Abordar nuestras tareas sin hacer los deberes

Texto escrito por Jesús Rodriguez Rojo (@JesusR_Rojo)

Cuando se escribe un libro como el que es Las tareas pendientes de la clase trabajadora (LTP, en adelante), se hace con vistas a, incluso diría que con la expectación de, recibir críticas. Es por eso que no pude sentir más que regocijo cuando supe que mi amigo Manuel Navarrete (MN), con quien he tenido la oportunidad de discutir en otros ambientes, tenía la intención de contestar a algunos de mis argumentos. Su texto (disponible aquí o aquí) acaba arrojando el guante de cara a recibir eventuales réplicas, y es un placer para mí recogerlo.

Su crítica gira en torno a unas cuatro cuestiones centrales: la estructura e intención de la obra, el trato que se le da a la URSS, un presunto mecanicismo reformista y la postura «clase contra clase». Asegura que se atendrá solo a las cuestiones de “superior calado” al no disponer del tiempo necesario “probablemente porque tampoco es una prioridad debatir, sino organizarse” (MN). Ya aquí tenemos puntos de desencuentro: según planteamos la cuestión de la organización, los debates no son algo externo. En este punto ni siquiera tengo que remitirme a mi propio texto, o al epílogo de Juan, donde se plantea el problema de la organización con cierta claridad. Incluso entre quienes —abstracta y, por ende, incorrectamente— separan la «teoría» de la práctica, o el conocimiento de la acción, se entiende que el debate forma parte de la organización; al separar ambas cosas y priorizar la segunda ya apunta maneras acerca de la forma en que mi crítico afronta la cuestión de la acción política. Por eso tendré la deferencia de tomarme el tiempo preciso para dar respuesta, en los diferentes ámbitos que propone, a sus acusaciones.

1. Contenidos y estructura de mi libro, o de teorías y realidades

Una de las primeras ideas que plantea es que, en realidad, el libro no se compone de tres capítulos, sino de tres artículos diferentes. No tengo demasiado que discutir sobre ese punto: todo lo que tenía que decir al respecto lo hice en un prefacio titulado «Qué es y cómo leer este libro». Si bien aceptaría de buena gana que los capítulos se diferencian claramente por su temática, sí es importante tener presente el carácter «propedéutico» del primero (LTP, p. 19). Esa condición está motivada por el hecho de que en él se aportan unas determinaciones generales sin las cuales puede resultar compleja la aprehensión de desarrollos posteriores; podrían darse malentendidos. Y a juzgar por el modo en que se aborda ese capítulo, tal vez sea ese desdén una de las mayores deficiencias del trabajo del reseñante.

Despacha todo el primer capítulo en apenas tres oraciones, en las que básicamente me acusa de hacer «metateoría» y de abordar de forma intrincada cosas simples. En sus palabras, el fruto de mi trabajo sería «teoría sobre la teoría, no sobre la realidad» (MN). No contento con separar el debate de la organización, ahora amputa la teoría de la realidad. Imagino que este mismo texto, o el suyo, deben ser irreales o ficticios en algún sentido metafísico que se me escapa… En todo caso, no me reconozco en absoluto en ese enunciado, y agradecería encarecidamente que me indicase en qué punto de ese primer capítulo no se está abordando la «realidad», tomada incluso en el sentido lato y superficial en que emplea el término. Pero su comentario respecto al capítulo no acaba ahí, le bastan ese mentado trío de oraciones para proferir más ataques. Al parecer entre mis páginas: «Se glosan obsesivamente obviedades como la plusvalía [!]» de tal modo que, en su opinión, «al no iniciado no le servirá, porque no lo entenderá, y al iniciado tampoco, porque todo será demasiado evidente [!]» (MN). Con eso termina su recensión acerca del capítulo que, estimo, pese a su brevedad seguramente sea el más denso de los que componen el libro.

