Contra el abstencionismo

La clásica objeción frente a la democracia parlamentaria —votar cada cuatro años no es democracia— parece ajena al caso español: últimamente votamos cada cinco minutos. ¿Todos? No. Una aldea poblada por el 30-40% del electorado se resiste pertinazmente a la parafernalia mediática, los cantos de sirena de los partidos y las exhortaciones lacrimógenas de los representantes políticos. El fantasma de la abstención recorre las democracias occidentales, y a nadie parece asustarle demasiado.

            Durante las próximas semanas seremos testigos —de nuevo— de eventos que hubieran traumatizado a los curtidos replicantes de Blade Runner. ¿Naves ardiendo más allá de Orión? Yo he visto a Aitor Esteban, que tiene fama de serio, desgañitarse gritando “Chuletón Eusko Label” en El Arenal. Teniendo en cuenta que un emotivismo confuso e insoportablemente cursi —las magdalenas de Carmena; aquella campaña, dirigida por él mismo, del País de las sonrisas— parece una parte sustancial del pensamiento político de Errejón, auguro que la presencia de Más País contribuirá a aderezar el espectáculo con cantidades ingentes de almíbar. Por si fuera poco, la insufrible Marta Flich parece haber ascendido a la primera línea del periodismo de cloaca y sonrisilla: ese que Pablo Motos regurgita diariamente a razón de cuatro millones por año. 

            Todos estos hechos, sin embargo, me interesan ahora mismo solo tangencialmente. Porque frente a los discursos grimosos, el ardor patriotero, las promesas huecas y las mentiras desvergonzadas, en rincones más bien inhóspitos de las redes sociales el soniquete proabstencionista acompaña cada proceso electoral. Es, sin duda, un fenómeno subterráneo y carente de incidencia social, del todo desligado de la abstención real. Pero es también más honesto, y a menudo más clarividente, que los llamados partisanos al voto irreflexivo. El abstencionismo crítico aboga por el paso atrás frente a la ideología del accionismo, defiende la impugnación total del sistema frente a las tentativas de maquillaje y propugna la negación como vía de resistencia. En este sentido, comparto todos sus postulados iniciales.

            Sin embargo, considero que, en conjunto, el discurso proabstencionista está equivocado. Lo diré de otro modo: Confieso que he votado. Sin una ilusión rabiosa, sin tremendas esperanzas, sin creer que al día siguiente las listas de espera de Osakidetza se desvanecerían y Florentino Pérez sería expropiado. Pero he votado, y, dado que nadie puede defender seriamente que vota por los efectos concretos de su acción —la utilidad marginal de cada voto es irrisoria— lo hice porque tenía —o al menos creía tener— buenos motivos políticos para hacerlo. Confío en que estos queden delineados a través de una crítica inmanente de los principales argumentos proabstencionistas (esto es, mostrando la incoherencia de su antítesis). Para acometer esta tarea sin centrarme en un autor o colectivo concreto tendré que realizar una reconstrucción racional del argumentario pro-abstencionista. Si lo que resulta es un tipo ideal o un hombre de paja (y espero que sea lo primero), lo decidirá el improbable lector. Noblesse oblige, diré que exculpo a priori a los abstencionistas críticos de uno de los argumentos más insidiosos —y no del todo falsos— en su contra: que no pretenden otra cosa que disimular su insignificancia sumergiéndola en la amplísima abstención, desde el delirante presupuesto (auténtica violencia del pensamiento) de que el conjunto de los abstencionistas comparten secretamente sus posturas (confundiendo la falta de adhesión con el rechazo; y sobredimensionando el potencial emancipador de este último en sus determinaciones concretas), solo que, pobres de ellos, no saben expresarlas ( aquí no es raro que se recurra abusivamente a la jerga dialéctica, con aquello de la clase en-sí y la clase para-sí). Dejemos el hegelianismo (¡o lo que sea!) en paz, y vamos a ello.

