Mario R. Tauste y Mario de Manuel Martínez
Piden tierra y se la niegan
tierra para trabajar
hay otros que piden más
armas pa’ hacer la guerra
y a esos sí que se las dan
—El Cabrero, «Piden tierra y se la niegan» (Letra de Elena Bermúdez)
El hilo de Ariadna del capitalismo andaluz
El próximo 17 de mayo se celebran elecciones en Andalucía. De acuerdo con el último barómetro del CENTRA[1], aproximadamente cuatro millones de andaluces y andaluzas –apenas un 60% del censo electoral– acudirán a las urnas en una coyuntura sobredeterminada por la situación política internacional. Y no es para menos. En cuestión de meses, el mundo en el que hemos crecido ha dejado de existir tal como lo conocíamos. El genocidio en Palestina y Líbano, la recolonización de Venezuela, el asedio criminal contra Cuba y la guerra de agresión ilegal contra Irán han demostrado que EEUU no va a permanecer impasible ante el declive de su hegemonía imperial.
El capitalismo atraviesa una profunda crisis histórica y la espiral bélica desatada por el Eje Genocida en Oriente Medio es sólo un anticipo de lo que está por venir. Con tasas de ganancia cada vez más exiguas, la competencia por el pastel menguante de la riqueza global se agudiza, las clases dominantes emprenden una ofensiva brutal contra los trabajadores del mundo y los Estados capitalistas se embarcan en nuevas guerras de rapiña imperialista. Claro que, si el haz de la moneda es la guerra en el exterior, el envés es el autoritarismo y la fascistización en el interior: los Estados se rearman hacia fuera y se blindan hacia dentro, desmantelando las conquistas que el proletariado revolucionario logró arrancar a la burguesía en el pasado siglo y acelerando su reforma autoritaria a fin de prepararse para un escenario de intensificación y recrudecimiento de la lucha de clases.
Dicen que la historia no se repite, pero a veces rima, y en este caso la rima es consonante. Concretamente en Andalucía esta historia nos suena, y con razón. El capitalismo andaluz tiene su prehistoria en el proceso de acumulación por desposesión impulsado durante la conquista castellana de Al-Ándalus. El latifundio, fundamento secular del poder burgués en nuestro territorio, fue ante todo el botín de guerra con el que los reyes obsequiaron a quienes convirtieron Andalucía en el laboratorio de la empresa colonial castellana en las Américas, sentando las bases de un capitalismo fundado sobre una estructura de clases profundamente asimétrica que con el tiempo iría consolidándose en un marco institucional de carácter señorial, a caballo entre el Antiguo Régimen y la modernidad burguesa.
Buena parte de los rasgos estructurales históricamente asociados al capitalismo andaluz siguen vigentes. Según el V Informe del Observatorio de Desigualdad de Andalucía, nuestra comunidad sigue sin converger con Europa y el resto del Estado español en la mayoría de indicadores socioeconómicos relevantes[2]. Andalucía es una de las regiones más pobres de la UE, con una de las rentas per cápita más bajas y altos niveles de desigualdad interna. El paro endémico y la precariedad sitúan a la clase trabajadora andaluza –especialmente a sus fracciones juveniles y migrantes– a la cola del proletariado europeo en lo que a condiciones de vida respecta, y son indisociables de un mercado de trabajo dominado por empleos temporales y poco cualificados que dificultan la reproducción de la fuerza de trabajo en medio de un aumento desorbitado del coste de la vida.
A lo anterior hay que sumarle la progresiva disminución del peso de las capas medias en la estructura ocupacional desde la crisis de 2008. En una comunidad en la que cerca del 26% de los trabajos dependen de la administración pública y la sanidad, los recortes en personal y las bajadas salariales impulsadas por las políticas neoliberales de PSOE y PP han tenido un enorme impacto en la economía en su conjunto. Así, por ejemplo, en 2021 el PIB de Canarias superó al andaluz y la bajada de impuestos a las rentas más altas no logró otra cosa que acelerar el deterioro de los servicios públicos, profundizando en el ataque contra las condiciones de vida de la mayoría social y obstruyendo una de las principales vías de integración de la clase trabajadora titulada en la sociedad de clases medias.
Por otro lado, el tejido industrial andaluz sigue siendo escaso. Su contribución al PIB está muy por debajo de la media española y es incapaz de satisfacer la demanda interna dadas sus dificultades para generar valor añadido. Mientras el metal y los astilleros son amenazados por nuevos cierres, reestructuraciones y reconversiones, la industria se concentra en un sector exportador como el agroalimentario cuya cadena de valor está controlada, en sus eslabones más codiciados, por un puñado de grandes multinacionales. Simultáneamente, las actividades más rentables –relacionadas con la transformación, la distribución y la comercialización de los productos– se trasladan a los centros industriales y Andalucía se especializa en ramas productivas más próximas a la agricultura que involucran un menor grado de elaboración, lo que incide en la desarticulación interna de su economía y restringe su actividad industrial a los segmentos de menor valor añadido dentro del circuito agroalimentario[3].
