Donald Parkinson
Traducción por Margo
Publicación original en: Cosmonaut
El socialismo no dejar de ser una subcultura en Estados Unidos y, mientras vemos el auge de organizaciones como Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés), en su interior están surgiendo varias fisuras y debates en torno al enfoque más apropiado para una política socialista. Uno de los debates más prominentes (no sólo en DSA, sino por toda la izquierda estadounidense) es el que se da entre perspectivas que se pueden separar en dos campos principales: las políticas identitarias y el economismo de ‘la clase primero’. En las políticas identitarias, se pone el foco en cuestiones extraeconómicas de opresión como medio para movilizar activistas en torno a grupos identitarios específicos y quienes se posicionan como aliados de tales grupos, fundamentándose teóricamente sobre el concepto de interseccionalidad. ‘Políticas identitarias’ se usa frecuentemente como un adjetivo sardónico para estas formas de activismo y suele ser difícil diferenciar entre políticas de derechos civiles y políticas identitarias como categorías separadas. A veces es difícil saber qué críticas de las políticas identitarias se limitan a hacerse eco de argumentos derechistas y cuáles realmente buscan elaborar un programa para el socialismo y la liberación humana, un hecho que se suele aprovechar para desestimar todo ataque a las políticas identitarias. Una reacción de moda al auge de estas es una especie de economicismo socialdemócrata que pretende centrarse en construir la coalición política más amplia posible en torno a cuestiones económicas básicas, evitando cualquier cuestión política que pueda considerarse divisoria. Mi objetivo aquí se argumentar que ambos enfoques son callejones sin salida.
Entre las escritoras criticadas como ejemplos de políticas de la identidad se incluyen Ta-Neishi Coates, bell hooks y Kimberlé Crenshaw. En este artículo me centraré en Crenshaw, quien trazó los contornos de la teoría de la interseccionalidad en sus artículos ‘Desmarginalizar la intersección de raza y sexo. Una crítica desde el feminismo negro a la doctrina antidiscriminación, la teoría feminista y las políticas antirracistas’ y ‘Cartografiando los márgenes. Interseccionalidad, políticas identitarias y violencia contra las mujeres de color’. En ‘Desmarginalizar’, Crenshaw se centra en la experiencia de las mujeres negras y la forma única de opresión a la que se enfrentan como algo que no se puede comprender exclusivamente por medio del eje del género o la raza. Presenta el ejemplo del caso DeGraffenreid contra General Motors, en el que cinco mujeres negras demandaron a General Motors por discriminación contra las mujeres negras, citando que la empresa no había contratado a ninguna mujer negra entre los años 1964 y 1970 y que, después, había despedido de manera desproporcionada a mujeres negras por su sistema de antigüedad. Crenshaw señala cómo estos intentos de denunciar a GM fueron contrarrestados aludiendo tanto a que la empresa había contratado a mujeres —aunque fueran mujeres blancas— como a un pleito anterior contra la discriminación racial en relación a los hombres negros. De este modo, aunque se podía mostrar cómo GM no discriminaba simplemente en base al género o la raza, Crenshaw defendía que sí discriminaba contra la identidad particular de las mujeres negras. Así, no bastaba con usar las categorías de raza o género: había que comprender cómo estas opresiones intersecaban de maneras particulares. Por citar a Crenshaw,
«La negativa del tribunal en DeGraffenreid a reconocer que las mujeres negras se enfrentan a una discriminación combinada por raza y sexo implica que los límites de la doctrina de la discriminación sexual y racial se definen respectivamente por las experiencias de las mujeres blancas y de los hombres negros. Según este punto de vista, las mujeres negras solamente están protegidas en la medida en que sus experiencias coincidan con las de cualquiera de los dos grupos.»[1]
Crenshaw concluye que la opresión de las mujeres negras no se puede entender como basada o bien en el género o bien en la raza, sino como una intersección entre estos dos ejes. Se refiere a esto como una discriminación doble, parecida a la discriminación a la que se enfrentan los hombres negros o las mujeres blancas, pero única e irreductible a una u otra. Usar cualquiera de las dos categorías de raza o género por separado sólo puede oscurecer la realidad de tal discriminación. Para investigar con mayor profundidad esta cuestión, Crenshaw explora las experiencias de vida de Sojourner Truth y cómo estas desafiaron, no sólo las nociones convencionales de lo que es ser mujer, sino también las nociones que comprenden a las mujeres negras como menos que mujeres. En este contexto, la experiencia de Sojourner Truth enfrentándose tanto a la opresión racial como a la de género apunta hacia la incapacidad de la mayoría de las expresiones de feminismo para llegar a las experiencias de las mujeres negras, hablando exclusivamente, por defecto, de las experiencias de las mujeres blancas. Cuando el feminismo discute los problemas de las mujeres, de acuerdo con Crenshaw, la asunción tácita es que el asunto de la discusión es las mujeres blancas. Las mujeres negras, que se enfrentan a un estatus de opresión único, quedan de este modo fuera de escena[2].