Dos consideraciones iniciales

            Adorno señaló en una ocasión que el auténtico pensamiento necesita hoy en día de una cierta desmesura. La hipérbole no implica desmerecer el matiz, sino reconocer que, en ciertos casos, el pensamiento ha de proceder como una bola de demolición para abrir lo que el enfermo sentido común instituye como los márgenes de los posible. Esto no puede ser más cierto. El radicalismo verbal puede ayudar a socavar un terreno, el de la lucha política, que ha sido construido por el enemigo. Sin embargo, si efectivamente desprecia el matiz, la bola de demolición corre el peligro de volverse contra quien la liberó, y el pensamiento deviene en pirotecnia irreflexiva. Un pensamiento construido como una ráfaga de cócteles molotov amenaza con incendiar a quien lo promueve. ¿A qué viene todo esto? A que considero que, a menudo, los defensores de la abstención crítica no están abogando realmente por la abstención, sino que pretenden más bien, suscribiendo gruesamente esa tesis escandalosa, llamar a una reflexión más general —sobre los límites de la transformación política, las fallas de la democracia liberal o la tozuda indiferencia de las leyes del capitalismo frente a nuestras preferencias electorales—. En suma, la posición de estos autores no defiende abstención como tal: más bien señala la insuficiencia del voto y se enzarza contra la ilusión de que la política pueda limitarse a ejercerlo de tanto en cuanto. Me considero próximo a esta tesis, y no le dedicaré más espacio. Lo único que me interesa es lo que llamaré el argumento abstencionista fuerte: aquel que defiende que votar no es meramente irrisorio, sino erróneo, incluso perverso.

            Por otro lado, los abstencionistas críticos a menudo tratan de apuntalar sus argumentos con citas de algunos de los clásicos del marxismo, ya sean el propio Marx, Rosa Luxemburgo o Lenin. Considero que estos devaneos de rabino, siempre en busca de reafirmación en las Santas Escrituras, son ilegítimos y mistificadores. Las citas que defienden una u otra estrategia política no son independientes del contexto en que fueron formuladas: lo contrario es construir un panteón de genios calcificados que grabaron en piedra verdades intemporales. Esto no solo es anti-marxista, anti-leninista y lo que se quiera: también es estúpido. Ni Marx, ni Rosa Luxemburgo, ni Lenin, ni Gramsci, ni ninguno de los clásicos del marxismo de preguerra conocieron nada parecido a las democracias liberales contemporáneas. Sus consignas estratégicas, pensadas para motivar acciones concretas en un contexto determinado, no son aplicables a nuestra situación. Los partidos comunistas y socialdemócratas participaron en las elecciones siempre que estas tuvieron una mínima garantía, y con el perenne beneplácito de sus ideólogos. Así que quienes quieran defender la posición abstencionista fuerte habrán de abjurar de estos juegos de exágetas y tener el valor de predicar en el desamparo, con la sola compañía de los teóricos anarquistas (lo que tampoco es despreciable, desde luego).

“Nada puede cambiarse”

            Nada puede cambiarse desde los cauces electorales: tal es la tesis principal de los abstencionistas críticos —a partir de ahora “los abstencionistas”, a secas—. Nada sustancial, se entiende, puesto que la existencia de ciertos cambios es innegable. Frente a la imposibilidad del cambio auténtico, toda transformación será considerada “cosmética”: maquillaje para embellecer la máquina infernal. Las leyes inexorables del capitalismo derriban mecánicamente las ilusas fantasías de transformación, decapitan gobiernos y mutilan la voluntad popular cuando esta les resulta mínimamente incómoda. Y lo hacen desde su inhumana indiferencia, sin necesidad de grandes seísmos ni golpes de Estado a la antigua usanza —véase el caso griego—. Nada puede cambiarse, y pretender lo contrario encierra falsedad e idiocia. En lo que sigue, llamaré a esto “tesis del no-cambio” o “tesis 1”.

