John Donovan
Una venerable doctrina geopolítica afirma que quien controle el “Heartland” –el corazón geográfico del planeta, gruesamente equivalente al núcleo de Eurasia—controlará el mundo. El Heartland, con su centralidad geográfica, es el punto de encuentro entre la avanzada industria europea y los vastos recursos de Rusia, puente de control hacia las grandes tierras de Asia y bien conectado con África y las Américas.
Los grandes burócratas no suelen tener una pasión especial por la teoría. Pragmáticos casi por defecto, su prolongado interés por la doctrina del Heartland no deriva de su rigor teórico –sus mecanismos explicativos, sus medios de verificación, la corrección general de la tesis en su versión más general y definida, etc.—sino del innegable peso geoestratégico del territorio al que alude. Esta cuestión siempre ha resultado especialmente candente para los burócratas norteamericanos; el alto mando político y militar del imperio. Durante muchas décadas, este sector ha considerado que un Heartland unificado en clave antiamericana constituiría una alternativa real y tangible a su hegemonía, mientras que un Heartland estrictamente sometido a la bota americana supondría la mejor garantía para su continuado dominio.
Durante la Guerra Fría, la política de bloques aseguró la división del Heartland, partido entre la URSS y el área de influencia americana que comenzaban en la Alemania Federal. Si, contra lo que abogó el diplomático Morgenthau, se permitió que esta última se convirtiera en un estado industrial pujante fue con el propósito explícito de instituir un baluarte contra el avance comunista. La supremacía militar y financiera americana, cristalizada en numerosas bases en el territorio y en el rol del dólar como moneda global, aseguraría la sujeción de la Alemania capitalista y el resto de Europa. Por otro lado, la ruptura sino-soviética y los posteriores pactos entre Nixon y Mao cerraron a la URSS el camino hacia la hegemonía en Asia. El objetivo defensivo básico (prevenir la unidad de Eurasia en clave socialista) estaba garantizado, pudiendo avanzarse (ya durante la presidencia de Carter) hacia el objetivo ofensivo de derribar el bloque socialista y sus aliados nacionalistas del Sur Global, en una política conocida como “rollback” que continuaría con un plus de agresividad bajo la Administración Reagan.
Con la caída de la URSS y la integración de China en el mercado mundial a modo de productor masivo de manufacturas baratas, el proyecto de conquista del Heartland alcanzó un nuevo estadio. Subordinar directamente a Rusia y China, extender el paraguas de la OTAN tan lejos como fuera posible e integrar a las exrepúblicas soviéticas europeas bajo el mando americano –Unión Europea mediante—se convirtió en el nuevo horizonte. En aquellos “felices 90” todo parecía posible a los burócratas imperiales americanos. La Rusia arrodillada de Yeltsin se sumaba a una China que parecía contentarse con su rol subordinado, mientras Europa del Este pugnaba por ganarse el beneplácito de los amos del mundo, aparentemente indiscutidos.
El primer revés a este proyecto vino de la mano del ascenso al poder de Vladimir Putin, en lo que debe leerse como el contraataque de una burocracia estatal (ex)soviética (y muy especialmente de su núcleo duro: los Servicios de Seguridad del Estado de los que proviene el propio Putin) frente a la perspectiva de un escenario de subordinación abyecta, desintegración nacional y pérdida completa de cualquier hegemonía territorial. Esta reacción nacionalista, surgida de los intestinos del aparato estatal ruso, desconoce por supuesto la nostalgia por el ideal socialista o cualquier “antiimperialismo” genuino: sus aspiraciones se reducen a devolver a Rusia su rol de potencia dentro del orden imperialista internacional. Lo anterior requirió de la constitución de un Estado “bonapartista” capaz de disciplinar a los oligarcas díscolos, financieramente subordinados a Occidente, aplastar toda oposición interna, garantizar por la fuerza la integridad territorial rusa (frente a unos EEUU que no escondían su deseo de fragmentar el país), preservar su hegemonía sobre las repúblicas exsoviéticas de Asia y constituirse en polo de atracción para los países descontentos con la bota americana, a la vez que los recursos naturales y energéticos de Rusia eran utilizados para fraguar una alianza económica con las potencias de la UE. Ante el entusiasmo del canciller alemán Schroeder (quien llegó a entablar una amistad personal con Putin), el gas ruso barato pudo afianzarse como pilar del desarrollo industrial alemán, reforzado por su control sobre el euro y su posición privilegiada en el amplio mercado europeo.
