Saltar al contenido

Vía nacional al desastre

Mike Macnair

Traducción de M. García

Publicado originalmente en Weekly Worker

Descargar versión en PDF


Este artículo se publicó el 7 de septiembre de 2023 en Weekly Worker, semanario del Partido Comunista de Gran Bretaña (Comité Central Provisional). A 53 años del aniversario del golpe de Estado contra el gobierno de la Unidad Popular chilena recuperamos este texto en el que se presentan una serie de lecciones a partir del análisis las implicaciones políticas de un proceso guiado por la tesis de la «vía nacional» al socialismo, dentro del complejo contexto de la década de 1970, marcado por la crisis capitalista global y los últimos episodios de la Guerra Fría.


El 11 de septiembre marca el 50.º aniversario del golpe militar de 1973 en Chile, que derrocó al gobierno de Salvador Allende y dio paso a un régimen de terror contra la izquierda y los sindicatos. Chile fue también escenario de uno de los primeros experimentos con los «Chicago Boys» y su terapia de choque basada en la privatización, la desregulación, etc.

La historia es bien conocida, y quienquiera que haya escrito la página de Wikipedia sobre el golpe ha hecho un buen trabajo, utilizando exhaustivamente materiales relevantes (algunos de ellos desclasificados este mismo año)[1]. Desde el momento en que la elección de Allende como presidente empezó a parecer posible en 1970 (cuando obtuvo la mayor minoría), Estados Unidos estaba decidido a impedirlo y, si llegaba a ocurrir, a promover un golpe de Estado. Y, una vez que fracasaron los esfuerzos de la CIA por convencer al Congreso chileno —donde la coalición gubernamental de Unidad Popular (UP) de Allende no tenía mayoría— de apoyar a un presidente provisional que entregara posteriormente el poder a la derecha, la CIA emprendió un programa de desestabilización que incluía presión financiera y económica externa y movilización de las clases medias. Allende y su coalición de la UP intentaron apaciguar a los militares después del fallido intento de golpe de junio de 1973, pero esta política no tuvo éxito. En agosto de 1973, tanto la Corte Suprema como la Cámara de Diputados hicieron llamamientos a actuar contra el gobierno, y el 11 de septiembre se produjo el golpe dirigido por el general Augusto Pinochet.

El golpe chileno fue una grave derrota para las estrategias alternativas de la izquierda. Esto no solo fue cierto para las estrategias de los defensores de los frentes populares, como Unidad Popular, y de las «vías nacionales al socialismo» (hasta 1973 se consideraba que Chile era un régimen parlamentario-liberal estable). También fue cierto para las estrategias de los defensores de la acción extraparlamentaria. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) tenía unos 10 000 miembros en 1973, lo que, dado que la población de Chile en aquel momento rondaba los 10 millones, sería comparable a un partido británico de unos 67 000 miembros. Como comparación, el Partido Comunista de Chile (PCC) tenía, según estimaciones estadounidenses, 27 500 miembros en 1968. A pesar de una búsqueda bastante extensa en internet, no he podido encontrar cifras de afiliación del Partido Socialista de Chile, pero por las distintas obras sobre el mismo parece probable que antes de 1970 fuera significativamente menor que el PCC, aunque se encontrara en un nivel similar de apoyo electoral; por tanto, probablemente se encontraba en el mismo rango de tamaño.

El MIR prestó apoyo crítico al gobierno de Allende y (aunque participaba activamente en el intento de construir un brazo militar del partido y en la intervención dentro de las filas del ejército) se mostró políticamente impotente durante la crisis de 1972-73. Los intentos del MIR de organizar una resistencia guerrillera contra el régimen posterior al golpe fracasaron: otro clavo en el ataúd de la estrategia de la «guerra popular prolongada» aplicada a América Latina.

Mientras tanto, la República Popular China mostró el verdadero significado de la visita de Nixon a Pekín en 1972, al ser uno de los pocos gobiernos del mundo que no rompió (temporalmente) las relaciones diplomáticas con Chile después del golpe. China se alineó así con la política estadounidense en América Latina (y a escala mundial), de modo que el maoísmo comenzó a entrar en crisis, aunque este fue un proceso gradual que se desarrolló durante la segunda mitad de los años setenta.