            De ella se deriva otra tesis clave, que llamaré la “tesis de la complicidad” o “tesis 2”. Esta estipula lo siguiente: en tanto que el cambio es imposible, aquellos partidos que actúan como si no lo fuera, alimentando vanas esperanzas, son cómplices del sistema. Parte del problema, por decirlo sencillamente: la pata izquierda del Capital y su poder totalitario.

            De ambas tesis se extrae una conclusión clara: la auténtica lucha política debe darse fuera de los mecanismos de la democracia representativa. La abstención, que es una mera “negación abstracta” ha de dar lugar a una “negación determinada”: la construcción de una alternativa política y social al estéril juego de sombras burgués (llamemos a esto “tesis 3”).

Goteras

            Aplicada a la defensa de la abstención, la “tesis del no-cambio” es problemática por el siguiente motivo: uno puede asumir simultáneamente que un cambio electoral no dará lugar a un cambio sistémico (1) y que, sin embargo, un gobierno que extienda la cobertura sanitaria a los inmigrantes ilegales —por usar la aberrante terminología oficial— es preferible a uno que se la retire (2). Para negar esto último, uno habría de comprometerse con una versión u otra del cuanto peor, mejor. O lo que es lo mismo: cuanto más desnuda y brutal sea la opresión capitalista, más cerca estaremos del cambio auténtico. Y este último argumento —que llamaremos, menuda chapa, la tesis 4— es tan masoquista como endeble. Básicamente, carece de cualquier criterio de validación (aun es más: la evidencia empírica parece desmentirlo plenamente). Es una mezcla de puro voluntarismo y gelidez moral, en la que se adivina el sadismo inconsciente de quien desea ver el mundo derrumbarse para confirmar su postura —al estilo de aquellos etarras más o menos mitológicos que fantaseaban con volar San Mamés—. Como señalara Pierre Bourdieu sobre ciertos intelectuales de izquierda, a menudo los abstencionistas se debaten entre la fidelidad para con los afectados por la catástrofe y la fascinación por la catástrofe misma. Desde estos postulados cuesta entender qué tiene de ventajosa la abstención: más valdría votar a Vox y que todo se vaya al carajo. 

            Así y todo, la “tesis del no-cambio” puede ser defendida recurriendo a la “tesis de la complicidad”. El argumento vendría a ser similar a uno desarrollado por Adorno en sus lecciones de Filosofía Moral, y que Fabian Freyenhagen llama “la antinomia de la compasión”. Este rezaría así: el encuentro con un mendigo supone un problema ético, pues, por un lado, la compasión nos mueve a entregar una limosna; y, por otro, sabemos que la caridad, como defendiera Oscar Wilde en su famoso El alma humana bajo el socialismo, no soluciona el problema, sino que simplemente lo perpetúa. De ese modo quien, movido por los buenos sentimientos, votara en favor de los más vulnerables frente a la barbarie —trabajadores inmigrantes, etc— no estaría sino perpetuando secretamente la maquinaria que los oprime (y caería de pleno frente a la crítica hegeliana a las almas bellas, que pretenden mantenerse inmaculadas sin prestar atención a las consecuencias reales de sus actos).

            Considero que, si nos atenemos a los estrictos términos en que Adorno lo expresó en su seminario, esto es un pseudoproblema. Lo cual carecería de interés si no partiera de una falsa dicotomía similar a la que los abstencionistas explotan sin cesar: aquella que escinde el voto y la acción política auténtica (o, en el caso de Adorno, la limosna y la acción transformadora). Me referiré a ello en el siguiente apartado.

