Yassamine Mather
Publicación original en: Weekly Worker
En Estados Unidos se ha especulado mucho sobre el abrupto cambio del «diálogo, diálogo» a la «guerra, guerra».
En muchos sentidos, lo que lo ha disparado precisamente importa mucho menos que llamarlo por lo que es: un acto de agresión imperialista. Desde el despliegue de la «Operación Furia Épica» el 28 de febrero, las «justificaciones» de la administración Trump han cambiado varias veces. Aunque los temas centrales —el programa nuclear, el cambio de régimen y las presuntas amenazas a Estados Unidos— se han mantenido, la «razón del día» específica ha variado. Todo depende de la audiencia y el orador.
En su discurso del estado de la Unión del 24 de febrero, Donald Trump afirmó que Irán estaba reconstruyendo su programa nuclear. Eso después de los ataques de la ‘Operación Martillo de Medianoche’ en junio de 2025. También acusó a Irán de estar desarrollando misiles balísticos capaces de poner bajo amenaza las bases europeas y estadounidenses en Oriente Medio. Sin embargo, esto no se presentó como un asunto urgente. Hubo conversaciones en Ginebra en las que el gobierno de Estados Unidos buscó un acuerdo que refrenara los programas balísticos y nucleares de Irán, que también pusieran fin a su respaldo de ‘[…]’ regionales como Hezbollah.
Hubo informes de que las conversaciones en Ginebra entre Estados Unidos e Irán estaban logrando ‘progresos significativos’. El ministro de Exteriores de Omán, Badr Albusaidi, que hizo de principal mediador, les dijo a los medios que las negociaciones se retomarían en Viena para discutir los detalles más finos de un posible acuerdo.
Cambio de régimen
Ahora Trump promete un cambio de régimen… Pero qué significa esto y cómo se supone que va a llevarse a cabo sigue siendo vago y, como suele ocurrir con Trump, nunca consistente.
- 13 de febrero: Trump declara públicamente que un cambio de régimen sería «lo mejor que podría suceder».
- 28 de febrero (día en el que se lanzan los ataques aéreos): en una publicación de Truth Social, va más allá, urgiendo a los iraníes a que «recuperéis vuestro país», señalando que un levantamiento interno contra el gobierno tendría apoyo estadounidense.
- 1-2 de marzo: los mensajes pivotan hacia un llamado «modelo Venezuela», implicando que el objetivo no era rehacer la sociedad iraní, sino eliminar a sus altos líderes —un desplazamiento que vino después de los informes sobre la muerte del líder supremo Ali Khamenei durante la fase inicial de la guerra.
- 3 de marzo: las referencias a que los iraníes «recuperaran» su país desaparecen a grandes rasgos de las declaraciones oficiales, volviéndose la atención hacia los objetivos militares técnicos.
A medida que la guerra se fue expandiendo, los funcionarios estadounidenses introdujeron una narrativa de «cuenta atrás»: los funcionarios de alto rango afirmaban que sus servicios de inteligencia indicaban que Irán estaba preparando unos ataques con misiles inminentes contra bases estadounidenses y de sus aliados, presentándolo como una justificación para la toma de acciones preventivas. Esto vino después de las preguntas de miembros del Congreso, del primer ministro canadiense y de varios gobiernos europeos sobre la inmediatez de la amenaza —señalando, según los informes, que Irán todavía tardaría años en desarrollar hasta ese punto la capacidad de su sistema de misiles balísticos intercontinentales. Los portavoces de la Administración reformularon subsecuentemente, desplazando el énfasis de la prevención de un ataque inminente a la prevención de una futura guerra nuclear.
Una nueva justificación, articulada por el secretario de Estado Marco Rubio, sugería que Estados Unidos actuó porque Washington creía que Israel ya estaba preparando su propio ataque sobre Irán y que, si Israel atacaba en solitario, Teherán tomaría represalias contra las fuerzas estadounidenses. Por ello, al unirse al asalto inicial, Estados Unidos afirmaba que estaba adelantándose a las represalias iraníes debilitando la capacidad de respuesta de Teherán. Una explicación tan infundada como laberíntica.
