Anotaciones críticas a la entrevista de Diego Fusaro

A raiz de la entrevista llevada a cabo por Esteban Hernández al intelectual turinense Diego Fulsaro para el periódico El Confidencial se ha suscitado, como el propio entrevistador ya intuía, una fuerte polémica en torno a las diversas declaraciones. De la recepción de esta entrevista han brotado (excluyendo alguna excepción) dos actitudes diferenciadas: una asunción/aceptación acrítica y sin cuestionamientos de todo lo expuesto por Fusaro, y un total rechazo acompañado de todo tipo de descalificaciones.

Este breve y condensado artículo lo que en su humilde pretensión (atendiendo a las limitaciones teórico-temporales que lo acompañan) tiene intención de hacer es desgranar críticamente las distintas aristas plasmadas por el autor italiano. A grandes rasgos nuestro punto de partida es el siguiente: aunque estamos de acuerdo con el diagnóstico que realiza del capitalismo postfordista (la radiografía que dibuja de la actual etapa del sistema) consideramos que es necesario polemizar con (y complejizar) las recetas (no tan nuevas) que propone.

Ya en las primeras respuestas Fusaro acierto al afirmar que hay que romper con el clásico eje izquierda-derecha. Solo abandonando la clasificación basada en este binomio podemos traspasar las fronteras del marco mental imperante asimilado por la socialización capitalista. Esto es, únicamente dejando de guiar nuestra acción política partiendo de las hasta ahora conocidas como posiciones de «izquierdas» emergerá la posibilidad de reflexionar fuera de los márgenes del modo de pensar burgúes (no se puede intervenir en la transformación de la sociedad sin salir de los límites inherentes a esta dualidad).

Aún existiendo diferencias y matices entre ambos posicionamientos, la barrera que separa, en la actualidad, el ser de derechas o de izquierdas cada vez es más difuso, borroso. Y lo que acompaña el situarte en alguno de estos dos emplazamientos de la geografía de la política tradicional es el no cuestionamiento de la totalización del mercado. Por consiguiente, y en consonancia con el filósofo italiano, consideramos que este eje político es más un impedimento que un estado de posibilidad rupturista.

Ahora bien, y aquí se manifiesta la primera discrepancia, la superación de esta dicotomización de la sociedad política no debería venir sucedida por una re-categorización en arriba-abajo o pueblo-élite. Esta simplificación resulta efectista en clave movilizatoria, es decir, presenta la capacidad, en ciertos momentos y bajo unas circunstancias concretas, de integrar a un número extenso de personas en el movimiento político, pero, y aquí aflora su inficiencia, es una incoporación ilusoria, temporal, fluctuante y con muy poco compromiso (no se construye -ni consigue- una verdadera fidelidad por parte de aquellos que en un primera momento se afilian al proyecto que quiere articularse). Este nacional-populismo esgrimido por Fusaro (presente ya en ciertos Estados) utiliza a las masas (re-catalogadas como pueblo) como peones de los que sacar partido en las luchas por las poltronas institucionales (interesan en la medida en que dan votos).

Por otro lado, esta sintetización social en dos únicos términos políticos presenta, a nivel analítico y de comprensión de la realidad, demasiados inconvenientes. Ni las clases dominantes constituyen un grupo homogéneo (y sin disputas internas), ni aquellos que conforman la subalternidad ocupan la misma escala social (no es lo mismo un sujeto de la aristocracia obrera totalmente re-integrado en los órganos del proceso de valorización del Capital, que un inmigrante parado-de-por-vida que habita en algún suburbio francés o en cualquiera de los cinturones de miseria del mundo). Quizá en alguna particular coyuntura este nuevo eje político permita «movilizar» (que no politizar) a un afluente de gente de cara a ganar las elecciones, pero en un momento de absoluta desorganización y desorientación política e ideológica las prioridades deberían ser otras.

En este estadio de la forma de existencia social imperante, tal y como teoriza Fusaro, la globalización ha supuesto la extensión del mercado a casi prácticamente todas las esferas y ámbitos sociales (coloniza, configura, codifica y modula desde nuestra manera de pensar, habitar y vernos en el mundo hasta el procedimiento de relacionarnos con el Otro). El «tecnocapitalismo» ha totalizado el dominio del mercado convirtiendo lo realmente existente en un mundo-sin-límites (sin lindes ni cotos para las mercancias, porque el individuo está marcado de límites que solo puede traspasar si las condiciones económicas le acompañan).

Sin embargo, al contrario de la propuesta de Diego Fusaro, la solución a esta situación no puede venir por un re-fortalecimiento del Estado burgués (o por un intento de retorno por medio de medidas neokeynesianistas, imposibles de llevar a práctica real como consecuencia de las lógicas capitalistas, al Estado de Bienestar de la época fordista). La contradicción principal no es la que traza Diego Fusaro de Estado vs Capital mundialista.

Como afirmaba Zizek en una de sus obras, una de las cuatro esquinas que componen la penosa situación de la izquierda actual es la actitud defensiva de protección de las conquistas del Eº de bienestar. Y la tendencia predominante en la esfera de la «izquierda» occidental es la aparición de estas tentativas de retorno al Estado social (estos «nuevos» movimientos no son más que la vieja socialdemocracia reformulada). Y esta (pos)modernidad «alternativa» que pretende aliviar, relajar, contener las fuerzas ciegas del mercado es impracticable, puesto que no se puede instaurar un capitalismo sin capitalismo, sin sus propios antagonismos centrales.