Antinomias

            Presentada a través del ejemplo de la limosna, la “antinomia de la compasión” no es tal. Es simplemente falso que entregar limosna y comprometerse con la transformación política (una que apuntara a un mundo sin mendigos) sean dos acciones incompatibles. La antinomia, en su presentación más burda, queda disuelta. Sin embargo, esto es poco más que un simple luego de manos. Adorno esboza un problema genuino, no algo que pueda refutarse en medio párrafo. En su libro sobre la filosofía práctica de Adorno, Freyenhagen estiliza el ejemplo señalando que, ante catástrofes —de todo menos naturales, como demostró Amartya Sen— como una hambruna, cuando nuestro primer impulso moral es enviar dinero y víveres a la zona afectada, las consecuencias de este tipo de “campañas de solidaridad” acaban resultando pan para hoy y hambre para mañana. El impacto de la ayuda en las dietas de los individuos y su distorsión de la producción local de alimentos agrieta la ya disfuncional estructura económica de la zona, convirtiendo las crisis en algo cíclico y exacerbando la dependencia con respecto a las nuevas ayudas. Freyenhagen apuntala esto con una voluminosa bibliografía que ahora mismo nos interesa poco: basta con saber que, en estos términos, la “antinomia de la compasión” se sostiene sin fisuras. 

            Para defender su postura, los abstencionistas se ven obligados a defender de una forma u otra que caso del voto es simétrico al de la ayuda humanitaria (antinómico) y no al del mendigo (soluble). Dicho de otro modo: han de afirmar que existe una incompatibilidad fundamental entre votar y la acción política transformadora (tesis 5). Una versión más débil de la tesis 5 afirmaría que ambos no son del todo incompatibles, pero sí que el voto mismo es contraproducente (una suerte de piedra en el camino, un error estratégico). En su defensa, incurrirán en un argumentario similar al que sigue.

La metafísica del voto

            Como las mercancías, el voto está lleno de sutilezas teológicas. Ese “Dios” que es el pueblo soberano habla a través de las urnas: estas recogen su voluntad. La llamada paradoja democrática (es demos es quien decide, pero ¿quién decide quién es el demos?) apunta metafísicamente a una creación ex nihilo, etc. No me interesa detenerme aquí en consideraciones teológicas (que son, por cierto, la última moda del marxismo occidental): basta decir que el voto es algo más que una acción concreta: es también ideología. El que introduce una papeleta en la urna está en realidad participando en una construcción ideológica cuyo propósito es apuntalar la idea de que las urnas son la fuente de todo poder, de toda legitimidad, de toda posibilidad de transformación. Ellos no saben, pero hacen. Es a esto a lo que llamaré la metafísica del voto. Se sostiene sobre la asunción de que los procesos electorales tienen un carácter fetichista: en el voto mismo hay un vórtice ideológico que deforma nuestra percepción y la aleja de la tozuda realidad: aquella que afirma la complicidad entre la democracia burguesa y la negación de sus supuestos ideales —libertad, igualdad, etc—.

            Esta idea de la metafísica del voto es el camino que permite a los abstencionistas defender la tesis 5 sin tener que acogerse explícitamente a la 4 —cuanto peor, mejor—. No se niega que ciertas políticas puedan ser más aceptables que otras ni se anhela la opresión más despiadada: simplemente se señala que el voto socava las posibilidades de la genuina acción política. Como la ayuda humanitaria, la participación electoral contribuye a minar los objetivos a largo plazo. En términos muy simplificadores, podríamos decir que ayuda a legitimar algo que es parte del problema. Votar es, por lo tanto, una forma de (auto)sabotaje —a pesar de que la consideración de que la participación es el índice de la legitimidad de un determinado sistema democrático es externa a ese mismo sistema: en España no existe un mínimo de votos para validar una elección, por lo que, en términos puramente inmanentes, lo mismo da 8 que 80—.

            (Podrá argüirse con los abstencionistas rara vez se expresan en estos términos. Sin embargo, han de defender esta postura de una forma u otra si pretenden afirmar que el voto tiene una densidad especial que lo diferencia de, por ejemplo, pertenecer a una ONG o ser voluntario en un comedor social —hechos que, quiero creer, no consideran aberrantes—).

El argumento queda más o menos así:

1- El único cambio posible ha de ser extraelectoral.