En el momento de escribir estas líneas, solo han aparecido dos comentarios de la izquierda sobre esta derrota estratégica en septiembre de 2023, y ambos son reediciones de textos anteriores (Tony Saunois, de 1998, en Socialism Today, y Daniel Bensaïd, de 2008, en el sitio web de Anti-Capitalist Resistance)[2]. Sin embargo, ha cambiado tan poco en los relatos que la izquierda se cuenta a sí misma durante los últimos 50 años que probablemente sea razonable suponer que esta semana no aparecerá nada radicalmente nuevo. Así, en el Morning Star, una reseña de un libro de Carlos Martínez en 2013 y, en 2018, la introducción de Kenny Coyle a una reedición de una recopilación de artículos de 1978 de dirigentes del PC chileno cuentan, en esencia, la misma historia[3]. El Socialist Workers Party ha contado su versión de la historia, comenzando en 1973, y la ha repetido en versiones simplificadas en 2003, 2013 y 2020 (esta última con motivo del 50º aniversario de la elección de Allende)[4]. Socialist Appeal reeditó en 2013 un extenso artículo de Alan Woods de 1979[5].

En gran medida, estas son historias sobre el fracaso en aprender las lecciones de la experiencia del gobierno de Allende. Por un lado, UP era el tipo de «amplia alianza democrática» que el Morning Star continúa promoviendo como estrategia para la política británica (al igual que sus partidos hermanos promueven alianzas semejantes en otros lugares). El derrocamiento de Allende no es simplemente una historia de acción militar, sino de una batalla política librada mediante la guerra financiera y económica de Estados Unidos contra Chile y mediante operaciones estadounidenses (y británicas y australianas) de desinformación. La izquierda británica perdió recientemente (entre 2017 y 2019) una batalla similar, debido a operaciones de desinformación de los aparatos de seguridad estadounidenses y británicos. Del mismo modo que la Democracia Cristiana chilena abandonó su alianza parcial con UP en 1972, la derecha laborista británica prefirió que el Partido Laborista perdiera en 2019. Y así sucesivamente…

Por otro lado, las versiones de la extrema izquierda vuelven a defender la estrategia de construir soviets. Dan mucha importancia a los cordones industriales, que en realidad eran coordinadoras de delegados sindicales de base a escala de zonas industriales, destinadas a derrotar las operaciones de sabotaje económico de los capitalistas (y de Estados Unidos), pero ninguna alcanzaba el nivel de control de la producción a escala urbana del soviet de Petrogrado de 1905 (y mucho menos la soberanía dual efectiva de los soviets de 1917). Por el contrario, se subestima la importancia del MIR. Birchall y Harman, escribiendo en 1973, tomaron al MIR bastante en serio, al igual que Bensaïd; los autores posteriores del SWP lo ignoraron, al igual que Woods (y también lo hacen los autores del Morning Star); Saunois solo le dedicó menciones de pasada. No tomarse en serio al MIR es una manera de evitar considerar la posibilidad de que una «estrategia de acción extraparlamentaria» pueda ser inútil en una crisis aguda, incluso cuando la aplica una organización bastante grande.

Algunos «comunistas oficiales» del periodo posterior al golpe culparon al «ultraizquierdismo» —con lo que se referían al MIR y a otros grupos de extrema izquierda que apoyaban las huelgas, las demandas de expropiación de empresas que «sabotearan», etc.— de la deserción de los democristianos de su apoyo pasivo inicial a Allende, del miedo de las clases medias y demás[6]. Pero los documentos estadounidenses han ido saliendo a la luz poco a poco, dejando claro que la administración norteamericana estaba decidida desde el principio a impedir una presidencia de Allende (y, si esta se producía, a hacerla fracasar). Ningún aumento de la cautela por parte de UP y del movimiento obrero habría detenido la campaña de desestabilización estadounidense ni evitado algún tipo de golpe, aunque quizá este habría sido diferente del que realmente ocurrió.

Marco

El problema de no abordar el papel de la guerra económica y de desinformación/movilización política de Estados Unidos es común a ambos lados del debate. Surge porque tanto las posiciones de los «comunistas oficiales» sobre la derrota chilena como las de la extrema izquierda operan dentro del marco de las «vías nacionales al socialismo». Esto resulta poco sorprendente en el caso de los «comunistas oficiales», pero es más que un poco sorprendente en grupos de origen trotskista, como la Cuarta Internacional mandelista, el SWP, SPEW y Socialist Appeal.

Para Carlos Martínez, «[…] lo que muestra la caída de Allende es que las revoluciones no existen aisladas y que, a veces, las condiciones regionales y mundiales imperantes simplemente no les permiten sobrevivir». Pero ni él, ni Kenny Coyle, ni los comunistas chilenos en 1000 Days of Revolution pueden ofrecer una línea estratégica para derrotar la guerra de Estados Unidos contra la revolución ni, por tanto, ninguna base para suponer que futuros intentos realizados por las mismas vías no terminarán en un desastre similar. Unas 60 000 personas perdieron la vida, muchas huyeron al exilio y se prohibieron los partidos de izquierda.

Birchall, en 2003, tuvo el mérito de abordar la cuestión, pero solo para sostener que la debilidad de la posición de Estados Unidos en aquel periodo significaba que no habría podido intervenir si la izquierda chilena hubiera adoptado una posición firme:

Pero no hay que exagerar el argumento. Estados Unidos solo podía intervenir sobre la base del equilibrio de fuerzas dentro de Chile. Se estaba retirando de su derrota en Vietnam y una intervención directa estaba fuera de toda consideración.

Pero la guerra económica y de desinformación/movilización política de Estados Unidos, iniciada en 1970, creó precisamente el «equilibrio de fuerzas dentro de Chile». Y durante todos los años cincuenta y sesenta, los golpes patrocinados por Estados Unidos fueron mucho más frecuentes en América Latina que los casos reales de «enviar a los marines».

Tony Saunois ha sostenido que:

Se necesitaba un partido revolucionario con un programa preciso y tácticas correctas que dirigiera esta energía hacia la culminación de la revolución y el derrocamiento del capitalismo y de su aparato estatal. Pero tal partido no existía en Chile.

Si hubiera existido, la revolución podría haber salido victoriosa y habría abierto la perspectiva de una revolución socialista en toda América Latina y más allá. Incluso la elección del gobierno de UP, con su presidente «marxista», y el proceso revolucionario que se desarrolló entre la clase trabajadora tuvieron un efecto electrizante sobre las masas de América Latina y Europa. Coincidió con una creciente lucha contra la dictadura de Franco en España.

La extensión de la revolución a cualquiera de los países latinoamericanos, vinculada a un llamamiento directo a la clase trabajadora de Estados Unidos, habría frenado decisivamente la capacidad del imperialismo estadounidense para intervenir.

De forma menos elaborada, Alan Woods, después de una larga historia de Chile y de una extensa y muy poco realista evaluación de la política chilena en 1979, escribió:

La revolución socialista en Chile sería un ejemplo para la clase trabajadora y para todos los pueblos oprimidos de América Latina. Con un gobierno obrero en Chile, ¿cuánto durarían las dictaduras militares de Argentina, Uruguay, etc.?

El problema de estos argumentos es que no abordan en absoluto las operaciones de guerra económica de Estados Unidos ni sus efectos sobre la economía chilena y, en consecuencia, sobre la capacidad de una Chile revolucionario para alimentar a su población: después de la Segunda Guerra Mundial, Chile pasó a depender cada vez más de las importaciones de alimentos[7], lo que lo hizo dependiente de las exportaciones de cobre… que Estados Unidos interrumpió mediante sanciones financieras a partir de 1970.

El resultado es que el «Estado socialista aislado»[8], lejos de convertirse en un faro para los pueblos del mundo o incluso de la región, y de encabezar una revolución en expansión, se convierte en un terrible ejemplo para ellos, dando lugar a la reacción no solo en el país objeto de la guerra económica, sino también en sus países vecinos. Tanto la revolución nicaragüense, creada mediante el derrocamiento insurreccional efectivo de una dictadura militar en 1978-79, como el régimen chavista venezolano, creado mediante una victoria electoral en 1999 de un movimiento dirigido por un oficial del ejército y con un apoyo militar significativo, ofrecen ejemplos más recientes.

La Revolución rusa es un contraejemplo habitual. Pero este contraejemplo es completamente irrealista. La revolución tuvo lugar en unas condiciones en las que la guerra abierta entre las principales potencias imperialistas ya había alterado radicalmente la economía; y, aparte de esto, la revolución se extendió por el antiguo Imperio zarista, cuya población era mayoritariamente campesina y que antes de 1914 era exportador de alimentos. (Los bolcheviques prometieron autodeterminación a las posesiones de Rusia, pero en realidad se vieron obligados, para sobrevivir, a reconquistarlas todas durante la guerra civil, salvo los países bálticos y Finlandia, que estaban ocupados por tropas alemanas).

Todos los casos posteriores de países incorporados al «campo socialista» mediante «vías nacionales» dependieron de la existencia previa de la URSS. Romper con el orden capitalista mundial controlado por Estados Unidos para incorporarse al Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON) habría sido una opción estratégica viable si la dirección de la URSS estaba dispuesta a aceptar al país. La mayoría de los casos (incluido Vietnam del Norte) se produjeron inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial; pero la URSS estaba dispuesta a respaldar a Cuba porque el cisma sino-soviético y la reciente lucha contra el «Grupo Antipartido» hacían ventajosa para Nikita Jrushchov una postura izquierdista; y también estaba dispuesta a respaldar a Yemen del Sur porque el coste era bajo y la base naval de Adén resultaba ventajosa para la armada soviética. Esta no era una opción disponible de forma general, porque la dirección soviética no estaba dispuesta a provocar una confrontación general con Estados Unidos: incluso Cuba amenazó con provocar una crisis general, aunque el acuerdo alcanzado no fue una simple retirada soviética, como fue presentado por los medios occidentales[9].

Birchall tiene razón al afirmar que la posición general del imperialismo estadounidense en 1970-73 era relativamente débil, después de la Ofensiva del Tet en Vietnam, la retirada británica de Adén, etc.[10]. Pero eso no significaba que no fuera enormemente más fuerte que cualquier país particular de América Latina. Si la izquierda mundial hubiera caracterizado sistemáticamente durante los años cincuenta y sesenta las «sanciones» financieras y comerciales estadounidenses como actos de guerra, y hubiera promovido la idea de que debían responderse mediante la incautación de activos estadounidenses y la repudia de las deudas con instituciones estadounidenses, no solo por parte del país afectado sino también por otros países, es posible que la respuesta estadounidense a la elección de Allende pudiera haber provocado una crisis general de tal magnitud que obligara a Estados Unidos a retroceder.

Del mismo modo, si la izquierda estadounidense hubiera sido inequívocamente deslealista y hubiera reconocido —una vez más, desde 1945— las sanciones, etc., como actos de guerra que violaban la Constitución estadounidense, artículo I, sección 8, cláusula 11 (que exige una declaración de guerra por parte del Congreso, salvo en caso de ataque directo contra Estados Unidos), quizá habría sido posible construir un movimiento dentro de Estados Unidos, junto al movimiento antibélico contra Vietnam ya existente, contra la guerra económica estadounidense contra Chile.

Pero promover cualquiera de estas dos ideas sería incompatible con la idea básica de las «vías nacionales al socialismo». Así, el programa del Partido Comunista de Estados Unidos, Road to Socialism USA, es decididamente «blando» respecto a la Constitución estadounidense. En este caso, las «vías nacionales» producen una adaptación al muy común patriotismo constitucional estadounidense[11].

Quizá más relevante de manera inmediata para el golpe de 1973 es que las «vías nacionales», hasta 1973, produjeron la ilusión de que la larga tradición «democrática» de Chile —es decir, liberal-constitucional— hacía improbable un golpe militar, a pesar de la frecuencia de los golpes militares patrocinados por Estados Unidos en toda América Latina durante el periodo anterior. Así, Birchall y Harman citan al secretario general del PC chileno, Luis Corvalán, en 1971:

[…] el ejército no es invulnerable a los nuevos vientos que soplan en América Latina y penetran en todas partes. No es un cuerpo ajeno a la nación, al servicio de intereses antinacionales. Hay que ganarlo para la causa del progreso en Chile y no empujarlo al otro lado de las barricadas.

