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El rojipardismo, siervo del capital

Mario Aguiriano

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En los últimos años, el discurso anti-inmigración ha calado en sectores provenientes del amplio campo conocido como “la izquierda”. Existen casos en los que esto ha redundado en el abandono de la propia autopercepción como “izquierdistas” y el tránsito abierto y desacomplejado hacia el fascismo. Casualmente, sin embargo, esto último no es lo más habitual. Mucho más corriente resulta el uso de un argumentario compartido con la ultraderecha desde coordenadas que siguen pretendiéndose “izquierdistas” –e incluso, en ocasiones, directamente “comunistas”.

Por supuesto, se trata de una farsa completa. En el término “rojipardo” ambas familias no están en igualdad de condiciones, pues no hay conciliación ni equilibrio posible entre comunismo y fascismo: el rojo es en este caso un simple barniz para una práctica parda. Pero es relevante analizar el argumentario esgrimido por estos sectores, las justificaciones bajo las cuales pueden seguir presentándose no ya como luchadores por la causa del proletariado, sino como los últimos luchadores auténticos, ante una izquierda –de nuevo, en el sentido más amplio del término, donde incluyen también a los comunistas– vendida a las fuerzas del capital. El argumentario del que hablamos no es particularmente rico: viene a ser un refrito de tópicos chovinistas desde una perspectiva supuestamente “obrera”. Sin embargo, en estos tiempos de auge reaccionario, cuando sectores crecientes de las clases medias adoptan formas de conciencia cada vez más chovinistas y excluyentes, el discurso rojipardo es un caballo de Troya que amenaza con expandirse, y puede incluso engañar a personas de buena voluntad. Es un hecho que esta clase de opiniones están cada vez más extendidas no solo entre las bases de los partidos de izquierdas, sino también entre sus direcciones (basta recordar declaraciones recientes de Otegi y Rufián). Urge, en ese sentido, combatir el argumentario rojipardo y en general los sentimientos y discursos que encierran a los trabajadores en la lealtad hacia su propio Estado capitalista. Décadas de repliegue del comunismo y hegemonía oportunista han desdibujado el mensaje y principios del marxismo, permitiendo la emergencia de todo tipo de síntomas mórbidos que reclaman su nombre mientras lo traicionan punto por punto. Y no hablamos de una cuestión menor, ni de una “enfermedad infantil”. Así como ante los trabajadores honestos que alberguen prejuicios racistas los comunistas deben comportarse de forma firme pero pedagógica, en un momento en que los ataques contra la población migrante son la punta de lanza del proyecto reaccionario y fascista que aspira a hacerse hegemónico en Occidente, el rojipardismo consciente debe verse como una quinta columna a erradicar.

Vamos, pues, con el argumentario rojipardo. Su viga maestra es una tesis muy simple: la inmigración empuja los salarios a la baja. De ella extraen dos conclusiones: la inmigración interesa a la patronal (1); las medidas anti-inmigración son medidas en defensa de los trabajadores nacionales (2). Esto les sirve para denunciar como cómplice de la patronal y falso izquierdista a todo aquel que luche contra las medidas anti-inmigración. “Siervos de la CEOE”, “estáis al servicio de la CEOE”, etc. son tópicos habituales.

Aquí hay ciertos errores básicos de razonamiento. En primer lugar, la voluntad de privilegiar a los trabajadores nacionales sobre los trabajadores de otras naciones ya lo coloca a uno fuera del campo de la defensa de los intereses generales del proletariado. Lo ubica, de hecho, en alianza con… la propia patronal, pues la separación entre el proletariado “nacional” y el proletariado “internacional” conlleva la subordinación del proletariado “nacional” a su propio Estado y su propia burguesía. Mientras que la unidad de clase internacionalista es la única vía para llevar a los trabajadores al poder, privilegiar la comunidad nacional frente a la solidaridad internacionalista es comprarla entera, con sus clases dominantes y su aparato burocrático. Esto significa que, paradójicamente, privilegiar a los trabajadores nacionales es a la larga perjudicar a los propios trabajadores nacionales, es perpetuar su subordinación a cambio, en el mejor de los casos, de mejoras cortoplacistas y ciertas concesiones volubles.