A colación de lo anterior quiero rescatar una cita extensa de Anselm Jappe que contraargumenta la pretensión de Fusaro de combatir el neoliberalismo globalista con el fortalecimiento de la forma-Estado: «el papel del Estado ha sido durante siglos el de empujar a las poblaciones, a sangre y fuego, a integrarse en el mercado. El Estado sigue siendo, desde las infraestructuras hasta la represión, el garante indispensable de la valorización capitalista.» Y prosigue con una frase que abre brecha directamente en el argumentario del polémico italiano: «el reformismo estatista (del que hace gala Fusaro) ni siquera es realista: no se puede regular y planificar mediante el Estado lo que en sus propios fundamentos es ciego e inconsciente -la economía mercantil-«.

A mitad de la entrevista Fusaro comenta atinadamente el excesivo e impreciso uso que tiende a emplearse de la noción «fascista». El discurso atemorizante y catastrofista por parte del liberalismo de izquierdas ha sido una constante en las cuatro décadas pasadas, pero se ha generalizado en los últimos años. De cara a evitar el tener que articular un proyecto proactivo la izquierda institucional (véase el ejemplo del PSOE en España) ha preferido recurrir al chantaje liberal: «o nosotros, o el caos; o aceptas pasivamente nuestra opción o eres cómplice del fascismo». Por lo tanto, el enemigo que proyectan no es (en verdad para ellos nunca lo ha sido) la totalidad social capitalista, sino el populismo consevador a batir en las urnas. Esta prédica pragmática y neoliberal del «es lo que hay», «mejor esto que lo que puede venir» también ha calado entre miembros que hablan desde coordenadas marxistas (presentando así, -in-conscientemente, lo dado como único horizonte posible, plegándose dócilmente a la magnitud de la realidad hegemónica).

Respecto al tema de la inmigración, estamos ante una arista tan compleja de la realidad política institucional que las soluciones fáciles (fronteras abiertas – rechazo frontal) sirven de poco. El orden mundial liberal democrático cada vez genera más residuos humanos/poblaciones superfluas (conceptos de Bauman). Es decir, más y más personas forman parte de ese excedente que el sistema no necesita para reproducirse (y, por lo tanto, ya no re-integra ni re-absorbe). Individuos que no pueden subsistir materialmente, ni tampoco hayan espacios donde ubicarse y resistir (transitan entre no-lugares). Las lógicas del mercado, a su vez, se aprovechan de esta situación: el «surplus population» (fuerza de trabajo excedente) permite a las empresas bajar lo máximo posible las retribuciones salariales a sus empleados («juegan» con el factor miedo). Ante esto de poco ayuda llamar «fascista» al trabajador medio que empujado por la precariedad adopta posiciones racistas. Mientras se buscan soluciones, la única opción constructiva pasa por explicarles las causas (dinámicas capitalistas) que subyacen a dicha situación (la fragmentación y rotura de su modo de vida, flexibilización laboral y social, etc.).

Para ir cerrando el texto añadiré una serie de puntualizaciones. 1) El globalismo no es «el nacionalismo estadounidense que se ha hecho mundo», sino la propagación y el asentamiento internacional del nuevo/tercer espíritu del capitalismo. Entendiendo por esto, en virtud de lo analizado por Éve Chiapello y Luc Boltanski, al conjunto de creencias asociadas al orden capitalista que a través de modos de acción y disposiciones concretas contribuyen a justificar/legitimar/mantener (y hacer aceptable y deseable) el estado de cosas implantadas. En otros términos, el presente neoliberalismo globalista no se trata de una «conspiración» yanki o de una deformación del capitalismo que puede llegar a corregirse, sino del mismo sistema capitalista bajo su esencia propia nuclear. 2) La contraparte propuesta por un marxista a las largas redes de poder estadounidense no puede ser la integración en los radares de actuación del imperialismo chino o ruso (dando a entender que las políticas exteriores de dichos Estados no están plegadas al fluir de la forma-mercancia).

A modo de conclusión, el acierto de Fusaro reside en el desciframiento que completa del compendio de caracterísiticas que atraviesan el sistema político-económico posmoderno (otros autores, en cambio, aún siguen proyectando las realidades que hacen referencia a las décadas de los sesenta y setenta). ¿Lo errático, o los puntos que no debemos aceptar, o por lo menos deben ser examinados críticamente? El camino que propone como solución, bajo mi perspectiva de retorno o reactivo, y, por consiguiente, imposible de acometer. Eso si, como reflexión personal última, cuando aparecen estas reflexiones «tierra de nadie» (esto es, que uno no sabe si situar dicha concepción teórica en el bando progresista o en el reaccionario) lo menos productivo es interiorizarlo pasivamente sin triturarlo o apedrearlo con insultos sin el compañamiento de una estructura argumental coherente y sólida. Engarzando con la sentencia de Heidegger que cita Fusaro podemos finalizar lanzando otra frase: «nunca hubo noche tan negra para la inteligencia».

Politólogo. Estudiante del Máster Universitario en Historia Contemporánea por la UPV.
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