El mismo Luis Corvalán comentó en 1978:

Desde 1963, el partido había estado dando formación militar a sus miembros y haciendo esfuerzos para adquirir suficientes armas para defender al gobierno que estábamos seguros de que el pueblo establecería, pero esto no era suficiente, porque nuestra actividad en esta dirección no estaba acompañada por lo principal: una propaganda persistente y sostenida para dar al movimiento popular una actitud correcta hacia los militares[12].

Lo que significaría esa «actitud correcta» queda completamente poco claro en el relato de Corvalán.

Esto no es más que una parte en torno a la cuestión de las ilusiones que la UP había fomentado en el movimiento obrero cuando Allende asumió el cargo (no deberíamos decir «llegó al poder», ya que esto podría llevar a confusión). Así, Allende dijo en 1972:

Mi gobierno sostiene que existe otra vía para el proceso revolucionario que no consiste en la destrucción violenta del actual régimen institucional y constitucional.

Las entidades de la administración del Estado no actúan hoy al servicio de la clase dominante, sino al servicio de los trabajadores y de la continuidad del proceso revolucionario; por lo tanto, no se puede intentar destruir aquello que ahora constituye un instrumento para actuar, cambiar y crear en beneficio de Chile y de sus masas trabajadoras.

El poder de la gran burguesía no se basa en el régimen institucional, sino en sus recursos económicos y en la compleja red de relaciones sociales vinculadas al sistema de propiedad capitalista.

No vemos el camino de la revolución chilena en la quiebra violenta del aparato estatal. Lo que nuestro pueblo ha construido a través de varias generaciones de lucha le permite aprovechar las condiciones creadas por nuestra historia para sustituir la base capitalista del actual régimen institucional por otra adaptada a la nueva realidad social.

Los partidos y movimientos políticos populares siempre han afirmado —y esto está contenido en el programa de gobierno— que acabar con el sistema capitalista requiere transformar el contenido de clase del Estado y de la propia carta fundamental. Pero también hemos afirmado solemnemente nuestra voluntad de llevarlo a cabo de acuerdo con los mecanismos que la Constitución política ha establecido expresamente para su modificación[13].

La afirmación de que el «poder de la gran burguesía no se basa en el régimen institucional, sino en sus recursos económicos y en la compleja red de relaciones sociales vinculadas al sistema de propiedad capitalista» es considerada ampliamente como dentro de la ortodoxia marxista(en el sentido de que pueden encontrarse comentarios similares en Engels y Kautsky), pero es sencillamente errónea.

Régimen

El régimen institucional del imperio de la ley y la separación de poderes, junto con la financiación de las actividades estatales mediante deuda negociable, el libre mercado de servicios jurídicos, los medios de comunicación financiados mediante publicidad, etc., proporciona la dictadura de la burguesía: es decir, que el capital en forma dineraria (en los dos extremos del circuito D-M-P-M′-D′)[14] está por encima de la ley y dicta qué es la ley. En países que no son Estados Unidos, pero con constituciones ampliamente liberales, dado que el dólar es la moneda de reserva mundial, esta forma institucional proporciona la dictadura del capital estadounidense sobre las leyes del Reino Unido, Francia… y Chile.

Estas formas institucionales crean la base de la lealtad de las fuerzas armadas (incluida la policía), la administración pública, el poder judicial, etc., y los constituyen como un Estado y no como una simple cleptocracia temporal o una organización de extorsión y protección. En consecuencia, la idea de Corvalán en 1971 de ganar al ejército en su conjunto para el lado del pueblo era ilusoria. Pero era igualmente ilusorio imaginar que el poder judicial no llamaría —como hizo en agosto de 1973— a un golpe. Las ilusiones en los jueces están más extendidas que las ilusiones en los generales…

En este contexto, el movimiento obrero necesita, antes de asumir el gobierno, plantear la cuestión de un cambio constitucional radical. Por lo general, el «retroceso» inherente a la lealtad de los funcionarios estatales al orden constitucional derribará las aspiraciones radicales mucho antes de llegar al punto de una crisis como la de 1970-73 (como pudo verse en el Reino Unido con la carta de Zinóviev de 1924 y su equivalente actual, la campaña de difamación del «antisemitismo»).