El 27 de febrero y, una vez más, el 3 de marzo, Trump citó la represión de los manifestantes iraníes y un número de muertos exagerado como razones morales para la guerra, enmarcando el conflicto como parte de un esfuerzo de «liberación» más amplio. El problema de esta deshonestidad constante es que nadie con un mínimo de inteligencia puede tomarse en serio tales afirmaciones.
Esta es una guerra de agresión y debería condenarse como tal, independientemente del carácter brutal y represivo de la República Islámica. Contra los comentarios simplistas hechos por algunas secciones de la izquierda iraní, esta no es sólo una guerra entre dos Estados reaccionarios, Irán e Israel (el último respaldado por Estados Unidos). ¡Una de las muchas facciones del Partido Comunista Obrera de Irán (Hekmatista) se hace eco incluso de la afirmación por Trump de que Irán no se tomaba en serio las negociaciones y que por eso comenzó la guerra!
En Irán, el primer ataque sucedió el sábado por la mañana, el primer día de la semana. La gente estaba yendo al trabajo y a la escuela. Al poco de que cayeran las primeras bombas y misiles, recibí una foto de estudiantes de escuela primaria resguardándose en un refugio. Pero muchos todavía estaban en las calles. Esto se debía en parte porque todo el mundo asumió que un primer ataque ocurriría por la noche. Así que estaban sorprendidos. Hablé con familiares por teléfono, diciéndoles que tenían que darse prisa y recoger a sus hijos del colegio. Ese mismo día, llegaron noticias de que al menos 148 niñas habían sido asesinadas en Minab, en el sur del país. El marte habíamos llegado hasta al menos 1.000 muertes civiles. Claramente, cuando Estados Unidos e Israel dicen que han apuntado a lugares e instituciones específicas como las de la Guardia Revolucionaria, que sus armas tienen son de una precisión milimétrica, es una mentira reconfortante. Es imposible separar objetivos estatales «legítimos» de la población civil que los rodea. Ya hay algunas zonas residenciales de Teherán que se están empezando a parecer a Gaza.
Khamenei asesinado
El asesinato de Ali Khamenei no fue una operación tan complicada como la han pintado algunos medios de comunicación occidentales. La BBC informa de que la Mossad usó tácticas inteligentes, tales como el monitoreo de sus movimientos a través del hackeo del sistema CCTV de Teherán. Tonterías. En realidad, se negó a esconderse o incluso a irse de su casa después de la Guerra de los Doce Días en junio de 2025. Contrariamente a la propaganda de la CIA y el MI6, no se estaba escondiendo en un búnker. De hecho, hay un vídeo de él explicando la lógica de no moverse: «Tengo 86 años. Estoy tullido» (tiene un brazo paralizado). «No tengo buena salud. Voy a morir. No me voy a esconder —pueden venir y matarme». Por supuesto, teniendo en cuenta lo que vimos el 1 de marzo en Irán y por todo el Sur global —millones en las calles de las ciudades iraníes, cientos de miles en Yemen, Pakistán y Sri Lanka— había un cierto nivel de «martirio calculado» en esta decisión.
Por mucho que aborrezca la política de Khamenei, no deberíamos tratar el asesinato de jefes de Estado o líderes de organizaciones —simplemente porque Estados Unidos o Israel no los aprueban— tan a la ligera como algunos han hecho. Tenemos que condenar tales actos sin que nos tiemble el pulso. En algunos sentidos, nos hemos inmunizado contra estos asesinatos. Hasta ahora, hemos visto a Israel asesinar a una hilera de líderes de Hezbollah y Hamás; a Trump asesinar al general de la IRCG Qasem Soleimani; y, ahora, entre ellos, han asesinado al líder supremo mismo.