Desde luego, respeto su opinión (¡sólo faltaría!) acerca de la estructura de la obra y la agradezco. De igual modo que agradezco su propuesta de rebautizar mi libro como «Tres ensayos acerca de la teoría marxista» (MN), aunque me temo que la declinaré. No diría lo mismo acerca de lo demás, aunque de momento lo dejaré formulado como un interrogante: ¿es tan «obvio» o «evidente» lo que planteo? Veremos…

En el segundo capítulo tampoco se detiene apenas. En él, nos dice, se mantendría esa tónica «teoricista» sin profundizar en las ideas. Cuestión que por su carácter general, dejo a juicio de los lectores. Más sangrante el hecho de que me acusa de falta de «valentía para remar a contracorriente y marcar distancias […] con actuales versiones oficiales y oportunistas de este movimiento», el feminista (MN). Al parecer, tal y como acto seguido dice, tendría que dar cuenta del fenómeno que habría detrás de que en una manifestación se eche a sindicalistas haciendo hueco a «mujeres directivas». Lo que quiere, parece, es que diga que el feminismo divide a nuestra clase. Y lo digo (también en LTP, pp. 48-50), la divide. Pero es necesario que lo haga, entre otras cosas para que en textos como aquel al que respondo no se pasen de refilón por este tema para acto seguido centrarse en «temáticas de superior calado»: la URSS y otras expresiones más arquetípicas de la lucha de clases, a las que dedica tres cuartas partes del texto pese a tener una relevancia menor en mi libro (en este punto nos percatamos de que, tras reprobar mi libro por su estructura, él dedica a los dos primeros capítulos unas pocas líneas, mientras que no escatima en párrafos para un epígrafe del tercero y se explaya todavía más en rebatir una nota al pie).

2. El capitalismo en la URSS, o de por qué la plusvalía no era algo tan obvio

Mi crítico trata de rebatir que en la Unión Soviética imperase el modo de producción capitalista valiéndose de la categoría de plusvalor. Para ello echa mano del argumento de autoridad. Resumidamente: Marx en El capital se refiere a la plusvalía como algo de lo que se apropia el capitalista; Marx en la Crítica del Programa de Gotha deja claro que en la sociedad comunista los productores no se apropiaran del «producto íntegro de su trabajo» (MN). De lo segundo no voy a comentar nada: en ningún momento digo, insinuó ni doy a entender que el problema tenga que ver con la apropiación de ese «producto íntegro». No comprendo qué relación tiene eso con mi planteamiento, y estoy seguro de que el grueso de lectores atentos de mi trabajo convendrá que en efecto eso es irrastreable. Sí hablo, de la «apropiación» del conjunto del proceso productivo por parte de la conciencia del trabajador, pues en efecto esa es la condición sine qua non del socialismo.

Más interesante me parece la primera crítica. Lo que argumenta o, más bien, sanciona, es que no puede haber capitalismo porque «en la URSS no existía la figura del capitalista» (MN). Sin duda es cierto que Marx identifica al capitalista con el agente social que se apropia de la plusvalía, y es lógico: describe lo que tiene delante. Pero, si la cuestión va de El capital, bien podría mi crítico haber registrado también el momento en que, en esa misma obra, se reconoce la posibilidad de que «todo el capital social existente se reuniese en una sola mano» (Libro I); o la de la «supresión del régimen de producción capitalista dentro del régimen de producción capitalista», dando lugar a una «especie de producción privada, pero sin el control de la propiedad privada, que aparece prima facie como simple fase de transición hacia una nueva forma de producción» (Libro III). Y es que la plusvalía es mucho más que una expresión histórica del excedente: es el acicate para la organización del metabolismo social capitalista, aquel que se fundamenta en el valor como forma social que asumen los productos del trabajo privado. Tal vez mi interlocutor fue traicionado por su ufanía al ver como obviedades categorías que sin ninguna duda requieren de una buena dosis de elaboración.

Todo lo antedicho seguía vigente en la URSS —y no lo estaba en la comunidad feudal, que se nos brinda como comparación—, de lo contrario ¿cómo se organizaría el trabajo allí? Para esa pregunta sí tiene respuesta: sería cierto que los «beneficios se reinvertirían socialmente» —deberíamos pensar en restringir el uso de estos adverbios que nada aportan, pero sigamos—, pero al no ser la burguesía la que lo gestiona «debemos hablar en todo caso de excedente socialista, no de plusvalía» (MN). Aquí sale a relucir una vieja práctica explotada hasta la saciedad por el peor marxismo manualesco: generar, no ya eufemismos, sino directamente oxímoros con tal de zafarse de las propias contradicciones. Nada dialécticas, por cierto. Así las cosas, el productor soviético recibiría de parte del Estado socialista su estipendio socialista, en forma de dinero socialista, para ir a la tienda socialista… Todo con tal de no ver que el valor sigue siendo la forma primordial del producto del trabajo, que la fuerza de trabajo continúa siendo una mercancía y que el Estado sigue velando por la reproducción del capital. Esto se pone de manifiesto más claramente si cabe en el mercado mundial, donde ese «excedente socialista» no tiene ningún impedimento para devenir directamente intercambiable por divisa o mercancías. Pero hay más, ¿qué pasa con las empresas públicas en los Estados burgueses? ¿Tampoco producirían sus trabajadores plusvalía al no haber un capitalista detrás?

