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Contra el machismo y el fascismo, las mujeres trabajadoras a primera línea

Lucía Casado, militante del Movimiento Socialista

El 8 de marzo, día internacional de las mujeres trabajadoras, va a celebrase este 2026 en uno de los contextos políticos más reaccionarios de las últimas décadas. Crisis económica, social y cultural, ofensiva contra las condiciones de vida y los derechos políticos de la clase trabajadora, guerras imperialistas y rearme, auge electoral y callejero de la extrema derecha y refuerzo del carácter autoritario de los Estados. 

En este marco, el machismo y la misoginia se presentan como uno de los ejes centrales del proyecto reaccionario. Las nuevas derechas articulan así gran parte de su discurso en torno a la idea de que “el feminismo ha llegado demasiado lejos”, logrando convertir el malestar social general de una parte de la población en reacción misógina. En esta línea, sacan a la palestra sin ningún tipo de pudor políticas de restricción o prohibición del derecho al aborto y de otros derechos sexuales y reproductivos, así como intentos de borrado de la violencia machista en favor de categorías como la “violencia familiar”, que eliminan por completo la opresión de género de la ecuación. También hemos visto proliferar el refuerzo de los roles de género: en las mujeres, en torno al fenómeno tradwife y la intensificación de la presión estética; en los hombres, la proliferación de youtubers e influencers misóginos que argumentan la frustración masculina señalando a las mujeres como responsables y enemigas. De este modo, se está instaurando política y culturalmente el programa de la extrema derecha, que coloca en el centro la defensa de la familia nuclear, un modelo esencialmente jerárquico y heterosexual que legitima la subordinación por principio de las mujeres y la marginación, patologización y castigo a quienes se salen de dicho modelo.

La situación se agrava especialmente para las mujeres proletarias. Se nos asignan los empleos más precarios y peor remunerados, a menudo en condiciones de informalidad y sin derecho a jubilación ni paro. Persisten la brecha salarial y la parcialidad forzosa. Se deterioran los servicios públicos (como parte del saqueo al fondo de salario) y se privatizan los cuidados, trasladando aún más carga a nuestras espaldas, mientras el coste de la vida y de los bienes básicos se dispara y los alquileres se vuelven inasumibles.

Por si todo esto no fuera poco, seguimos encontrándonos con casos tan brutales y repugnantes como el caso Epstein. Casos que no son anomalías aisladas, sino que constituyen la expresión de una realidad tan antigua como certera: que la oligarquía goza de total impunidad para ejercer violencia sexual contra niñas y mujeres pobres. Que la sociedad de clases capitalista crea las condiciones materiales, jurídicas e ideológicas para que la explotación sexual de las mujeres proletarias pueda organizarse, encubrirse y perpetuarse en las altas esferas del capital. 

En la misma lógica se inscriben los asesinatos y agresiones machistas cometidos por policías. Pese a la resistencia sistemática de los gobiernos a investigar, es un secreto a voces que los cuerpos policiales concentran una parte significativa de estas violencias y disfrutan de un alto grado de impunidad. Si consideramos que cualquier agresión machista es extremadamente difícil de nombrar y denunciar, las mujeres trabajadoras quedan completamente desprotegidas frente a las instituciones del Estado capitalista, cuyo papel esencial es mantener la sociedad de clases y, por tanto, perpetuar la violencia necesaria para sostener el poder de los capitalistas.

Esta realidad es la que la socialdemocracia en el Gobierno y el llamado “feminismo institucional” o “feminismo ministerial” han omitido por completo. Se han erigido a sí mismos como referentes de la lucha contra las violencias machistas mientras sus medidas se han centrado en endurecer el Código Penal y reforzar los cuerpos de seguridad, lavando la imagen de la policía y presentándola como “defensora de las víctimas”, como si más patrullas en nuestros barrios y más agentes formados en “perspectiva de género” fueran suficientes para frenar la violencia machista. Sin embargo, reforzar a la policía del Estado capitalista es una medida abiertamente antiproletaria: esos recursos no se destinan a combatir las raíces materiales y estructurales de la violencia de género, sino a reforzar el control social sobre nuestra clase. Se emplean en hacer redadas en nuestros barrios, en aporrearnos en las manifestaciones donde defendemos derechos como el aborto y en ejecutar desahucios, incluso cuando esa vivienda sea el único reducto que nos separa a nosotras mismas y a nuestras hijas de un maltratador.

Si este “feminismo de Estado” o “feminismo institucional”, como vemos, ha resultado impotente a la hora suprimir las violencias machistas y el sentido cultural misógino, ¿qué hay del movimiento feminista? ¿propone y articula este hoy un proyecto cultural y político superador de la opresión de género?