Lo diferente es que, por primera vez, se ha asesinado a un jefe de Estado. Algo de esto es una consecuencia directa de la tolerancia global del genocidio en Gaza, que ahora damos por sentado.
¿Ha visto alguna imagen de las protestas contra la guerra en Irán en los medios de comunicación? No. Lo que han decidido mostrar son unos cuantos coches tocando el claxon el sábado por la noche, llenos de monárquicos que ondeaban banderas y celebraban la guerra y la muerte de Khamenei. Con la excepción de un breve vídeo en Sky y otro en ABC, parece que los principales medios de comunicación han tomado la decisión deliberada de hacer la vista gorda ante las protestas masivas en Teherán, Shiraz, Isfahán y otros lugares. Es cierto que esto ha engañado a algunos. En Socialist Worker, Hossein y Amir, exiliados iraníes, escriben que «los ataques dan poder a los monárquicos», los partidarios de Reza Pahlavi, hijo del antiguo sha (4 de marzo de 2026).
Pero lo cierto es que una gran cantidad de personas salieron a las calles. Lejos de hacerse eco del llamamiento de Trump a un cambio de régimen, pidieron venganza, gritando «¡Muerte a Estados Unidos!» y «¡Muerte a Israel!». Están enfadados porque sus casas, escuelas y hospitales están siendo destruidos. Con su muerte, Khamenei ha logrado algo que no pudo conseguir en vida: unir al pueblo iraní contra Estados Unidos e Israel.
Para aquellos de nosotros que nos oponemos al Gobierno iraní y a la agresión estadounidense, todo esto crea una situación aún más difícil. Por un lado, agradezco que la gente haya salido a la calle, lo que supone una verdadera bofetada a la agresión imperialista. Pero, por otro lado, todo esto podría consolidar la República Islámica de Irán.
Desde una perspectiva militar, Irán ha recurrido al lanzamiento de misiles y drones en grandes cantidades. Estas son las únicas capacidades importantes que posee. No se trata de armas muy sofisticadas, pero existen en cantidades significativas. Algunas han alcanzado ciudades israelíes. Ha habido víctimas mortales israelíes.
Estados Unidos e Israel también han atacado a personas que consideraban posibles sucesores de Khamenei, presumiblemente aquellas con las que no tenían una relación positiva. Por ejemplo, la casa del expresidente Mahmud Ahmadineyad, en el sureste de Teherán, fue bombardeada, aunque él no se encontraba allí en ese momento. También bombardearon la casa de Mir-Hossein Mousavi, líder de las protestas de 2009, un «reformista» que nunca desafió fundamentalmente al régimen ni a la autoridad del líder supremo. Ahora está pidiendo un referéndum sobre el futuro de la República Islámica. Es posible que se le considerara un objetivo, aunque hoy en día es una figura política en gran medida marginal.
Reacciones
Las reacciones a la muerte de Khamenei, especialmente fuera de Irán, han sido sorprendentes. Durante años, la República Islámica ha invertido importantes recursos políticos, financieros y mediáticos en cultivar el apoyo más allá de sus fronteras —en las calles árabes, en Pakistán, entre los musulmanes indios, en Sri Lanka y en otros lugares— presentándose como defensora de los palestinos. Siempre he cuestionado la sinceridad de este discurso, pero es evidente que ha tenido eco en sectores de la población de toda la región.
Irán mantiene dos vías paralelas en su política regional: relaciones diplomáticas formales con las élites gobernantes —el emir de Catar, la familia real saudí, los gobernantes de Kuwait y Omán— y, al mismo tiempo, un esfuerzo sostenido de propaganda y divulgación dirigido a la opinión pública árabe. A través de cadenas de televisión en lengua árabe y plataformas de redes sociales, Teherán ha tratado de dirigirse a quienes están enfadados y frustrados por el horror que se sigue viviendo en Gaza. A menudo se describe a los Gobiernos árabes como responsables de la vergüenza que ha caído sobre la región por su inacción. Se han dedicado fondos considerables a esta estrategia, sobre todo porque las protestas en favor de Palestina en muchos de estos países se reprimen de forma habitual. Los gobernantes del Golfo, aunque temen la guerra y la inestabilidad económica, están igualmente preocupados por los disturbios entre sus propias poblaciones.