Como puede deducirse fácilmente de todo lo anterior, la reafirmación de la soberanía rusa y su creciente integración económica con Europa supondría un revés a los planes americanos para el Heartland. La respuesta americana a este contratiempo fue, para el corto plazo, avanzar en la política de expansión de la OTAN hacia el Este, con el objetivo de “acorralar” a Rusia, a la vez que se alimentaba por diversas vías el escenario de una “revolución de colores” contra el régimen de Putin. Los objetivos a medio plazo eran romper el nexo económico entre Rusia y Europa (el peligro de unificación del Heartland por su variante Euroasiática) y lograr el ansiado cambio de régimen en clave norteamericana.
El segundo revés para los intereses americanos, sin embargo, vino de una China que demostró no querer conformarse con el rol que los EEUU le habían asignado. La crisis de 2008, tan inesperada como brutal (recordamos la admonición la reina de Inglaterra a los economistas de la London School of Economics: ¿cómo no pudisteis preverlo?) mostró las divergencias entre un centro imperialista occidental cada vez más decadente y el gigante chino en ascenso. Mientras Occidente se sumía en una espiral de rescates financieros a gran escala, deuda soberana disparada y políticas de austeridad que aspiraban desesperadamente a la reducción de costes, China lanzó un descomunal plan de estímulo keynesiano para reactivar una economía golpeada por la crisis mundial. Las capacidades del gobierno chino, cuyos planes de obras públicas utilizaron en apenas un par de año más cemento que EEUU en todo el siglo XX, sirvieron, a ojos de los burócratas americanos, como indicador de que se encontraban ya ante un serio contendiente por la hegemonía mundial. China no iba a conformarse con producir las mercancías baratas que EEUU consumiría, endeudamiento masivo mediante, sino que aspiraba a la hegemonía industrial plena, incluidas las industrias tecnológicamente más punteras, y preparaba para ello ambiciosos planes comerciales, posteriormente cristalizados en la ya célebre “Ruta de la Seda”. Contaba, para ello, con la población más numerosa del planeta, a modo de inmensa reserva de mano de obra barata, y la capacidad directiva del Partido Comunista Chino, ajeno a los cambios de color político constantes propios de la política occidental y altamente capacitado para la planificación a largo plazo (económica, política y militar), todo ello dentro de un modelo capitalista que sigue delegando en el Estado y la empresa pública un papel directivo central.
En estos sucesos debemos enmarcar la política de “Pivot to Asia” promulgada por el gobierno de Obama en 2012. La idea básica era orientar los esfuerzos del imperio americano hacia la contención de la “amenaza china”, en un proyecto continuado –con ciertas modificaciones que solo exacerban su agresividad– por todas las administraciones hasta la fecha. Originalmente, sin embargo, el “Pivot to Asia” vino acompañado por una política de ofensiva más general, con EEUU distribuyendo sus esfuerzos entre escorar hacia la confrontación con China y otros objetivos más inmediatos: eliminar los regímenes nacionalistas de Oriente Medio (Libia, Siria, etc.) y profundizar en su avanzada antirrusa. En resumen: ofensiva imperial en todos los frentes.