Para responder a esta pregunta comenzaremos por disolver una dicotomía que suele establecerse. Pues desde los “feminismos de base” o “de calle” se ha tendido a señalar el feminismo “institucional” o “liberal” como único responsable de los límites de las propuestas feministas y de la desarticulación de colectivos y asambleas. Si bien el feminismo institucional ha fagocitado sin lugar a dudas el movimiento feminista de base, considero sin embargo que uno no puede disociarse del otro a la hora de evaluar la potencialidad del feminismo para acabar con la opresión de género. Pues la capacidad del proyecto feminista para alcanzar su objetivo final no depende del apellido o corriente en el que se enmarque (“interseccional”, “anticapitalista”, “autónomo” o “de clase”, entre otros), sino de los principios estratégicos que subyacen a su propuesta. Y en ese sentido, más allá de sus distintas corrientes o de la fuerte voluntad de sus militantes de situarse en oposición al feminismo institucional y al capitalismo, los diferentes feminismos comparten ciertos elementos estratégicos que entrañan su propia impotencia para erradicar la violencia machista y alcanzar una igualdad real por razón de género

Podemos englobar dichos elementos en torno a dos grandes cuestiones: 

I. El sujeto. El feminismo ha renunciado a organizar a la clase trabajadora como sujeto para centrase en la organización de las mujeres en sentido amplio. Ello implica defender intereses necesariamente sectoriales e interclasistas, frente a la posibilidad de defender intereses universales. De esta forma, el movimiento feminista se organiza para lograr mejorar la situación de un sector de la sociedad, sin tener en cuenta que el disfrute de los derechos conquistados estará mediado por la posición de clase. 

Lo hemos visto históricamente con el acceso al aborto y otros derechos sexuales y reproductivos, negados de facto para las mujeres pobres. Lo vemos en casos como el de Epstein, que se dan con total impunidad a causa de la dependencia económica de las víctimas. Lo vemos en la posibilidad de alejarse de un padre o una pareja que nos maltrata, o de dejar un trabajo en el que soportamos a un jefe acosador. La realidad material dicta que las conquistas del feminismo solo las puede ejercer efectivamente quién puede pagarlas, esto es, las mujeres burguesas y de clases medias, mientras las mujeres trabajadoras continuamos sufriendo las formas de explotación y opresión más intensificadas.

II. Renuncia a destruir la sociedad de clases y el Estado capitalista. En este sentido, el feminismo, con independencia de la corriente en la que se enmarque, está abocado a perpetuar la existencia del Estado capitalista. Y así, pese a las voluntades o retóricas más o menos revolucionarias, el feminismo, en tanto que movimiento sectorial, no tiene un proyecto de sociedad que contraponer al proyecto capitalista. Renunciando por ello a conquistar el poder político y a construir un “Estado de todos los oprimidos y oprimidas” que pueda recibir y aplicar realmente algunas de sus demandas. De este modo, pese a que las individualidades que lo compongan se opongan al Estado y al reformismo, el feminismo se ve obligado así una y otra vez a dirigir sus demandas al Estado que sostiene la propiedad privada, protege a la patronal y administra la violencia sobre nuestra clase, confiando en que desde ahí se concedan unas mínimas reformas que siempre llegan filtradas por la lógica de la desigualdad y la dominación. Todo lo cual no solo neutraliza cualquier potencial revolucionario de las reivindicaciones feministas, sino que, además, sirve al Estado capitalista para mejorar su imagen, maquillar su carácter violento y opresor y ajustar su dominación a los tiempos y necesidades actuales.

En base a estas cuestiones podemos concluir por tanto que el feminismo, en tanto proyecto político, no tiene la capacidad de enfrentar y revertir el auge reaccionario ni, sobre todo, de conquistar derechos de manera estable y universal para todas las mujeres. Con frecuencia, de esos avances tienden a quedar excluidas las mujeres de clase trabajadora y el proletariado LGBTQ+.

Así pues, no es que el feminismo “haya llegado demasiado lejos”, como proclaman las nuevas derechas para justificar su programa reaccionario, sino que este no ha sido capaz de ir lo suficientemente lejos como para enfrentarlas ni para avanzar de manera efectiva hacia la emancipación real de las mujeres trabajadoras. El abandono del horizonte de superación del capitalismo y, con ello, la renuncia a articular un programa estratégico y a construir las herramientas políticas necesarias para materializarlo, ha conducido a la desorganización, la desmovilización y la desilusión de amplias capas de sus bases, dejándonos en una posición de debilidad frente a la reacción en marcha.