2- La participación electoral distorsiona la comprensión de (1).

            Pero este argumento es endeble. Para empezar, cabría preguntarse bajo qué definición de ideología cae la metafísica del voto: ¿es, como en el caso del “fetichismo de la mercancía”, una ilusión necesaria, objetivamente ligada a la producción capitalista (una “abstracción real”, esto es, una forma de ideología incrustada en la realidad y sus procesos materiales y no meramente en nuestra visión del mundo) o se trata, más bien, de un caso paradigmático de “falsa conciencia”?

            Solo en el primer caso —la versión fuerte de la metafísica del voto— se sostendría el argumento abstencionista. Y este no puede ser cierto porque implicaría la posibilidad de que la crítica se elevase sobre su objeto —cosa que es imposible si este se trata de un proceso objetivo—, de haberse liberado de la ideología solo por el hecho de no haber votado. El fetichismo se reduplica y agiganta, y la posición que se pretendiera crítica demuestra estar presa de la misma metafísica de la que pretendía librarse. La sobredimensión del acto de votar que una vez denunciara es sin embargo afirmada: como Ulises, habremos de resistirnos al canto de las sirenas atrincherándonos en nuestro rechazo. El abstencionismo, que partía de la imposibilidad del cambio y habría de propugnar la futilidad del voto, convierte el miedo a la complicidad en defensa del retraimiento y con ello sobredimensiona la importancia de aquello que habría de considerar mera “falsa conciencia”.

            Consideremos el caso del reciclaje. Es evidente que sobre este pesa también la espada de Damocles de la ideología: en el énfasis con el que se promueve se esconde poco veladamente la tesis de que el cambio climático (el mismo término “cambio climático” es profundamente ideológico: fue promovido por think tanks derechistas para sustituir al más alarmante “calentamiento global”)  ha de ser combatido desde la esfera individual. Como en el caso del voto, los medios repiten este mensaje, de forma machacona y subrepticia. Sin embargo, esta falsa conciencia puede ser superada: podemos entender que el reciclaje es al mismo tiempo fútil —nuestra acción individual poco va a incidir sobre la catástrofe económica— y positivo. Pretender que, para liberarse de la ilusión que busca no solo exculpar a los criminales y subrayar nuestra culpabilidad, sino presentar por enésima vez las causas estructurales como un cúmulo de meras decisiones subjetivas, hemos de dejar de reciclar, es ridículo —el referente ya no es Marx, sino Ignatius Farray—. Y sin embargo el argumentario abstencionista, es, en lo relativo al voto, simétrico a lo que acabo de exponer.

Cuanto peor, peor

            Podrá señalarse que esto es una reductio ad absurdum de la posición abstencionista. Y lo concedería alegremente, pero subrayando que esto solo demuestra que cualquier intento de reconstruir su argumentario sin aludir a una forma u otra del cuanto peor, mejor, lleva necesariamente a absurdos. Porque si la distorsión que provoca el hecho de votar puede ser parcialmente superada cuesta imaginar por qué no es conveniente una pizca de distorsión —que ciertas mañanas el ingenuo votante se levante pensando que Podemos o quien sea le salvará del capitalismo— a cambio de ciertas políticas reformistas—como una subida del salario mínimo o un aumento de la inversión en Sanidad— cuya pertinencia habrá de ser aceptada si no se quiere recurrir a la tesis 4. Los cantos de sirena del reformismo pueden ser penetrados por el pensamiento sin comprometernos con un ultraizquierdismo que solo puede degenerar en parálisis política y falsa superioridad moral (o lo que es lo mismo: la tesis 3 puede aceptarse sin comprar el resto del argumentario. En los términos de la “antinomia de la compasión”, concluiremos que el caso del voto es equiparable al del mendigo, y no al de la ayuda humanitaria). Quienes optan por recluirse en la pureza revolucionaria sin conceder la más mínima importancia a que la sonrisa de Pablo Casado se enseñoree sobre el Palacio de la Moncloa caen de lleno —ellos, y no los votantes— bajo la crítica hegeliana a las almas bellas. En política, hay que mancharse las manos y, a menudo, rechinar los dientes.