Lo anterior puede comprobarse analizando el “argumento estrella” de este rojipardismo renovado. Empecemos con la tesis fuerte: “la inmigración empuja los salarios a la baja”. Esto, per se, no tiene por qué ser falso. La afluencia de nuevos proletarios apretados por una necesidad acuciante y en general desorganizados impone una presión a la baja sobre los salarios, especialmente en los tramos inferiores de la escala salarial. Los marxistas siempre han tenido una respuesta a esto: lo que hay que eliminar es la parte de la “desorganización”. Los rojipardos, por el contrario, ¡pretenden eliminar a los inmigrantes! Siguiendo su misma lógica, lo ideal sería expulsar también a todos los parados, y de paso a todos los trabajadores no sindicados, y quizás también a la mayoría de los trabajadores sindicados, que no luchan lo suficiente.

En un plano más aterrizado, lo que argumentan los rojipardos es que las medidas anti-inmigración contienen la presión a la baja sobre los salarios. ¿Es esto cierto? No, no lo es. Los motivos son varios. En primer lugar, los flujos migratorios no vienen puramente determinados por la voluntad de los Estados o los deseos explícitos de las patronales. Son un resultado de las dinámicas del capitalismo global, que hacen que los trabajadores tienden a moverse hacia los países imperialistas–que es también donde abunda más el trabajo y existen ciertos niveles de bienestar. A ello hay que sumarle los millones de refugiados producidos todos los años por las guerras que el capital provoca inevitablemente, así como las condiciones de desesperación provocadas por las crisis, hambrunas, catástrofes climáticas, etc. igualmente inherentes a la acumulación capitalista. En el sentido más básico, es la estructura del imperialismo mundial, donde la superioridad del centro depende de la opresión continuada de las periferias, lo que articula los flujos migratorios actuales.

La migración, por lo tanto, es un fenómeno consustancial al capitalismo y la “libertad” de la fuerza de trabajo para tratar de venderse al mejor postor, así como al desarrollo desigual que separa al centro imperialista de las periferias directamente empobrecidas. Una economía puramente “cerrada” sería una economía que habría reintroducido alguna forma de servidumbre, atando a cada trabajador a su puesto de trabajo, y que sobreviviría en la miseria de un régimen autárquico. De lo anterior se sigue que la eliminación completa de la migración es un imposible. Si a ello le sumamos las desastrosas tasas de natalidad de Occidente, las guerras y subdesarrollo impuesto que atenazan al Sur global y el estancamiento general de la economía occidental vemos que la idea de erradicar la inmigración es simplemente una fantasía. El capitalismo occidental necesita personas migrantes porque, entre otras cuestiones, amplios sectores económicos (la agricultura, la hostelería, los cuidados, la construcción, la industria cárnica, la logística, etc.) quebrarían si tuvieran que ajustar sus niveles salariales a los de los trabajadores “nacionales”; los proletarios del Sur Global necesitan migrar porque el desarrollo desigual capitalista condena a sus países a la pobreza, la producción agrícola y la exportación de materias primas, así como a la constante desestabilización imperialista. Los rojipardos usan lo anterior para presentar la migración como contraria a los intereses de la clase obrera. Pero si la política proletaria consistiera en escribir “no” siempre que la burguesía diga “sí”, cualquier palurdo podría ser un genio de la estrategia. El capitalismo también tenía interés en incorporar a las mujeres al mercado laboral: ¿se supone que debemos deducir de lo anterior que los comunistas deben oponerse a ello? No, en absoluto. Deben apoyarlo, pero por motivos radicalmente diferentes a los de la burguesía. Al igual que la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado, las regularizaciones son medidas burguesas progresivas porque atenúan mínimamente el desamparo legal de las personas migrantes, ampliando sus posibilidades para la organización y la lucha (por más que este no sea el objetivo de las fuerzas capitalistas que las promueven). No hacen efectiva la emancipación, pues se realizan bajo formas burguesas, pero sí amplían sus condiciones al facilitar potencialmente la lucha contra esas mismas formas.