Con todo, al feminismo sí pueden atribuírsele conquistas parciales relevantes. Este ha tenido la capacidad de nombrar y desnaturalizar múltiples formas de violencia machista. En esa línea, algunos sectores de la sociedad y de la clase trabajadora han incorporado nociones, información y ciertas herramientas culturales que contribuyen a reducir la discriminación, las agresiones y la violencia de género; aunque en ningún caso se haya logrado suprimirlas de manera estructural, ni siquiera en los espacios más “concienciados”, pues ello requiere mediaciones políticas y materiales de mayor alcance. En este sentido, puede afirmarse que el feminismo ha salvado vidas. Asimismo, entre 2016 y 2020 politizó a una generación de mujeres jóvenes y fue, para muchas de ellas, la puerta de entrada a la militancia.

Ahora bien, si el feminismo ha errado al no dotarse de fundamentos estratégicos capaces de poner fin a la opresión y ha perpetuado la descomposición de la clase trabajadora como sujeto en distintas subjetividades, también es cierto que parte de las propuestas marxistas de las últimas décadas estuvieron hegemonizadas por el obrerismo y el economicismo. Estos sectores solo supieron relacionarse con el movimiento feminista culpándolo de la fragmentación de la clase trabajadora, en lugar de señalar al capitalismo como responsable de dicha descomposición, lo que terminó expulsando a muchas mujeres militantes de los espacios marxistas. Por otro lado, hubo organizaciones economicistas (aunque no necesariamente obreristas) que se limitaron a las luchas inmediatas, renunciando a elevarlas a una política socialista y haciendo seguidismo de las derivas anticomunistas, sectoriales e interclasistas que podían darse dentro de los movimientos sociales.

La conclusión que se impone de todo esto es sencilla: no habrá fin de la opresión de género sin fin del capitalismo. Y, por tanto, no puede existir una lucha efectiva y real por la liberación de las mujeres que no se articule, al mismo tiempo, como una lucha contra el sistema capitalista y por la construcción del socialismo.

Superar este sistema implica, primero, reconstituir a la clase trabajadora en partido propio e independiente, una fuerza social disciplinada y arraigada en los centros de trabajo, en los barrios y en la juventud; y, segundo, en que ese partido conquiste el poder político, derribe el Estado de los capitalistas y levante un nuevo Estado que organice la transición hacia el socialismo, una nueva forma de organizar la sociedad en las que las bases de todas las formas de opresión y explotación son progresivamente eliminadas.

En ese nuevo poder de clase, la abolición del capital no es una consigna vacía, sino un programa concreto: expropiar a los grandes propietarios, planificar la economía según las necesidades sociales y eliminar de raíz las condiciones materiales y subjetivas que hoy obligan a tantas mujeres a soportar maltrato, precariedad y humillación. Pues solo de esta forma los derechos conquistados dejan de depender de nuestra posición de clase y su acceso se vuelve realmente universal.  

Este planteamiento implica que la emancipación de las mujeres trabajadoras debe ser obra de ellas mismas, codo con codo con el resto de su clase. A través de un movimiento que no se conforme con gestionar la violencia, la desigualdad y el miedo, sino que se proponga destruirlos de raíz. Lo cual exige un programa claro que, en el ámbito de género, implica abolir la familia, socializar el trabajo doméstico y garantizar una verdadera emancipación en el ámbito sexual. 

Nada de esto será posible sin un cuerpo militante en continuo aprendizaje y expansión. Un cuerpo capaz, por un lado, de reconocer y abordar las distintas subjetividades presentes en el interior del proletariado, para poner fin a cualquier forma de violencia intraclase y garantizar su unidad. Y, por otro lado, capaz de fortalecer su organización, expandirse territorialmente, e intervenir y confrontar cada agresión machista y expresión de la opresión de género, construyendo además una infraestructura que combata de manera efectiva las violencias, las agresiones y las distintas expresiones de explotación.

El reto no es menor. Conocemos la dureza y la crudeza de las violencias, desigualdades y aislamiento que padecemos las mujeres proletarias. Por eso nos toca estar a la altura de las circunstancias y del reto histórico que las militantes revolucionarias tenemos por delante: levantar un proyecto socialista que haga de la emancipación de las mujeres trabajadoras una tarea central de toda la clase, sabiendo que solo un movimiento consciente podrá arrancar de raíz la opresión de género y cualquier otra forma de dominación de la que el capital se alimenta para sobrevivir.

Todo esto es lo que nos mueve a acudir el 8 de marzo a las movilizaciones que habrá por todo el Estado, así como a la reclama nocturna que convoca CJS la noche del 7 de marzo en Madrid (21.00h, Antón Martín). Contra el capitalismo, el machismo y el fascismo: las mujeres trabajadoras vamos a estar en primera línea. Que nuestros enemigos sepan que, si ellos avanzan, nosotras avanzaremos también.

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