Los ataques de Irán contra las bases estadounidenses en la región también deben entenderse en este contexto. Tras amenazar públicamente con atacar objetivos estadounidenses, Teherán tenía poco margen para retroceder sin perder credibilidad. Las bases estadounidenses en los países del Golfo están geográficamente cerca y son fáciles de alcanzar en comparación con Israel. Se puede llegar a ellas con drones, con la expectativa de que suficientes logren atravesar la defensa. Además, los Estados del Golfo no están protegidos por sistemas sofisticados como el Domo de Hierro de Israel.
Es poco probable que Irán atacara deliberadamente un hotel en Abu Dabi, aunque los funcionarios iraníes afirmaron posteriormente que el Mossad había estado operando desde las plantas superiores. Estas afirmaciones son difíciles de verificar. Como era de esperar, los gobiernos de la región han protestado ante las Naciones Unidas, insistiendo en que no eran partes en la guerra y preguntando por qué Irán los estaba atacando. Al mismo tiempo, persisten los rumores de que al menos algunos miembros de la cúpula saudí, a pesar de oponerse públicamente a la escalada, estaban al corriente o participaron indirectamente en las conversaciones entre Netanyahu y Trump sobre la campaña militar.
Las reacciones públicas en toda la región han sido variadas, pero en algunos casos intensas. En Baréin, cuando un misil iraní alcanzó una base militar estadounidense, sectores de la población chiíta mayoritaria se manifestaron para celebrarlo. En Saná, la capital de Yemen, las manifestaciones han sido masivas, en gran parte porque el Gobierno hutí es más que capaz de movilizar a un gran número de personas. También se han producido importantes protestas en Pakistán, India, Sri Lanka y Malasia tras la muerte de Khamenei. Es poco probable que ninguna de estas protestas suponga un desafío directo para sus respectivos Gobiernos. Sin embargo, en conjunto, indican la profundidad de los sentimientos de las personas que han visto y se han horrorizado por el genocidio en Gaza.
Para los gobiernos de la región, la principal preocupación era evitar una guerra a gran escala entre Estados Unidos e Irán, sabiendo que podría convertirse rápidamente en un conflicto regional más amplio con consecuencias impredecibles. Irán sufrirá pérdidas devastadoras en este enfrentamiento, pero las repercusiones políticas y económicas también pueden desestabilizar a los Estados vecinos. Los acontecimientos desde el comienzo de la guerra ya han sacudido a toda la región.
En los últimos años, uno de los principales aliados de Israel en Asia ha sido la India de Narendra Modi. La semana pasada, fui entrevistado por la televisión india sobre la visita de Modi a Israel y su discurso ante la Knesset. Netanyahu habló primero, seguido de Modi. Su retórica hizo hincapié en «2000 años de cooperación entre judíos e indios». Partes del discurso fueron más allá de la islamofobia e incluyeron elementos de ideología explícitamente de extrema derecha, expresados abiertamente en la sala del Knesset. Con la excepción de los diputados de Hadash y Ta’al, que fueron expulsados de la sala tras protestar contra Modi, todo el Knesset, independientemente de su afiliación política, se mostró efusivo.
Aun así, fue posible detectar la cautela de Modi con respecto a una guerra más amplia con Irán: durante su discurso, mostró su preocupación por la escalada regional. Ahora que la India se enfrenta a las consecuencias económicas y políticas de una región en llamas, la fuerza de la alianza indio-israelí puede que no sea tan sólida como parecía hace solo una semana.