Formular una política obrera coherente no es limitarse a fantasear con que el comunismo mundial libraría a las masas del Sur global de la necesidad de emigrar, sino ver cuál es en el aquí y ahora el medio para fortalecer, organizar y preparar a la clase obrera para hacer efectivo el comunismo. Y el medio más básico de lo anterior, aquí y en Nigeria, es sustituir la lógica de la competencia entre trabajadores (tanto a nivel de cada estado como a nivel internacional) por la lógica de la asociación consciente, la división de clase por la unidad de clase, y la inconsciencia de quien ve en sus compañeros de clase un enemigo por la conciencia de quien ve el enemigo común en la burguesía y su Estado. Y lo cierto es que las leyes anti-inmigración no son más que formas materiales de competencia, medios para separar a los trabajadores “nacionales” de los trabajadores “de fuera”, convirtiendo a estos últimos en una subclase sometida a niveles extra de explotación y dominación política. El proletariado solo puede constituirse en clase política en tanto que clase internacional, y ese proceso queda desbaratado desde el mismo punto de partida si los trabajadores de los países imperialistas optan por cerrar la puerta a los trabajadores del Sur Global bajo la ilusión de preservar las migajas de bienestar imperial que les entrega su burguesía –a la que declaran lealtad implícita con este gesto. La postura comunista, por el contrario, confronta tanto al chovinismo burgués como a las posiciones de esa burguesía progresista que puede conceder regularizaciones, pero sigue viendo en el inmigrante a pura fuerza de trabajo para explotar. Los comunistas, por el contrario, no ven en las personas migrantes a un objeto de su caridad, sino a un sujeto de la lucha obrera internacional. Como parte de la misma perspectiva, combaten a su propio bloque imperialista y denuncian las políticas opresivas que este impone sobre el Sur global, las guerras de rapiña, conflictos proxy y crisis de refugiados que son el producto inevitable del imperialismo, y cómo todos ellos fuerzan a millones de trabajadores a abandonar sus países de origen.

Cabe insistir en que la función real de las leyes antimigratorias no es cortar el flujo de personas migrantes. Prueba de ello es que en Occidente el progresivo endurecimiento de las medidas anti-inmigración que vemos desde los años 80 ha sido acompañado por… un aumento espectacular en las cifras de inmigración. Por supuesto, siempre puede argumentarse que las medidas han logrado disminuir el número potencial de inmigrantes. Eso, de nuevo, no es falso en sí mismo, pero olvida el elemento central que el imaginario rojipardo, cegado por su chovinismo, es incapaz de ver: algo que contribuye decisivamente a que la inmigración pueda empujar los salarios a la baja es la ausencia de derechos de las personas migrantes provocada por las leyes anti-inmigración. Poco importa que el número de personas migrantes consiga reducirse mientras estos formen una subclase privada de derechos políticos y económicos, completamente a merced de sus patronos. Por ello las medidas anti-inmigración son pura y simplemente medidas antiproletarias, contrarias a los intereses generales de la clase trabajadora mundial –como concluyó la Segunda Internacional, afirmando que los partidos obreros no podían favorecer jamás esta clase de medidas (la Tercera sostuvo lo mismo). Al favorecer exactamente el tipo de legislación que ata a las personas migrantes a estas condiciones de miseria y obstaculiza decisivamente su organización, nuestros rojipardos se demuestran como fieles siervos de la burguesía, enemigos tanto de los trabajadores migrantes como de los trabajadores “autóctonos” –y muy especialmente de las capas más proletarizadas. Promover la división en el seno de la clase obrera, auspiciar el chovinismo y la exclusión, estigmatizar al migrante y a quien lucha por sobrevivir es ser un enemigo del proletariado, un perro faldero de la clase de los empresarios, un tonto útil de la burguesía y un Estado capitalista cuyo poder sobre la clase trabajadora se ve incrementado con cada una de estas medidas.

