¿Cómo no iba a suceder?

El pasado 25 de mayo en Minneapolis (Minnesota) George Floyd moría a manos del agente de policía Derek Chauvin. El oficial le presionó el cuello con la rodilla durante 9 minutos mientras que Floyd gritaba que no podía respirar (“I can´t breathe”). El suceso, grabado y retransmitido por Facebook, no tardó en extenderse por todo el mundo. Es difícil imaginar que exista alguien que no se haya enterado de lo acontecido. Desde ese mismo día se multiplicaron las declaraciones de condena por lo sucedido (desde famosos hasta instituciones o políticos), se multiplicaron también las protestas por EE. UU., llegando a reproducirse en el extranjero y dándose enfrentamientos directos con la policía. Lo último ocurrido y relevante, como informaron los compañeros de Descifrando la Guerra y la cuenta del espacio vitoriano Errekaleor, ha sido la conformación en Seattle de un “Capitol Hill Autonomous Zone”. Se trata de una pequeña zona declarada autónoma y autogestionada por quienes allí habitan que está fuera del control del Departamento de la Policía. El objetivo de la constitución de este área es situarse fuera del radar de vigilancia de las fuerzas del orden. Podemos comprobar, a su vez, que en “the Zone” se están desarrollando de manera simultánea actividades culturales, facilitando agua, suministrando comida, etc.

Es imposible predecir o descifrar en qué desembocará esta serie de acontecimientos, de brechas, grietas y perforaciones en la realidad capitalista. Quizá en nada. Quizá renueven la posibilidad de imaginar otros futuros. Quizá retorne la (Nueva) normalidad. Quizá se refuercen los dispositivos de poder. Pero, al menos, lo que si podemos hacer, lo que está en nuestras manos es (i) intentar entender y descodificar los procesos que en constante interacción han ido prefigurando esta situación, (ii) analizar el papel que juegan (y pueden representar) las hondas masas excluidas, (iii) cartografiar la interrelación que se da entre clase social y racismo (viendo la composición múltiple, compleja y heterogénea de la clase), etc. En este artículo trataré, de forma sucinta, de plasmar alguna idea y reflexión al respecto. Lo que me parece más interesante es abrir y fomentar el debate y no caer o encerrarnos en posiciones condenatorias o acríticamente ensalzadoras.

En el libro “El gobierno de la excedencia. Postfordismo y control de la multitud”[1] (2002) el criminólogo italiano Alessandro De Giorgi analiza las transformaciones que se están dando en los aparatos represivos de la nueva sociedad de control que viene estableciéndose tras la quiebra del keynesianismo-welfare-fordismo. Hacernos eco de algunas de las ideas plasmadas en esta obra puede facilitarnos la labor de lectura y desciframiento de aquellos elementos que imbricados han causado esta situación:

(I) A partir de los años 80 debido a la metamorfosis socioeconómica se empieza a llevar a cabo un desplazamiento del Estado del bienestar al Estado penal (recorrido que teoriza también Wacquant). La hipótesis, siendo Estados Unidos el ejemplo prototípico, es la siguiente: al mismo tiempo que se recortan las ayudas, los subsidios y se deteriora la redistribución de la riqueza, el sistema penal se expande. Mientras que la tasa de criminalidad no varía y no se incrementa, el número de personas “penalmente controladas” cada día es mayor. Como señalan los profesores de Derecho Penal José Ángel Brandariz y Patricia Faraldo, en el Estado español, en apenas cinco años y medio, de 2000 a 2005, la población carcelaria creció un 40%. El propio De Giorgi lo indica claramente: en los años 90 las tasas de encarcelamiento incrementaron un 40% en Italia, Inglaterra y Francia, un 140% en Portugal y un 200% en España. En el caso de Estados Unidos, los datos de encarcelamiento se sitúan a tal elevado nivel que superarían a los arrojados por Sudáfrica en tiempos del apartheid.