A primera vista, hay poco que se pueda objetar directamente a las afirmaciones de Crenshaw. Las mujeres negras sufren claramente una forma de opresión doble. Crenshaw logra mostrar con éxito cómo estas formas intersecantes de opresión no sólo existen, sino que están enmascaradas por el sistema legal. Pero, lo que le falta a su argumento, como señala Mike Macnair, es el elemento de análisis de clase. El caso DeGraffenreid contra General Motors, por ejemplo, es una expresión del poder de clase incrustado en el derecho burgués en la misma medida en que es una expresión de la incapacidad del derecho para abordar adecuadamente las experiencias de opresiones que se solapan. Lo que Crenshaw no menciona es que estos litigios eran una expresión del uso del derecho por parte de las empresas capitalistas para mantener a la mano de obra como un recurso maleable, al que se pueda contratar y despedir a voluntad[3]. Esto no se puede comprender simplemente en términos de discriminación, sino como un elemento de explotación estructural debido a las relaciones de clase que gobiernan la producción capitalista. Cuando el análisis interseccional no aborda la clase, tiende a abordar la clase exclusivamente en términos de discriminación contra individuos en base a un trasfondo de clase, conocida como ‘clasismo’.
Una debilidad adicional del marco de la interseccionalidad es su función meramente descriptiva, más que explicativa. Demuestra que los individuos experimentan la opresión de diferentes maneras que se solapan, pero no explica cómo se reproducen estas opresiones en la sociedad. El análisis marxista del racismo y el patriarcado pretende comprender cómo estas formas de opresión se relacionan con la reproducción social y pueden, en consecuencia, quedar abolidas al cambiar la sociedad. La interseccionalidad, puesto que su origen está en la teoría legal, pretende describir la experiencia de diferentes opresiones y ponerle fin a la práctica de estas opresiones dentro del marco burgués de la ley y el orden. El resultado es que la meta principal de la práctica activista asociada a la interseccionalidad, conocida como ‘justicia social’, es hacer que las relaciones sociales existentes sean más equitativas (o justas) para los grupos oprimidos, por oposición a cambiar los fundamentos de la sociedad. Puesto que no está informada por una crítica del modo en que las opresiones se reproducen en la división del trabajo y las relaciones de clase de la sociedad, intenta hacer cambios en las prácticas legales o las costumbres sociales de la sociedad. Aunque las prácticas legales y costumbres sociales son desde luego materiales y estructurales y muchos de los cambios que se proponen son deseables, tenemos que situar las luchas por tales reformas en un marco más amplio y una estrategia de cambio revolucionario para poder desafiar, no sólo algunos aspectos injustos de la sociedad, sino el fundamento subyacente de nuestra sociedad esencialmente opresora en su totalidad.
La práctica política asociada a la interseccionalidad tiende a tomar la forma de un activismo y unas coaliciones de tema único, así como formas individuales de concienciación (tales como la revisión de privilegios, los señalamientos públicos, etc.). El énfasis en las formas particulares de opresión que experimentan grupos específicos puede provocar una creencia en que sólo los miembros del grupo oprimido específico pueden liderar las campañas activistas. Esto da lugar a una política fragmentada en la que, en ciertos casos extremos, sólo el ‘grupo interno’ puede hablar sobre un tema determinado, mientras que el ‘grupo externo’ sólo puede escuchar y ayudar en sus luchas como ‘aliados’. Este aspecto de las políticas identitarias es el que más importa criticar, puesto que en la práctica tiende hacia una descomposición de la solidaridad y deja fuera de juego un proyecto para la emancipación humana universal.