Ya a día de hoy, la política de los Estados europeos hacia las personas migrantes destaca por su inhumanidad. El Mediterráneo es una inmensa fosa común a las puertas de la Europa-fortaleza, la misma que somete a las personas migrantes a condiciones de trabajo miserables, los encierra en CIES, los acosa policialmente, los brutaliza en comisarías, los expone a la violencia de grupos neonazis y el racismo social generalizado, los deshumaniza en su propaganda, los relega a la condición de siervos y un largo etcétera. Basta pensar en los abusos sexuales impunes contra las jornaleras marroquíes de la fresa en Huelva, en las condiciones de trabajo asfixiantes de los invernaderos almerienses, en las miles de empleadas domésticas sin contrato y con salarios de 600 euros, en quienes pedalean por una miseria para llevar una smash burger a algún gilipollas o en los peones de obra sin papeles que ofrecen su fuerza de trabajo en plazas de Madrid a siniestros empresarios locales. Pues bien: ante esta realidad, la oferta del rojipardismo es doblar la dosis de barbarie. Bajo su parafernalia soviética, sus bocas llenas del término “clase obrera” y su aparente oposición al capitalismo lo que se encuentran son las escuadras fascistas del ICE. Por desgracia, no hay un gramo de exageración en lo anterior. ¿O a qué política práctica creemos que apunta su rechazo a las migraciones si no es a reforzar el Estado policial, multiplicar las deportaciones forzosas e instaurar un régimen de persecución y terror racial al estilo del articulado por Trump? ¿A qué creemos que aspiran, se atrevan a reconocérselo a sí mismos o no, si incluso las tibias medidas regularizadoras del gobierno capitalista español les parecen intolerables? El rojipardo no es más que un fascista inconfeso. Se mueve entre el cinismo y la falsa conciencia: o no acaba de ver que su compañero de trinchera es Elon Musk, no los comunistas; que su respaldo teórico está en Duguin y no en Marx; que su aliado es el policía de Jusapol y el militante de Núcleo Nacional, y no la clase obrera consciente; o bien lo ve perfectamente, pero finge lo contrario.

Toda la superioridad moral que les da el acusar a los demás de “siervos de la patronal” es solo una coartada para su racismo y una excusa para su propia servidumbre, una farsa erigida sobre argumentos que no se sostienen ante un mínimo análisis, vedada por la lógica, pero permitida por una policía encantada de ver su labor represiva y racista legitimada por un coro de palmeros y una burguesía feliz ante la defensa de medidas que contribuyen a estrechar el salario. Ya hace casi dos siglos Marx escribió:

El obrero inglés odia al obrero irlandés, a quien considera como un rival que hace bajar los salarios y el nivel de vida […] La burguesía fomenta y conserva artificialmente este antagonismo entre los proletarios dentro de Inglaterra misma. Sabe que en esta escisión del proletariado reside el auténtico secreto del mantenimiento de su poderío.

La única vía para evitar las presiones a la baja sobre los salarios, así como la guetización y otras miserias impuestas por el orden burgués es la organización conjunta de obreros autóctonos y extranjeros, es la lucha decidida por los derechos políticos y económicos de todos los trabajadores, es la unidad del proletariado con independencia de su edad, condición y lugar de origen. Y la única salida para acabar con la explotación salarial es la unidad internacional del proletariado en torno a un programa socialista. El resto son fantasías racistas que atentan directamente contra los intereses de la clase obrera, venga de donde venga.

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