Frédéric Lordon
Traducción por Leila Sidqi
Publicación original en: La pompe à phynance
Han recibido una educación. Han ido a las escuelas —al menos a Sciences-Po o a una escuela de periodismo. Así que se les ha enseñado. Entonces, han aprendido. Han aprendido Historia. La han regurgitado —en trabajos, después en artículos, en discusiones mundanas. Han visto documentales —en Arte. En películas. Sobre el auge. Sobre lo que ha pasado, los procesos en curso, las aceleraciones. A qué han conducido los procesos. Se les ha invitado —y han invitado— a ‘meditar’. Cómo todo esto puede haber pasado. En medio de qué inconsciencia, de qué pasividad, de qué fracasos políticos, intelectuales, morales. Después de todo lo cual han jurado solemnemente que ‘nunca más’. Así que lo saben. Normalmente.
Y ahora todo vuelve a reproducirse —pero como en un desfile. No hay que hacer siquiera un esfuerzo de generalización o de conceptualización. Todo vuelve a estar ante sus ojos: la secuencia. Idéntico o casi. No hay más que mirar y luego tachar. Pero no. Nada, nada, no pasa nada —en fin, nada destacable. En todo caso, aquí. Fuera, ah, sí, ahí es distinto. En Estados Unidos, por ejemplo. Muy diferentes, los Estados Unidos. Según la regla más probada del periodismo nacional, cuando sucede ‘lejos’, se puede ver —atención: no aplicar a Israel. En cuanto a Estados Unidos, por ejemplo, ahora está permitido disfrutar de la emoción de decir ‘fascismo’. ¿En Francia? ¿Auge, secuencia? Honestamente, no, no lo vemos. Nada. RN [Agrupación Nacional, por sus siglas en francés], sí —aun así, leemos las encuestas. Pero perfectamente republicano; fascismo, para nada.
Invertir
Visto lo visto, en la situación en la que estamos, ‘nada’ sería preferible por mucho. Pero no hay ‘nada’: hay inversión. El problema político en Francia no es el inexorable auge del fascismo, es el bloque de la izquierda antifascista. El cual, en última instancia, decimos a media voz, podría resultar ser el ‘verdadero fascismo’. Así que no es exacto decir que ‘todo vuelve a reproducirse’ idénticamente. El segundo fascismo histórico tiene esta particularidad: negar absolutamente ser un fascismo y reservarles esa infamia a sus oponentes. En este sentido, un vídeo ya viejo lo ha dicho todo —es una parodia, pero muy seria. Vemos a un oficial de las SS, increpado por un viandante que le trata de nazi, reaccionar indignado y sarcástico: ‘¿Y por qué no de extrema derecha, ya que estamos? Cuando nos quedamos sin argumentos, tiramos de la polémica nazi. Y nuestro Führer supongo que también será un nazi’, etc. Este es exactamente el estado real del debate. Un reportaje de France Info cierra con una evocación a las ‘flores para Quentin’.
Bastarían entonces tres minutos de vídeo para dar a conocer la naturaleza de los grupos a los que ese infeliz pertenecía. Tendríamos más bien al ‘corista y filósofo’ o al ‘estudiante de matemáticas’, eso varía, pero en cualquier caso a una figura de sensatez, moderación y empatía cristiana. Pero a lo que realmente estaba afiliado, a las hordas negras, las marchas con antorchas, las banderas con cruces celtas, los brazos alzados, el desfile neonazi en el que participó el pasado 10 de mayo, por ejemplo —es decir, todas las manifestaciones de auténtico fascismo amablemente autorizadas por Darmanin-Retailleau-Nunez— eso no lo mostrarán los medios de comunicación. Tampoco mostrarán los vídeos ampliamente disponibles de las escuadras fascistas en acción, picas en mano, en las calles de Angers, Rennes, Lyon y otros lugares. No dirán lo que ocurre con la vida nocturna, en bares, discotecas o librerías, cuando una redada puede tener lugar en cualquier momento. No enseñarán la foto de Retailleau en agradable compañía de ‘El Jarl’, notorio jefe de escuadra, ilustración perfecta de lo que es un arco fascista. No enumerarán la lista de todos los asesinados por la extrema derecha —es cierto que todos tienen nombres que suenan demasiado poco cristianos y, además, nadie había hablado de ellos entonces. No mencionarán la compasión diferencial de Macron, que casi entra en duelo por un militante fascista, pero no dice nada sobre los asesinatos cometidos por militantes fascistas —habiendo tenido numerosas ocasiones para hacerlo.