Cabe señalar que Crenshaw ‘no present[a] aquí la interseccionalidad a modo de teoría identitaria nueva o totalizadora’ y que tampoco quiere ‘dar a entender que la violencia contra las mujeres se pueda explicar sólo a través de ciertos marcos raciales o de género’[4]. También añade que los problemas de clase y sexualidad son de gran importancia, a pesar de no mencionarlos explícitamente. Sin embargo, con independencia de cómo Crenshaw pretendía que se usara su teoría, esta se ha convertido indudablemente en un artículo de fe invocado sistemáticamente desde la izquierda. Para entender los debates dentro de la izquierda en torno a las políticas identitarias, no se puede ignorar la obra de Crenshaw. Debería añadirse que Crenshaw no fue la primera teórica en discutir la opresión única de las mujeres negras. Teóricas militantes como Angela Davis y Claudia Jones también han discutido los modos en que la raza, la clase y el género interactúan, pero desde un marco específicamente marxista. A la hora de referirnos a la interseccionalidad, nos referimos a las teorías específicas elaboradas por Crenshaw, no a cualquier análisis que incluya las categorías de raza, género y clase. Se podría discutir incluso que la interseccionalidad es una cooptación esencialmente liberal de las críticas marxistas de la opresión que han existido dentro del movimiento socialista desde hace bastante tiempo.
No faltan críticas de izquierdas a la teoría interseccional y las políticas identitarias. ‘Salir del castillo del vampiro’ de Mark Fisher es un ejemplo célebre. Es una descripción y crítica del comportamiento cruel y antisolidario asociado a la ‘izquierda moralizante’[5], dentro de la cual los individuos vigilan policíacamente sus usos del lenguaje de maneras a menudo arbitrarias y la atmósfera está marcado por ‘el hedor de la mala conciencia y el moralismo de la cacería de brujas’[6]. ‘Salir del castillo del vampiro’ fue recibido con no poca virulencia, puesto que se consideró que se hacía eco de argumentos conservadores y atacaba a la izquierda centrándose en sus excesos, exagerándolos. Otra gente se encontró con que el análisis de Fisher resonaba con sus experiencias negativos en la izquierda. Con independencia de lo que se piense de los argumentos de Fisher, su texto fue sintomático de un sentimiento de insatisfacción más amplio en la izquierda respecto a las políticas identitarias, que conduciría a su propio contramovimiento.
Uno de los principales teóricos de este contramovimiento es Adolph Reed Jr. Aunque Reed lleva escribiendo desde los años 70, su crítica de las políticas culturales (específicamente, la política negra) logró relevancia cuando mucha gente en la izquierda intentó construir una negación de la izquierda ‘moralizante’. Otros, como Adam Proctor del podcast Dead Pundits Society y Angela Nagle, la autora del libro Muerte a los normies, seguirían sus pasos. Algunos de sus adversarios sostienen que estos escritores forman una tendencia conocida como izquierda de ‘la clase primero’ y los asocian con la ‘izquierda dirtbag’[7]. Reed es la personalidad más inteligente y que más vale la pena de todas estas, así que nos centraremos principalmente en su obra. Se le conoce sobre todo por su interpretación de las políticas identitarias como una forma de política de clase neoliberal que representa a una fracción de la pequeña burguesía. Resume su evaluación de esta manera:
«Las políticas identitarias no son una alternativa a la política de clase; son una política de clase, del ala izquierda del neoliberalismo. Son la expresión y agencia activa de un orden político y una economía moral en que las fuerzas de mercado capitalistas se tratan como una naturaleza irrefutable.
Un elemento integral de esta economía moral es el desplazamiento de la crítica a los resultados ingratos que produce el poder de clase capitalista hacia unas categorías equitativamente naturalizadas de identidad adscriptiva que nos ordenan en grupos presuntamente definidos por lo que somo esencialmente, más bien que por lo que hacemos. Como he argumentado, siguiendo a Walter Michaels y a otros, dentro de esta economía moral, una sociedad en la que un 1% de la población controlara el 90% de los recursos podría ser justa si aproximadamente un 12% del 1% fuera negro, un 12% fuera latino, un 50% fuera mujer y cualquiera que sea la proporción adecuada de personas LGBT.
Sería difícil imaginar un ideal normativo que exprese con menos ambigüedad la posición social de la gente que se considera a sí misma candidata para la inclusión en la clase dominante, o al menos en puestos de personal significativos al servicio de ella.»[8]
Reed lleva elaborando esta tesis en sus comentarios políticos desde la década de los 70. Su crítica de una política que se aparta de la economía y los objetivos materiales definidos hacia una atención exclusiva sobre la cultura cambiantes es válida cuando consideramos la completa desconexión de la izquierda respecto al movimiento obrero y su incapacidad para lograr victorias que vayan más allá de lo simbólico. Una gran parte de la obra de Reed se centra en los asuntos de la política negra estadounidense, la cual considera que está encontrándose constantemente en callejones sin salida por su énfasis en organizar coaliciones en base a la identidad en torno a cuestiones de antirracismo. El antirracismo, argumenta, se ha convertido en una forma de política que apuntala la legitimidad de estratos específicos de la élite negra que se desarrollaron tras el movimiento por los derechos civiles, remitiéndose a este movimiento y sus tácticas a pesar de su irrelevancia para las circunstancias en las que vivimos hoy día[9].
Uno de los objetivos específicos de Reed es la exigencia de reparaciones. Aquí no pretendo repetir el debate en torno a las reparaciones y su papel en un programa político. De momento, es más importante la lógica general del argumento de Reed. Al señalar problemas como la dificultad de determinar con exactitud quién recibiría reparaciones, el argumento principal de Reed es que se trata de algo que simplemente no es políticamente viable. Para luchar por reparaciones, se tendría que lograr una mayoría de votos y, puesto que la gente estadounidense negra no suma tal mayoría en el electorado de Estados Unidos, no hay ninguna manera viable de hacer tal cosa. Reed argumenta en favor de una alternativa —algo así como un New Deal, un movimiento de base amplia que luche por ‘el acceso a un sistema de salud pública de calidad, el derecho a un sustento decente y digno, vivienda asequible, educación de calidad para todo el mundo […] todo ello sólo perseguido de manera efectiva mediante una lucha que una a una amplia sección de la población estadounidense a la cual se le están negando esas prestaciones sociales esenciales o vive con miedo a perderlas’[10].
En el centro de su argumento está la afirmación de que la política debe mantenerse alejada de las cuestiones políticas divisivas y centrarse, en lugar de ello, en las cuestiones económicas más cotidianas para construir un voto mayoritario. Si seguimos esta lógica, entonces el socialismo es algo demasiado divisivo como para luchar por ello. Más bien, esta lógica implica que tendríamos que centrarnos en campañas reformistas simples para ampliar el Estado del bienestar. Reed ha hecho este argumento explícitamente. En la Platypus International Convention de abril de 2015, Reed admitió que quiere el socialismo, pero argumentó que lo que el momento exige es un ‘nuevo Frente Popular’ que ‘dé pequeños pasos’ hacia la ‘desmercantilización de los servicios públicos’ mientras evita la cuestión del socialismo y que sólo después de que esto haya cultivado conciencia podrá sacarse el tema del socialismo.[11]
Lo que está haciendo Reed, esencialmente, es defender la repetición de la socialdemocracia de derechas de la época de posguerra: una apelación a los intereses más básicos de la clase trabajadora que evita las cuestiones políticas conflictivas. Obviamente, la militancia socialista debe luchar por estos intereses materiales básicos, pero limitarse a abordar estas cuestiones cae en el problema de aquello que Lenin definió como ‘economicismo’ en ¿Qué hacer? El uso por Lenin del término, así como el uso que hacemos de él aquí, estaba enmarcado en una polémica con los marxistas rusos que creían que la organización socialista debía centrarse exclusivamente en las luchas sindicales, dejándoles a los reformistas liberales las cuestiones políticas relacionadas con la opresión extraeconómica. Los economicistas creían que, a través de la sola lucha económica, los trabajadores desarrollarían espontáneamente una conciencia socialista, incluso sin una lucha política activa por parte de los socialistas. Contradiciendo esta aproximación, Lenin sostenía que ‘el ideal del socialdemócrata no debe ser el secretario de tradeunión, sino el tribuno popular, que sabe reaccionar ante toda manifestación de arbitrariedad de opresión, dondequiera que se produzca y cualquiera que sea el sector o la clase social a que afecte’[12]. La mayor parte de las reacciones al auge de las políticas identitarias se reducen a una forma de economicismo, que sostiene que deberíamos centrarnos en las cuestiones económicas y no basar nuestra política más que en ellas.
El economicismo, por sí solo, es esencialmente incapaz de conducir a algo más allá del sistema capitalista. Las luchas por la ampliación de servicios públicos, por salarios más altos y mejores condiciones laborales son un asidero esencial para la lucha de clases. Sin embargo, también son luchas que las dinámicas mismas del capitalismo generan espontáneamente, puesto que el capitalismo es un sistema dinámico que puede adaptarse a las nuevas exigencias que se le plantean. Si queremos luchar por un nuevo orden político, tenemos la necesidad de avanzar más allá de estas luchas espontáneas y apuntar hacia un nuevo orden político, hacia la transformación de la lucha económica en lucha política. Al evitar cualquier tipo de cuestión política divisiva poniendo el foco únicamente en demandas económicas básicas, es extremadamente fácil caer en la lógica del chovinismo social, en la que un movimiento evita asumir cualquier tipo de posicionamiento controvertido para el orden capitalista en nombre de mantener un electorado lo más amplio posible. Ante las cuestiones políticas como el imperialismo, el racismo y la opresión de género, esta estrategia resulta en que el movimiento se someta a la ley del mínimo esfuerzo, por miedo a entrar en contradicción con las masas.
Tal lógica ha conducido a resultados infames, como el apoyo del SPD a los créditos de guerra en la Primera Guerra Mundial, el apoyo de la AFL estadounidense a las leyes de Exclusión China[13] o la exigencia por trabajadores en huelga de que se excluyera a las mujeres de la participación laboral para reducir el desempleo durante la Gran Depresión. Es una lógica nacida de la estrechez de miras con la que no se presta atención más que al logro de votos o del máximo beneficio económico posible dentro de la lógica general del capitalismo. Podría argumentarse que la Nueva Izquierda y las posteriores políticas identitarias interseccionales surgieron como una reacción al chovinismo social de izquierdas, identificando la atención exclusiva a la clase como la causa de estas traiciones. Pero, en el elemento de una izquierda que se fractura en una variedad de grupos identitarios incapaces de unirse si no es a través de coaliciones, la lógica de centrarse en las cuestiones económicas tiene cierto atractivo. Es a través de las cuestiones económicas que varios grupos identitarios pueden unirse en un proyecto común, atravesando sus diferencias. Pero los economicistas se equivocan al ver la clase, no como un medio para unir a la humanidad en un proyecto común para la humanidad, sino como una categoría que —igual que los grupos identitarios— tiene que hacer de intermediaria en la negociación por la mejor posición posible en el marco existente de nuestra sociedad.
Es importante que recordemos por qué Marx y Engels veían a la clase trabajadora como una clase revolucionaria. No era sólo por que pudiera retirar colectivamente su fuerza de trabajo en huelgas para plantearles demandas a sus empleadores. Más bien, se trata de que el proletariado, definido como toda persona dependiente del fondo general para los salarios pagados por los capitalistas, sólo puede asegurarse su emancipación si se une como una clase en su totalidad a través de su división en sectores y sustituye colectivamente la apropiación privada de los medios de producción por su gobierno democrático de la sociedad. Por medio de esta existencia colectiva como una clase, el proletariado lleva consigo la clave para la emancipación humana. Como lo plantea elocuentemente Mike Macnair,
«No era la fuerza de los trabajadores empleados en el lugar de la producción lo que animaba la creencia de Marx y Engels en que la clave para el comunismo es la lucha por la emancipación de proletariado y viceversa. Al contrario, es la separación del proletariado respecto a los medios de producción, la imposibilidad de restaurar la producción familiar a pequeña escala y la consiguiente necesidad para el proletariado de una organización colectiva y voluntaria lo que les llevó a suponer que el proletariado es una ‘clase universal’ en potencia, que sus luchas son capaces de conducir al socialismo y a una sociedad verdaderamente humana.»[14]
Para Marx, la clase trabajadora no era simplemente un grupo oprimido en desventaja por leyes injustas o discriminado, sino una parte de la sociedad cuya emancipación es ‘la de todos los seres humanos sin distinción de sexo o raza’[15]. La atención que Marx le presta a la clase no pretendía dejar de lado los problemas de opresión nacional o de género, sino servir como un eje que uniera transversalmente varios grupos en un proyecto social mayor —la emancipación universal. Al contrario que la interseccionalidad de Crenshaw, la clase es una categoría que desempeña un papel esencial en la política socialista, más allá del que desempeñan otros grupos identitarios. Al contario que la ideología del economicismo, la liberación del proletariado no es simplemente la liberación de la clase trabajadora, sino la abolición de ‘todas las inhumanas condiciones de vida de la sociedad actual, que se resumen y compendian en su situación’[16].
Esto no equivale a desestimar o marginar las exigencias políticas basadas en la identidad. Hacer tal cosa por miedo a la división alimenta el ya mencionado peligro de caer en el chovinismo social. No podemos permitirnos una política ciega a la clase, del mismo modo que no podemos permitirnos una política ciega al color de piel. Las opresiones racial y de género tienen una base interclasista, es decir, el proletariado negro no es el único que experimenta racismo. Los grupos identitarios, en consecuencia, tienen una experiencia común de opresión diferenciada de la clase y, de ese modo, pueden unirse en torno a ella. Pero dentro de estos grupos identitarios existen divisiones de clase que influyen sobre la experiencia de opresión de los individuos y las estrategias para luchar contra ella. Aquí es donde entran en juego los aspectos más importantes de la crítica de Reed. Las élites dentro de los grupos identitarios tienden hacia una política de ‘intermediación’ [brokerage], intentando navegar el sistema para asegurar una solución a los problemas políticos que mantenga sus posiciones de clase. Como resultado, las políticas identitarias pueden desembocar en movimientos que sirvan principalmente a la burguesía mientras dejan atrás al proletariado. El mejor ejemplo de esto son los movimientos que tienden a centrarse únicamente en la movilidad ascendente de los grupos oprimidos.
Para quienes militamos en el marxismo, la respuesta a este problema no debería pasar por ignorar las luchas de los grupos oprimidos en favor de una concepción purista de la lucha económica, sino luchar para descubrir los antagonismos de clase dentro de los grupos identitarios y luchar por el liderazgo del proletariado en tales luchas. Parafraseando a Lenin, no debemos ser meras ‘secretarías sindicales’, sino ‘tribunas del pueblo’ que ‘reaccionen a toda manifestación de opresión’. De hecho, la interacción de la lucha de clases con las luchas políticas democráticas y extraeconómicas puede apuntar en un sentido revolucionario más allá de las negociaciones dentro de los límites del sistema existente. Como Louis Althusser señala en ‘Contradicción y sobredeterminación’, la revolución rusa no fue un producto de la mera contradicción entre trabajo y capital, sino un resultado de una acumulación de contradicciones relacionadas a las luchas de las nacionalidades oprimidas, las exigencias campesinas de una reforma agraria y la guerra imperialista, permitiendo que la lucha de clases se manifestara en una forma que apuntaba más allá de sus límites[17].
En Estados Unidos, donde el legado del racismo sigue en gran medida intacto, dejamos la lucha de los grupos oprimidos bajo el liderazgo de las élites burguesas y gerenciales por nuestra cuenta y riesgo. En su análisis del movimiento obrero estadounidense y el auge de una política reaccionaria en el país, Mike Davis sostiene que ‘el fracaso del movimiento obrero de posguerra a la hora de formar un bloque orgánico con la liberación negra, de organizar el Sur o de derrotar a la reacción sureña en el Partido Demócrata ha determinado, más que ningún otro factor, el declive definitivo del sindicalismo estadounidense y la reconstrucción hacia la derecha de la economía política durante los 1970s’[18]. No fusionar las luchas democráticas de las minorías oprimidas con la lucha de clases sólo nos llevará a una política desdentada. No es ninguna sorpresa que el Partido Comunistas de Estados Unidos (CPUSA, por sus siglas en inglés) alcanzara sus mayores éxitos cuando luchaba militantemente por los derechos de las personas negras de Estados Unidos.
También tenemos que entender que las políticas identitarias no son una conspiración de la clase dominante para desarmar la conciencia de clase, sino una ideología que surge de las experiencias reales de opresión en un mundo descorazonado. Vivimos en una cultura atomizada e individualista. Por ello, la gente tiende por defecto a navegar sus problemas de modo individualista. En un mundo que ya es brutal y cruel, corremos el riesgo de marginalizarnos de la gente oprimida al criticar estas políticas de manera cruel y degradante. Hay, por supuesto, oportunistas y arribistas con mala fe que quieren manipular las cuestiones identitarias, pero la verdad es que mucha gente se politiza a través de las comunidades online que más directamente llegan a sus problemas. El rechazo irreflexivo de toda política basada en la identidad sin comprender las condiciones muy reales que conducen a tal política sólo puede marginalizar aún más a la gente a la que pretendemos llegar. El hecho de que la gente se organice como grupos identitarios en respuesta a los problemas que se encuentra cotidianamente no es ningún misterio —por ejemplo, que las personas negras se organicen como tales contra la violencia policial racializada es completamente racional. No nos hacemos ningún favor pidiéndole a nadie que abandone sus luchas, pero tampoco nos hacemos ningún favor evitando criticar a las élites burguesas que buscan sacar beneficio de estas luchas. Lo que hace falta es una política de clase universalista que pueda abordar todos los terrenos de la vida social, que sea capaz de desarrollar y practicar una crítica de la totalidad de nuestra sociedad; y que pueda unir al proletariado en toda su diversidad —por usar el término de Asad Haider, una universalidad insurgente[19]. Tanto las políticas identitarias como el economicismo buscan negociar una mejor posición en el mundo existente, pero las comunistas no queremos negociar: deseamos trabucar el orden existente y sustituirlo por algo mucho mejor.
[1] Kimberlé Crenshaw, ‘Desmarginalizar la intersección de raza y sexo’ [1989], pp. 3-4 de la traducción al castellano disponible en: https://figshare.com/articles/book/Crenshaw_K_-_Desmarginalizar_la_intersecci_n_de_raza_y_sexo_Texto_completo_Una_cr_tica_desde_el_feminismo_negro_a_la_doctrina_antidiscriminaci_n_la_teor_a_feminista_y_las_pol_ticas_antirracistas_pdf/26142754?file=47359936
[2] Ibid.
[3] Algo discutido por Mike Macnair aquí: https://weeklyworker.co.uk/worker/1206/intersectionality-is-a-dead-end
[4] Kimberlé Crenshaw, ‘Cartografiando los márgenes’ [1991], p. 89 de la traducción al castellano disponible en: https://www.uncuyo.edu.ar/transparencia/upload/crenshaw-kimberle-cartografiando-los-margenes-1.pdf
[5] [N. de la trad.] Tomo la decisión de traducir sistemáticamente todas las menciones de ‘woke’ y ‘woke-ism’ en el texto original por ‘moralizante’ para salvar el teléfono escacharrado por el que tiende a perderse la genealogía política del término, desde la acuñación original de la expresión ‘Stay woke’ por Lead Berry en una canción de blues de los años 30 sobre el linchamiento legal de los 9 de Scottsboro hasta su recuperación tras el surgimiento del movimiento #BlackLivesMatter contra la violencia policial racista a principios de la década de 2010. Es a partir de este uso más reciente que se ha convertido en el término a grandes rasgos peyorativo y abusado desde distintas formas de derechismo que el autor de este texto recoge.