El tránsito hacia una sociedad postindustrial no corrigió los desequilibrios regionales ni modificó el papel de Andalucía en la división internacional del trabajo. Mientras que Andalucía nutrió su sector terciario a través de la absorción de un ejército agrario de reserva que pasó directamente a sectores como la construcción y la hostelería, en regiones como Cataluña existió una mayor complementariedad entre la industria y el sector servicios, y la desindustrialización fue sucedida por una nueva industrialización vinculada al ámbito de la alta tecnología[4]. Por otro lado, la inserción de la economía andaluza en el mercado internacional volvió a incentivar una especialización productiva centrada en la extracción de recursos naturales, reforzando el desarrollo desigual y combinado que durante siglos relegó a Andalucía al rol subalterno de una economía extractiva encargada del suministro de energía, materias primas, productos agrícolas y mano de obra barata.
De aquí que en las últimas décadas se haya venido hablando de una «reprimarización» de la economía andaluza. Si la crisis de rentabilidad del sector agrario y el incremento de los flujos migratorios del campo a la ciudad propiciaron la metamorfosis de los rentistas agrarios en rentistas urbanos y estimularon la especulación en pleno boom de la construcción, tras la explosión de la burbuja inmobiliaria la agricultura y la minería volvieron a cobrar fuerza en el marco del denominado «nuevo modelo productivo» andaluz. La reprimarización ha venido acompañada de un proceso de concentración empresarial en el que los mismos fondos de inversión que impulsan la lacra de la turistificación en el litoral adquieren numerosas hectáreas de tierra en el medio rural[5]. Al fin y al cabo, la tierra es un activo seguro que ofrece una alta rentabilidad a bajo riesgo. Si a esto añadimos el incentivo que las ayudas de la PAC suponen para los grandes propietarios, resulta comprensible que la inversión se haya disparado en las últimas décadas. La célebre afirmación de Marx según la cual el desarrollo del capitalismo se realiza a costa de la destrucción de las fuentes originarias de toda riqueza –esto es: la tierra y el trabajador– se verifica aquí, una vez más, con singular violencia: con la inestimable connivencia de las élites políticas y sus extensas redes clientelares, las grandes corporaciones transnacionales acumulan beneficios extraordinarios en el campo andaluz por medio de la sobreexplotación de los trabajadores –lo que incluye a jornaleros migrantes en condiciones de semiesclavitud– y la degradación del medioambiente como consecuencia del aprovechamiento intensivo de suelo y agua, la proliferación de monocultivos o el uso de pesticidas y fertilizantes inorgánicos.
En definitiva, muchas cosas han cambiado, pero lo esencial se mantiene igual. La concentración de la propiedad, la desposesión de la mayoría social y la existencia de un mercado de trabajo oligopsónico en el que unos pocos empresarios se reparten una abundante oferta de mano de obra barata, disciplinada y sin apenas poder de negociación siguen llenando las arcas de los capitalistas a costa de la miseria de los trabajadores. El rentismo y la especulación continúan siendo medios privilegiados de acumulación de riqueza para una burguesía que todavía saca tajada de sus estrechos lazos con el poder político. El «equilibrio del sur»[6] persiste en el contexto de una división territorial del trabajo que ha ampliado sus fronteras, pero en la que se perpetúa la subordinación económica de Andalucía para mayor gloria de las élites regionales y extranjeras. El clientelismo tradicional ha mutado en clientelismo de partido, pero sigue funcionando como un mecanismo de pacificación social tremendamente eficaz en un sistema de dominación de clase sostenido sobre la dependencia y la subalternidad civil de quienes viven por sus manos. Y, por supuesto, quienes viven por sus manos siguen pagando a un alto precio los costes del mismo sistema que los explota: en Andalucía se produce un siniestro laboral cada cinco minutos y una muerte en el trabajo cada tres días[7]. Son las cifras de una barbarie silenciosa.
Falsas alternativas: la izquierda andaluza ante las elecciones
Hoy, como ayer, en Andalucía y en el resto del mundo, la única alternativa a la barbarie sigue siendo el socialismo. Pero hoy, a diferencia de ayer, la clase trabajadora está huérfana de partido. Ninguna de las fuerzas que concurren a estas elecciones representa los intereses de la clase trabajadora en Andalucía.