Terminando con esto, es curioso que mi crítico use un texto —a mi juicio poco acertado en muchas cuestiones— como la Crítica del Programa de Gotha para describir la sociedad soviética. Ya de por sí la práctica es arriesgada. Pero lo sorprendente es que si hubiera continuado leyendo tras el abultado párrafo que reproduce vería que el autor se refiere al socialismo como una sociedad en que «los productores no cambian sus productos», en que el trabajo invertido en ellos «no se presenta […] como valor», en que los «trabajos individuales no forman ya parte integrante del trabajo común mediante un rodeo, sino directamente». Hace tiempo me pregunto qué tipo de juego malabar hay que hacer para leer esas palabras y pensar en la URSS, confío en que me lo pueda aclarar en próximas entregas, si las hay, de esta discusión.

3. El «reformismo aceleracionista», o de qué se ha entendido de mis palabras

La siguiente y algo más extensa parte del texto —al menos según la división que he tenido a bien hacer— versa sobre mis posiciones políticas. De nuevo aquí, y tras unas citas más o menos bien traídas de mi libro, me identifica correctamente con la pretensión de organizar democráticamente el modo de producción capitalista. Pero, nuevamente, no tardan en aparecer los descalificativos. Aunque por el remix histórico que hace, debo elogiarle en este caso por su ingenio e imaginación: según leo, abrazo algún tipo de «aceleracionismo» mecanicista «no exento de pasividad en lo político e indolencia en lo social […] que desde luego habría agradado más a la II Internacional que a la III» (MN), ¡pero eso no es todo! Debajo de mi planteamiento (al que califica de «rojiano», adjetivo del que me apropiaré sin dudarlo), por lo visto, palpita el espíritu del «Discurso sobre el libre cambio», un texto de 1848 en el que Marx defiende la libertad de comercio frente al proteccionismo por aquello de acelerar las confrontaciones clasistas. Texto, por otro lado, bastante poco acertado por defender aquello del «cuanto peor, mejor» que Rajoy popularizó en España pocos años atrás.

Sobre el tema del aceleracionismo no me merece la pena pararme[i], sí en lo demás. Aquí ya solo puedo pensar que o bien no ha comprendido lo leído, o no lo ha leído, o trata de tergiversar burdamente lo que digo. Como confío en su honestidad intelectual, me decantaré por la primera opción. Aunque no sin reticencias. Pocas líneas atrás decía que el contenido del primer capítulo era «demasiado evidente» y ahora me hace participar de una concepción, que desde luego no es la mía, en que capitalismo es igual a libre mercado. De otro modo no se entendería qué relación tiene mi postura con el mentado artículo de Marx. Lo que defiendo es la necesidad de expandir, a través de la lucha revolucionaria, la forma política del capital, el Estado, sobre el mercado, reemplazándolo por la planificación democrática de la economía; y lo hago literalmente (cf. LTP, p. 88). Todo uso —táctico o estratégico— del librecambismo iría en la dirección opuesta al progresivo ensanchamiento de la condición de ciudadanía que defiendo.

Tampoco en la cuestión de la «pasividad» o la «indolencia», palabras gruesas donde las haya. Imagino que cuando lea a Luxemburg afirmar que la «tendencia objetiva de la evolución capitalista hacia [… el] desenlace es suficiente para producir, mucho antes, una agudización social y política de las fuerzas opuestas, que tenga que poner término al sistema dominante» («Una anticrítica» en La acumulación del capital) o a Marx hablar en términos de «inevitable [unvermeidliche]» o «necesidad [Notwendigkeit]» (El capital) acerca de la conquista del poder político por parte de la clase obrera, también encontrará trazos de mecanicismo y de la II Internacional. Cabe la posibilidad, por inconcebible que le resulte a mi crítico, de no escindir la propia subjetividad o la propia acción del movimiento general; incluso de verla como parte de este. Tal es mi pretensión. Dicho esto, no me parece ninguna revelación, aunque me lo espete como tal, el hecho de que «la ley del valor opera ya a escala mundial desde hace décadas [… y] no ha acelerado ninguna revolución planetaria» (MN). Habría, eso sí, que preguntarse por qué, también cómo cambiarlo o si es posible. En mi libro, justamente porque me pregunto por las determinaciones de nuestra acción, apunto hacia respuestas tratando de vincularlas con movimientos de largo recorrido del metabolismo social, ojalá tener a futuro un contrapunto para comparar.

4. La «clase contra clase», o de cómo los apologetas del pequeño capital terminan por compartir su fobia por la ciencia

Solo alguien diestro en el manejo de su idioma, como lo es Navarrete, es capaz de acusarte de reformismo aceleracionista y a reglón seguido de fomentar una política de «clase contra clase» sin que resulte evidente al lector. Pero así es. Sin solución de continuidad con lo anterior carga contra mi defensa de una estrategia política que parta de aglomerar al conjunto de la clase obrera en detrimento del establecimiento de estrategias de alianzas con otras clases como la pequeña burguesía. Esa opción habría fracasado ya, nos dice, en muchas ocasiones, mientras que la alternativa, la alianza obrero-campesina de Lenin, el frente popular de Dimitrov o el frente nacional anticolonial de Castro habrían demostrado su eficacia. Los «asalariados, así en general» serían, a su juicio, en primer lugar, errada, habida cuenta de que «existen dentro de ellos personas cuyo nivel de vida es muy superior a muchos supuestos “empresarios”», sería el caso de los «funcionarios», «profesionales de nivel alto» o «directivos» (MN). Pero también sería insuficiente: existirían autónomos precarios y falsos autónomos que serían «parte del pueblo, entre cuyas filas hay gente literalmente en la pobreza», que también deberían ser convocados a la lucha: «en esta época de imperialismo tardío, sí que somos casi el 99% como ha sido dicho tantas veces: el país entero […] está objetivamente interesado en expropiar a esa oligarquía parasitaria del IBEX-35» (MN). Mi postura, concluye, sería «sindicalista […] sea por folclore o por mero teoricismo».

Honestamente, si tenía mérito hacer comestible la ensalada de acusaciones contradictorias, más lo tiene deslizar que mi posición se inspire en el «folclore» inmediatamente después de, en pocos párrafos, traer a colación las sacras figuras de Lenin, Dimitrov, Ho Chi Min, Castro, Mao, Díaz o Marx con tal de justificar la suya. Si no es por folclore, me gustaría que me explicara exactamente qué conexión existe entre la Cuba de los 50 o la Rusia de 1917 con la España contemporánea. La alianza obrero-campesina podría tener sentido si existieran campesinos en nuestro país; el frente anticolonial… Bueno, eso se responde solo.

Pero vayamos al dichoso asunto del pequeño capital. Antes de nada, si con «alianza» lo que se quiere decir es no expulsarles de la lucha, como parece indicar que sugiero, pues estamos de acuerdo. No seré yo quien pregunte a nadie si tiene una empresa a la hora de incorporarse a un proyecto político. El problema es que una alianza suele involucrar un quid pro quo, y en el caso del pequeño capital lo que reclama es conservar su negocio. Es lógico, es su medio para participar en el metabolismo social. Esto solo se puede lograr apropiándose de valor (obvio, ¿no?), sea a través de la explotación del propio trabajo o de sus obreros; sea a través de ayudas directas, lo que viene a ser plusvalía transferida, o políticas protectoras del Estado. Pues bien, es ahí donde yo me niego en rotundo: una política de alianzas seria no puede hacer promesas que no debe cumplir. Atarnos a un modelo de muchos capitalistas ineficientes es una opción nefasta, entre otras cosas, porque la revolución va de expropiar todo el capital, incluyendo ese, y resulta que sus personificaciones no suelen tener a bien perder su negocio (no creo tener que recordarle lo que pasó en la «deskulakización»).