[6] Con traducción al castellano disponible en: https://www.sinpermiso.info/textos/salir-del-castillo-del-vampiro
[7] [N. de la trad.] Literalmente, izquierda ‘basura’. La expresión fue acuñada por Amber A’Lee Frost, del podcast Chapo Trap House, y sirve como una suerte de cajón de sastre para cierta izquierda joven desafectada con la cultura política hegemónica en Estados Unidos, reconocible por un estilo ‘políticamente incorrecto’ de crítica muy vinculado a las maneras de Internet. Es usada de manera peyorativa por quienes no se autodenominan así.
[8] Adolph Reed Jr., ‘From Jenner to Dolezal: One Trans Good, the Other Not So Much’. Disponible aquí: https://www.commondreams.org/views/2015/06/15/jenner-dolezal-one-trans-good-other-not-so-much
[9] Adolph Reed Jr., Antiracism: A Neoliberal Alternative to a Left. Disponible aquí: https://link.springer.com/article/10.1007/s10624-017-9476-3
[10] Adolph Reed Jr., The Case Against Reparations. Disponible aquí: https://nonsite.org/editorial/the-case-against-reparations
[11] Disponible en: https://platypus1917.org/2015/04/22/what-is-political-party-for-the-left/
[12] Lenin, ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento [marzo de 1902]. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/quehacer/index.htm
[13] [N. de la trad.] El nombre de la ley aprobada por el Congreso el 6 de mayo de 1882, que imponía una prohibición de 10 años a la entrada de toda la migración laboral procedente de China bajo pena de encarcelamiento y deportación. También volvía más difícil la entrada al país tanto de personal diplomático como de viajeros y excluía permanentemente de la ciudadanía a cualquier persona de nacionalidad china que ya residieran en el territorio. La AFL se hizo eco de la justificación oficial de esta medida (‘la llegada de trabajadores chinos a este país pone en peligro el buen orden de ciertas localidades dentro de su territorio’), llegando a argumentar en favor de sucesivas extensiones pasados los primeros 10 años de prohibición, apelando a que ‘la presencia de los chinos y su competencia con el trabajo libre blanco es uno de los más grandes males que puede afligir a cualquier país’. Un panfleto de la AFL fechado de 1902 en el que se recoge su compromiso sostenido con este posicionamiento desde 1881 hasta entonces se puede consultar en inglés aquí: https://shec.ashp.cuny.edu/items/show/1136
[14] Mike Macnair, Revolutionary Strategy, p. 25.
[15] Friedrich Engels,Jules Guesde, Paul Lafargue y Karl Marx, Programa del Partido Obrero [mayo de 1880]. Traducción al castellano disponible en: https://grupgerminal.org/?q=system/files/1880-05-00-programapartidoobrero-marxetalii_0.pdf
[16] Friedrich Engels y Karl Marx, La sagrada familia [febrero de 1845], p.102 de la traducción al castellano disponible en: https://historiaycritica.wordpress.com/wp-content/uploads/2016/12/carlos-marx-federico-engels-la-sagrada-familia.pdf
[17] Louis Althusser, ‘Contradicción y sobredeterminación’. Traducción al castellano disponible en: https://arditiesp.wordpress.com/wp-content/uploads/2012/10/contradicciocc81n-y-sobredeterminaciocc81n-louis-althusser.pdf
[18] Mike Davis, Prisoners of the American Dream, p. 322.
[19] [N. de la trad.] Haciéndose eco del argumento elaborado por Massimiliano Tomba en base a una comparación del contenido político e histórico de las formulaciones universalistas plasmadas respectivamente en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789 y la de 1793. El espíritu de la última sería cualitativamente diferente del de la primera en el sentido de que ‘no presupone ningún titular de derechos abstracto’ sino que se refiere a ‘individuos concretos y específicos ―mujeres, pobres y esclavos― y su acción política y social’, de manera que la ‘universalidad de estos individuos concretos y específicos actuando en su situación específica es más universal que el universalismo jurídico de los titulares abstractos de derechos’. La traducción al castellano de la obra de Haider, Identidades mal entendidas. Raza y clase en el retorno del supremacismo blanco, está disponible aquí:

