista que se adopte. Dicho esto, el punto de vista científico es el que siempre se ha impuesto con fuerza sobre el resto, llegando así a crear los mapas a través de los cuales han ido evolucionando las distintas sociedades sin ni siquiera cuestionarse la naturaleza de estos, adoptándolos como un saber universal.

Según el sociólogo Anthony D. Smith, las identidades muchas veces se expresan de manera material a través de símbolos como banderas o himnos, cumplen la función de unificar y hacer que se forme parte de un conjunto homogéneo. De la misma manera, a través del historiador Bendict Anderson, podemos ver como se forma una cuadrícula de clasificación que solamente busca controlar dando un único lugar a todas las cosas, homogenizándolas. Entre estas herramientas se encontraba el censo, que etiquetaba a las personas según su etnia o religión, lo cual daba pie a que a veces surgieran lugares de fuga en lo que se situaban las personas que no respondían a ninguna de estas categorías. Estas identidades imaginadas eran bien elaboradas y claras, y es por ello que surgía un sentimiento de intolerancia ante las identificaciones múltiples, borrosas o cambiantes, y entonces para poder aglutinar a todas estas nacía la subcategoría de “otros”.

En el caso del sociólogo jamaicano Stuart Hall, se ve que también pretende demostrar como la cultura europea adquirió fuerza e identidad al ensalzarse a sí misma en contraposición a Oriente, al que consideraba una forma inferior y rechazable de sí misma. En este mismo contexto, Edward Said afirma que la esencia del orientalismo es la distinción entre la superioridad occidental y la inferioridad oriental.  Los europeos se asombraron por la falta de gobierno y de una sociedad civil entre las gentes del nuevo mundo, pero de hecho estas gentes si tenían diversas, muy diferentes y muy elaboradas estructuras sociales, como las de los mayas, aztecas, incas, que eran antiguas y complejas. Estas eran sociedades en marcha, lo que no eran era europeas. Los europeos persistieron en describirlos como indios, uniendo todos los rasgos distintivos y eliminando diferencias en un único estereotipo, todo ello debido a que no entraban dentro de su clasificación o cuadrícula preestablecida. De esta manera, surgió un pensamiento en el cual todo lo que los europeos representaban como atractivo y seductor de los nativos podría ser usado para representar el extremo opuesto, su carácter bárbaro y agresivo. Los europeos tendían cada vez más a ver en América una imagen idealizada o distorsionada de sus propios países y esto hizo que se reforzara el proceso conocido como estereotipación. El mundo es primero dividido simbólicamente en bueno-malo, nosotros-ellos, atractivo-desagradable, civilizado-incivilizado, occidente y el resto; con la intención de crear así una distinción que hegemonice lo que permanece en la parte interior de la frontera, lo reconocido. De esta manera, se establece una dominación a partir de dualismos en la que los pueblos de “el resto” (no occidentales) son solo vistos como cuerpo para así poder deshumanizarlos.

En el caso de este tipo de identidades, el sociólogo Gabriel Gatti afirma que todas las identidades son figuras ordenadas, coherentes, estables como el Estado e indivisibles como el individuo; siempre incontaminadas, siempre en su sitio; nunca sucias ni desordenadas, con nombre, territorio e historia (NTH) claros y visibles. A través de la naturalización del modelo NTH (Nombre, Territorio e Historia), la identidad pasa a entenderse de esta manera y no puede ser entendida fuera de estos parámetros. Este modelo se asocia con dos figuras naturalizadas como el estado-nación o el individuo-ciudadano, etiquetas que suelen venir dadas desde que nacemos, haciéndonos de esta manera, pertenecientes a un estado y participes de una ciudadanía que nos otorgan. Las identidades en la modernidad eran fuertes o fijas y débiles o fluidas. Pero en la posmodernidad, las identidades que antes eran débiles, por ejemplo la identidad de género, ahora son las consideradas fuertes; y las que eran fuertes, por ejemplo la identidad de clase o la identidad familiar, ahora son las consideradas débiles. Es decir, las identidades que antes se consideraban fijas e intactas poco a poco han ido resquebrajándose y viceversa. Gatti continúa analizando cómo el pasado se lee desde las identidades del presente configuradas hoy como estado-nación, se interpreta el pasado como manifestación de nuestras pertenencias actuales, lo que hoy somos y antes éramos. Se trata de identidades que viven entre las identidades fijas, se esconden en ellas para sobrevivir y no son identidades nuevas, sino que se aprovechan de la solidez de las identidades ya existentes. Hoy en día se puede ver claramente este tipo de identidades, las cuales podríamos llamar identidades múltiples, en las que el sujeto pertenece a distintos ámbitos, y no únicamente a uno en concreto: estudiante, empleado, deportista, etc.

