Darío Doña-Falcón
Publicado originalmente en Cosmonaut
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Este artículo fue publicado el 27 de mayo de 2026 en Cosmonaut. Este mes lo recuperamos enmarcándolo en la coyuntura del Octubre Trans. En este, Darío Doña-Falcón profundiza en las determinaciones históricas de la normatividad sexual y de género conformada bajo el capitalismo y evidencia las tesis reaccionarias como parte esencial de un marco antiproletario.
Quien quiera encontrar en el laberinto de las normas sexuales contradictorias los gérmenes de relaciones más sanas entre los sexos —que prometan liberar a la humanidad de la crisis sexual que atraviesa—, tiene necesariamente que abandonar las cultas estancias de la burguesía, con su refinada psicología individualista, y echar una ojeada a las habitaciones hacinadas de los obreros. Allí, en medio del horror y de la miseria causada por el capitalismo, entre lágrimas y maldiciones, surgen a pesar de todo manantiales vivificadores que se abren paso por la nueva senda.
―Alexandra Kollontai, Las relaciones sexuales y la lucha de clases (1911)
Con estas palabras, Kollontai expresó el potencial que tenía la clase obrera para crear una nueva moral sexual acorde con el proyecto comunista. No estamos mucho más cerca ahora de construir esta nueva moral sexual que cuando Kollontai escribió por primera vez sobre ella, ya que el actual giro reaccionario en la cultura y la política ha dado lugar a un ataque contra los derechos de las personas queer, cuyo mejor ejemplo es la ola de retórica antitrans procedente de los partidos de derecha a nivel mundial, así como la disposición de muchos partidos de izquierda liberal a dejar de lado las cuestiones trans para fortalecer sus posibilidades en futuras elecciones. Mientras el ataque de la derecha contra los derechos trans sigue su curso, el Partido Laborista del Reino Unido ha dado la espalda a las personas trans, negando a las mujeres trans el acceso a la Conferencia de Mujeres Laboristas, mientras que el Sinn Féin en Irlanda no ha negado su apoyo a la prohibición de los bloqueadores de la pubertad ni a la exclusión de las mujeres trans de la definición de «mujeres».
Sin embargo, los espacios comunistas tampoco están libres de ideas queerfóbicas, y en las últimas décadas hemos visto cómo diferentes organizaciones y partidos han asociado la liberación que propone el comunismo con una defensa de la heterosexualidad, el «sexo biológico» binario y las prácticas sexuales que prescribe la moral conservadora. Las posturas del KKE en Grecia sobre cuestiones relacionadas con la homosexualidad o las declaraciones del Frente Obrero en España sobre la transexualidad, en contraposición a los derechos de las mujeres y las necesidades materiales de los trabajadores, han creado una fragmentación entre los grupos de trabajadores politizados que los ha enfrentado entre sí y ha llevado a muchos a participar en proyectos reaccionarios. Estas posturas pueden entenderse como parte de una historia de organizaciones que han defendido creencias queerfóbicas e ideales obreristas y reaccionarios. Algunos ejemplos de ello son la Revolutionary Union y su postura sobre la homosexualidad como resultado del machismo y la supremacía masculina, o la decisión de la Brigada Venceremos de no reclutar a homosexuales y su consideración de la homosexualidad como decadencia burguesa. Ante las descripciones de las personas queer como desviados burgueses enemigos de la clase trabajadora, ¿qué nos dice la historia sobre el desarrollo de la sexualidad?
La Revolución Industrial fue una época de grandes cambios en la naturaleza del trabajo que dio lugar a una nueva forma de organización laboral para la humanidad: el modo de producción capitalista. Sin embargo, estos cambios también se produjeron, inevitablemente, en el ámbito cultural e ideológico. Durante este periodo, los Estados occidentales que experimentaban un gran crecimiento económico llevaron a cabo intensas campañas para reforzar el modelo de la monogamia heterosexual como único modelo sexual y relacional válido, convirtiendo a la familia nuclear heterosexual en el ideal sexual burgués y en la principal unidad de acumulación de riqueza. Tal y como ilustra Thomas Lacqueur en Sex and Desire in the Industrial Revolution (2012), se realizaron revisiones en las obras de arte para eliminar contenidos lascivos o «desviados». Las nuevas ediciones de Shakespeare eliminaron todas las apariciones de palabras como «cuerpo» y criticaron las obras en las que un personaje femenino no era castigado narrativamente por fugarse de su familia o vivir sin estar casada.