La cuestión de la guerra es enormemente ilustrativa a este respecto. Lo primero que hay que constatar es que la coyuntura internacional ha tenido efectos palpables en la política española. Pedro Sánchez ha aprovechado astutamente la ocasión para imprimir cambios significativos en la correlación de fuerzas a nivel estatal. En un mismo movimiento se ha posicionado como el faro moral del anti-trumpismo global y ha barrido con prácticamente todo lo que quedaba a su izquierda, creciendo en las encuestas y liderando la incipiente recomposición internacional del polo liberal-progresista en un momento crítico para Trump y sus socios.
Teniendo en cuenta que los asuntos de índole estatal vienen siendo los principales factores condicionantes de voto en las últimas citas electorales, sería razonable esperar que la guerra ocupara un papel importante en la coyuntura regional. Al fin y al cabo, Andalucía es la comunidad autónoma más poblada del Estado español y la segunda más extensa después de Castilla y León. Por su tamaño, diversidad sociodemográfica y representatividad, así como por la frecuente proximidad entre sus elecciones y las elecciones generales, ha tendido a considerarse una suerte de laboratorio político en el que se ensayan y prefiguran tendencias llamadas a generalizarse más adelante.
No hay que olvidar, además, que Andalucía es sede de las bases militares de Rota y Morón, dos enclaves estratégicos del imperialismo estadounidense que desempeñaron un papel importante en la consolidación de EEUU como hegemón global tras la II Guerra Mundial y aún hoy proporcionan una infraestructura logística esencial para las operaciones militares del bloque atlantista. Gracias a su ubicación geográfica, la base naval de Rota es un cauce privilegiado para la extensión del poder norteamericano en el Mediterráneo y una pieza clave del escudo antimisiles de la OTAN en territorio europeo. Por su parte, la base aérea de Morón es una parada obligatoria para el transporte de material de guerra, para el aterrizaje y el reabastecimiento de aviones en el tránsito hacia Oriente Medio. Prueba de ello es su papel en las intervenciones militares de EEUU en Irak, en Libia y, más recientemente, en Irán[8].
Con todo, el escenario político andaluz ha permanecido relativamente inmune a la oleada de violencia imperialista que sacude el mundo, logrando sustraerse en parte a las tendencias que comienzan a imponerse a nivel estatal. El crecimiento de Vox se ha desacelerado, pero el PP de Moreno Bonilla se mantiene como el gran favorito (aunque al borde de perder la absoluta) y el PSOE-A sigue en mínimos históricos sin que ello redunde en un crecimiento reseñable de las fuerzas a su izquierda –a excepción de Adelante Andalucía, que según el CENTRA pasaría de 2 a 5 escaños. La autonomía relativa del microclima político andaluz se comprende mejor si tenemos en cuenta que en Andalucía los factores de índole estatal movilizan sobre todo al electorado conservador. Moreno Bonilla ha sabido canalizar en su favor el descontento con el gobierno de Pedro Sánchez, que salpica especialmente a una candidata como María Jesús Montero y apuntala el desgaste del PSOE-A tras casi 40 años al frente de la Junta. Aunque la eventual posibilidad de verse forzado a pactar con Vox puede debilitar la imagen de estabilidad y moderación que ha proyectado durante su mandato, ni siquiera la crisis de los cribados ha logrado hacer que su liderazgo se resienta.
Por otro lado, la presencia de la guerra en las campañas electorales de los distintos partidos ha sido nula, y ello a pesar de que la vigencia del convenio que regula la presencia estadounidense en Rota y Morón vence el próximo 22 de mayo, cinco días después de las elecciones. Nada podía esperarse, es cierto, de partidos como PP, PSOE y Vox. Pero no era descabellado suponer que las fuerzas a la izquierda del PSOE utilizarían la tribuna electoral para hacer campaña en favor de la ruptura del convenio, aunque fuera porque la victoria prácticamente segura del bloque de derechas –PP y Vox suman en torno a 75 de 109 diputados en las últimas encuestas, frente a los 39 que sumarían las izquierdas en el escenario más optimista– permitía eludir el imperativo de moderación y, tal como nos tienen acostumbrados, deshacerse en falsas promesas aun cuando estas excedieran con mucho las competencias autonómicas. Pero ni siquiera las expectativas más humildes se han cumplido.
Que la guerra no esté en el centro de las campañas de los partidos de la izquierda reformista en Andalucía se explica seguramente porque, a diferencia de la sanidad, la vivienda y el desempleo, la guerra no figura como una de las principales preocupaciones de los andaluces en ningún sondeo. Pero que ésta sea la razón para guardar un completo silencio acerca de la guerra en una coyuntura como la nuestra sólo se explica a su vez por el oportunismo electoralista que rige su acción política. En efecto, sobran razones para argumentar que la derrota del bloque imperialista atlántico es el principal interés objetivo de los trabajadores del mundo y, por supuesto, también de los trabajadores andaluces. Dejando a un lado la cuestión de las bases, no hay duda de que el deterioro de la sanidad, las dificultades para acceder a una vivienda y las altas tasas de desempleo, así como el resto de problemas que enfrenta día a día la clase trabajadora andaluza, se verán dramáticamente agravados por la guerra. Por tanto, hablar de la carestía de la vida y el desmantelamiento de los servicios públicos sin hablar de la guerra, mientras el gobierno PSOE-Sumar sitúa al Estado español en la lista de las 15 potencias con mayor gasto militar del planeta[9], es como hablar de fascismo sin hablar de capitalismo: quien no quiera hablar de lo segundo debe callar también sobre lo primero.