Opciones estratégicas
El objetivo de Israel parece ser el debilitamiento, si no la destrucción, de Irán como Estado funcional. Muchos ministros israelíes han hecho declaraciones que sugieren esto con fuerza y los funcionarios estadounidenses que se han reunido con líderes israelíes a menudo se han llevado esa impresión. También ha habido una línea argumental más amplia —avanzada en los últimos años por figuras como Alain Badiou— en torno a que la estrategia de Estados Unidos en Oriente Medio ha consistido en producir Estados debilitados o fallidos. Irak puede describirse de ese modo, mientras que Libia puede verse en términos parecidos. Discutiblemente, en la política de Trump hay un elemento de esta lógica y no puede descartares completamente.
A la vez, este no es único escenario buscado. Considero que hay un cierto número de milmillonarios de la tecnología cercanos a Trump —incluidos algunos de origen iraní— que han sostenido el potencial financiero significativo que tendría el logro de una reconciliación con Teherán. Desde esta perspectiva, un acuerdo negociado podría supone una victoria para Washington, en particular si pusiera fin o al menos restringiera las ventas con descuento de petróleo iraní a China. Un resultado así sería un duro golpe para China y sus ambiciones globales. Si se pudiera alcanzar un acuerdo con el gobierno provisional —sea con el actual triunvirato o con algún otro órgano— este se presentaría como un triunfo personal de Donald Trump, que tiene un ojo puesto en las elecciones de medio mandato de noviembre. La mayoría del Gran Old Party está seriamente en riesgo.
Equilibrio de fuerzas
También está la posibilidad de que, si la República Islámica no se puede derrotar militarmente de manera decisiva, Washington espere socavar su base social y política. Sigo siendo escéptica ante este escenario. Algunos comentaristas, incluidas voces menos serias en los medios de comunicación en lengua persa, han especulado sobre posibles enfrentamientos callejeros entre los partidarios del antiguo sha y las fuerzas favorables al régimen. Esto parece muy improbable. El equilibrio de fuerzas sigue favoreciendo abrumadoramente a la estructura estatal actual, especialmente tras el ataque israelí-estadounidense. Es poco probable que los partidarios monárquicos se atrevan siquiera a salir a la calle por ahora. Por supuesto, si se produjeran acontecimientos dramáticos e imprevistos —por ejemplo, si se eliminara a varias figuras importantes—, la situación podría cambiar. Pero, en la actualidad, hay pocos indicios de que la Administración estadounidense, a diferencia de Netanyahu, deposite una confianza real en Reza Pahlavi. Existen serias dudas sobre si cuenta con algún tipo de base popular dentro de Irán y se le considera, en general, algo estúpido. Sin duda, ha demostrado ser totalmente incapaz de unir a los dispares elementos de la oposición iraní en el exilio.
El asesinato de Khamenei el 28 de febrero, junto con la decapitación del alto liderazgo militar y político de Irán, se hicieron claramente con la esperanza —o quizás la asunción— por parte de Estado Unidos e Israel de que un golpe así dispararía inmediatamente un colapso del régimen. Todavía es pronto, pero de momento esto parece poco probable.
Sin embargo, como todo el mundo sabe, las guerras son impredecibles. Mientras que Trump al principio parecía satisfecho con la perspectiva de forzar un «cambio en el comportamiento», su retórica se ha endurecido, sobre todo después de los ataques con drones a la embajada estadounidense en Riad y a instalaciones en Kuwait. Hace sólo unos pocos días declaraba sin rodeos que ahora puede ser «demasiado tarde para hablar». Pero, con el voluble Trump,la «guerra, guerra» podría fácilmente dar paso de nuevo al «diálogo, diálogo»… con quién y en base a qué condiciones es otra cuestión.
Supuestamente, hay fricciones considerables dentro del equipo de Trump. El secretario de Guerra, Peter Hegseth, ha sostenido que el conflicto actual «no es un ejercicio de construcción de democracia», mientras que el vicepresidente, JD Vance, sigue advirtiendo de las «guerra interminables» que están alejando a la base MAGA de Trump. Es más, las encuestas domésticas muestran que sólo uno de cada cuatro estadounidenses apoya los ataques actuales.