Concluiremos que:

1- La veracidad de la tesis 3 es independiente de la veracidad del argumentario abstencionista. Algo similar sucede con la tesis 1 (si por “cambio” se entiende solamente una transformación revolucionaria).

2- La tesis 2 es difícilmente defendible sin llegar a la conclusión de que la ilusión del reformismo es el más insidioso de los enemigos, y esto implica una aceptación implícita de la tesis 4 (¡qué trasparente sería la opresión capitalista si por fin privatizaran la Sanidad! ¡Qué cerca estaríamos de la Revolución!).

3- La versión fuerte de la metafísica del voto incurre en contradicciones y desafueros: es incapaz de sostenerse.

4- Asumiendo que la versión fuerte de la metafísica del voto es falsa, la defensa de la abstención como consecuencia del carácter fetichista (ideológico) de los procesos electorales es un non sequitur. Por los mismos argumentos nos veríamos obligados a abjurar del reciclaje. La tesis 5 no se sostiene.

5- Cualquier postura que pretenda liberarse de la tesis 4 argumentando simplemente que el voto es superfluo, habría de comprometerse con la versión fuerte de la metafísica del voto (ya rechazada) o resignarse a abandonar la posición abstencionista fuerte.

6- El argumentario abstencionista ha de apoyarse más o menos secretamente en una forma de cuanto peor, mejor —tesis 4—.

7- La tesis 4 es falsa. Cuanto peor, peor.  ¿Quién contribuyó más al avance de la conciencia revolucionaria: Pinochet o Allende? La pasión catastrofista no es sino un derivado de la conciencia cínica: ideología en su peor especie que participa oscuramente de la pulsión de muerte que Kurz y Jappe achacan a la ontología capitalista. Narcisos irredentos, los defensores de esta tesis buscan la confirmación de su belleza en el espejo del desastre.

8- Uno de los argumentos abstencionistas clásicos —el carácter deslegitimador de la abstención, investida de la supuesta capacidad de socavar el proceso político— no ha sido mencionado por el simple hecho de que la evidencia empírica muestra que una amplísima abstención no solo es inocua a la hora de debilitar un sistema político, sino que puede fortalecer sus sesgos conservadores y de clase: véase el ejemplo norteamericano. Partiendo de una novela de Saramago (Ensayo sobre la ceguera), Zizek ha fantaseado con la abstención masiva como una forma de “violencia divina”. Pero esta se presenta como un Acontecimiento —en términos de Zizek, un efecto que excede a sus causas— netamente mesiánico (que, en un planteamiento inspirado en Benjamin y próximo a Agamben, suspende de la eficacia de la ley a través un acto salvífico que detiene el curso homogéneo y vacío del tiempo), del todo contrario al discurso de la abstención activa y su énfasis en la estrategia, la consciencia, etc.

9- La obsesión del abstencionismo con los fines últimos —la Revolución con mayúsculas, y nada más— recuerda al fundamentalismo naturalista que pretende reducir toda la realidad a quarks o lo que se quiera —de la política a la biología, de la biología a la química, de la química a la física—. Con la mirada puesta en este estrecho denominador, incluso su objeto se desenfoca, al ser incapaz de ver los innumerable estratos intermedios que hacen posible el descubrimiento de los quarks o el propio éxito de la Revolución.

10- Los abstencionistas son almas bellas. En su pretendida pureza, caen en una jerga de la autenticidad en que las invocaciones a la genuina política —a menudo vacías de contenido— son el envoltorio “revolucionario” de una postura ultraizquierdistay abúlica cuyo referente último no es la lucha socialista,  sino los milenaristas medievales que, congregados y anhelantes, creían encontrar en las catástrofes de su tiempo las señales de la Segunda Venida.

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