La actitud de la izquierda andaluza ante la guerra es un claro ejemplo de cretinismo parlamentario. En lugar de subordinar el parlamentarismo a la política de clase, la izquierda andaluza subordina la política de clase al parlamentarismo. De este modo, lejos de comportarse como tribunos populares, utilizando las elecciones como una herramienta de agitación para expandir la conciencia socialista y hacer explícito el vínculo entre la actual guerra imperialista y las condiciones de vida de la clase trabajadora, los candidatos de la izquierda andaluza priorizan la táctica electoral que más eficaz resulta en el corto plazo para rascar un puñado de votos. A cambio renuncian también a una tarea esencial para los comunistas, una tarea que es condición sine qua non de toda forma de parlamentarismo que se pretenda revolucionaria, a saber: deslegitimar las instituciones políticas de la burguesía, señalar su carácter oligárquico y denunciar el modo en que obstaculizan la emancipación de la clase trabajadora, escondiendo su carácter de clase bajo un falso velo de neutralidad e imparcialidad.
Sólo aquellos cuya estrategia exige que los trabajadores queden confinados en la condición de eternos menores de edad pueden permitirse prescindir deliberadamente de su necesaria educación para la lucha, embotando su conciencia con ilusiones vanas y promesas irrealizables. Dicho de otra manera: el cretinismo parlamentario es una táctica adecuada a la estrategia socialdemócrata, sobre todo cuando ésta se reduce –como en el caso de IU, Sumar, Podemos y el resto de partidos que conforman la coalición Por Andalucía– a ser la muleta de otro gobierno del PSOE. No en vano fueron estas mismas fuerzas las que protagonizaron el proceso de restauración política que puso punto final al último ciclo. La asimilación de la «nueva política» al sistema de partidos y su integración como ala izquierda de los gobiernos de restauración progresista no se entienden sin la respuesta de la oligarquía europea a la crisis del ciclo de acumulación neoliberal, pero tampoco sin la apuesta estratégica de Podemos y compañía.
En efecto, aunque ahora pretenda que olvidemos su paso por el gobierno (lo que incluye, entre otras cosas, su responsabilidad en el aumento del gasto militar, la compra-venta de armas con Israel, la represión del movimiento obrero o el recorte de derechos políticos) al mismo tiempo que defiende la superioridad de su legislatura sobre la legislatura del gobierno PSOE-Sumar; pese a que intente sin éxito reescribir su propia historia, presentándose como el partido rupturista que puso contra las cuerdas al PSOE; por mucho que insista en exculparse, explicando su derrota a partir de causas presuntamente extrínsecas a su estrategia –algunas más verosímiles, aunque parciales, como las cloacas y la guerra mediática, y otras directamente conspiranoicas, como la denominada «operación Sumar»–, la verdad es que el destino de Podemos estaba contenido in nuce en el objetivo estratégico de gobernar el Estado capitalista. Su plena subordinación al programa de las clases medias, su adhesión al régimen del 78, la pasivización de una parte importante de los sectores movilizados, la canalización de toda la iniciativa política al marco del Estado y el oportunismo más desacomplejado formaban parte del ADN de los morados por lo menos desde 2015, cuando todavía teníamos a Laclau hasta en la sopa y la jerga de moda entre los trepas del momento incluía expresiones como «significante vacío», «ventana de oportunidad» o «hipótesis populista».
Al menos por entonces la idea era dar el sorpasso al PSOE. Ahora el plan es dar el sorpasso a Sumar[10], que ya es prácticamente historia, para liderar la recomposición de la izquierda burguesa en el Estado español. A juzgar por los resultados de las autonómicas de Aragón y CyL, donde quedó por debajo del chiringuito de Alvise y no obtuvo representación parlamentaria, no parece que Podemos esté muy cerca de su objetivo. En cualquier caso, como reconoció el propio Iglesias, es este objetivo –y no la sanidad, la vivienda ni la infinita generosidad de Podemos– el que subyace a su integración en la coalición liderada por Antonio Maíllo: para la dirección de Podemos, Andalucía no es más que el precio a pagar a cambio de las credenciales del sacrificio al servicio de la unidad de la izquierda. Esa unidad de la que unos y otros tanto presumen, y que no tienen reparo en utilizar como arma arrojadiza contra cualquiera que no esté dispuesto a sucumbir a sus chantajes, no es por tanto ninguna unidad digna de tal nombre, sino puro cálculo partidista. Las fuerzas a la izquierda del PSOE deberían unirse en un mismo partido porque sus respectivos proyectos políticos son en realidad el mismo y no existen diferencias estratégicas que justifiquen su división. Esta seguiría sin ser la unidad que necesitamos –una unidad de máximos en torno a un programa comunista– pero al menos serviría para dejar de engañar a su electorado haciendo pasar por diferencias políticas lo que no son más que disputas entre camarillas de notables.
El caso de Izquierda Unida no es menos bochornoso, entre otras cosas porque su apuesta por la ‘unidad’ con Podemos responde al mismo cálculo partidista, pero también porque ya formó parte del gobierno autonómico entre 2012 y 2014, un período que en el que la Junta allanó el terreno para la ofensiva contra la sanidad en la que ahora profundiza el PP. Es cierto que IU traicionó sus orígenes hace mucho tiempo. Es cierto también que la reivindicación de sus cuarenta años de historia, de su nacimiento al calor de la lucha contra la entrada de España en la OTAN, tiene que haber sido un trago cuando menos agridulce, al menos para esa parte de su militancia a la que aún le queda la suficiente coherencia como para contemplar con horror cómo su partido jura lealtad a la OTAN, a la UE y a todas aquellas instituciones capitalistas que ni siquiera disimulan su complicidad con el imperialismo genocida. Pero que tenga que ser Moreno Bonilla quien le reproche a Maíllo en un debate electoral la completa subordinación de IU al PSOE, y la consiguiente censura de toda crítica al gobierno de Pedro Sánchez, dice mucho del estado de bancarrota política en el que se encuentra la izquierda reformista en nuestro país.
Con Adelante Andalucía nos vemos obligados a hilar más fino por dos motivos. El primero es que por lo pronto no aspira a convertirse en el socio minoritario de ningún gobierno del PSOE, lo que le permite mantener una mayor radicalidad discursiva y programática, así como sostener posturas más críticas hacia el PSOE y la izquierda «gobernista». El segundo es que la fuerza hegemónica dentro de Adelante es Anticapitalistas, y en esa medida Adelante no puede entenderse al margen del proyecto de Anticapis en Andalucía. Lo cual no quiere decir que el ser y el deber ser de Adelante coincidan plenamente, o al menos eso es lo que da a entender Anticapis cuando afirma en sus documentos congresuales que Adelante presenta problemas «propios de un partido amplio en donde conviven varias sensibilidades»[11] . Ahora bien, si estos problemas son los propios de un partido amplio y Anticapis aboga precisamente por un partido amplio –más concretamente: un partido híbrido que incluye en su seno a reformistas y a revolucionarios, en la línea de las apuestas del Secretariado Unificado de la IV Internacional–, entonces el problema no es que el ser de Adelante no se ajuste a su deber ser, sino el deber ser en cuestión, el proyecto mismo en el que Adelante consiste. Adelante Andalucía es un partido reformista e interclasista básicamente porque eso es lo que son los partidos amplios que incorporan en su seno a reformistas y a revolucionarios y aspiran a representar no sólo los intereses de la clase trabajadora, sino también los intereses de las clases medias. El resultado es un partido en el que los trabajadores quedan subordinados a la dirección política de las clases medias y los revolucionarios trabajan gratuitamente para los reformistas.
El discurso de Adelante Andalucía en materia de vivienda es claro a este respecto. Según afirmaba su candidato en una entrevista para El Periódico[12], el problema de la vivienda en Andalucía se llama La Caixa y no Pepito Pérez, ni Antonia Jiménez, ni cualquier otra persona física o jurídica cuyo patrimonio inmobiliario esté por debajo de los 44 pisos que Ana Rosa Quintana tiene en Sevilla. Esta declaración podría tomarse como un ejemplo anecdótico, o como una simplificación elaborada con propósitos pedagógicos, si no fuera porque expresa a la perfección el diagnóstico sobre el problema de la vivienda que utilizan los partidos de la izquierda reformista y sus brazos sindicales para defender el programa de las clases medias. Un programa que exime de toda responsabilidad al rentismo popular para no dañar los intereses de quienes componen parte de su base social, aunque a menudo se trate de intereses objetivamente contrapuestos a los intereses de la clase trabajadora. Al sumarse a esta narrativa, el sujeto que perfila Adelante es el de una unos inquilinos y propietarios pequeños y medianos enfrentados a una oligarquía especuladora. Nada más lejos de la realidad, como sabe cualquiera que ha pisado un sindicato de vivienda durante los últimos años. Pequeños y medianos propietarios, a menudo asesorados por inmobiliarias y asistidos por empresas de desocupación, se benefician directamente del aumento de precios. De nuevo encontramos una disolución de la clase obrera en las palabras de José Ignacio García en el debate electoral del pasado 4 de mayo, a los fondos de inversión para los que gobierna Moreno Bonilla contra «los andaluces» en abstracto.