El golpe de Estado del Maidán en 2014 fue uno de los puntos álgidos de esta política. Lo que comenzó como una manifestación de tamaño más que modesto contra el gobierno electo de Yanukóvich –favorable a la confraternización con Rusia–, se convirtió, apoyo americano mediante y con el papel decisivo de fuerzas neonazis y ultranacionalistas, en un putsch que logró un cambio de régimen a la americana. El resultado inmediato fue doble: el comienzo de una guerra civil en el Donbass, territorio rusófono con buenas razones para temer el nacionalismo ucraniano, de declinaciones históricas filofascistas, y la fulminante invasión rusa de Crimea, orientada a asegurarse la continuidad de su acceso al Mar Negro. El Maidán, coreado por los medios occidentales con los tropos falsarios habitualmente reservados a las “revoluciones de colores”, fue un pequeño cataclismo geopolítico cuya víctima no era solo Ucrania o Rusia, sino la propia Unión Europea. Así lo expresó la secretaria de Estado norteamericana, pillada por un micrófono abierto, cuando se le preguntó dónde quedaba la UE dentro de los nuevos planes yankis para una Ucrania acogida bajo su paraguas: Que le jodan a Europa.
A nivel social, el Euromaidán fundó su legitimidad en dos pulsiones ideológicas en espinosa relación: la voluntad de amplios sectores de la población ucraniana, desde coordenadas liberal-nacionalistas, de integrarse en una Unión Europea percibida como sinónimo de prosperidad económica y liberalismo político, por un lado; y el ultranacionalismo rusófo y filofascista, por otro. Aunque el nacionalismo ucraniano funciona como paraguas de ambas corrientes –provistas de un mayor número de vasos comunicantes de lo que podría parecer a simple vista–, garantizando su unidad ante el enemigo común, la fricción entre ellas es inevitable. Así, el nuevo Estado ucraniano se configuró en torno a varios pilares en tensión inmediata o potencial: el peso, inédito en cualquier país europeo en las últimas décadas, de sectores neonazis en su aparato burocrático-militar del Estado, la represión del sentimiento prorruso y cualquier añoranza soviética –guerra civil en el Donbass incluida–, y un marco liberal –con respaldo electoral mayoritario– ansioso de homologarse a, e integrarse en la Unión Europea (y la OTAN). La nueva Ucrania no era un “Estado fascista”, pero sí un Estado cuyo liberalismo estaba severamente atemperado por el peso ideológico y militar de un ultranacionalismo ucraniano marcadamente filofascista, en un cóctel que los EEUU estaban más que dispuestos a aceptar con tal de ver pasos decididos hacia el atlantismo.
A su vez, el régimen de Putin afirmó repetidamente no estar dispuesto a aceptar una nueva expansión de la OTAN hacia el Este; hacia, de hecho, sus mismas puertas y el territorio que, en las claves del nacionalismo panruso que guía a la administración de Putin –en tanto que reflejo de sus intereses geoestratégicos–, les pertenece históricamente por derecho (tal y como Putin explicó con una prolijidad casi ridícula en su entrevista con el ultraderechista americano Tucker Carlson). Esta es la génesis de la invasión de Ucrania, que diera comienzo en 2022.
Frente a las ridículas afirmaciones del gobierno de Putin y sus voceros, conviene subrayar lo evidente: su propósito no era “desnazificar” Ucrania –el propio régimen de Putin, marcadamente reaccionario, debe verse como un continuador histórico de la Rusia “blanca”, contrarrevolucionaria, que combatió al bolchevismo en la guerra civil, y corteja sin pudor al fascismo dentro y fuera de sus fronteras– ni salvar a los pobladores del Donbass del nacionalismo banderita, sino desmilitarizar su frontera convirtiendo (sangre y fuego mediante) Ucrania en un Estado títere y fragmentado, conteniendo así los planes de expansión de la OTAN.