En resumen, no dirán que si hay un antifascismo puede ser porque, en primer lugar, hay un fascismo —porque no podemos preceder lógicamente aquello contra lo que nos definimos. Y cuando la sociedad está abandonada a las escuadras, toleradas por todo el aparato estatal, desde los rangos más rasos de su policía hasta las cimas de la administración y el gobierno, prefectos y ministros; ignoradas por los medios de comunicación que tendrían el poder de generar una condena social a escala nacional; entonces, sí, cuando ya nada disuade a las escuadras, no es de extrañar que haya quienes, hartos de sufrir, decidan defenderse —y, de paso, defender a los demás— y se doten de los medios para hacerlo. Y tampoco es de extrañar que ocurra lo que es previsible cuando la deserción de un Estado cómplice sólo deja la posibilidad de enfrentamientos cara a cara violentos. Enfrentamientos a los que normalmente debería oponerse la policía —pero ahora todo el mundo sabe de qué lado está la policía. Todo el mundo menos los medios de comunicación.
Una vez eliminado del panorama el auge fascista, sólo queda un incomprensible ‘antifascismo’, una absurda aberración, una violencia pura sin causa. Así, pegando un salto de diez peldaños en la mentira, se puede lanzar el titular de ‘LFI, el nuevo enemigo’, como France-Info, la radio pública de extrema derecha, al cual le hemos quitado la interrogación porque no estamos obligados a validar todos los grados de hipocresía. O bien, como Sandrine Cassini, ‘LFI acusada por la derecha y la extrema derecha’, cuando es bastante evidente que el verdadero titular debería ser ‘LFI acusada por Le Monde’. Habrá que recordar este fin de semana de febrero de 2026, porque sin duda quedará como un momento histórico. No es que lo ha ocurrido sea absolutamente inédito: la carrera hacia el fascismo bajo Macron, el abatimiento de la única formación política realmente de oposición (ya que RN sólo propone intensificar lo que ya se está haciendo y, por lo demás, un perfecto statu quo). No es que todo sea inédito: todo se ha llevado a un grado tan extraordinario que las variaciones cuantitativas marcan diferencias cualitativas. El vuelco hacia lo que por comodidad llamamos ‘trumpización’, es decir, una forma extraordinaria de mentir, distorsionar y fabricar, se ha apoderado de todo el paisaje político y mediático. Y este vuelco es total.
Falsificar
No es para nada adventicio que este acontecimiento haya sucedido apenas unos días después de las palabras de Nunez que sostenían que los ‘controles de identidad por perfil no existen’, justo después de que hayan sido documentados por la Corte de Casación, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y el Consejo de Estado. Y más aún, la desconcertante declaración del ministro de Asuntos Exteriores [Jean-Noël Barrot] exigiendo la dimisión de Francesca Albanese basándose en unas palabras que ella simplemente no ha pronunciado. Ambas declaraciones habiendo ocurrido sin que ningún medio de comunicación señalara su excepcional gravedad, limitándose (en el mejor de los casos) a informar sobre ellas sin pena ni gloria. Un sistema mediático normalmente ‘sano’ es un ejemplo de rectificación e incluso de denuncia por indecencia de estas falsificaciones. Sin embargo, el sistema contemporáneo se ha convertido él mismo en un agente de la corrupción intelectual contra la que se supone que debe luchar, ahora ocupado en no decir lo que es, cuando no se dedica a decir que es lo que contario de lo que es. La prensa del ‘fact-checking’, en una cruzada contra la posverdad según sus propias pretensiones, también se ha convertido —en un giro destinado a resultarle para siempre incomprensible— en una formidable máquina de posverdad. No hay fascismo y el antifascismo es un fascismo; la FI es la violencia misma en política y las milicias realmente asesinas no existen; las palabras de la FI matan, pero las del Gran Reemplazo no, el ‘Abajo el velo’ no le provocó ni una pizca de escándalo a Retailleau; la FI es el antisemitismo reconstituido, aunque esto no se pueda documentar mediante ningún procedimiento, pero el espeso fango que lo cubre en RN —candidatos ordinarios, grupos de mensajería, vínculos escuadristas— se anula porque RN apoya a Israel.
Israel y su genocidio. Este es quizás el lugar principal —y sintomático— del vuelco político y mediático. El genocidio en Gaza es objeto de la misma negación que el auge fascista en el interior del país, para dar lugar a una alianza que desafía el entendimiento, la lógica y la Historia: el sionismo en su variante genocida (pero no sólo) y el bloque aglomerado en defensa del orden burgués, desde el PS hasta la extrema derecha más antisemita. Con el odio a FI como único cimiento. Es cierto que, siendo la única formación política en el ámbito institucional en denunciar el genocidio y la única de izquierdas, se estaba señalando a sí misma ante todos. ¿Se preguntará algún medio de comunicación sobre este mundo paralelo en el que vivimos, en el que, por ejemplo, el hijo de un cazador de nazis llama a que se hagan ‘grandes redadas’? ¿Nos sorprenderá que, en esta inversión de polos magnéticos, reine la mentira extrema?
Y esto incluso en los círculos más cultos, los de C politique, por ejemplo, el equivalente dominical en France 5 de la máquina de sedación diaria C ce soir. Jean-Yves Camus, supuestamente un académico, delira —porque no hay otra palabra— diciendo que Rima Hassan tachó a todos los judíos de ‘genocidas’. Siguiéndolo inmediatamente de otra falsificación que le hace decir que ‘Desde el [río] Jordán hasta el mar’ significa la expulsión de los judíos —cuando ella ha afirmado sistemáticamente lo contrario. Y ni una palabra de respuesta por parte de Thomas Snegaroff, ni un amago de interrupción seca y clara frente a la fabricación en estado puro. Prefirió pasar a otro tema: por ejemplo (al azar), acabar con FI. El presentador señaló por formalidad que, a priori, no estaba implicado en absoluto en el drama de Lyon, pero no por ello dejó de dedicarle un buen cuarto de hora, algo que le brindó abundantes oportunidades para insinuar que sí lo estaba, al menos un poco.
Sin sorpresa alguna, podíamos contar con Macron para que ofreciera una síntesis perfecta: LFI/ extrema izquierda/ arco republicano (más allá de)/ antisemita —con la amable invitación de Frédéric Haziza, buhonero de Radio J, a quien el periodismo le es tan extraño como familiar el acoso sexual. En todo caso, no esperábamos menos de aquel por quien todo habrá sucedido y cuyo sistema mediático se habrá empeñado en negar que todo habrá sucedido por él. Pétain (gran soldado), Maurras (referencia), Zemmour (consuelo telefónico), Valeurs Actuelles (entretenimiento), pero también: violencias policiales desatadas, impunidad garantizada, intrigas judiciales asombrosas (prohibición de grabar a la policía, presunción de defensa legítima), racismo autorizado en las expresiones ministeriales, policía ideológica en la universidad, vigilancia de redes sociales bajo el pretexto de la protección de la juventud, represión o prohibición de las manifestaciones de apoyo a Palestina —desmoronamiento general de las libertades y derechos fundamentales, degradación de Francia al rango de ‘democracia impedida’ (Civicus) o de ‘democracia defectuosa’ (The Economist). En fin y, sobre todo: la obsesión documentada de entregarle el poder a RN al precio, si fuera necesario, de olvidarse del resultado electoral, como en 2024. Porque, en la prensa francesa, ya está todo preparado para que nos preocupemos con deleite por lo que Trump podría hacer en las elecciones de midterm, sin recordar jamás que pisotear las elecciones, en nuestro país, es ya algo habitual. En un silencio total.
Colaborar
El genocidio en Gaza habría sido el primer lugar donde se produjo la trumpización, pero todo habría venido a sumarse a ello y, en particular: ‘la violencia’ —sólo por parte de FI, por supuesto. Del mismo modo que no hay antifascismo sin un fascismo que le preceda, no hay violencia que venga de la sociedad sin una violencia que se haya ejercido sobre ella —no ha faltado en tres décadas, pero singularmente, en la última, en la del macronismo. Plazca al cielo que haya surgido una formación política importante como FI para captar esta violencia reaccionaria, para expresarla, pero dándole forma, dándole une elaboración, es decir, transmutando la cólera en conflictividad reglada ¿Qué habría sido de ella si no? ¿Qué oportunidades no se habrían brindado? Casi acabaríamos soñando con una insurrección en toda regla, al estilo de unos chalecos amarillos redux, pero con esteroides, que irían a buscar a la burguesía del poder hasta su casa para enseñarle de primera mano la diferencia entre la verdadera violencia y la conflictividad política. Pero la burguesía no tolera ni siquiera la conflictividad más simple y la única oposición de izquierda que es capaz de contemplar es la derecha —Hollande, Glucksmann, Cazeneuve, quien queramos, pero la derecha. En realidad, ya no está en condiciones para comprender nada y sólo la mueve el deseo de preservar su orden —para el que considera que RN al menos no supondría ningún riesgo. Y ese deseo fanático se ha apoderado con furia de todas sus cabezas, políticas y mediáticas, razón por la cual para pensar en esta orquestación no hace falta, como decía Bourdieu, una hipótesis de un director de orquesta. Porque lo es. En realidad, es incluso una campaña.
Podemos y debemos calificar de ‘campaña’ una empresa tan general, tan coherente y tan violenta de eliminación de una formación política, la única de izquierdas en el panorama institucional electoral. Benjamin Duhamel, frente a Manuel Bompard, puede agitar sus pequeños brazos y patalear diciendo que ‘se ha hablado de ello’ —por ejemplo, de los vínculos entre RN y el GUD [Grupo de Defensa de la Unión, por sus siglas en francés], responsable del asesinato de Aramburu. La verdad es que no, no se ha hablado de ello —como hablan, en una explosión de júbilo, de lo ocurrido en Lyon, no como citan a comparecer a la FI y nada más que a la FI. Porque hace un siglo que RN ya no comparece. Los tránsfugas de los medios de comunicación de extrema derecha se han convertido en cronistas del servicio público, hasta en France 5, sobre todo en France Info, que se ha convertido en la radio de la colaboración por excelencia. Ahí se airean a diario los dos negacionismos, el del crimen contra la humanidad de más allá y el del auge fascista de más acá, ahora profundamente solidarios entre sí. Su anudamiento nunca se expresa tan bien como en ese tropo inepto pero repetido por todos lados del ‘arco republicano’, de quién entra y quién sale de él —que sin duda seguirá siendo el fetiche de esta clase imbécil, que ni siquiera tiene a su favor la grandeza particular del cinismo: cree en él con todas sus fuerzas. En realidad, quedará como la hazaña canónica de los colaboracionistas.
Estábamos escribiendo, en relación a Quentin Deranque, que estamos a punto de llegar al homenaje nacional o a la marcha en conmemoración de la víctima, cuando se anunció el minuto de silencio en la Asamblea Nacional. Un militante de la extrema derecha más violenta. Honrado en la Asamblea. Hacía falta un viñetista político genial como Fred Sochard para producir inmediatamente el antídoto. ‘¿Y para las víctimas de los crímenes racistas?’, pregunta un personaje. ‘¿No os bastan años de silencio?’, responde [la presidenta de la Asamblea Nacional] Yaël Braun-Pivet.
Pero, aun así: una clase entera, minoritaria, parásita, radicalizada en la defensa fanática de sus privilegios, preparada para hacer cualquier cosa, instala literalmente a la extrema derecha, cuando no la desea con todas sus fuerzas, negando tener la más mínima intención de hacerlo, sin dejar de hacer todo lo necesario para ello. Eso de la extrema derecha no es grave. Al fin y al cabo, ya hemos despejado bien el camino, hemos preparado el terreno, ya somos racistas, nos hemos librado del Estado de derecho y de las elecciones, somos militantes de todas las autorizaciones policiales, poco preocupados por las escuadras. ¿No le estamos rindiendo un bello homenaje a uno de los nuestros? No, lo grave son ‘los otros’, sus impuestos, su pasión por los árabes, aquí y en Gaza, sus objeciones al capitalismo, su penoso tropismo por los dominados, su falta de simpatía por los poderosos —es decir, por nosotros. Pero haremos todo lo que sea necesario. Hemos aprendido, pero en realidad no. Lo hemos olvidado todo: la Historia —nos sentimos mucho más ligeros. Así que distorsionaremos, fabricaremos, falsificaremos, invertiremos —en definitiva, no vemos muchos límites. Ni siquiera tendremos la impresión de estar mintiendo porque, al intoxicar al público, nos hemos autointoxicado y ahora nos creemos todo lo que decimos. Colaboramos con la conciencia limpia y con total libertad. Así que no, no hemos aprendido nada de la Historia. Esta es nuestra forma de entrar en ella.