Los líderes militarse en Teherán está sin duda monitorizando de cerca estas diferencias. Si Trump concluye que el coste político es demasiado alto —sea debido a las bajas estadounidenses o a la presión de los aliados árabes— podría optar por la salida de una «rendición rápida» que deje al régimen iraní efectivamente intacto —un resultado que Netanyahu consideraría seguramente como un fracaso. Y, recordemos, él también se enfrenta a unas elecciones cruciales el 27 de octubre. Si las cosas van bien en Irán, podemos esperar una elección relámpago que fácilmente fortalecería su posición.
Exigencias
Con independencia del resultado militar, tenemos que ir más allá de los gritos de «¡No a la guerra!». Pero, ¿qué podemos hacer? Deberíamos apoyar firmemente un derrotismo revolucionario: queremos ver la derrota de Estados Unidos, Israel y sus aliados, incluido Reino Unido (que ha apoyado a regañadientes la agresión israelí-estadounidense porque Irán ha tenido la osadía de contraatacar). Así que tenemos que llamar a la solidaridad con el pueblo de Irán, al mismo tiempo que nos oponemos a nuestros propios imperialistas. Esto significa organizar manifestaciones, ampliar la campaña de boicot a puertos y aeropuertos, elegir a candidatos antibelicistas en Your Party, etc.
Dentro de Irán, sin embargo, tenemos que abogar por un defensismo revolucionario. Tenemos que ser conscientes de que no es fácil. Hace unos pocos días afrontaba con algo de optimismo la promoción de eslóganes defensistas-revolucionarias. Pero, habiendo visto las grandes protestas en apoyo del régimen, me he dado cuenta de lo difíciles que van a ser las cosas para los camaradas.
No obstante, darán un paso adelante con exigencias que reúnen a la gente en distritos y ciudades contra el modo en que el régimen está dirigiendo la guerra.
Todo el mundo en Irán me dice que no hay refugios antiaéreos aptos —tenemos que exigirlos. Sótanos abiertos, aparcamientos subterráneos y el sistema de metro.
Deberíamos exigir un racionamiento universal, en lugar de los subsidios selectivos que la República Islámica les concede a sus amigos y aliados selectos. El pueblo ya tiene hambre. Debería haber raciones justas para todo el mundo.
Las fortunas de los oligarcas corruptos deberían quedar inmediatamente confiscadas. Las industrias privatizadas deberían quedar bajo control estatal, de manera que el país pueda organizarse para resistir y sobrevivir. Tenemos que recalcar que la derrota del imperialismo sólo se puede lograr luchando por una democracia extrema, no por un gobierno de teócratas, generales, monárquicos y capitalistas.
Debemos exigir la liberación de los presos políticos que se encuentran actualmente en las cárceles iraníes, que quieren resistir contra los israelíes y los estadounidenses. Tenemos que llamar a una milicia popular armada.
Tiene que haber libertad de expresión y derecho irrestricto a manifestarse, reunirse y organizarse.
Deberíamos seguir exigiendo la separación de Estado y religión. Suníes, zoroastristas, judíos, bahaístas y cristianos deberían tener los mismos derechos. La gente debería tener libertad para creer o no creer. No debe haber discriminación. Las religiones deberían ser un asunto privado. Irán tiene que convertirse en una república secular.
Deberíamos exigir la unidad continuada de Irán, pero también el derecho a la autodeterminación de las naciones kurda, azerí y baluchi. La unidad tiene que ser voluntaria. Estas es la mejor manera de frustrar los planes estadounidenses e israelíes de instrumentalizar los agravios legítimos de las minorías nacionales para fragmentar y destrozar el país.
Nos oponemos a la teocracia y a cualquier regreso a la monarquía. Llamamos a un gobierno revolucionario provisional que organice elecciones libres y justas a una asamblea constituyente.
Exigencias así pueden lograr una inercia de masas, a medida que la guerra vaya pasando de durar días a semanas.