Al mismo tiempo, la Administración Biden vio en la guerra de Ucrania una oportunidad para: 1) al nivel de objetivos inmediatamente realistas, lograr la ansiada ruptura entre Rusia y Europa, a la vez que el paraguas de la OTAN se extendía apelando a la “amenaza rusa” 2) al nivel de los objetivos algo más fantasiosos, conseguir el también ansiado cambio de régimen en Rusia. De ahí que la OTAN se haya volcado con Ucrania en lo que es, de hecho, una guerra proxy que ya dura 3 años y se ha cobrado el monto aproximado de más de medio millón de muertes.
El primer objetivo ha sido logrado con creces, aunque ello requiriera acciones tan agresivas como la voladura del gaseoducto Nordstream. Como resultado, la pujante industria alemana –que ya en los 70 superó ampliamente a EEUU en varios ámbitos decisivos—ha entrado en una crisis de difícil solución y los EEUU han adquirido un importante flujo de capitales en busca de inversión rentable.
Sin embargo, el segundo objetivo se reveló como una utopía. La agresiva política de sanciones económicas, ruptura de relaciones diplomáticas y apoyo militar cerrado a Ucrania no ha logrado desestabilizar decisivamente la economía rusa –y, en consecuencia, el régimen de Putin—y, de hecho, la ha empujado hacia una alianza mucho más férrea con la pujante China.
Aquí reside el nudo gordiano de las divisiones en el seno de la clase dirigente americana. El reforzamiento de la alianza entre Rusia y China constituye un peligro que la ruptura entre Rusia y Europa no es capaz de compensar. La resiliencia del régimen de Putin, cuyo “keynesianismo militar” apoyado por China se ha demostrado momentáneamente exitoso y cuya ferocidad represiva es por el momento suficiente para aplastar cualquier descontento popular hacia la guerra, ha demostrado ser mayor de lo que esperaban los ideólogos de la administración Biden (probablemente infectados por el viejo tropo yanki según el cual Rusia sería “una gasolinera con armas nucleares”). La guerra, bien es cierto, ha demostrado que Rusia no es la potencia indomable que su propaganda querría: lo que planearon como una veloz “Operación Especial” ha devenido en una larga y sangrienta guerra de desgaste en la que no han logrado aún una victoria definitiva, a pesar de que el incesante apoyo militar a Ucrania por parte de Occidente –por supuesto, el principal obstáculo al que se ha enfrentado Rusia—no se ha traducido en un apoyo total, envío masivo de tropas y el armamento más mortífero incluido. No obstante, también ha demostrado Rusia que no es el “tigre de papel” con el que fantaseaban los atlantistas más miopes. Así, el atlantismo se enfrenta a la encrucijada de seguir perpetuando una guerra que no puede escalar hasta el punto de arriesgarse a una confrontación nuclear, o reconocer a Rusia una victoria parcial y abandonar por el momento el proyecto de expansión de la UE-OTAN hacia territorio ucraniano.
De ahí que la élite atlantista se encuentre hoy dividida. Esta división, sin embargo, se resiste a ser encajonada dentro del clásico –y engañoso– esquema que confronta a “halcones” (fervorosos intervencionistas militares) y “palomas” (favorables en principio a soluciones más diplomáticas). Este esquema, replicado por algunos de los más estúpidos creyentes en el “pacificismo” de la Administración Trump –una narrativa del gusto de Rusia– ofusca el hecho decisivo: la pregunta no es militarismo sí o no, sino cómo y dónde, en base a puros cálculos geopolíticos. Así, tenemos a un bando formado por las élites europeas y la fracción de la clase dirigente americana representada por el Partido Demócrata, cuya política hacia Ucrania puede resumirse en el eslogan: “Luchar hasta vencer”. Esta es también la opción –con un grado variable de vehemencia– del bando ucraniano, que fantasea con una recuperación total del territorio. El cálculo, en este caso, parece ser que la prolongación indeterminada de la guerra podría empujar a Rusia hacia la crisis que hasta ahora ha logrado posponer, obligándola a plegarse. La plausibilidad de este escenario, sin embargo, decae diariamente: la resiliencia de Rusia, que ha logrado contrarrestar cada nueva ofensiva ucraniana y adquirir nuevos territorios a paso de hormiga, se suma a la creciente crisis interna de una Ucrania cada vez más incapaz de repoblar el frente, asolada por la devastación humana provocada por la guerra y desmoralizada por el sufrimiento y la corrupción rampante de sus élites. De ahí que el segundo bando, representado por la Administración Trump y sus fuerzas más cercanas, plantee un escenario diferente. Desde estas coordenadas, el avance ruso parece inevitable, y la apuesta se orienta a lograr un acuerdo de paz que pudiera apaciguar a Rusia, debilitar su alianza con China en el futuro próximo y librar los brazos de la OTAN-EEUU para la confrontación con el gigante asiático y otros objetivos predilectos del sector más reaccionario del atlantismo (léase Venezuela). La “paz” así entendida requeriría, por lo pronto, entregar a Rusia importantes territorios ucranianos, quedando por el momento sometido a discusión el grado de militarización de la Ucrania resultante.
