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«Frente único antiimperialista»: sin conexión inherente con la clase obrera

Mike Macnair

Traducción por KimJongDos

Publicación original en: Weekly Worker

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Diez años después del apogeo de la movilización contra la guerra de Irak, Mike Macnair pide el fin de la política del «frente único antiimperialista».

¿En qué sentido fracasó la Stop the War Coalition? Después de todo, nadie podía esperarse en serio poner fin a la guerra sin derrocar al Estado. Es ilusorio sugerir que se podría hacer. Podría darse el caso de que, si una cantidad suficiente de diputados temieran por sus vidas –por ejemplo, si pensaran que podrían ser colgados de farolas al regresar a sus circunscripciones–, entonces podrían haber estado dispuestos a votar en contra de ir a la guerra. Pero, entonces, ¿qué tipo de éxito se podría esperar?

Era correcto decir «No en mi nombre», incluso junto a los miembros de la clase capitalista y del aparato estatal que no querían que la guerra siguiera adelante. Pero, aunque no se podía esperar detener la guerra como resultado de esa gran protesta del 15 de febrero de 2003, lo que sí se podía esperar, más allá de tener a un par de millones de personas en las calles un día, era un movimiento a largo plazo: el desarrollo de un amplio consenso de la necesidad de oponerse a las aventuras de nuestro propio país en el extranjero. Sin embargo, está claro por lo ocurrido en Libia, Mali y Siria que esto no se ha logrado. Lo que tenemos es una especie de «Día de la Marmota»: los sospechosos habituales, los grupos de extrema izquierda y su periferia, haciendo lo mismo una y otra vez, solo que con un número mucho menor de personas.

Parte de la historia es que la Stop the War Coalition [STWC] se ha identificado como una reedición de la política exterior de la antigua Unión Soviética de los años sesenta y setenta. Es decir, la política del «campo socialista», el «frente antiimperialista», que consiste en apoyar a los oponentes del capitalismo liderado por Estados Unidos, sean quienes sean, y convertirlos en héroes: por ejemplo, afirmando que el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad era una especie de representante de los pobres de Teherán. Y lo contrario a eso ha sido la repetida exclusión de Hands Off the People of Iran [HOPI] de la STWC; incluso antes de la formación de HOPI, vimos la exclusión de los disidentes iraníes de las plataformas contra la guerra. Stop the War se ha asociado con los oponentes de Estados Unidos.

Esto se vio cuando el Socialist Workers Party intentó crear un partido sobre la base del movimiento contra la guerra; Stop the War equivale a Respect, que equivale a George Galloway. Y la clase capitalista, el Estado y los medios de comunicación pudieron aprovechar las debilidades de la política de Galloway para identificar el movimiento contra la guerra precisamente con los sospechosos habituales, con gente que conserva la nostalgia de la guerra fría.

La pregunta es: ¿por qué? Hay una explicación sencilla en el hecho de que los grupos que llevaban la STWC surgieron de la radicalización en torno a la campaña contra la guerra de Vietnam de la década de 1960 –o, en el caso, del Partido Comunista Británico/Morning Star, en torno al movimiento contra el apartheid– y, efectivamente, la STWC representaba la política directa de la nostalgia por los grandes momentos de nuestra juventud. Soy un poco más joven, así que solo recuerdo el final del movimiento contra la guerra de Vietnam, pero sin duda eso sentó las bases de las ideas de los líderes de la STWC sobre cómo hacer campaña ahora.

Por supuesto, la realidad es que toda la idea del «campo socialista» y del «bloque antiimperialista» como extensión de este colapsó dramáticamente después de 1991, tras la caída de la Unión Soviética y el giro hacia el mercado en China. Una vez que eso desapareció, todo tipo de personas que «hablaban en soviético» –en el Partido del Congreso en India, en el Congreso Nacional Africano, en los partidos nacionalistas en el «tercer mundo»– dejaron de hacerlo de repente y empezaron a hablar en liberal. Un fenómeno muy dramático y con el que la generación de líderes que creció en los años 60 aún no ha terminado de lidiar. Lo que demuestra es que la forma «socialista» de nacionalismo era un producto de la URSS y que no existe una conexión natural e inherente entre el nacionalismo de los países oprimidos y el movimiento de la clase obrera. Simplemente, el aparente éxito del «socialismo en un solo país» tuvo como consecuencia que parecía una buena opción para los nacionalistas de muchos países.

Además de la política de la nostalgia de la Guerra Fría, lo que está en juego para la izquierda marxista organizada y los activistas formados en ella es el dogma. Para los comunistas «oficiales», el dogma era el del «campo socialista», su construcción y su defensa. Para los maoístas era la doctrina de «cercar las ciudades» a escala mundial –es decir, los países capitalistas centrales de Occidente– por el «campo» global, el «tercer mundo». Para los trotskistas también hay una tradición. En la década de 1930, Trotsky afirmó que los trotskistas chinos debían lanzarse a la movilización del lado del Kuomintang contra Japón, a pesar de una incomprensión real de cuáles eran las dinámicas políticas reales en China, entre ellas la desintegración del régimen del Kuomintang. Cuando Italia invadió Etiopía en 1935, Trotsky convirtió en una cuestión de principio que los revolucionarios debían apoyar al emperador Haile Selassie, lo que en realidad significaba que los trotskistas de Gran Bretaña debían apoyar al cliente del imperialismo británico en un conflicto interimperialista entre Gran Bretaña e Italia. Estos ejemplos del «antiimperialismo de principios» trotskista, de desear la victoria de la potencia colonial, son realmente ejemplos en los que Trotsky no logra comprender en absoluto la dinámica política real y el papel del conflicto interimperialista.

Frente antiimperialista

Así pues, dentro de este enfoque hay algo común al comunismo «oficial», al maoísmo y al trotskismo. Y, por supuesto, tenemos que incluir al SWP dentro de la categoría del trotskismo, tras el «giro vietnamita» de los International Socialists en 1968, cuando rechazaron los principios sobre los que supuestamente se fundaron los IS en 1950 y se convirtieron en entusiastas acérrimos de Ho Chi Minh.

Pero detrás de los tres se encuentra en realidad una política basada en los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista (y, para los comunistas «oficiales», en los congresos posteriores y en la Oficina de Información, o Cominform, de posguerra). Detrás de todos ellos se encuentran las resoluciones y tesis del Congreso de los Pueblos del Este, del Segundo Congreso de la Internacional Comunista y del Cuarto Congreso de la Internacional Comunista sobre las cuestiones nacional y colonial. Estas trazaron una línea divisoria entre el nacionalismo de los países opresores, al que los comunistas se oponían sin reservas, y el nacionalismo de los países oprimidos, que se consideraba un aliado potencial del proletariado.

Se propuso la creación de un «frente único antiimperialista» –de la clase obrera, la pequeña burguesía y la burguesía nacional– contra el imperialismo. De hecho, esta política ya era imposible de aplicar en la década de 1920, salvo para convertir a los comunistas en cómplices de la burguesía nacional, haciendo que expusieran sus cuellos para que les cortasen la cabeza. Esto ocurrió en Turquía en la década de 1920, algo de lo que no se habla mucho porque fue durante la época de Lenin y Trotsky –la dirección clásica de la Comintern– y no durante el régimen posleninista. Pero bajo la dirección posleninista sucedió lo mismo en China en 1927; los trotskistas hablan sobre ello, pero realmente no tienen una política alternativa. Hay muchos otros ejemplos desde la Segunda Guerra Mundial: el Partido Comunista Iraquí a comienzos de los sesenta, el Partido Comunista Indonesio en 1965 y, más recientemente, la izquierda iraní y su frente antiimperialista con el ayatolá Ruhollah Jomeini, que posteriormente encarceló y ejecutó a miles de ellos.

Si nos preguntamos por qué fracasa esta política, la razón subyacente es muy sencilla y, de hecho, totalmente predecible a partir de los propios escritos de Marx y Engels en el siglo XIX. Es decir, la contradicción de clase entre la clase obrera y la burguesía nacional de los países oprimidos es más fuerte que la contradicción nacional entre la burguesía del país oprimido y la burguesía del país imperialista. Nótese que no estoy diciendo que no exista el imperialismo, o que no exista la opresión nacional: solo que la contradicción de clases tiende a ser más fundamental y que, en consecuencia, el frente único antiimperialista fracasa.

¿Cuándo no ha fracasado? Es cierto que hay casos en los que parece haber logrado algo, pero estos tienden a darse cuando los partidos comunistas estaban armados hasta los dientes y respaldados por la Unión Soviética, en relación con los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y con la geopolítica soviética en general. Cuba terminó siendo un «país comunista», no porque lo hubiera sido sin la presencia de la Unión Soviética, sino porque los castristas decidieron alinearse con el Partido Socialista Popular: es decir, el Partido Comunista de Cuba. Y por razones relacionadas con la lucha contra el «grupo antipartido» en el Partido Comunista de la Unión Soviética y los comienzos de la ruptura sino-soviética, Jrushchov giró hacia la izquierda movilizando el apoyo soviético para incorporar a Cuba al «campo socialista».

Por lo tanto, cuando analizamos la motivación detrás de la política de la Comintern debemos partir de este punto: lo que está en juego, al fin y al cabo, es la independencia política de la clase obrera. El elemento constante de Marx y Engels, desde 1846 –por citar un ejemplo temprano, la carta a Feargus O’Connor en relación con las campañas electorales cartistas– es la necesidad de la independencia política de la clase obrera, la acción política de la clase obrera y la organización política de la clase obrera. La idea de colaborar con los liberales burgueses surgió en su línea para Alemania en 1848 precisamente por el escaso desarrollo de la clase obrera ahí. En 1850, esa concepción fue abandonada y rechazada sistemáticamente a partir de entonces: la alianza de Bismarck y Lassalle debía ser rechazada, la participación de Louis Blanc en un «gobierno democrático» en 1848 debía ser rechazada. El mensaje del discurso inaugural de la Primera Internacional era la independencia política de la clase obrera.

Ahora llegamos a la cuestión del imperialismo. Comencemos con Eduard Bernstein, quien en 1896-97 debatió con Ernest Belfort Bax sobre la siguiente cuestión: ¿deben los socialistas apoyar el imperialismo? ¿Deben apoyar la expansión europea, porque supuestamente tiene un efecto civilizatorio y progresista en el resto del mundo?

Bax afirmó lo contrario: que, en la medida de lo posible, el capitalismo debía mantenerse dentro de unos límites estrechos, porque esto provocaría que la sobreproducción se produjera a un ritmo mucho mayor y haría que el capitalismo colapsase antes. El argumento de Bax era un sinsentido, pero Bernstein, en el curso de la polémica con él, así como de la polémica con Parvus que surgió del debate entre Bernstein y Bax, descubrió que no podía sostener simultáneamente la línea de la misión civilizadora del capitalismo en el mundo colonial y la idea de la independencia política de la clase obrera. Como resultado, rompió abiertamente con esta última.

El frente único antiimperialista no pretendía ser una ruptura con la independencia política de la clase obrera, pero en la práctica lo es, ya que dar prioridad a las preocupaciones legítimas de la burguesía nacional tiene inevitablemente el efecto de subordinar el movimiento de clase a las aspiraciones de la burguesía nacional. Y, al igual que Bernstein, los defensores de esta idea después de la década de 1920 se ven inevitablemente abocados a abandonar la concepción de la independencia política de la clase obrera, a favor de la «alianza antimonopolista amplia», el frente popular y operaciones similares, hasta que acabamos con los eurocomunistas diciendo que todo esto de la clase en nuestros programas en realidad está algo obsoleto, que la clase ha dejado de existir. Así pues, el frente único antiimperialista funciona en la práctica como un abandono de la independencia política de la clase obrera. ¿Cómo se justifica?

La respuesta a esto es el texto de Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo. Al principio del texto, Lenin insta a la cautela: afirma que se trata de un esbozo popular, escrito para pasar la censura. Sin embargo, El imperialismo, tras reproducir el esquema general de los autores de la Segunda Internacional anteriores a 1914, se aleja de ellos en aspectos significativos.

El capital internacional

El esquema general, a grandes rasgos, es que el capitalismo crece en el marco del Estado-nación. Pero luego se desarrolla en exceso en este marco, y la razón por la que esto sucede es el subconsumo. Debido a los grandes debates sobre las causas de la crisis que tuvieron lugar a finales de los años sesenta y setenta, ahora resulta profundamente heterodoxo hablar de una tendencia secular al subconsumo como la raíz de la crisis. Pero todo el debate de la Segunda Internacional sobre el imperialismo se enmarca en la idea de una visión subconsumista de la crisis y una tendencia al estancamiento capitalista.

La otra cara del subconsumo es la sobreproducción, y para hacerle frente surgen los monopolios y los cárteles para restringir la producción. El hecho de que los monopolios y cárteles restrinjan la producción es motivo para suponer que estos indican un declive del capitalismo. A raíz de esto, si hay monopolios y cárteles en un marco nacional, entonces se necesitan barreras arancelarias para protegerlos de la competición extranjera. Y entonces, el área incluida dentro de estas barreras arancelarias debe incrementarse, el Estado debe expandir su territorio, y esto impulsa la división del mundo por parte de las grandes potencias capitalistas.

Hay ciertos subtemas aquí que Lenin elimina. En gran parte de la literatura anterior a 1914 se analiza la relación entre los capitales particulares y el Estado, pero Lenin la limita a dos líneas en su texto. En las discusiones anteriores a 1914, hay mucho debate sobre el surgimiento de un mercado mundial y la internacionalización física de la producción, es decir, el grado en que hay flujos de materias primas, objetos semiacabados y otros productos entre países. Lenin elimina por completo el análisis de esa cuestión. La decisión no estaba desvinculada de la polémica en la que estaba inmerso en el momento de escribir El imperialismo, con los polacos y con otros sobre la cuestión nacional, y el Alzamiento de Pascua en Irlanda.

Lo que reemplaza a estos elementos teóricos en las formulaciones que usa es el sobredesarrollo de unos pocos países: los monopolios y la monopolización se convierten en el eje central absoluto de su argumento. Ahora hay un alto grado de polarización en su análisis: en lugar de la división entre países dominantes, intermedios y colonias y otros países dominados, hay una bifurcación entre unos pocos países imperialistas sobredesarrollados y una gran masa de países explotados. Pero igualmente, en política interna, el texto aboga por una división entre, por un lado, los monopolistas que controlan el Estado y, por otro, todos los demás. Por lo que la alianza entre la burguesía nacional y la clase obrera ya estaba presente en El imperialismo, fase superior del capitalismo. Todo esto se enmarca en el contexto teórico del colapso general y la crisis terminal del capitalismo, la «fase superior».

De este conjunto de opiniones se desprende que, para la Comintern, es necesario formular una estrategia similar a la adoptada en Rusia –la alianza obrera y campesina–, pero a escala internacional, en la que el Partido del Congreso en India y otras formaciones nacionalistas, como el Kuomintang en China, actúan como el equivalente de los socialrevolucionarios rusos como aliados estratégicos de la clase obrera. Lenin ha acentuado las características de los análisis sobre el imperialismo anteriores a 1914 que llevan a esa conclusión, pero, en realidad, la historia del crecimiento del capitalismo anterior a 1914 era, en cualquier caso, una tontería.

Por ejemplo, los capitalistas de la República de Venecia exportaron capital a plantaciones de azúcar en Chipre, que era una colonia de Venecia, a finales de la Edad Media. Los banqueros de la República de Génova financiaron plantaciones de azúcar en diversas islas del Atlántico bajo soberanía portuguesa. En el momento en que las Provincias Unidas surgieron como un Estado burgués independiente, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales se embarcó en una senda de conquista en Asia y otros lugares, y al final de la guerra de independencia holandesa de los Ochenta Años en 1648, el Imperio neerlandés ya incluía Sudáfrica, Sri Lanka, parte de Indonesia, parte de Brasil y exclaves de uno u otro tipo repartidos por todo el mundo.

El Nuevo Ejército Modelo parlamentario sale victorioso en la guerra civil inglesa, el rey es ejecutado, y el Nuevo Ejército Modelo comienza inmediatamente una campaña de conquista, que comienza en Escocia e Irlanda, pero que en la década de 1650 se extiende a operaciones en el Caribe, lo que conduce a la conquista de Jamaica. Cuando llegamos al periodo de 1689 a 1713, el Estado británico está inmersa en una conquista mundial por el poder. Algunos dicen que las guerras napoleónicas deberían considerarse como la Primera Guerra Mundial, pero es igualmente cierto decir que las guerras entre 1689 y 1713 podrían considerarse como la primera guerra mundial, la Guerra de los Siete Años como la segunda, las guerras napoleónicas como la tercera, y así sucesivamente. La dinámica social que creó las guerras mundiales que conocemos ya estaba en marcha mucho antes de 1914.

Nos preguntamos entonces: ¿cuándo hubo un capitalismo liberal y de libre comercio, un capitalismo sin barreras arancelarias, sin monopolios, sin exportación de capital y sin operaciones capitalistas financieras? ¿De dónde viene esta idea? La respuesta a esta pregunta explica por qué los camaradas del PCGB han traducido y publicado el texto de Kautsky de 1898 en forma de Karl Kautsky on Colonialism. El texto es francamente espantoso. Pero es precisamente porque él es quien hizo historia en la Segunda Internacional que los textos de Kautsky sobre la historia del imperialismo se tomaron como fuentes de autoridad, y, por lo tanto, también por Lenin, quien realmente solo estaba recapitulando lo que era la ortodoxia estándar de la época.

Lenin simplemente seguía la línea estándar de la Segunda Internacional, por lo que asume que alguna vez existió un capitalismo no imperialista. Es Kautsky quien realmente sostiene que existe tal cosa, que el capital industrial no tiene interés en el proteccionismo, en el imperio, y que los primeros imperios modernos son precapitalistas. Pero la realidad nos muestra que muchos, aunque no todos, eran capitalistas. Los españoles en América Latina, en la medida en que fueron más allá del mero saqueo, intentaron crear regímenes feudales. Pero los portugueses en el sur de Asia, y los holandeses y británicos, crearon imperios capitalistas.

También merece la pena reimprimir a Kautsky porque hay dos caras de la moneda. Por un lado, hay quien quiere un frente único antiimperialista y, por lo tanto, reprimen la disidencia hacia el régimen iraní, apoyan a cualquiera que se oponga al imperialismo dirigido por Estados Unidos y analizan estas cuestiones de manera nacionalista. Ven el movimiento nacionalista como el levantamiento necesario de la pequeña burguesía y el colapso del capitalismo, y «saben» esto porque el imperialismo es la fase superior del capitalismo y porque hubo una época en que había un capitalismo nacionalista y democrático, mientras que ahora hay monopolios y cárteles y por lo tanto el capitalismo ha llegado a su límite.

Pero lo mismo puede decirse del otro bando de este debate: los Eustonites, la Alliance for Workers Liberty y la Platypus Affiliated Society (debo ser cauteloso con los camaradas de Platypus, porque es muy difícil saber en qué creen realmente). La idea de un capitalismo no imperialista funciona para esta gente como una ilusión extraordinaria, por lo que, cuando los Estados Unidos se involucran en operaciones bélicas en Oriente Medio lo que realmente está haciendo es llevar la modernidad capitalista. Compárese el libro de 1970 de Bill Warren, Imperialism, Pioneer of Capitalism.

Y hay una contradicción. Para millones de personas, la Inglaterra decimonónica era la cuna de la libertad; era el país más libertario, más constitucional y más liberal. Eso se ve de forma increíble en los escritos de Kautsky: realmente cree que Inglaterra es este gran país liberal.

Pero, por otro lado, aquí está Marx hablando sobre la revuelta india, en la que «existe algo parecido a la retribución»:

Por infame que sea la conducta de los cipayos, no es sino un reflejo concentrado de la conducta de Inglaterra en la India, y no sólo durante la época de la fundación de su imperio oriental, sino, incluso, durante los diez últimos años de su larga dominación. Para caracterizar esta dominación baste decir que la tortura constituía una institución orgánica de su política «fiscal». En la historia de la humanidad existe algo parecido a la retribución.[1]

La ilusión existe, pero ¿cuál es la realidad? Los Estados Unidos afirman que van a Irak para crear un Estado parlamentario, pero ¿qué hace en realidad? Se alían con los partidos chiítas que tienen como base la mezquita y que están vinculados a la República Islámica de Irán. Estados Unidos ve la Primavera Árabe y ¿cómo reacciona? Se alía con los Hermanos Musulmanes en Egipto y con sus equivalentes en otros lugares. Resulta que, cuando interviene en otras partes del mundo, el gran centro de la libertad utiliza la tortura y la tiranía, se pone del lado de los torturadores y los tiranos e, inevitablemente, promueve las fuerzas más socialmente conservadoras.

Emancipación

Volvamos a la política fundamental: para los comunistas y los marxistas, el camino hacia la emancipación de la humanidad pasa por la emancipación de la clase obrera, del proletariado, como clase. ¿Por qué es así? La respuesta se encuentra, de nuevo, en Marx. ¿Qué defiende Alex Callinicos? No creo que defienda el derecho del «camarada Delta» a cometer hipotéticamente una violación ni nada de eso.[2] Lo que defiende son sus propios derechos de propiedad como líder afianzado.

La emancipación del trabajo a través de una vuelta a la producción familiar es imposible simplemente porque el desarrollo técnico lo ha vuelto imposible. También es objetivamente reaccionario por el papel que juegan la mujer y la juventud: la producción familiar conlleva el patriarcado, en sentido clásico. Por lo tanto, la vía para salir del capitalismo pasa por la relación salarial, porque nadie gane más que un salario y por el derecho universal al acceso a la toma de decisiones políticas; aferrarse al derecho a gestionar, al derecho a una carrera política, no es en principio diferente a aferrarse a tu propio pequeño taller, a tu propia pequeña fábrica.

La emancipación de la clase obrera es la emancipación de toda la humanidad, porque solo puede lograrse tomando colectivamente las riendas de todo el proceso interrelacionado de producción, y eso solo es posible ganando la batalla de la democracia política. Si no hay democracia política, los derechos del presidente Lassalle, como presidente electo con poderes absolutos de la Asociación General de Trabajadores de Alemania o, por lo demás, de Hugo Chávez, o de George Galloway como líder particularmente notorio de Respect, son solo derechos de propiedad. La emancipación de la clase obrera implica tomar las riendas de todo el proceso interrelacionado de producción, y eso implica ganar la democracia política a escala internacional.

El eustonismo, el «imperialismo democrático», afirma la democracia al mismo tiempo que la niega. Afirma la democracia en su apologética, pero la niega en cuanto se arroga el derecho a decirle a los iraníes, o a los libios o a quien sea lo que tienen que hacer. Las versiones de izquierda afirman la perspectiva de la emancipación de la clase obrera al mismo tiempo que la niegan.

Lo mismo ocurre, obviamente, con la política del frente único antiimperialista: afirma la posibilidad del comunismo al mismo tiempo que la niega al presentar al tirano local como algo preferible al tirano global. Y es esta afirmación y negación simultánea de una alternativa al capitalismo lo que tiene como consecuencia que el «antiimperialismo» de la STWC y del SWP se reduzca a un número cada vez menor de los sospechosos habituales.

Es una política que tenía algo de sentido cuando la Unión Soviética aún existía durante la Guerra Fría. Tras la caída de la Unión Soviética, solo puede representar una retirada a círculos cada vez más reducidos.


[1] Karl Marx, «La revuelta india», New York Daily Tribune, 1857.

[2] [N. del trad.] El «escándalo del camarada Delta» fue una crisis interna del SWP que surgió cuando una militante acusó a Martin Smith, secretario nacional del SWP y el «camarada Delta» en cuestión, de abuso sexual y violación. La respuesta de la dirección fue de respaldar a Smith y celebrar un juicio interno en el que el comité encargado llegó a cuestionar el pasado sexual de la víctima

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