Al mismo tiempo que se creaba este imaginario cultural, los ámbitos médico, jurídico y religioso desempeñaron un papel fundamental en la persecución de las relaciones homosexuales, la masturbación y la lascivia femenina mediante la represión policial y judicial, la patologización y el uso del ideal cristiano como arma contra la clase trabajadora. Con la llegada del siglo XX, comenzaron a promoverse autobiografías de la clase trabajadora, como la de Francis Place, un conocido reformador radical. Estas autobiografías relataban cómo el matrimonio heterosexual había salvado a los autores de una vida indecente y sórdida, normalmente plagada de abuso de sustancias y experiencias sexuales depravadas; se construyó así un imaginario según el cual la clase desposeída era también una fiel seguidora del ideal familiar burgués.
Durante este periodo, la situación económica de muchos artistas empeoró y las mujeres comenzaron a incorporarse a la profesión, lo que dio lugar a una tendencia hacia la masculinización del arte a través de diferentes figuras, entre ellas la del trabajador. Pintores como Augustus John o Wyndham Lewis utilizaron las figuras de los trabajadores y los soldados como emblemas de la masculinidad. El caso de Lewis y las corrientes futuristas es especialmente relevante, ya que su nueva estética modernista solía ir acompañada de asociaciones entre los trabajadores, la tecnología industrial y la masculinidad, así como de su rechazo a la homosexualidad y la afeminación. Los hombres de clase trabajadora se convirtieron en un vehículo para que los artistas crearan un ideal masculino renovado, acorde con los cambios en la forma de llevar a cabo y organizar la producción. La asociación entre la masculinidad y el trabajo industrial también se reprodujo en los sindicatos, que intentaron construir el ideal del trabajador masculino heteronormativo, en parte como respuesta a la incorporación de las mujeres a algunos sectores del mercado laboral, lo que se tradujo en salarios más bajos.
Pero, ¿era esta la realidad de la clase obrera? En La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), Engels describe un proletariado en el que la inmoralidad y la desviación sexual eran algo muy habitual. La prostitución era una de las formas que tenían muchas mujeres de clase obrera de aumentar sus ingresos y alimentar a sus familias, lo que no solo era un signo de la indecencia de estas mujeres para la sociedad burguesa, sino que también ponía de manifiesto las constantes infidelidades a la monogamia por parte tanto de los hombres de la clase obrera como de los burgueses, una fidelidad que se mantenía solo como imagen, pero no como práctica. Por otra parte, las jóvenes de clase trabajadora solían llevar una vida sexual muy alejada del celibato promovido por la Iglesia, lo que dio lugar a libros como el Everywoman’s Book, de Richard Carlile, una guía sobre anticoncepción destinada a proteger a las mujeres del desprecio y de otros castigos que un embarazo prematrimonial podía acarrear. El ideal de la familia nuclear monógama resultaba imposible debido a las realidades materiales de muchas familias de clase trabajadora, que vivían en casas ocupadas por más de una familia y en habitaciones que albergaban a personas de diferentes sexos y generaciones, una situación considerada reprensible según la moral de la época.
En lo que respecta a las identidades de género y las sexualidades disidentes, los dos últimos siglos también encierran una rica historia de la clase obrera que, en su momento, fue censurada y perseguida por la burguesía. En Pederasts and others, William Peniston relata las historias de muchos de los hombres detenidos o investigados por las fuerzas policiales de París durante el siglo XIX. Durante ese siglo, a los hombres que mostraban atracción por personas de su mismo sexo se les llamaba pederastas, y esta orientación sexual se tipificaba como un delito contra la decencia pública, lo que daba lugar a detenciones y penas de prisión; las condiciones en que se vivía la homosexualidad en esa época llevaron a la creación de comunidades urbanas clandestinas en las que los «delincuentes» velaban por su propia seguridad y no hacían visible su atracción sexual. La situación era similar en Inglaterra, donde la homosexualidad se consideraba un «delito antinatural» y se castigaba inicialmente con la pena de muerte y, posteriormente, con penas de cárcel. También se documentaron con frecuencia casos de extorsión, en los que unos hombres amenazaban con acusar a otros de homosexualidad a menos que les proporcionaran dinero u otros recursos.
Los policías también participaban en estrategias similares haciéndose pasar por hombres homosexuales para tender trampas a otros y que fueran acusados de homosexualidad, y además acusaban a otros hombres de ser homosexuales si se ponía en duda su propia sexualidad. El uso de las acusaciones de homosexualidad como amenaza y las tácticas de incitación al delito por parte de la policía contribuyeron a que la homosexualidad se viviera en la clandestinidad durante el siglo XIX. Esto también se vio motivado por la vigilancia que los sindicatos cartistas ejercían sobre la sexualidad de los trabajadores, promoviendo la familia heterosexual como único modelo legítimo de relaciones sexuales y románticas. La persecución de la homosexualidad se extendió también a las colonias controladas por los países europeos, donde se aplicaban las prohibiciones y los castigos por homosexualidad. En Australia, la incidencia de las relaciones homosexuales entre hombres aumentó a lo largo del siglo XIX y, durante sus primeras décadas, muchos hombres fueron juzgados por homosexualidad y ejecutados, de acuerdo con la legislación británica. En la India, el Imperio Británico utilizó los burdeles y a las trabajadoras sexuales como medio para motivar a los soldados en su empresa colonial, pero declaró ilegal la homosexualidad y utilizó los casos de homosexualidad entre los indios como forma de castigarlos y atacar la cultura india. En Argelia, los franceses crearon una imagen de los hombres árabes como especialmente inclinados a la homosexualidad y, posteriormente, utilizaron esta construcción para fetichizar y abusar de muchos jóvenes argelinos. No fue hasta 1886, con la publicación de Psychopathia Sexualis, cuando el término «homosexual» se dio a conocer públicamente como una patología, y no fue hasta 1973 cuando dejó de considerarse una patología y pasó a ser reconocida como una identidad sexual válida a los ojos de la sociedad civil capitalista.
La historia de la transexualidad comparte algunas similitudes con la de la homosexualidad en los albores del capitalismo. La clase trabajadora de distintos países también contaba con grupos clandestinos de hombres y mujeres que eran (o deseaban ser) considerados socialmente como del sexo opuesto, llegando incluso a vestirse de acuerdo con esa designación. Junto a la persecución de los homosexuales, las personas que se vestían en público como del sexo opuesto eran tipificadas como delincuentes y encarceladas por delitos contra la decencia pública. Muchos informes sobre «delitos contra natura» durante el siglo XIX incluían a personas que se vestían con ropa del sexo opuesto, a las que no se solía diferenciar de los homosexuales.
A principios del siglo XX, la criminalización y la discriminación contra las personas trans continuaban. Así lo vivió Dora Richter, una mujer trans alemana de clase trabajadora cuyo caso se dio a conocer gracias a las investigaciones del Dr. Magnus Hirschfeld. Hirschfeld fue el fundador del Instituto para el Estudio de la Sexualidad en la República de Weimar, donde se dedicó a investigar y apoyar a las personas homosexuales y trans, y fue un importante activista en defensa de sus derechos civiles. Dora acudió a Hirschfeld en la década de 1920 tras haber sido detenida y encarcelada en varias ocasiones por llevar vestidos por la calle y comportarse como una mujer. La historia de Dora no era infrecuente entre las mujeres trans del siglo XX, ya que había sido eximida en dos ocasiones del servicio militar obligatorio debido a su apariencia femenina y a su incapacidad para someterse al entrenamiento militar, y se enfrentaba a numerosas dificultades para conseguir un empleo, ya que la mayoría de las empresas no contrataban a personas trans. La investigación de Hirschfeld con Dora fue fundamental para desarrollar opciones de transición médica para las mujeres trans, así como para que Hirschfeld acuñara a principios del siglo XX el término «travesti» para referirse a la condición de aquellas personas que hoy conocemos como trans. Dora fue una de las mujeres trans que se sometió a intervenciones quirúrgicas de reasignación de sexo en el Instituto de Hirschfeld, donde trabajó durante algún tiempo como empleada doméstica junto a Charlotte Charlaque y Toni Ebel. Estas mujeres también se habían sometido al tratamiento de Hirschfeld y se involucraron en el activismo y la agitación comunistas.
Aunque resultaba extremadamente avanzada para su época en cuanto al tratamiento de las necesidades de las personas transexuales, la obra de Hirschfeld no estaba exenta de defectos, ya que también se vio influida por sus creencias racistas, lo que afectó a la forma en que construía las identidades queer en ella. Si bien la obra de Hirschfeld sobre la raza rechazaba las jerarquías raciales biológicas inherentes, él creía que la evolución histórica había dado lugar a que las personas blancas fueran civilizadas y cultas, y a que las personas de color fueran seres naturales y primitivos. Su conceptualización de la raza naturalizaba la existencia de diferentes razas e ignoraba, en primer lugar, las condiciones materiales que dieron lugar a la creación de la raza como categoría en el marco del capitalismo, perpetuando así el racismo a su manera. La construcción que hacía Hirschfeld de la homosexualidad como algo natural e idéntico en todas las razas se apoyaba en sus teorías sobre la diferencia racial, lo que, en última instancia, presentaba las luchas de las personas queer y de las personas de color como completamente independientes unas de otras.
No fue hasta 1949 cuando se empezó a utilizar la palabra «transexual», y no fue hasta 1956 cuando John F. Oliven acuñó el término «transgénero» para referirse a esta condición, que luego popularizó en la década de 1960 Virginia Prince, una activista trans estadounidense. En la actualidad, el DSM sigue clasificando la disforia de género (y la transexualidad en sí misma, ya que no se considera un fenómeno disociable a ojos de las instituciones médicas) como un trastorno. Durante el siglo XX, muchas personas transexuales y homosexuales de clase trabajadora se vieron obligadas a ocultar su identidad sexual o se enfrentaron a la imposibilidad de encontrar trabajo, lo que llevó a muchas de ellas a la prostitución y a otras formas de economía informal. Existen diversas pruebas al respecto, como el trabajo de Richard Linsert, un médico comunista y figura clave de los movimientos de liberación sexual alemanes, que documentó las vidas de los trabajadores sexuales masculinos y explicó cómo las condiciones materiales creadas por la crisis económica empujaban a los hombres a dedicarse a la prostitución. También ha habido diferentes comunidades de mujeres trans de clase trabajadora, como las trabajadoras sexuales de las Islas Canarias, que formaron comunidades durante el régimen franquista y no tuvieron más remedio que recurrir al trabajo sexual.
Otro ejemplo de comunidades de trabajadoras sexuales trans es el grupo Street Transvestite Action Revolutionaries (STAR) de Estados Unidos. El grupo STAR fue fundado en la década de 1970 por Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, dos trabajadoras sexuales trans que habían participado en los disturbios de Stonewall y en los inicios del Movimiento de Liberación Gay (GLM). Sin embargo, a medida que el GLM avanzaba, las corrientes asimilacionistas cobraron mayor relevancia dentro de la comunidad homosexual, especialmente entre quienes pertenecían a la burguesía y a la clase media. La influencia de esas corrientes dio lugar a la búsqueda de una nueva imagen, más «respetable», para el GLM, lo que implicó distanciarse de la política radical y de las comunidades marginales dentro del Movimiento, como las personas transexuales de clase trabajadora. Johnson y Rivera se vieron muy afectados por el hecho de que el GLM les diera la espalda, y crearon el grupo STAR, en un primer momento como una forma de proporcionar alojamiento y los recursos necesarios a los jóvenes queer de clase trabajadora (financiado en su mayor parte mediante el trabajo sexual de los fundadores) y, más tarde, como una forma de organizarlos. El grupo STAR colaboró con organizaciones comunistas de la época, principalmente con los Young Lords, una organización marxista anticolonial de Chicago. Durante su etapa como organización activa, el grupo STAR denunció la desradicalización del GLM y destacó la necesidad de unidad entre las personas oprimidas de la clase trabajadora, luchando por la liberación de las personas queer y racializadas.
El proceso de creación y descubrimiento de las posibilidades sexuales por parte de la clase obrera pone de manifiesto una contradicción en el desarrollo de las relaciones humanas bajo el modo de producción capitalista. En Filosofía de la praxis, Adolfo Sánchez Vásquez recurre a la dialéctica amo-esclavo de Hegel para ilustrar el proceso mediante el cual la clase obrera se reconoce y se supera a sí misma a través de su trabajo material. Como explica Hegel, el deseo es siempre deseo de reconocimiento, pero para establecer la relación de reconocimiento se requiere un reconocedor y un reconocido, siendo estas posiciones excluyentes, es decir, no se puede ser ambas cosas a la vez. Por esta razón, las diferentes conciencias implicadas en la relación deben estar en conflicto para imponer las condiciones del reconocimiento. Sin embargo, el reconocido debe permanecer con vida para establecer la relación antes mencionada. Así pues, el conflicto no puede terminar con un reconocedor victorioso y un reconocido destruido o eliminado, sino con un reconocido subyugado (de ahí surge la relación de explotación). Quienes salen victoriosos (el amo) son aquellos que pueden imponer el reconocimiento al derrotado (el esclavo), manteniéndolo con vida a cambio del reconocimiento de la victoria.
Esta dialéctica se concreta en el conflicto de clases del capital, en el que es la clase burguesa la que impone su reconocimiento y su victoria a la clase obrera, que se ve sometida a la extracción de plusvalía de su trabajo a cambio de ese reconocimiento. Sin embargo, la clase trabajadora es la única clase que participa en el trabajo material del mundo que conduce a un avance del mundo a través de su conocimiento, desarrollando sus potenciales y creando así la posibilidad del autorreconocimiento y alcanzando la conciencia revolucionaria necesaria para abolir el actual sistema de subyugación. Este trabajo material incluye las relaciones entre los trabajadores y las tareas reproductivas para mantenerse disponibles como vendedores de su fuerza de trabajo. Es en este proceso donde la clase trabajadora ha desarrollado históricamente sus posibilidades sexuales, aunque sin reconocimiento (como lo demuestra la imposición de términos por parte de la medicina y la justicia burguesas). No ha sido hasta que la progresiva disolución o debilitamiento de las estructuras familiares por parte del capital ha permitido (u obligado) a la burguesía a adaptarse a estas condiciones sexuales cuando estas han sido reconocidas como válidas, primero a través de la patología y más tarde mediante el reconocimiento legal.
Este proceso histórico se opone por completo a la narrativa obrerista según la cual la diversidad sexual es una importación por parte de la clase obrera de ideas burguesas que fragmentan a la clase obrera al convertir a las personas queer en traidoras. La postura reaccionaria que tilda de burguesas a las personas que se salen de la norma cisheterosexual es una narrativa antimaterialista que solo divide a la clase obrera en frentes distintos y obstaculiza la liberación de la clase al postular como enemigos a comunidades específicas de la clase obrera que han sido desposeídas y marginadas por el capital. Romper con las normas impuestas por los estándares sexuales del capital se ha considerado, a lo largo de la historia, un paso necesario de la revolución para muchos comunistas. Kollontai, Zetkin y otras mujeres socialistas denunciaron las condiciones de opresión que sufren las mujeres en el marco de la familia nuclear capitalista, así como los peligros del matrimonio burgués y las relaciones de parentesco. Mario Mieli habló de la necesidad de que los homosexuales se organizaran políticamente contra el capitalismo y criticó las posturas asimilacionistas que proponían un compromiso entre las personas gais y las normas sexuales capitalistas. Mieli se opuso a las políticas asimilacionistas y a su tendencia hacia la respetabilidad, ya que las consideraba una forma de que la burguesía cooptara los movimientos queer de la clase trabajadora y domesticara la identidad queer adaptándola a los estándares heteronormativos. Sus ideas sobre la liberación gay no se limitaban a los derechos legales ni a una reforma del sistema para que aceptara a las personas homosexuales, sino que consideraba que la liberación gay solo sería posible junto con la abolición del sistema capitalista. Marxistas trans como M. E. O’Brien y Jules Joanne Gleeson han criticado la institución de la familia como herramienta de control capitalista sobre la experiencia subjetiva y el deseo sexuales, y han recuperado la abolición de la familia como reivindicación comunista en torno a la cual articular la lucha contra la opresión de las personas queer. Al poner de relieve la naturaleza coercitiva de la institución de la familia bajo el capitalismo y su papel en la reproducción de la opresión de las personas queer, estas autoras han retomado la tarea de estudiar la historia de la familia y la necesidad de liberar los cuidados y la reproducción de los espacios privados y domésticos a los que han sido relegados y, por lo tanto, del modo de producción capitalista. Todo ello forma parte de la misma historia de la política sexual de la clase trabajadora que representan quienes fueron criminalizados, perseguidos y maltratados por ser queer. El comunismo debe comprometerse con la lucha contra la opresión queerfóbica y, de manera más general, contra las normas sexuales del sistema capitalista como forma de crear una nueva cultura proletaria.
Para liberarnos a todos del capital, debemos comprender cómo se desarrolla la sexualidad a medida que cambian la división del trabajo y la estructura de la familia bajo este sistema, sin olvidar que fue la clase obrera la que desarrolló estas potencialidades en primer lugar, primero bajo la persecución y luego bajo la mirada vigilante del Estado capitalista. Esto no quiere decir que la disidencia sexual sea exclusiva de la clase obrera o revolucionaria en sí misma, sino que los comunistas deben luchar contra la fragmentación de los trabajadores y las acusaciones identitarias. El Instituto Hirschfeld fue incendiado por los nazis, que consideraban sus estudios una práctica degenerada y a sus sujetos una impureza que debía ser purgada. Es tarea de todas las comunistas garantizar que el próximo incendio reduzca a cenizas los cimientos del sistema capitalista, y no a nuestras compañeras queer.