(II) Con el término “excedente negativo” el autor hace referencia a aquellos grupos sociales que se quedan fuera o en el margen de la fuerza de trabajo (parados, delincuentes, sin papeles, etc.). A este segmento poblacional supernumerario se le caracteriza y proyecta como “clase peligrosa” y sobre estos sujetos se concentran los dispositivos de control, neutralización y exclusión y las nuevas racionalidades de seguridad (“riesgo encarcelado”). El caso del migrante es el más paradigmático. En España llegan a representar el 30-40% de la población penitenciaria cuando solo suman el 9% en el cómputo de habitantes españoles[2]. Según De Giorgi la cárcel pasa a estar compuesta por “tres tercios”: un tercio de inmigrantes, otro de toxicómanos y otro de desocupados. En palabras del criminólogo: “(en EE. UU.) un afroamericano de cada tres, de entre 18 y 35 años, es encarcelado o sometido a alguna medida alternativa a la cárcel”.

La interrelación de estas dos imágenes mentales ya nos descubre qué viene sucediendo y dónde pueden situarse ciertas causas. Al tiempo que se terminan de destruir los cimientos que aún perduran del Estado de Bienestar, en el mismo proceso, los mecanismos de contención, neutralización, control y reclutamiento penal se van extendiendo. Dispositivos que tienden a capturar, doblegar y retener (sin el fin de reinsertar) a segmentos poblacionales muy concretos: inmigrantes (afroamericanos y latinos en EE. UU.), pobres y desempleados, etc.

Siguiendo con este hilo, para Eduardo Matos-Martín[3], el quinqui español de los ochenta se hallaba en una escenario de exclusión inclusiva o ex(in)clusión, esto es, “fuera del orden productivo y de los derechos civiles (apartado de los beneficios sociales, de los repartos económicos, de los vínculos laborales, de la educación), pero dentro del ámbito de la dominación del Estado y de sus dispositivos represivos”. Este orden de cosas podemos extenderlo y dibujar con ello la realidad cotidiana que viven aquellos que De Giorgi denomina, como ya hemos mencionado previamente, excedente negativo de la fuerza trabajo, es decir, segmentos marginalizados presentados y tratados como clase peligrosa. Sujetos (como los afroamericanos de los suburbios) que, en su mayoría, gravitan a lo largo de su vida entre los márgenes de la exclusión social y económica y la inscripción y sujeción a lo dado a través de los mecanismos de control y represión. Individuos que están y no-están, que se les expulsa y se les fuerza a estar. Individuos que van combinando y alternando puestos precarios y periodos de paro, o trabajo no regulado y desempleo, o prisión y épocas de búsqueda de empleo. Habitan en el límite, en las franjas, entre el adentro y el afuera, pero siempre bajo control y vigilancia.

Los suburbios, los cités, los barrios marginales, los arrabales, los guetos son, por consiguiente, un buen ejemplo para desmentir la retórica del ascensor social, el mito de la movilidad intrasocietal y ver cómo la clase y la génesis y ubicación social es un espectro que nunca te abandona, el grillete que te ancla y ata, aquello que te direcciona, moldea y condiciona. Si desde que naces ves, creces y te formas en torno a un ambiente, espacio y sociabilidad que gira alrededor de la miseria, la violencia, la escasez (o inexistencia) de oportunidades, la imposibilidad de continuar tus estudios, la preeminencia de las drogas, la vigilancia y brutalidad policial, los centros de menores, etc. lo improbable es que salgas de ahí, lo extraño es que no reproduzcas las biografías de quienes te han precedido.

Hace unas semanas me terminé de ver la mini-serie documental de Netflix “Así nos ven” (2019). Basada en hechos reales cuenta la historia de 5 chavales afroamericanos y latinos (entre 14 y 16 años) que en 1989 fueron condenados por una violación sucedida en Central Park. Tras cumplir condenas de unos 10 años, y estando el mayor de ellos todavía en prisión, debido a la confesión del verdadero culpable se demostró que eran inocentes. Lo que más me sorprendió, aparte de la cantidad de estos casos que se dan en EE. UU, fue una idea que sobrevuela los dos últimos episodios: en cuanto has entrado en el circuito del sistema penitenciario, te quedas atrapado para siempre; las posibilidades de reinserción son ínfimas. En un momento del tercer capítulo, uno de los protagonistas, tras haber salido de la cárcel, le comienza a contar al peluquero del barrio, de su comunidad, sus futuros proyectos, los sueños que quiere cumplir, etc., pero éste no tarda en resituarle crudamente en la realidad diciéndole: “Una vez has estado dentro, eres suyo. Y no te sueltan”.