Que la propuesta de Adelante Andalucía en materia de vivienda sea una propuesta interclasista no significa que no incluya medidas avanzadas: la implementación de reformas como la desprivatización de las viviendas vacías de los grandes tenedores o la restricción del coste de la vivienda a un máximo del 20% de los ingresos de los hogares supondría una mejora incuestionable de las condiciones de vida de la clase trabajadora andaluza. Sin embargo, sí significa que los medios empleados son incompatibles con los objetivos declarados que, al menos en teoría, dan sentido a estas reformas. En efecto, de acuerdo con su programa electoral, las medidas en materia de vivienda no se agotan en sí mismas, sino que buscan «avanzar hacia la desmercantilización de la vivienda» para garantizar que ésta sea un derecho efectivo y no un negocio. El problema es que para desmercantilizar la vivienda es necesario poner en cuestión las bases materiales sobre las que se sostiene la desigualdad entre la clase media y la clase trabajadora, y estas bases materiales son, al mismo tiempo, las bases políticas de la colaboración entre clases sobre la que descansa el proyecto de Adelante Andalucía. Esta es, por cierto, la contradicción alojada en el corazón de cualquier apuesta interclasista que albergue la intención de superar el capitalismo, y también la razón que explica el vínculo interno entre interclasismo y reformismo. Sólo sobre la base de la vieja promesa oportunista de la armonía entre clases puede sostenerse un edificio cuyo tejado se construye a través de la destrucción de sus cimientos. El problema del oportunismo, en definitiva, es que avanza hacia su objetivo a la manera en que Aquiles persigue a la tortuga: por más rápido que corra, la distancia que los separa es siempre infinita.
Otro argumento derivado del anterior es que se trata de una relación hegemónica: la clase trabajadora debe liderar intelectual y moralmente a otras clases para conformar un bloque histórico. Solo un bloque histórico es capaz de hacer frente al Estado ampliado propio de las sociedades del capitalismo desarrollado. La cuestión de fondo es sobre que principios políticos se construye ese bloque histórico. ¿Debe construirse sobre la legitimación del rentismo en un momento de aguda crisis de la vivienda? ¿Debemos validar un acceso a la riqueza social basado en la propiedad de activos inmobiliarios? ¿Es esto lo que une a la clase trabajadora con las clases medias rentistas? Nuestra respuesta es clara: no.
Lo anterior no quiere decir que estemos en contra de suscribir alianzas parciales en torno a objetivos comunes. Pero una cosa son las alianzas parciales y otra muy distinta la unidad programática en el seno de un mismo partido. Además, la precondición de cualquier alianza de carácter parcial, tanto más cuanto más imprescindible sea, es la independencia política de la clase trabajadora y es justamente esta precondición la que un partido como Adelante Andalucía no puede cumplir.
Se entiende ahora mejor que Adelante considere que su proyecto y el de la izquierda «gobernista» son complementarios[13], a pesar de que dicha complementariedad contradiga el horizonte anticapitalista que Adelante reivindica. Tanto IU, Sumar y Podemos como Adelante Andalucía han olvidado la vieja advertencia de Rosa Luxemburgo: la vía de la reforma y la vía de la revolución no son caminos distintos hacia el mismo objetivo, sino caminos distintos hacia objetivos diferentes.
En sentido estricto, las únicas diferencias relevantes entre la izquierda gobernista y Adelante Andalucía son dos. La primera es la negativa a formar gobierno con el PSOE, que no debe confundirse con una negativa a formar parte de gobiernos capitalistas en general. En la línea del PSOL en Brasil y el NPA en Francia, Anticapis –y, por ende, sin una rectificación que conozcamos, también Adelante Andalucía– está a favor de formar gobiernos de izquierda y no precisamente para aplicar un programa de superación del capitalismo, sino un mero programa de reformas antineoliberal.
La segunda diferencia es el soberanismo. La cuestión de la vivienda era sólo un ejemplo ilustrativo de la apuesta interclasista de Adelante Andalucía, pero no es el único. El «pueblo andaluz» al que Adelante interpela continuamente es también un sujeto interclasista, por mucho que la letra pequeña matice el eslogan con referencias a la clase trabajadora andaluza. La centralidad del sujeto andalucista en el planteamiento de Adelante tiene, además, consecuencias tácticas y estratégicas de calado. Para concluir, diremos algo sobre esta cuestión.
