El afecto robado: masculinidad, intimidad y vivencia emocional

Pocos espectadores de la maravillosísima Fleabag pasarían por alto la ausencia de nombres propios de muchos personajes: pareciera que sólo aquellos que estuvieran genuinamente próximos a la protagonista optaran a la posibilidad de poder ser nombrados sin recurrir a la misma. Quiero decir, sólo a través de un nombre propio podemos evitar fórmulas del estilo de “la hermana de” o “el padre de”, que sitúan a nuestra protagonista en el medio de la identidad de la persona mencionada. Y me parece infinitamente adecuado para un personaje particular: el padre.

El padre de Fleabag es un hombre con una oquedad desagradablemente llamativa: no sabríamos decir si ocupa un espacio más allá de la segunda mujer con la que contrae matrimonio. Balbucea y se desborda en los conflictos, no ejerce ningún tipo de papel más allá de movilizador de intereses de otras figuras femeninas que se van sucediendo en la narrativa. A veces ni siquiera parece capaz de finalizar una sola frase. Cuando él mismo se percata de lo grande que le queda alguna situación, responde como puede: se enfada, retira la palabra, es hiriente. De hecho, es hiriente hasta cuando pretende no serlo en absoluto. Casi enternece ver cómo no es capaz de encontrar las palabras, la manera en la que su mirada recorre una habitación agarrotada de tensiones, el mutismo emocional que padece.

Este personaje, que se erige tan necio como pusilánime, supone un retrato brillante de toda una generación de hombres completamente desterrados de su propio afecto: castrados afectivamente para cualquier establecimiento emocional que vaya más allá de la relación conyugal — y al que, a veces, ni siquiera llegan — .


Si la comunicación es un acto consistente en compartir significados, habremos de asumir que ésta comienza en primerísima instancia en nosotros y en las vivencias que han dado forma y color a nuestra comprensión del mundo. No podemos compartir un significado si ni siquiera tenemos claro que está ahí, o si ni siquiera existe en nuestro imaginario. 

Por tanto, el acto de comunicar es indisociable de la vivencia no sólo de nuestra vida, sino de la experiencia de nosotros mismos como sujetos: de nuestra auto-concepto, de nuestra experiencia encubierta. De cómo nos entendemos como individuos que operan en un entorno, de cómo vivimos e identificamos los propios eventos que se dan a nivel interno: cómo sentimos y pensamos. 

¿Cómo podríamos comunicar eficazmente si pretendiéramos hacerlo desde el ruido?

La negación de la feminidad [i]

La socialización diferencial de género supone la imposición de parámetros de adecuación e inadecuación en relación al despliegue del individuo en todas sus esferas. Lo que ha de ser un hombre o cómo debe comportarse una mujer son guiones conductuales que determinarán — asumiendo cierta variabilidad— nuestro comportamiento en forma y contenido, incluyéndose en comportamiento el sentir, padecer y pensar(se).

La relación entre masculinidad y feminidad en el polo emocional posee un marcado carácter negativo: la conducta del hombre debe suponer la exhaustiva supresión y renuncia de todo signo que se acerque a la experiencia emocional femenina. La única legitimización emocional posible es la de la ira, y no tanto la de la comunicación de la misma, sino la explotación del enfado como motor de respuestas agresivas y violentas.

Esta postura negativa no sólo supone la reducción de expresión de emociones que no constituyan un medio para la dominación del entorno, o para reafirmarse en lo que el individuo cree merecer [ii]; también cuenta con implicaciones en el modo de relacionarse con sus propias emociones y en el establecimiento de vínculos afectivos con otros. No podemos compartir aquello a lo que no le ponemos nombre, no podemos abordar ciertos conflictos interpersonales si no compartimos nuestra vivencia encubierta [iii]. Lo que se nos plantea como innombrable difícilmente podrá ser materializado en algo más que una maraña confusa de sentires y padeceres incomunicable. 

Conviene insistir en que esta dificultad no sólo se va a ver concretizada por comisión (incorporación de respuestas alternativas) sino también por omisión (incapacidad, negligencia). Las cuentas por saldar de la masculinidad y sus consecuencias no son sólo con la agresividad y violencia como herramientas fundamentales, también pueden incluir un comportamiento aparentemente antagónico: bloqueo, balbuceos, el mayor de los silencios.

Además, ha de entenderse esta incapacidad emocional como un espectro: no supone una variable categorial en la que encajas o no lo haces en absoluto, sino que existe toda una escala de grises en las que se enmarcan los diferentes individuos. No hemos de construir arquetipos maniqueos de hombres cuyo estandarte es la insensibilidad y la violencia, puesto que no se ajustarían a la realidad que pretendemos comprender y modificar: partimos desde ciertas determinaciones, pero nos desplegamos en una multiplicidad de espacios que podrán, o no, reforzar el conjunto de prescripciones impuestas. 

Así, las determinaciones dadas estarán sujetas a revisión y cambio en tanto que la persona realiza nuevos aprendizajes y acumula diferentes experiencias; lo que no significa que todos los aprendizajes realizados sirvan para reducir la conformidad con los roles de género impuestos, ya que también pueden servir para asentarlos.

El secuestro de la intimidad y sus fatales consecuencias

Recogiendo el último punto comentado, si a fuerza de suprimir toda expresión y vivencia emocional no violenta terminamos por desconocer aquello que sentimos, ¿cómo podríamos llegar a establecer un vínculo mínimamente significativo con otro individuo? 

La configuración de un espacio marcado por la intimidad emocional se vuelve una tarea imposible cuando el desconocimiento de la propia experiencia emocional la transforma en incomunicable. Y ya no sólo es que dificulte la intimidad: se encontraría estrechamente relacionada con una respuesta de miedo a la misma. Es decir, no sólo hay una ausencia de respuesta sino una dificultad en el establecimiento de la misma.

Al lector le podrá resultar más o menos evidente el problema del establecimiento de cualquier vínculo sin un enclave emocional común, pero quizá desconozca la avalancha de problemáticas relativas a la salud física y bienestar psicológico del individuo. Desde una variable predictora de un posterior diagnóstico de depresión hasta distrés, respuestas de paranoia y/o sensibilidad interpersonal. No podemos desligarnos de las relaciones entabladas, supongan un agente magnificador o minimizador del estrés sufrido. Si no existe dicho espacio común, o si resulta insuficiente, el individuo se encontrará aún más indefenso ante la violencia impuesta.

Si en un sistema que asfixia no nos tenemos ni a nosotros, qué hacer, qué esperar. Cómo construir un espacio mínimamente emancipador si partimos desde la desconexión interpersonal.

I think you know how to love better than any of us

Volviendo a la figura masculina del inicio, comentar cómo el padre de Fleabag tuvo un momento de hiriente lucidez minutos antes de su segunda boda. Un par de cavilaciones y una sentencia de responsabilidad vital: sabes querer mejor que todos nosotros, por eso te resulta tan doloroso

Tú, que construyes y compartes y te reconoces como libre de toda castración afectiva, tú eres la parte que tendrá que cargar con las consecuencias de la destrucción de una intimidad común. Dolerá desde el mayor de tus despliegues, desde el estándar habitual de negligencia masculina, desde la indefensión del otro que “de verdad querría, pero que se ve completamente incapaz”. Y un consuelo imposible: si bien esta incapacidad se materializa en conductas individuales, deviene de una organización social y de una estructura dada, no desde el egoísmo ni desde la irresponsabilidad, o al menos no siempre y no necesariamente.

La imposición de la nulidad afectiva a toda aquella persona que performe la masculinidad en mayor o menor medida tendrá consecuencias directas e indirectas en el entorno y, sin embargo, toda explicación que no vaya más allá del otro no nos permitirá comprender dónde está el problema y hacia dónde habremos de dirigirnos — sin ánimo de liberar de la responsabilidad a tantas personas que deciden activamente no involucrarse como deberían con las personas que los acompañan —.

Hemos de escapar de la carga afectiva impuesta, de lo que terminamos dulcemente por llamar “torpeza” como si de un asunto menor se tratara. La impotencia masculina nos termina por despertar ternura porque el rol de cuidadora impuesto se esgrime de esta realidad, porque supone otra esfera femenina en la que completarnos como mujeres.

No hay comunidad que valga sin lazos tendidos, el discurso del afecto no es más que un himno hueco si no se disponen encima de la mesa las responsabilidades y deberes a adjudicar. No habrá espacio que pueda optar a pretenderse emancipador si no existe un desgranamiento de la materialización de la lógica dominante, también aquí impuesta.

Notas 

[i] Para más información: Fischer, A. R., & Good, G. E. (1997). Men and psychotherapy: An investigation of alexithymia, intimacy, and masculine gender roles. Psychotherapy: Theory, Research, Practice, Training, 34(2), 160.

[ii] Para explorar diferencias en el grado de asertividad por género, cualquier manual de Diferencias Individuales podrá ser de utilidad. Personalmente, recomendaría Introducción al estudio de las Diferencias Individuales, de Ángeles Sánchez-Elvira.

[iii] Aquí “encubierta” hace referencia al repertorio de conductas no observable (pensar, sentir…).

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