Esta secuencia me recordó a otro elemento similar. En el documental de los hermanos Bartolomé “Después de…” rodado entre 1978 y 1982 y que muestra el desarrollo de la transición política española (sobre todo la cara B que los medios oficiales procuraban no mostrar con el fin de no manchar el relato mitificado que debía perdurar) aparece en el local del colectivo quinqui “Los hijos del agobio” de Vallecas una pintada que resume bien la presión policial que cercaba a los barrios obreros: “todos estamos en libertad provisional”. Vemos, por tanto, que esta sensación de estar siempre bajo control recorre al excedente negativo de la fuerza de trabajo de todos los países occidentales.

Sin embargo, el retrato y la escenografía de los 80 aludida en el párrafo anterior no queda tan lejos (ni temporal, ni estadísticamente -paro juvenil, , esperanzas truncadas, trabajos temporales, aumento exponencial en los últimos años de la tasa de encarcelamiento, etc.-). Si la crisis del 2008 erosionó las oportunidades y expectativas de los jóvenes, el escenario que acabe brotando tras el coronavirus ahondará en esta situación, agravando las posibilidades de la juventud y precarizando a todos esos segmentos sociales que ya pendían de un hilo. Aumentando, de esta forma, el número de los “sin-parte”, del “subproletariado”, de la “población excedente”.

Sin salir de Netflix quiero rescatar y hacer un breve comentario de una película estrenada hace pocas semanas y que lleva por título “Todo el día y una noche”. En el filme el protagonista, nuevamente un chaval afroamericano, condenado a cadena perpetua, narra y recorre los pasos que le han llevado hasta allí. De familia desestructurada, con un padre drogadicto, creciendo con violencia y delincuencia fuera y dentro de la casa, y como si no pudiese escapar de los fantasmas familiares (que también son sociales, de clase y de raza) termina en la cárcel compartiendo espacio con su padre. Tanto al principio como al final de la película Jahkor repite una reflexión que resume perfectamente todo: “un tío me dijo en el autobús que la esclavitud nos enseñó a sobrevivir, pero no a vivir. Y que nos enseñamos eso”.

Después de este breve recorrido, de esta pequeña puesta en contexto, la pregunta que nos asalta es, ¿cómo no iba a suceder? ¿cómo una chispa no iba a provocar tal incendio? ¿cómo un acontecimiento de estas características no iba a desatar la rabia, el odio y el resentimiento contenido, acumulado y corporeizado durante años, durante penalidades, durante excesos policiales, durante cacheos indiscriminados, durante silencios impuestos, durante una eterna invisibilidad?

Desde el comienzo de la “insurrección” se han viralizado pequeños videos de asaltos a tiendas, establecimientos y centros comerciales. La pregunta que vuelve a emerger es, ¿cómo no iban a darse estas situaciones?, ¿qué tienen de extraño? Si el discurso hegemónico retransmitido y proyectado -y que nos influencia a todos- parte y se centra en el consumo exacerbado (y en la identificación a través de ciertos productos, y en la diferenciación por medio de marcas), pero al mismo tiempo el sistema excluye e impide a una amplia masa desposeída participar en esa vorágine consumista, ¿cómo se puede esperar que en un momento dado de tensión y conflicto abierto estos grupos sociales no se re-apropien de ello, no ajusten cuentas, no hagan su propia redistribución de lo existente –“redistribución violenta de la riqueza hacia abajo” lo denomina Harvey y lo recoge Luis Martín-Cabrera[4]–? Te incitan y te ponen como referencia y objetivo ese tren de vida, te instan a conquistar el estatus representado por esas marcas, pero las cuerdas que llevan hasta ese estrato social están cortadas de raíz.

Es llamativo que los desperfectos, motines y disturbios produzcan tanto rechazo y enérgicas respuestas airadas, cuando, en cambio, hemos naturalizado, normalizado y asumido (y hasta defendemos -inconscientemente-) la violencia cotidiana del sistema, tanto la explícita como la soterrada, simbólica y no-visual. Durante el final de la Comuna de París, el gobierno de Versalles insistía en calificar de “incendiarios” a los proletarios. Marx, en aras de plasmar la doble vara de medir y juzgar los acontecimientos, se preguntaba: “Cuando los gobiernos dan a sus flotas de guerra carta blanca para matar, quemar y destruir, ¿dan o no dan carta blanca a incendiarios? (…) Cuando Thiers bombardea a Paris durante seis semanas, bajo el pretexto de que sólo quiere pegar fuego a las casas en que hay gente, ¿era o no era incendiario?”[5] Más de 150 años después podemos hacernos preguntas similares, ¿qué, quiénes y en busca de qué objetivos se destruye la naturaleza (selvas, bosques, océanos, playas, ríos, etc.,), y/o se deteriora al ser humano (psicológica y físicamente)? ¿Cómo no entender que aquellos que están insertos en una línea familiar donde las sucesivas generaciones han estado del lado de los dominados y explotados terminen enfrentándose violentamente al orden establecido?

El sociólogo Didier Eribon en su libro “Regreso a Reims” (2009)[6] comenta que las insurrecciones que periódicamente se engendran en los suburbios franceses no son más que la explosión de las pequeñas batallas fragmentarias que diariamente empujan a amplios sectores poblacionales a los márgenes de la vida social y política (donde solo les espera pobreza, precariedad y ausencia de futuro). Haciendo mención también a las revueltas francesas y enfocando los disturbios desde esta perspectiva, Alèssi Dell´Umbria sostiene “al fin y al cabo, los jóvenes, al saquear todo lo que estaba a su alcance, no hacían sino emprenderla con todo ese entorno cotidiano al que se sienten tan ajenos”[7]. Violencia frente a aquello que violenta la existencia.

Otra crítica recurrente se ha centrado en apuntar a la absorción de algunos elementos del Black Lives Matter por parte del capitalismo (y sus multinacionales, y los representantes de la clase dominante que entienden que una guerra abierta nunca les beneficia, y que hacer uso del monopolio de la violencia debe ser la última opción). Pero, ¿cómo o qué puede escapar a la lógica mercantilizadora, al “estómago tapizado de carburo de wolframio del capital, que omnívoramente consume todo para luego excretarlo como mercancía”[8]? No nos extrañaría, por ejemplo, ver en un futuro una camiseta con la cara de Marx y la frase “Eat the rich” comercializada por Inditex. En consecuencia, hay que entender que el capital no va a dejar de capitalizar e instrumentalizar todo aquello que pueda generar beneficios, pero esto no pervierte el todo, no niega ni suprime las potencialidades que pueda tener el movimiento.

En distintos puntos de la geografía española se han sucedido manifestaciones bajo el lema Black Lives Matter. No han tardado en aparecer, también desde posiciones políticas de izquierda, individuos muy preocupados por la salud pública que han criticado la irresponsabilidad de estas movilizaciones. Sin entrar a debatir o polemizar la pertinencia o idoneidad de estas manifestaciones -y del propio transcurso de las mismas-, ¿se ha tenido el mismo nivel de preocupación por los otros lugares, dinámicas, escenarios o espacios que pueden contribuir a que aparezca un rebrote del Covid-19? Y se me viene a la mente desde el transporte público abarrotado en ciertos momentos del día, hasta las fábricas, talleres, oficinas, call-centers, tiendas, bares y restaurantes abiertos (y a casi pleno funcionamiento), pasando por la inminente apertura de las fronteras para acoger a la oleada de turistas extranjeros. Pero claro, en este caso, la rueda del capital es imparable e implacable y hay que engrasarla perpetuamente, aunque para ello haya que llevarse por delante la salud del trabajador.

Hechas las consideraciones previas, ¿son estas movilizaciones en territorio español la mera proyección o el reflejo pasivo de lo acaecido en Estados Unidos? Es obvio que son consecuencia, y que vienen estimuladas por lo ocurrido con George Floyd, pero aquí ya existe el caldo de cultivo para motivar este tipo de reacciones (y debates): por la realidad de los CIEs, por la situación de los centros de menores (véase el joven que ha muerto -¿o ha sido asesinado?- en Almería tras aplicársele el “protocolo de contención”), por el trato dado a la comunidad gitana, por los “excesos” de las fuerzas del orden (numerosos videos viralizados durante el confinamiento son ejemplo de ello), etc.