Sabiendo que la clase obrera es tan masiva y que las organizaciones políticas que tratan representarla como clase oscilan entre lo pequeño y lo marginal, ¿no sería más coherente, antes de trazar alianzas, esperar a movilizarla dando cuenta de sus intereses específicos? Quiero decir, en lugar de pasar el día poniendo ojitos a los capitalistas que de forma más sistemática la fuerzan a trabajar en peores condiciones y sin siquiera aspirar a tener representación sindical. Esto, al parecer, resulta inasumible para esa política de puertas abiertas al sujeto revolucionario, que mantiene a cualquier precio. Las teorías del imperialismo (del «imperialismo tardío», en este caso; y ya empieza a parecerme fascinante cómo los adjetivos camuflan los fracasos de la teoría) se ven obligadas a amalgamar determinaciones emborronando los hechos so pretexto de mantenerse firmes en sus convicciones populistas. Es cierto que casi todo «el pueblo» está «objetivamente interesado» en acabar con las empresas del IBEX, pero unos en su condición de obreros para expropiarlas y otros en su condición de burgueses para situarse en su lugar. De un lado hay lucha de clases; del otro, competencia.

Aquí, mi crítico demuestra que su facultad de portar una conciencia científica está a la altura de la capacidad de los capitalistas que defiende para implementarla: con tal de cargar contra lo que sostengo, comete otra tergiversación que tendré otra vez a bien hacer pasar por malentendido. Insinúa que yo pretendo excluir a los falsos autónomos de la clase obrera, algo que podría tener un pase, salvo porque tanto en mi primer libro —del cual le hice entrega en mano—, como en el que es objeto de su difamación, abordo directamente el problema de que una parte de la clase obrera esté legal y estadísticamente travestida como trabajo autónomo (La revolución en El capital, p. 100; LTP, p. 135).

Pero hay que reconocer que no son todo errores y malentendidos lo que encontramos entre las líneas del texto, al menos aquí, tiene la virtud de hacer explícito el problema de fondo. Según MN, «la determinación histórica de la revolución la hacen siempre aquellos que menos tienen que perder (“salvo sus cadenas”)» —esto lo dice tan solo unas palabras después de afirmar algo que bien podría aplicarse: «Marx pudo esquematizarlo así en el breve Manifiesto revolucionario de 1848, pero desde luego en», aquí continúo yo, la crítica de la economía política—. Simplemente, no es así. Será históricamente el anarquismo bakuninista quien viera en las capas más degradadas, en lo que Marx designo con poco tino como «lumpenproletariado», el germen de la lucha revolucionaria. Creo en esto no estar descubriendo nada nuevo: la clave está en la posición que se ocupa en las relaciones de producción, no en el «modo de vida»[ii]. De este error de base, y de bulto, se desprende eso de que funcionarios o profesionales no serían más que privilegiados o vendidos. Ya a estas alturas por curiosidad querría saber cómo explica el hecho de que en esa tarea de la organización tan prioritaria se ven involucrados, normalmente en una posición destacada, figuras profesiones como la del docente de escuela, instituto o universidad, el jurista, la médica, el ingeniero… ¿Será por eso, tan traído por los leninistas, de que la «conciencia viene de fuera»? Soy todo oídos.

*****

En conclusión, creo que, al menos en este primer round, no encuentro en las posiciones de mi crítico nada que envidiar. Ignoro si estará satisfecho, como no lo estuvo con mi libro, acerca del nivel de abstracción de la discusión y, la verdad, poco me importa. Sí agradecería que entre tanta vacua acusación de teoricismo asome un poco de la solvencia científica y del rigor textual del que hicieron gala sus referentes en el momento de discutir con los escritos de sus coetáneos, sin por ello dejar de «organizarse». No se pueden querer enmendar las tareas a realizar sin haber hecho los deberes.


[i] En realidad ya analicé críticamente los postulados básicos del aceleracionismo en un capítulo reciente titulado «Prometeo en Silicon Valley», en Las cadenas que amamos. Mi impresión es que usa el término de un modo algo grosero y sin especial atención al contenido que le dan los autores que lo promueven.

[ii] «El marxismo no se centra en la clase obrera porque encuentre una especie de virtud deslumbrante en el hecho mismo del trabajo. Los cacos y banqueros también trabajan duro, pero Marx no se prodigó precisamente en defenderlos. […] Tampoco asigna tanta importancia política a la clase obrera porque sea supuestamente el más oprimido de los colectivos sociales. Hay muchos grupos […] que suelen estar más necesitados que el trabajador medio. Y la clase obrera no deja de interesar a los marxistas desde el momento en que instala cuartos de baño o televisores a color en sus casas. El factor decisivo, el que la hace verdaderamente importante para los marxistas, es el lugar que ocupa dentro del modo de producción capitalista», así lo dice Eagleton (Por qué Marx tenía razón).

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