Esta apuesta pone a los dirigentes ucranianos ante una posición enormemente incómoda, abriendo incluso la posibilidad de un golpe de Estado contra Zelenksy (un presidente judío, cabe recordar) por parte de los sectores más fascistas de las fuerzas armadas del país. Un acuerdo de paz humillante podría dar al traste con la tensa alianza entre las dos familias (liberal y fascista) del nacionalismo ucraniano. Al mismo tiempo, deja a Europa en el fuera de juego total encapsulado en aquel dictum: Que se jodan. Arrastradas primero al Euromaidán, arrastradas después a la prolongación indeterminada de la guerra (Boris Johnson, por delegación de EEUU, saboteó las conversaciones de paz en 2022), obligadas a romper su nexo económico con Rusia y acceder al mucho más prohibitivo mercado energético americano, forzadas en los últimos tiempos a cargar con el peso económico de la ayuda militar a Ucrania (por medio de contratos inmensamente lucrativos para la industria militar norteamericana) y a armarse hasta los dientes bajo los dictados de la OTAN, las élites europeas se enfrentan a un espejo que devuelve la imagen de su subordinación. Estructuralmente presas de unos EEUU cuyo poder militar y financiero se convierte en poder de mando sobre Europa, estas élites confrontan hoy una verdad descarnada: un mundo con tasas de crecimiento raquíticas y perspectivas de futuro cada vez más sombrías es un mundo convertido en un juego de suma cero, absorto en una competición geopolítica cada vez más cruda en la que los EEUU han decidido que para poder ganar Europa debe perder.
Así, los enanos políticos que gobiernan Europa se enfrentan hoy a la imagen de su propia irrelevancia sin más recetas ni opciones plausibles que seguir recorriendo el mismo camino trillado. La escalada militar en la que a buen seguro profundizarán les viene impuesta por unos EEUU que han decidido delegarles el papel de contención frente a la “amenaza rusa”, mientras que los propios EEUU –por medio de sus socios europeos más leales, como Polonia—bloquearán en lo posible una genuina integración militar del continente. La receta americana es sencilla: rearme de cada país bajo el paraguas de la OTAN, sin desviaciones que pudieran abrir el camino hacia una mayor independencia europea. Con las manos libres en Europa, los EEUU podrían dirigirse así al doble objetivo de afianzar su control sobre su “patio trasero” –en la indisimulada recuperación de la Doctrina Monroe por parte de Trump– y, sobre todo, contener y acorralar en lo posible a China.
El plan de control del Heartland en su versión actualizada busca así mejorar las relaciones entre Rusia y EEUU, alejando a la primera de los brazos de China, a la vez que cualquier integración eurasiática queda bloqueada por el enfrentamiento UE-Rusia. A Ucrania, a su vez, le corresponde el papel de cuerpo destrozado por la pugna interimperialista, con independencia de la respuesta concreta que reciban las muchas incógnitas que envuelven hoy su futuro.