En este mismo orden de cosas, hemos tenido ocasión de ver en los últimos días en distintas redes sociales (Instagram, Twitter, etc.) lo que podríamos calificar como posicionamientos vacíos. Actos, como las publicaciones de un cuadrado negro en posts de IG o la repetición de las mismas stories, que no están insertos en un proceso mayor o en un contexto político y explicativo. Prerreflexivamente, nuestra primera reacción es criticarlo y rechazarlo de pleno. Pero, ¿realmente es fructífero afrontarlo así cuando (está siendo y) va a ser una tendencia que se reproduzca siempre, cuando todos formamos y somos parte actuante de la espectacularización y publicitación de lo que hacemos y pensamos? Tal vez sea más sugestivo contribuir a desplazar y trascender esta dinámica hacia algo más que gestos vacíos carentes de contenido. Y completar así la radiografía de la realidad social a quien toma partido de esta forma, tratando de hacer(le) ver qué subyace tras el complejo BLM: la función de los mecanismos represivos del Estado, la reproducción del tardocapitalismo, el abismo que separa a las clases, el racismo (cómo se da, dónde, porqué, cuál es la genealogía, etc.). Y, bajo mi perspectiva, hacer el esfuerzo de tirar de este hilo, que no tiene absolutamente nada que ver con “guerras culturales” o “posmodernas” (sic), puede ser un sustantivo punto de partida.

Cierro este breve texto plantéando(me) una serie de preguntas: ¿En qué quedará todo esto? ¿Se podrá salvar y sacar algo de los restos que pervivan tras este asalto al orden visible de las cosas? ¿Servirá siquiera para poner encima de la mesa -de nuestra mesa- el ambiente social y la trayectoria vital de los excluidos política y económicamente, de los “disidentes radicales de la sociedad industrial” que conforman “la alianza anti-productivista”[9]? ¿Se pensará y reformulará la función que juega el “excedente negativo” en la lucha de clases? ¿Se reflexionará en torno a la difícil y tensa relación que se viene estableciendo entre inmigrantes, subproletariado y “clases populares”?


[1] De Giorgi, Alessandro: El gobierno de la excedencia. Postfordismo y control de la multitud, Madrid, Traficantes de sueños, 2002.

[2] Brandariz, José Ángel y Faraldo, Patricia: “Introdacción. Postfordismo y nueva economía política de la pena”, en De Giorgi, Alessandro: El gobierno de la excedencia. Postfordismo y control de la multitud, Madrid, Traficantes de sueños, 2006.

[3] Matos-Martín, Eduardo: “Entre la exclusión y la inclusión: cultura quinqui y los años 80 en Navajeros de Eloy de la Iglesia”, en Florido, Joaquín (ed.): Fuera de la ley. Asedios al fenómeno quinqui en la transición española, Granada, Constelaciones, 2015.

[4] Martín-Cabrera, Luis: “Los quinquis nunca fueron blancos: Infrarrealismo, interseccionalidad y postsoberanía en el cine de José Antonio de la Loma, en Florido, Joaquín (ed.): Fuera de la ley. Asedios al fenómeno quinqui en la transición española, Granada, Constelaciones, 2015.

[5] Marx, Karl: “Manifiesto del consejo general de la asociación internacional de los trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871”, en Marx, Engels y Lenin: La Comuna de París, Madrid, Editorial Revolución, 1980.

[6] Eribon, Didier: Regreso a Reims, Argentina, Libros del Zorzal, 2017.

[7] Dell´Umbria, Alèssi: ¿Chusma? A propósito de la quiebra del vínculo social, el final de la integración y la revuelta del otoño de 2005 en Francia y sus últimas consecuencias, Logroño, Pepitas de calabaza, 2009.

[8] Fisher, Mark: Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, Argentina, Caja Negra, 2018.

[9] Labrador, Germán: “La Habitación del Quinqui. Subalternidad, biopolítica y memorias contrahegemónicas, a propósito de las culturas juveniles de la transición española”, en Florido, Joaquín (ed.): Fuera de la ley. Asedios al fenómeno quinqui en la transición española, Granada, Constelaciones, 2015.

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