Ante la decadencia de una identidad fija, surgen ciertos conceptos que acompañan con adjetivos la palabra identidad para poder expresar que ya no es lo que era antes, conceptos como identidad híbrida o identidades débiles. Por lo tanto, se busca constantemente que la identidad se posicione en algo fijo a través de este tipo de términos definitivos. Por mucho que busquemos nuevas categorías, estas siempre van a estar agarradas a la idea de identidad tradicional, pero sí que son necesarios nuevos conceptos. Según Hall, no nos podemos deshacer de estos conceptos o de dejar de pensar en ellos por mucho que su función principal se haya debilitado. Dice que la identidad es un concepto de este tipo que funciona bajo borradura, es decir, que se trata de una idea que no puede pensarse a la vieja usanza, pero sin la cual ciertas cuestiones clave no pueden pensarse en absoluto.

Cabría reflexionar, en definitiva, sobre qué es lo que queda de identidad cuando esta ya no funciona: sujetos refugiados, animales, mendigos, monstruos, bárbaros… Son personas que se ubican en la frontera tomándola como algo habitable, sujetos en un estado liminal o de liminalidad constante, identidades híbridas, parásitas o fronterizas que al fin y al cabo se encuentran tras esos barrotes que separan lo que está dentro de lo que está fuera. En este sentido como ejemplo se me ocurre uno de los casos que se puede ver a través de la serie de televisión “Britannia” (2018). En esta serie se lleva a cabo un rito de paso en el que la protagonista se hace mujer al adquirir un nuevo nombre, olvidando así su nombre de niña. En el momento exacto en el que la despojan de su nombre de niña, los romanos atacan la aldea y por lo tanto la protagonista se queda sin recibir su nuevo nombre de mujer. Es por ello que, en este sentido, la protagonista existe pero no existe, existe físicamente pero no puede ser nombrada a lo largo de toda la serie por carecer de nombre, situándose de esta manera en una especie de limbo identitario.

Finalmente, puede decirse que la identidad es inserviblemente necesaria, inservible porque solo existe al ser nombrada, pero necesaria para definirnos a nosotros mismos y separarnos de otros. A lo largo de la historia se ha podido ver como diferentes movimientos sociales establecían una identidad totalmente propia con intención de diferenciarse de los demás, pero al final por mucho que se compartan ciertos rasgos nadie puede ser igual así mismo o a otras personas. Levi Strauss hablaba de identidad como algo virtual o invisible que no existe como tal, solo existe al ser nombrada, y nos apoyamos en ello para hablar sobre ciertos aspectos. Se refería a ello como una especie de refugio virtual al que es necesario que nos refiramos para explicar ciertos fenómenos, pero que no tiene jamás existencia real, un límite al que no corresponde ninguna experiencia. Es algo que no existe, pero que si existe en cuanto se puede hablar de ello, existe como fenómeno social, pero no existe en esencia. En definitiva, el lenguaje y el habla son los elementos que hacen posible la identidad.

Por Endika Gómez – @EndiGomez95 en Twitter. Graduado en Sociología y Máster en Modelos y Áreas de Investigación en Ciencias Sociales.

BIBLIOGRAFÍA

  • Anderson, Benedict. (2006). Comunidades imaginadas. Fondo de cultura económica de España.
  • D. Smith, Anthony. (1994). “Tres conceptos de nación”. Revista de Occidente, 161, 7-22.
  • Gatti, Gabriel. (2010). “Algunas anécdotas y un par de ideas para escapar de las ficciones modernas acerca de la identidad colectiva” e-cadernos, 07.
  • Hall, Stuart. (2003). Cuestiones de identidad cultural. Amorrortu
  • Hall, Stuart. (2013). “Occidente y el Resto: discurso y poder” en Discurso y poder en Stuart Hall. pp. 49-112. Huancayo Perú.
  • Lévi-Strauss, C. y Benoist, J. M. (1977). “Conclusion”, en C. Lévi-Strauss (ed.) L’identité. París: Grasset.
  • Said, E.W. (1985). Orientalism: Western Concepts of the Orient. Harmondsworth, England, Penguin.

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