Exposición

Plantear la cuestión de un cambio constitucional radical requiere no solo un trabajo constante para denunciar el carácter corrupto del régimen existente. También es necesario plantear, de forma concreta, una alternativa positiva. Eso implica, por ejemplo, proponer la abolición del ejército permanente y su sustitución por una milicia popular, y el corolario necesario de ello: el derecho a poseer y portar armas. Implica también defender y ampliar los juicios con jurado; la creencia entre los izquierdistas no anglosajones de que esto es un fenómeno anglosajón extraño se debe a que estos izquierdistas han sido engañados por lo que Engels llamó (refiriéndose a Francia) «el imperio de 1799 sin el emperador»: es decir, la adopción por parte de la clase capitalista de los métodos judiciales del absolutismo feudal tardío como baluarte contra la clase trabajadora. Implica formas institucionales para reducir la confianza excesiva en los jueces[15]. Implica rechazar las presidencias elegidas directamente y otras formas monárquicas, así como las segundas cámaras de parlamentos y congresos. Y así sucesivamente.

Tan ilusoria como la lealtad de Allende hacia la Constitución liberal chilena es la creencia de los autores del SWP y de Saunois de que es posible contrarrestar el problema de la lealtad del Estado mediante dos pasos. El primero consiste en hacer propaganda para argumentar que el Estado debe ser, como cuestión de teoría marxista, un instrumento de clase —de una manera completamente abstracta o dogmática, sin abordar cuestiones concretas de la forma del Estado. Este argumento, precisamente porque es abstracto, no puede tener ninguna influencia política seria. El segundo paso consiste en sostener que, en las crisis revolucionarias, los trabajadores necesariamente crearán instituciones de autoorganización (como los cordones industriales chilenos) y que estas pueden constituir la base de un poder alternativo. Esto es una versión fantasiosa de la Revolución rusa que omite el papel de los partidos de masas en la creación y dirección de los soviets.

También omite el juicio de Lev Trotsky en 1923 y nuevamente en 1931 sobre el fetichismo de los soviets[16]. Es decir, en 1918 hubo consejos obreros (Räte) en Alemania y Austria, pero el liderazgo de estos consejos permaneció en manos de los socialdemócratas mayoritarios en Alemania y del Partido Socialdemócrata en Austria. Como resultado, los Räte no pudieron funcionar como un poder alternativo. Lo mismo ocurre, con mayor razón, con los cordones industriales chilenos, que nunca llegaron a constituir un poder alternativo.

Cuando llegó el momento decisivo, el problema en septiembre de 1973 era que las fuerzas armadas no estaban divididas: de ahí el hecho de que no hubiera aviones rivales ni misiles antiaéreos que defendieran el palacio presidencial contra los golpistas. Para que las fuerzas armadas se dividieran era necesario que suficientes miembros de los rangos inferiores estuvieran convencidos de que la intervención política de sus superiores equivalía a una traición. Eso, a su vez, requería que la izquierda hubiera estado denunciando el orden constitucional y proponiendo una alternativa durante años, no solo durante meses, de modo que la victoria electoral de la UP reflejara entonces una convicción real entre amplias masas de que había llegado el momento de acabar con ese orden. Esa convicción se habría extendido también a las filas de las fuerzas armadas.

Los autores trotskistas ponen mucho énfasis en el hecho de que la UP era (como indica su propio nombre) un frente popular. Pero la pregunta que se plantea es: ¿habría sido mejor un gobierno de frente único, formado únicamente por el PS y el PC? La respuesta es claramente que no. He citado anteriormente las ilusiones sobre el orden constitucional chileno promovidas tanto por Allende como por Luis Corvalán.

La esencia del problema es que la UP formó un gobierno minoritario basándose en expectativas completamente irreales sobre la disposición del otro bando —Estados Unidos y sus clientes políticos locales— a respetar las reglas constitucionales. El precio que ellos, y todo el movimiento obrero chileno, pagaron por esta elección fue trágico.

Pero la idea de que los partidos obreros no deberían participar en un gobierno a menos que exista una mayoría para aplicar su programa mínimo —un mínimo que consistía principalmente en propuestas constitucionales— estaba ya firmemente establecida. Fue precisamente la crítica de Karl Marx y Friedrich Engels a Louis Blanc por participar en el gobierno en 1848. Engels la repitió a los corresponsales en Italia y otros lugares durante la década de 1890. La Segunda Internacional la repitió como principio en respuesta a la participación del entonces socialista Alexandre Millerand en un «gobierno de defensa republicana» en Francia en 1899.

Desde 1900 hemos tenido muchísimos ejemplos de partidos de izquierda que se han destruido a sí mismos mediante su participación minoritaria en gobiernos (recientemente Rifondazione Comunista en Italia) o mediante la formación de gobiernos minoritarios (por ejemplo, Syriza en Grecia). Chile en 1973 fue una tragedia. Pero fue una tragedia derivada de errores estratégicos a los que la izquierda todavía se aferra y que siguen siendo desastrosos, incluso cuando los resultados son una simple desmoralización en lugar de una tragedia.


[1] en.wikipedia.org/wiki/1973_Chilean_coup_d%27état; información complementaria de en.wikipedia.org/wiki/Salvador_Allende y en.wikipedia.org/wiki/Presidency_of_Salvador_Allende.

[2] socialismtoday.org/chile-1973-heroism-was-not-enough (4 de septiembre); anticapitalistresistance.org/remembering-september-11-1973-the-us-backed-pinochet-coup-in-chile (29 de agosto).

[3]  «Salvador Allende: revolutionary democrat», Morning Star, 1 de octubre de 2013; «1,000 days of revolution» (sin fecha, pero presumiblemente de 2018): morningstaronline.co.uk/article/1000-days-revolution.

[4] I. Birchall y C. Harman, «Chile: end of the parliamentary road», International Socialism, septiembre de 1973: www.marxists.org/archive/harman/1973/09/chile.html; I. Birchall, «Chile 1973: the other 11 September», Socialist Review, 1 de septiembre de 2003; K. Olende, «40 years since the coup in Chile: lessons to learn», Socialist Worker, 10 de septiembre de 2013; S. Squire, «Chile 1970 – why the hope was broken», Socialist Worker, 30 de agosto de 2020.

[5] socialist.net/the-lessons-of-chile-1973.

[6]  Hay varios ejemplos en los ensayos de 1000 Days of Revolution, Glasgow, 2018.

[7] A. Valdés, «Trade policy and its effect on the external agricultural trade of Chile 1945-1965», American Journal of Agricultural Economics, vol. 55, 1973 (polémicamente a favor del «libre comercio», pero los datos son suficientemente claros).

[8] La expresión procede originalmente de G. von Vollmar, «Der isolierte sozialistische Staat: Eine sozialökonomische Studie» (1878-79), en W. Albrecht (ed.), Reden und Schriften zur Reformpolitik, Bonn, 1977.

[9] «Mayo del 68» fortaleció la posición estadounidense en Europa al sustituir a De Gaulle por un dirigente más coherentemente atlantista, mientras que la «Primavera de Praga» debilitó la posición de la URSS.

[10] Véase, por ejemplo, www.wilsoncenter.org/blog-post/jupiter-missiles-and-endgame-cuban-missile-crisis-sealing-deal-italy-and-turkey.

[11] www.cpusa.org/party_info/party-program.

[12] 1000 Days of Revolution, pp. 115-16.

[13] He sugerido algunas posibilidades en «On reducing undue trust in judges: or, against the modern doctrine of precedent», King’s Law Journal, vol. 31, pp. 41-58 (2020); estas no representan la posición del CPGB.

[14] D: dinero; M= mercancía; P= producción; D’=Dinero incrementado; M’= mercancía incrementada; N. del T.

[15] en.wikipedia.org/wiki/Presidency_of_Salvador_Allende, citando Textos de Salvador Allende 1972, 2016, p. 459.

[16]www.marxists.org/archive/trotsky/1924/lessons/ch8.htm; www.marxists.org/archive/trotsky/1931/spain/spain09.htm.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *