Noah Emke
Traducción de @KimJongDos
Publicado originalmente en Cosmonaut
Este artículo se publicó el 5 de agosto de 2026 en Cosmonaut, publicación vinculada la organización estadounidense Marxist Unity Group (MUG). En la línea del primer artículo de este dossier, se ahonda en los problemas que presentaría una candidatura presidencial de Alexandria Ocasio-Cortez respaldada por el DSA (Democratic Socialists of America), en este caso en formato respuesta a otro artículo sobre la cuestión aparecido en Geese Magazine.
En respuesta a las críticas planteadas por Sarkozy, de Geese Magazine, a sus argumentos sobre los peligros de una presidencia de AOC, Noah Emke cuestiona cuatro suposiciones clave en la respuesta de Sarkozy.
A principios de este mes, escribí un artículo en el que exponía mis argumentos en contra de un posible respaldo a una candidatura presidencial de AOC. Me alegró ver el debate que suscitó y agradecí especialmente la respuesta exhaustiva publicada en Geese, que recopila numerosos contraargumentos en un texto conciso[1]. Sarkozy, coeditor de Geese, expone con gran claridad los argumentos a favor de AOC, y recomiendo a todos los socialistas interesados en este debate leerlo. Me pareció que el artículo expone fielmente mi argumento antes de comenzar a rebatirlo, e incluso podría llegar a estar de acuerdo con la valoración del autor de que apoyar a nuestra política más destacada en una campaña presidencial es, sencillamente, «sentido común». Sin embargo, en lo que respecta a sentido común, coincido con mi compañero socialista democrático Albert Einstein: se trata, en esencia, de un depósito de prejuicios[2]. Al desentrañar algunas de las suposiciones que contiene el artículo, titulado «Just Say Yes», espero clarificar la fragilidad estratégica de una campaña presidencial de AOC.
Suposición 1: La gobernanza liberal es buena gobernanza
Una de estas suposiciones es que es posible que un presidente estadounidense elegido en 2028 lleve a cabo una «buena gobernanza» progresista liberal. «Lo único que alejará realmente a las masas del socialismo», afirma Sarkozy, «es que AOC simplemente fracase a la hora de cumplir, de llevar a cabo una buena gobernanza». Esto se menciona únicamente para descartarlo, dando por sentado que la presidencia de AOC tendría éxito desde el punto de vista de la mayoría de los estadounidenses, «cumpliendo» sus promesas a través de sus políticas de centroizquierda. A partir de ahí, sostiene que podemos aprovechar el ejemplo del éxito presidencial de AOC para introducir políticas más radicales. Sin embargo, lo que aquí se pasa por alto con tanta facilidad es el eje central de todo el argumento de «Solo di no»: el liberalismo es incapaz de ejercer una buena gobernanza, por lo menos desde el punto de vista de la clase trabajadora.
Sarkozy tiene razón en que la población estadounidense no rechazará a AOC por «no ser lo suficientemente socialista», dado que ella misma tampoco es socialista. Lo que sí le hará darle la espalda es su incapacidad para mejorar su nivel de vida, o incluso para evitar que este caiga en picado. El artículo «Just Say Yes» parece dar por sentado que al menos algunas de las «inevitables traiciones» de AOC serán decisiones pragmáticas y correctas desde el punto de vista del «éxito a la hora de cumplir». Cabe preguntarse entonces, si el liberalismo moderado «cumple» los deseos de la clase trabajadora mejor que el socialismo, ¿por qué somos socialistas? Este es el problema fundamental de que los políticos de la DSA gobiernen como liberales: no es que sus políticas nos resulten personalmente desagradables, sino que son un fracaso.
Examinemos el ejemplo de Zohan Mamdani, el ejemplo por excelencia de la «buena gobernanza». Cuando pensamos en sus éxitos, no damos con traiciones, sino con el cumplimiento de sus promesas electorales socialistas. Guarderías gratuitas, la congelación de alquileres, el reconocimiento de los sindicatos de vivienda: ninguna de estas medidas es un ejemplo de que Mamdani haya hecho concesiones; todas ellas son concesiones arrancadas al Estado capitalista. Por otro lado, cuando examinamos los momentos que podríamos calificar de traiciones, no hay ningún beneficio en absoluto para la clase trabajadora. Cuando se opuso a la campaña «no more 24»[3], por ejemplo, ¿supuso esto algún beneficio para los trabajadores? Una vez más, el objetivo fundamental del socialismo es mejorar la vida de la clase trabajadora y crear una sociedad mejor; si creyéramos que el capitalismo funciona mejor, no seríamos socialistas en absoluto.
Se podría objetar que es injusto separar así las «victorias» de las «derrotas», que tal vez los éxitos de Mamdani se consiguieron a costa de un retroceso en ciertos ámbitos. Es muy posible que esto sea cierto. Después de todo, tanto el programa piloto de cuidado infantil como el alivio de la deuda de la Ciudad de Nueva York dependían de la buena voluntad del gobernador Hochul. Quizá se llegara a algún tipo de acuerdo, en el que Mamdani tuviera que hacer concesiones. La política es como caminar por la cuerda floja, y no tildaría a un cargo electo de DSA de traidor únicamente por llevar a cabo una negociación necesaria. Sin embargo, cuando nos imaginamos intentar llevar este enfoque de concesiones a nivel presidencial, un juego que ya de por sí resulta muy peligroso se convierte en algo directamente suicida.
La Ciudad de Nueva York puede ser parte de un imperio moribundo. No vivimos en tiempos normales, en los que el capitalismo mundial liderado por Estados Unidos avanza más o menos sin tropiezos, a la espera de un buen samaritano que redistribuya sus mal habidas ganancias. La única razón por la que el DSA ha llegado tan lejos en primer lugar es que vivimos en una época de declive imperial, lo que significa que el statu quo ya no será suficiente, ni siquiera desde el punto de vista de las élites. Trump, como un idiota, se lanzó sobre una granada de mano con Irán, pero eso no significa que el declive catastrófico de EEUU sea exclusivamente culpa suya; es resultado de un largo proceso histórico. Hay otras potencias mundiales con intereses contrarios en auge, las oportunidades de inversión productiva se están agotando en favor de la especulación y la corrupción, y los cimientos ecológicos de la vida en la Tierra están empezando a erosionarse. Ya no existe la moderación; hay radicalismo a la izquierda y a la derecha, y luego está la parálisis.
Los estadounidenses, en general, no comprenden aún su situación, por lo que culparán a quien esté al mando de todo lo que salga mal. Durante los últimos diez años, demócratas y republicanos se han turnado a la hora de caer en desgracia conforme cada uno es incapaz de escapar del caos inherente al sistema. Inmediatamente antes de Trump, Estados Unidos tuvo un presidente completamente dispuesto a romper el marco neoliberal y regresar a políticas intervencionistas más tradicionales, propias del siglo XX. Bajo Biden, los salarios reales aumentaron, se crearon puestos de trabajo y aumentó la afiliación sindical gracias a su apoyo, pero nada de esto fue suficiente para hacer frente a la situación actual. El sentimiento de fracaso y malestar era ineludible incluso con el retorno a esta época de liberalismo al estilo de FDR, y, en consecuencia, este retorno fue breve y vergonzoso. Se podría argumentar que un gobierno de AOC estaría a la izquierda del de Biden, pero no se puede ignorar el hecho de que el gobierno Biden estuvo a la izquierda del de Obama en cuestiones cotidianas y, sin embargo, es a Obama a quien su base recuerda más favorablemente. La situación se está haciendo cada vez más desesperada para los trabajadores, y la profundidad del cambio necesario aumenta con una velocidad mayor que nuestra voluntad y capacidad de llevar a cabo esos cambios. Zohan Mamdani y otros posibles dirigentes del DSA solo pueden evitar el peso de estos problemas debido a su posición subordinada. En el caso de la presidencia, «aquí mando yo», lo que quiere decir que no habrá nadie que nos proteja de la culpa cuando las cosas den su próximo giro a peor.
Tal y como menciona Sarkozy, sospecho que Taiwan será el siguiente gran problema de política exterior, pero en realidad no importa qué cuestión concreta estalle durante el mandato presidencial de 2029-2033. Hay una cantidad cada vez mayor de crisis potenciales como esta que se están gestando en segundo plano, de las cuales probablemente haya algunas de las que el público no es consciente siquiera. Cualquiera de ellas podría estallar en cualquier momento, lo que supondrá un gran desprestigio para quien tenga que lidiar con ella. El presidente entrará en guerra, o dará marcha atrás, y en cualquiera de los dos casos el declive estadounidense se acelerará. Como afirmé en el artículo original, la única forma de evitarlo es un cambio de rumbo extremadamente creativo, valiente y, sí, radical de la política estadounidense seguida hasta ahora. Para ser más específico, sería necesario un alejamiento del imperialismo, acompañado de políticas domésticas que garanticen que la clase obrera estadounidense no tenga que pagar la factura.
Más allá de eso, resulta cada vez menos probable que una administración de centroizquierda sea capaz siquiera de arreglar los problemas existentes, y mucho menos de resolver problemas nuevos. Los mandatos de Trump han causado un daño real a la sociedad estadounidense, y los políticos liberales han mostrado hasta ahora ser incapaces de deshacerlo. Aunque el Biden neoliberal «que no hace nada» es en cierto modo un mito, las políticas del Trump 1.0 demostraron ser sorprendentemente resilientes. Solo cabe especular que hay un interés por esas políticas entre la clase dominante, incluyendo a los donantes «progresistas» del Partido Demócrata. El nuevo régimen republicano ha sido todavía más radical, promulgando leyes y sentando precedentes jurídicos que cargan al Gobierno con deudas masivas, imposibilitan la regulación, privan de derechos a las minorías étnicas, fusionan por completo al Pentágono con el Estado de seguridad israelí y otorgan poder a un enorme ejército paramilitar para que vigile y mate a su antojo. Deshacer todo esto sería lo mínimo que cabría esperar de cualquier gobierno progresista, pero esta situación está ya tan arraigada que quizá no sea posible arreglarla dentro de los límites constitucionales.
En resumen, para cumplir con el estándar mínimo de «buena gobernanza», AOC tendría que ir mucho más allá del progresismo liberal y abrazar un socialismo radical que hasta ahora ha evitado. Si asumiera el cargo con la expectativa de gobernar como una progresista inofensiva, se encontraría completamente desprevenida ante la situación real, en la que no hay margen para la moderación. Al limitar su programa a políticas socialdemócratas liberales, AOC no sería un fracaso según un estándar marxista abstracto, sino ante los ojos de las masas. Esto nos lleva a la siguiente suposición.
Suposición 2: Los trabajadores estadounidenses comprenderían nuestras deficiencias
De la misma manera que el argumento de «Solo di no» se basa en la comprensión de que una socialdemocracia demasiado atada al liberalismo fracasaría y supondría un desprestigio para el socialismo, el argumento de «Just Say Yes» se basa en la creencia en su éxito general, allanando el camino para más socialismo. Sin embargo, la idea de que AOC gobernaría sin «traiciones» pone a prueba la credulidad de cualquier lector informado, por lo que Sarkozy afirma que esto «[…] haría que las masas se alinearan más con el socialismo, porque ellas también desearían un presidente que fuera más allá que ella». Esto no es más que una ilusión. Tal como afirma correctamente su artículo, «todo el mundo entiende incorrectamente el socialismo democrático y el marxismo», pero, de hecho, esto no es «ventajoso». Como ya se ha comentado anteriormente, no podemos depender en absoluto del «éxito a la hora de cumplir», y no tenemos razón alguna para suponer que la gente atribuiría los fracasos de AOC a su centrismo, en lugar de al movimiento más asociado a su nombre, el socialismo democrático. Debemos recordar que la mayoría de estadounidenses no se autoidentifican como socialistas, y no están predispuestos en lo más mínimo a tener una buena opinión del socialismo. El hecho de que tante gante esté dispuesta a darle una oportunidad al socialismo demuestra la desesperación del momento actual. Si fracasamos estrepitosamente, no tendremos una segunda ni una tercera oportunidad en el futuro próximo.
Debemos recordar también que otra de las razones por las que estamos ganando ahora mismo es que no renunciamos a nuestra responsabilidad, como hacen los demócratas habituales. Existe un gran interés por una red de seguridad social más sólida, pero lo que inspira de forma más consistente a las bases votantes progresistas en este país es la idea de que un candidato luchará con fuerza contra el mal que ven venir desde Washington. Los estadounidenses ven lo que hace Trump y preguntan por qué nadie que luche por ellos va tan lejos. Evidentemente, el sistema político estadounidense se rebelaría contra un presidente socialista de una forma en la que no lo hace contra un reaccionario como Trump, pero si presentamos una candidata a presidente, estamos dando a entender que usaríamos esa posición para arreglar las cosas. Si ganamos solo para dar media vuelta y quejarnos sobre las limitaciones de nuestra posición, por mucha razón que tengamos, nos condenaríamos a la obsolescencia. Los socialistas estamos sujetos a un estándar más elevado, y si no logramos cumplir las expectativas, ni nuestros enemigos ni nuestros antiguos simpatizantes lo pasarán por alto.
Una presidenta socialista democrática sin una gran cantidad de fuerza organizativa que la respalde y sin una gran cantidad de fuerza de voluntad individual estaría abocada al fracaso desde el principio. Ese fracaso sería muy público, y se construiría una narrativa sobre el DSA y sus ideas de la que sería difícil escapar. La nube de la Guerra Fría que se cernía sobre el socialismo finalmente ha comenzado a disiparse, pero descuidar su reputación podría hacer que la sombra del anticomunismo volviera más oscura que nunca. Esta situación puede tener consecuencias letales, lo que nos lleva a nuestra tercera suposición.
Suposición 3: Una presidencia de AOC evitaría el fascismo
Sarkozy la menciona en una única línea, al describir el futuro distópico que se produciría si la DSA rechazase una candidatura presidencial de AOC, pero merece la pena profundizar en la posibilidad de «un [presidente] republicano abiertamente fascista» que pueda ocupar el puesto que dejaría vacante AOC, lo que haría que otra campaña electoral resultase extremadamente difícil, si no imposible. Se trata de algo muy grave, y los progresistas de todas las facciones tendrían motivos para preocuparse al respecto. La amenaza de Rubio, unida a las recientes medidas policiales contra anarquistas no violentos, han convertido esto en un temor real.
Si el fascismo es realmente inminente, el DSA debe prepararse para garantizar nuestra supervivencia física. Deberíamos estar organizándonos y entrenándonos para la autodefensa armada, preparando pisos francos y fomentando los contactos con personas que puedan escondernos o sacarnos del país de forma clandestina. En resumen, deberíamos actuar en total oposición a las instrucciones directas de la dirección de la NYC-DSA en 2025, tomando un rumbo que, en mi opinión, los partidarios de una candidatura de AOC encontrarían inaceptable.
Sin embargo, opino que es poco probable que esta represión estatal letal se materialice en el próximo par de años. Los intentos de Trump de instaurar un terror contrarrevolucionario han tenido uno o dos falsos comienzos, y el memorándum de Rubio probablemente sea otro. Ya sea por la impopularidad de la administración, por el federalismo estadounidense o la corrupción y la incompetencia insostenibles de todos los que están al mando, el Gobierno de Trump parece ser incapaz de llevar a cabo una represión masiva. Es probable que haya supresión del voto o injerencia en las elecciones de medio mandato y en las presidenciales de 2028, pero no parece que se vayan a cancelar completamente las elecciones o que se vaya a detener izquierdistas en masa.
Sé que Sarkozy tiene un punto de vista similar; de lo contrario no participaría en esta conversación sobre campañas presidenciales. Por lo tanto, dado que los dos estamos escribiendo sobre las elecciones de 2028 en lugar de prepararnos para eludir a las autoridades, este artículo partirá de la base de que estamos más o menos de acuerdo en que el DSA no quedará completamente proscrita antes de las siguientes elecciones. Cuando hablamos sobre el fascismo como un potencial motivo para votar a AOC, debemos referirnos exclusivamente a impedir la siguiente presidencia republicana.
¿Serían el presidente Vance o (Dios no lo quiera) Trump 3.0 mucho más fascistas que la situación actual? Es difícil de decir, pero si hablamos sobre combatir el fascismo a largo plazo, limitarnos a poner a alguien que no es fascista en el Despacho Oval no es una solución. Los estudiantes de historia pueden recordar que Joe Biden ya fue elegido presidente en su día, y el resultado no fue que se evitara el fascismo. El daño quedó sin reparar, el resentimiento de las masas no hizo más que agravarse y Trump fue elegido por segunda vez. Ya ha hecho más daño que en su primer mandato, ya que su entorno contó con cuatro años para avivar la ira y planificar minuciosamente cómo usar a Trump como vehículo del poder oligárquico. En otras palabras, el fascismo sigue creciendo entre bastidores, preparándose para tomar el poder una vez el proyecto liberal vuelva a ser rechazado. AOC puede ser más progresista en lo social que Biden, pero no tenemos motivo alguno para creer que sus políticas sean mucho más eficaces a la hora de atacar las raíces económicas del fascismo, ni ha prometido destruir sus organizaciones y sus financiadores. La estrategia antifascista «malmenorista» o «calientasillas» ha fracasado rotundamente, y ese es, en esencia, el argumento que se defiende aquí.
En cuanto a que AOC ofrecería un mayor potencial organizativo que un fascista o un neoliberal, tampoco creo que eso deba darse por sentado. No está nada claro qué haría realmente para facilitarnos la organización. Si tenemos alguna idea concreta sobre lo que debería hacer una presidenta socialista democrática para fortalecer la fuerza sindical y las organizaciones socialistas, deberíamos plantear esas políticas como condición para respaldarla. De lo contrario, deberíamos dar por hecho de que el estancamiento del socialismo de la era Biden se acentuará en lugar de evitarse, mientras la extrema derecha vuelve a reagruparse entre bastidores. Objetivamente, las dos mayores oleadas de afiliación y éxito electoral del DSA se produjeron durante los dos mandatos de Trump. Para que quede claro: una presidencia republicana es peligrosa y debe evitarse a toda costa, pero ese hecho abre un enorme agujero en la teoría de que un presidente menos de derechas se traduce directamente en una mejor organización.
Suposición 4: La oposición al liberalismo es «puritanismo político»
La última suposición no es una suposición sobre las condiciones políticas, sino sobre el propio argumento de «Solo di no», o quizá sobre los argumentos de la fracción de izquierda del DSA en general. El planteamiento del argumento de Sarkozy resulta muy familiar: todos los que estamos involucrados queremos progreso, pero los radicales anteponen la pureza moral al pragmatismo. Esto es lo que oímos cuando el ala derecha del DSA debate con el ala izquierda, igual que lo oímos cuando los demócratas liberales debaten con los socialistas, y en ambos casos oscurece los términos reales del debate. En «Solo di no», evité deliberadamente plantear cualquier argumento moral contra AOC. Toda preocupación planteada en este artículo, así como en el que le precede, era estratégica, pero Sarkozy sigue insistiendo en que la izquierda quiere sacrificar las perspectivas del DSA en el altar del «moralismo de principios», o lo que es peor, una defensa de la pureza del marxismo como «subcultura».
Esta acusación tiene poco que ver con el argumento real que se está planteando y bastante que ver con el deseo de evitar un debate en términos estratégicos. Al plantear presentar a una de las partes como pragmática, y a la otra como moralista, la primera puede ganar el argumento estratégico por defecto. Sin embargo, como vimos en la campaña de Clinton, la presidencia de Biden y la campaña de Harris, los «pragmáticos» tienden a fracasar a la hora de obtener resultados. Mientras tanto, la campaña de Mamdani, que partía con pocas posibilidades y que fue denunciada inicialmente por muchos progresistas como ultraizquierdista (recuerdo claramente haber oído que Brad Lander era, sin duda, la única opción sensata), sirvió de punta de lanza para la actual ofensiva en las primarias del DSA.
Dado que ambos planteamos argumentos estratégicos, los lectores deberían compararlos en esos términos. La gran estrategia del DSA consiste en obtener suficiente fuerza electoral para llevar a cabo una transformación socialista de la sociedad estadounidense. Tanto Sarkozy como yo estamos de acuerdo en que no basta con la presidencia para hacerlo, por lo que las elecciones presidenciales de 2028 solo pueden ser un medio para ese fin. Sarkozy cree que una presidencia de AOC supondría un gran éxito, imperfecto pero, en términos generales, muy progresista, y que el electorado estadounidense estaría tan satisfecho con nosotros que nos permitiría volver a la Casa Blanca lo antes posible con un mandato aún mayor. Mi argumento, tal como lo expongo en los dos artículos pertinentes, es que una presidenta AOC que cuente con respaldo de lDSA pero que no rinda cuentas ante su programa ni estará dispuesta ni será capaz de hacer lo que sea necesario para lograr una presidencia socialista «exitosa», desacreditando fatalmente al movimiento cuando fracase. Espero que las pruebas ya aportadas dejen claro cuál de los dos futuros es más probable.
Esto no es un argumento a favor de abstenerse de la política electoral, ni siquiera de presentarnos a la presidencia. Todo lo contrario, en un sistema presidencial como el estadounidense no hay vía democrática al socialismo que no pase por la Casa Blanca. Sin embargo, no debemos hacernos ilusiones sobre en qué nos estaríamos metiendo. Cuando un candidato antiesclavista asumió la presidencia estadounidense en 1860, los esclavistas comenzaron inmediatamente una contrarrevolución preventiva. Más recientemente, cuando se eligió a un presidente socialista en Chile en 1973, fue asesinado en un golpe de Estado de derechas. Esto no es un juego, y tendríamos que prepararnos cuidadosamente para la resistencia que afrontaríamos.
¿Qué haría falta, entonces, para que una presidencia socialista tuviera éxito? Como mínimo, se requeriría una mayoría legislativa decisiva para sacar adelante sus decisiones. Para tener una mayoría en la que podamos confiar realmente, necesitamos cierto nivel de fiscalización. O, por decirlo en otras palabras, necesitamos una cierta disciplina de partido sobre nuestros representantes electos. De nuevo, esto no es una cuestión de puritanismo político; es una necesidad general en la política. Hay una razón por la que el artículo «Solo di no» usa al Partido Demócrata como ejemplo de disciplina, y no a los bolcheviques.
Contrariamente a las que Sarkozy supone que son mis verdaderas motivaciones, no creo que el DSA pueda ni deba ser ningún tipo de vanguardia leninista en un futuro previsible (al menos que llamemos leninista a Chuck Schumer). La fuerza del DSA es su pluralismo, y cualquier intento de imponer la rigidez de una organización de vanguardia clandestina la reducirá al nivel de una secta. Sin embargo, hay otras formas de organización política que no son ni las sectas vanguardistas comunistas ni los grupos activistas afines a los demócratas. También hay partidos políticos estadounidenses electoralmente viables, y el DSA debe convertirse en esto para vencer.
Cuando conseguimos que un candidato salga electo, por bienintencionado que sea, se ve sometido a la presión de su verdadero partido, los demócratas. El poder que ejerce el establishment demócrata sobre sus políticos es considerable, y lo usan con precisión para bloquear la legislación progresista al tiempo que protegen su reputación. Como afirmé en «Solo di no», incluso un delegado con compromiso ideológico se beneficia de cierta presión contraria, y mucho más una tan poco fiable como AOC. La presión procedente de nuestra propia organización debe ser mayor que la del Comité Nacional Demócrata; de lo contrario, en última instancia no haremos más que elegir a demócratas.
Si la DSA elige a AOC como presidenta sin ninguna forma de ejercer su influencia posteriormente, no obtendremos ninguno de los beneficios, pero heredaremos todos los costes. Lo último que necesitamos es una figura pública que nos represente en la escena mundial y que aplique políticas del establishment que son impopulares en todos los ámbitos y totalmente inadecuadas para el momento actual. Para evitarlo, primero necesitamos crear mecanismos para que los cargos electos del DSA rindan cuentas ante la organización (me alegró sinceramente que Sarkozy estuviera de acuerdo en este punto), y debemos utilizarlos. Los políticos deben saber que, si incumplen sus obligaciones con el DSA, no podrán contar con la considerable red organizativa ni con la influencia mediática del DSA en sus próximas elecciones. Luego, francamente, necesitamos un candidato presidencial que sea más leal personalmente al socialismo democrático que al Partido Demócrata. Este tendría que ser un «cuadro candidato», como Mamdani. Si no podemos hacer nada de esto aún, deberíamos ponernos a pensar y a debatir cómo conseguirlo. Aventurarnos con una fuerza que no está a la altura de la tarea simplemente porque podemos hacerlo, y no porque impulse nuestros planes, no es una estrategia basada en el sentido común; es la ausencia de estrategia.
[1] N. de la Ed.: Sarkozy, «Just Say Yes to AOC: A Response to “Just Say No: Avoiding an AOC 2029 Disaster», https://geesemag.com/articles/just-say-yes-to-aoc-a-response-to-just-say-no-avoiding-an-aoc-2029-disaster.
[2] N. del T.: assumptions en inglés, de ahí el título.
[3] N. de la Ed.: Campaña por la supresión de la jornada de 24 horas en los trabajos de cuidados https://nomore24.org/.