El razonamiento de partida es el siguiente: en la medida en que el Estado capitalista español se construyó sobre la base de una división territorial del trabajo que relegó a Andalucía a la condición subalterna de una «zona de sacrificio» o un «patio trasero» en favor de las élites regionales y estatales, el Estado español –y, con él, Andalucía– está atravesado por dos contradicciones, a saber, la contradicción de clase y la contradicción «territorial-nacional»[14]. Desde el punto de vista analítico, la relación entre las dos contradicciones está formulada en términos de una mera adición externa o yuxtaposición entre contradicciones independientes que se sitúan al mismo nivel. De esta formulación, más interseccional que marxista, se deriva una conclusión estratégica y otra táctica. La primera es que la emancipación de clase y la emancipación nacional andaluza son inseparables. La segunda es que para llevar a cabo esta doble emancipación es necesario construir un partido de obediencia andaluza, esto es, un partido organizado a escala andaluza que defienda los intereses específicos de la clase trabajadora andaluza, del «pueblo andaluz» o directamente de los «andaluces y andaluzas» en general –la ambigüedad está servida, porque las tres formulaciones se utilizan de manera indistinta en sus documentos políticos oficiales[15].
Desde un punto de vista marxista, sin embargo, la contradicción territorial-nacional está subordinada a la contradicción de clase en la medida en que es el poder político capitalista el que determina, organiza y configura una división territorial del trabajo específica. La relación entre las contradicciones no es de intersección externa, sino de interrelación dialéctica. La primera conclusión es, por tanto, acertada: para acabar no sólo con la subalternidad de Andalucía, sino también con la de todos aquellos pueblos que el capitalismo ha convertido en los patios traseros de su desarrollo, es preciso superar el capitalismo.
Sin embargo, precisamente por eso la segunda es errónea. En primer lugar, porque del hecho de que Andalucía sea una «zona de sacrificio» al servicio de la acumulación capitalista no se sigue que los trabajadores andaluces deban organizarse por separado y de manera independiente de los trabajadores extremeños, manchegos, catalanes o valencianos, y mucho menos para organizarse junto a reformistas bajo la dirección política de las clases medias. Al fin y al cabo, la única manera de garantizar el derecho efectivo a la autodeterminación de los pueblos, ante la vacilación de la burguesía nacionalista en la actualidad, es que la clase trabajadora se convierta en clase dirigente, ostentando la hegemonía sobre sus aliados y luchando de manera unitaria junto al resto de trabajadores y trabajadoras en el marco de una estrategia revolucionaria orientada hacia la construcción del socialismo.
Y, en segundo lugar, porque el desarrollo desigual y combinado sólo puede ser superado a través de una revolución socialista internacional. Un partido organizado a escala andaluza puede declararse anticapitalista, antiimperialista e internacionalista, pero difícilmente puede llevar a cabo una lucha internacional contra el capitalismo y el imperialismo. La escala organizativa básica de un proyecto revolucionario a día de hoy, en nuestro caso, es la escala europea en la medida en que Europa es la escala de organización política básica de nuestras burguesías nacionales Esto incluye, por su puesto, subdivisiones territoriales por criterios nacionales y estatales.
A modo de conclusión. Construir la alternativa revolucionaria
La conclusión es clara. En Andalucía tampoco contamos con un partido obrero políticamente independiente del Estado y del resto de clases sociales, capaz de utilizar las elecciones como una tribuna desde la que extender el mensaje socialista, acumular fuerzas en torno a un programa revolucionario y ganar una mayoría decisiva para la causa de los trabajadores. Aunque existen diferencias entre ellas, todas las fuerzas de la izquierda burguesa en Andalucía tienen algo en común: son fuerzas reformistas, interclasistas y ministerialistas, esto es, partidos que renuncian al objetivo estratégico de la revolución en favor de una colaboración entre clases para acceder, en el mejor de los casos, al gobierno del Estado y participar de una gestión «progresista» del capitalismo, a costa de la explotación y la subordinación política de la clase trabajadora. En una coyuntura marcada por una simplificación de la política en la dicotomía entre un polo trumpista, compuesto por la extrema derecha tradicional y el nuevo movimiento fascista, y un polo sanchista de carácter más liberal pero igualmente leal al imperialismo atlántico, estos partidos están llamados –con independencia de su posición acerca de la participación en gobiernos del PSOE– a ser fagocitados por el segundo polo e integrarse de manera subalterna como ala izquierda de una de las fracciones burguesas en pugna.
Ante la dicotomía entre los polos trumpista y sanchista, nuestra tarea no es escoger bando, sino conformar un polo de oposición comunista a escala europea. Se trata de una tarea fundamental como paso previo imprescindible para resucitar la política de clase, incorporar a cada vez más sectores de la clase trabajadora a la lucha política y volver a hacer del comunismo una tendencia político-cultural de masas. Los reajustes en la correlación de fuerzas estatal e internacional hacen que esta tarea necesariasea, además, una tarea posible a medio plazo. Claro que lo posible, en política, no es independiente de lo pensable. Para que exista una alternativa primero es preciso que pueda pensarse. Necesitamos concentrar nuestras fuerzas en fraguar esa alternativa. Necesitamos utilizar la crítica para evitar recorrer caminos que ya hemos andado. Nuestra tarea inmediata es engrosar las filas de esa juventud trabajadora que se politiza en un sentido revolucionario, que trabaja diariamente de manera desinteresada en centros de estudio, de trabajo y en los barrios para poner fin de una vez por todas a este mundo de barbarie.
[1] Fundación Centro de Estudios Andaluces. Estudio Preelectoral Elecciones Autonómicas 2026. Sevilla: CENTRA, 2026. https://www.centrodeestudiosandaluces.es/encuestas/estudio-preelectoral-elecciones-autonomicas-2026.
[2] Caravaca Barroso, I., & Díaz Zapata, S. (coords.) (2025): V Informe. Observatorio de Desigualdad de Andalucía. Sevilla: Editorial Universidad de Sevilla/Cátedra Vivienda (Colección Informes, n.º 4).
[3] Vigil-Villodres, A., (2021). “Extractivismo agrario e industria agroalimentaria en Andalucía”. ANDULI, Revista Andaluza De Ciencias Sociales, n.º 20 (enero), pp. 42-43.
[4] Parejo Barranco, J. A. (2005). “Andalucía y Cataluña: dos trayectorias económicas divergentes (finales del siglo XVIII-comienzos del siglo XXI)”. Mediterráneo económico, (7), p. 191.
[5] García Jurado, Ó. (2023). Aproximación al capitalismo andaluz. Sevilla: Autonomía Sur, p. 23.
[6] Arenas Posadas, C. (2016). Poder, economía y sociedad en el sur. Historia e instituciones del capitalismo andaluz. Sevilla: Centro de Estudios Andaluces.
[7] “La clase obrera andaluza sufre un siniestro laboral cada cinco minutos y una muerte cada tres días”. Diario Socialista (octubre de 2025): https://diariosocialista.net/2025/10/29/la-clase-obrera-andaluza-sufre-un-siniestro-laboral-cada-cinco-minutos-y-una-muerte-cada-tres-dias/.
[8] “Al menos 24 aviones militares hicieron escala en bases españolas para la ofensiva contra Irán”. Diario Socialista (6 de marzo de 2026): https://diariosocialista.net/2026/03/06/al-menos-24-aviones-militares-hicieron-escala-en-bases-espanolas-para-la-ofensiva-contra-iran/; “Más de 70 vuelos militares estadounidenses en las bases de Rota y Morón en el primer mes de guerra”. Diario Socialista (31 de marzo de 2026): https://diariosocialista.net/2026/04/13/la-lucha-contra-el-imperialismo-por-un-derrotismo-a-escala-de-nuestro-bloque/.
[9] “España escala al top 15 armamentístico mundial tras disparar su gasto militar un 50% en un solo año”. Diario Socialista (abril de 2026): https://diariosocialista.net/2026/04/28/espana-escala-al-top-15-armamentistico-mundial-tras-disparar-su-gasto-militar-un-50-en-un-solo-ano/.
[10] Véase “El plan de Podemos”. Diario Red (28 de abril de 2025): https://www.diario-red.com/articulo/editorial/el-plan-de-podemos/20250427202853046507.html.
[11] IV Congreso Confederal de Anticapitalistas. 13, 14 y 15 de junio de 2025, p. 50: https://www.anticapitalistas.org/documentos/documento-politico-del-iv-congreso-de-anticapitalistas/.
[12] “José Ignacio García: «El problema no es quien tiene una casa en Chipiona, es Ana Rosa Quintana que tiene 44 pisos»”. El Periódico (4 de mayo de 2026): https://www.elperiodico.com/es/politica/20260504/jose-ignacio-garcia-problema-casa-129813229.
[13] “José Ignacio García: «Hay un cabreo legítimo, pero vamos a arrebatar a Vox los votos de esa gente para que nos apoyen»”. Eldiario.es: https://www.eldiario.es/andalucia/jose-ignacio-garcia-hay-cabreo-legitimo-arrebatar-vox-votos-gente-apoyen_128_13182282.html.
[14] Ignacio García, J. “Una apuesta por el andalucismo anticapitalista”. Jacobin (30 de abril de 2026): https://jacobinlat.com/2026/04/una-apuesta-por-el-andalucismo-anticapitalista/.
[15] Véase, por ejemplo, el Documento Político de la Asamblea Constituyente de Adelante Andalucía: https://adelanteandalucia.org/wp-content/uploads/2022/04/AA-Politico.pdf.

