Bruno Bauer y el coaching o materialismo e idealismo

Horrorizado por el cataclismo histórico que supuso la Revolución francesa, el reaccionario Joseph de Maistre escribió sobre la “humillación de la voluntad”. Un par de siglos después, y desoyendo el consejo, otro Josef, Ajram por apellido, metro noventa de idolatría financiera y osada ignorancia, publicó su tercer libro, titulado No sé dónde está el límite pero sé dónde no está. Años atrás, y tal vez augurando una muerte inminente en medio de alguna de esas competiciones en las que participa —una que incluyera, echémosle, correr sesenta kilómetros, cruzar a nado un río lleno de pirañas y darse de baja en Vodafone— había escrito una precoz autobiografía, titulada esta vez Dónde está el límite. Considerando su propensión a la redundancia, y ahora que su Sicav ha perdido el 21% de su valor bursátil y él ha huido despavorido, tal vez esté urdiendo su obra maestra Empiezo a ver dónde está el límite y los acreedores están echando la puerta abajo. Porque Ajram, autor de deslumbrantes aforismos como “pensamos que nuestro camino a la meta será sin obstáculos pero la realidad es que está lleno de obstáculos”, o “la única discapacidad en la vida es la mala actitud”, tiene algo que decirnos. 100 cosas, como mínimo, tantas como frases componen su Pequeño libro de la autosuperación personal, y que nos ayudarán a adueñarnos de nuestra vida (sic). Y, por desgracia, no está solo. Cuando despertamos en medio de la crisis, una legión de coaches ocupaba el lugar del dinosaurio de Monterroso. El coach es una mezcla entre David Meca, un filósofo idealista de ínfima categoría y un vendedor de crecepelo. Alguien capaz de creer que la procastinación, además de una palabra horrible, es la culpable de todos nuestros males. Claro que ya Axular, en el siglo XVII, había escrito un libro llamado Gero, abominando de las maldades de la dilación. Nada nuevo bajo el sol, con la salvedad de que Axular es considerado el mejor prosista en euskera, y era un párroco culto y cabal, no un charlatán con ínfulas de profeta y honorarios abultados.

Aunque el coaching (utilizo el término en un sentido amplio y libérrimo: en él caben redactores de libros de autoayuda, psicólogos con prosa de almíbar tipo Rafa Santandreu, apologetas del running, espadachines a sueldo de think tanks neoliberales, mercenarios de la idea de superación personal, Paulo Coelho y sus héroes de luz, voceros de la felicidad y emprendehumos varios, chamanes financieros, maltratadores del lenguaje y mercachifles del aguacate; en general, toda la legión de cretinos que, tras disolver los problemas sociales en asuntos individuales, nos anima a resolverlos, do it on your own, mate, y encima cobra por ello) de entre risa y asco, no conviene despreciarlo sin más. No es casual que este, con su fraseología del emprendizaje y la superación, hayan aparecido con fuerza tras la crisis capitalista de 2008. Zarracina sintetiza el fenómeno con la maestría habitual: “en medio del gran naufragio, la naviera que cobraba tan caro el pasaje empezó con las charlas promocionales sobre la autogestión de salvavidas”. Si los parados son el ejército de reserva del capitalismo y la industria cultural su departamento de relaciones públicas, los coaches son una especie de sacerdotes. Un clero que sustituye las sotanas por malla chillonas, proscribe la abnegación y disuelve en el aire de la voluntad todas las resistencias de un mundo hostil. El running ocupa el lugar de la penitencia; el fracaso, como el pecado, puede apuntar a la redención, y los graves sermones que atronaban desde el púlpito devienen en inocentes charlas TED. A Diógenes le hubieran recomendado que saliera de una vez de ese barril, vago de mierda, y emprendiera, qué se yo, un negocio de tráfico de esclavos en el Mediterráneo. A Carlos II le hubieran increpado sin piedad, diciéndole que a ver qué excusa era esa de la infertilidad para no dejar descendencia. Durante el golpe de Estado de Pinochet, le habrían recordado a Allende que “el camino a la meta está lleno de obstáculos”. And so on, and so on.

Si alguien ha llegado hasta aquí, se preguntará qué pinta Bruno Bauer en estas crónicas sobre maníacos. Bauer era un filósofo y teólogo alemán del siglo XIX, fue distinguido por Hegel por su brillantez como alumno, tuvo el valor de enfrentarse a las muy conservadoras autoridades alemanas en defensa de sus posturas teológicas radicales —con la consiguiente pérdida de su cátedra— y, si bien durante un tiempo breve, fue una especie de padrino para Marx y cabeza visible de los Jóvenes Hegelianos. Tenía un estilo sinuoso y provocador, se burló abundantemente de la censura y, bajo el nombre satírico de San Bruno, ocupó un lugar destacado en La Sagrada Familia. Poco tiene que ver, en principio, con la piara de Ajram & Asociados. Extraña constelación (Benjamin) aquella que presente su figura en este panteón demenciado de chamanes en ropa deportiva. Esta ilumina, sin embargo, un tema maltratado: las relaciones entre materialismo e idealismo; lo que no solo justifica el trazo, sino que hace deseable el viaje estelar.

En uno de los raros artículos que no dedica a liberar el esfínter, Pérez-Reverte evocó una castiza expresión castellana, dar lanzadas a moro muerto, que data de la época de la Reconquista. La expresión satiriza la falsa gesta de quienes se jactan del valor frente al enemigo ya derrotado; la impostura de aquel que, tras el fragor de una pelea noctámbula, se las da de héroe por haber propinado la última patada al adversario inerte. Y en su relación con el “idealismo”, el marxismo ha incurrido abundantemente en esta técnica —atractiva por su perfección autoinmune, pero nocivamente mistificadora—. En retórica se hablaría de una falacia del hombre de paja, un punching ball ficticio contra el que descargar consoladoras andanadas; Cervantes hubiera dicho que se alanceaban molinos creyendo ver gigantes.

Veamos uno de estos molinos: el catecismo marxista-leninista que lee la protagonista de Persépolis presenta en una de sus páginas a Descartes frente a Marx. Cuando el primero esboza su teoría del cogito, poniendo en duda la existencia de un mundo exterior, Marx le lanza una piedra a la cabeza y ríe estruendosamente. Esto podrá demostrar que a los filósofos también les duelen las pedradas, pero simplifica grotescamente el pensamiento cartesiano. El filósofo francés murió de neumonía, no desnucado tras tratar de salvar un precipicio, convencido de su inexistencia.

La existencia de un mundo exterior real y cognoscible es una premisa aceptada por una abrumadora mayoría de personas. Por todo el mundo, de hecho, salvo una ínfima minoría de irreductibles galos espiritualistas. El énfasis que los breviarios marxistas de formación estilo Politzer ponían en esto, satirizado por Terry Eagleton, parecían indicar que solamente el comunismo aceptaba dicho punto de partida, mientras que el resto de los mortales estaban imbuidos por extrañas creencias esotéricas sobre la inexistencia del mundo material. De este modo, el marxismo se dotaba de un vigor epistemológico privilegiado: solo él podía, en última instancia, pensar científicamente.

Si definimos el materialismo con esta premisa mínima —hay un mundo exterior real y cognoscible—, es difícil encontrarle rivales en el pensamiento contemporáneo, y se convierte, dicho sea de paso, en algo piadosamente trivial. Y si, por consiguiente, entendemos que el idealismo es un delirio espiritualista, estamos dando una plácida lanzada a moro muerto. El espiritualismo más extremo había muerto en la obra de Kant, como tarde, y ni siquiera Chesterton pudo resucitarlo.

Las cosas parecen complicarse en el caso de que, como defiende Ernesto Castro, el teorema fundamental del materialismo sea la negación de la existencia de sustancias incorpóreas. El materialismo es, por lo tanto, un ateísmo, y toda filosofía que otorgue espacio a entidades supramateriales —como “Dios”, “el Espíritu” o “la Idea”— parece quedar automáticamente expulsada de su redil. El problema es que esta premisa complementaria vale para desterrar del materialismo a Anselmo de Canterbury o San Agustín, pero no a Hegel, considerado el tótem del idealismo —el filósofo de La Idea—, ni a los poshegelianos contra los que Marx lanzó su crítica materialista. De hecho, todos los debates sobre el llamado teorema de la secularización sitúan a Hegel como el gran arquitecto de la mundanización de la filosofía —defender, como hace Fernando Savater en su Diccionario Filosófico, que toda filosofía es esencialmente atea, y que las abstracciones que en ella aparecen no son más que hipóstasis, no es sino un órdago a mayor con una mano regalada por Feuerbach, y resulta del todo ajeno al modo en que la patrística o la escolástica se pensaron a sí mismas; la filosofía hubo de ser bajada a la tierra—. Conceptos espiritualistas como la inmortalidad del alma (cuya existencia ya temblaba en las obras de Kant, quien trató —movido, según Adorno, por el “ansia de salvar[nos]” del “estado de desesperación”—, de rescatarla de su inexorable agonía en la Crítica de la Razón Práctica) desaparecen en la obra del Hegel, y su noción de Espíritu no postula un agente etéreo que campa alegremente por la historia, sino que funciona como hipóstasis de la psique humana y las obras que la reflejan —una catedral, un cuadro de Velázquez, las prácticas políticas de una época o los misiles nucleares—, y es, por lo tanto, doblemente material —pues cristaliza en el mundo exterior y se expresa en el pensamiento, que es, por cierto, un proceso que se desenvuelve en el cerebro humano y por tanto tan material como la digestión o un cáncer de hígado—. ¿Dónde reside, en ese caso, la particularidad del idealismo? En la peculiar autonomía que otorga a estas hipóstasis, el Espíritu-Razón-Autoconciencia humanas, con respecto a los elementos —materiales— en los que toma cuerpo. Los procesos psíquicos tendrían la capacidad de alterar la realidad de forma decisiva y sin apenas más ayuda que su concreción; para los jóvenes hegelianos, las gestas de la autoconciencia desarbolarían las instituciones inhumanas. El idealismo no es un antimaterialismo, sino una inflamación de las ideas. Una drástica transformación de las subjetividades puede, según esta doctrina, librarnos del engorro de tomar la Bastilla: bastaría con que el tañido de la trompeta del pensamiento —Bauer tituló su obra más polémica, inicialmente publicada bajo seudónimo, La trompeta del Juicio final sobre el ateo y anticristiano Hegel— abriera plácidamente sus celdas.

La revolución alemana habría de ser, por tanto, una revolución de las conciencias. La idea de que los alemanes habían pensado la Revolución Francesa, no en el sentido de que sus ideas hubieran dado lugar a esta, sino en el de que los tormentosos acontecimientos que sacudieron Francia se desenvolvían simultáneamente en las mentes de los grandes filósofos germanos, era muy popular. Kant destacó que, más allá de los sucesos específicos, la importancia de la Revolución estribaba en su eco expandido por el mundo, removedor de conciencias; Heine fue más allá y escribió que “nuestra filosofía alemana no es sino el sueño de la Revolución Francesa”. En 1789, y acompañado por Schelling y Hölderlin, el joven Hegel plantó en Tübingen un árbol en nombre de la libertad; años después diría a sus alumnos que la Revolución fue “fue un amanecer magnífico… Desde que el sol está en el firmamento y los planetas giran a su alrededor, nunca se había visto que el hombre se situara sobre su intelecto […] y que construyera la realidad sobre este”. Simplificando muy burdamente el desarrollo de su pensamiento —esto es justificable: puede decirse que, en su operatividad política, su pensamiento fue efectivamente simplificado, que no fue considerado en toda su complejidad y se lo redujo a una mera legitimación del Estado Prusiano—, cabe destacar que este entusiasmo revolucionario se atemperó notablemente en los años posteriores: en las Lecciones de Filosofía de la Historia declaró que “les français ont la tête prés du bonnet” —lo que vendría a decir que son tempestuosos e incendiarios— y que Alemania no necesitaría de semejantes estallidos para alcanzar los nobles ideales de la Revolución, pues “ha cumplido ya su revolución con la reforma”; pero renacería con fuerza entre sus discípulos más críticos. El gallo francés de la revolución atronaría de nuevo, pero de un modo peculiar.

De acuerdo con Bauer, la crítica hegeliana de la religión disolvería la niebla de conservadurismo que cubría Alemania, y el bruñido espejo de la autoconciencia mostraría al ser humano su propio rostro, hasta entonces velado. La autoconciencia ha subsumido a Dios —pues la relación religiosa se ha convertido en una forma de relación de la autoconciencia consigo misma—, la razón humana recupera los tesoros que despilfarrara en el cielo, y el hombre se presenta como “esencia suprema para el hombre”. Estas ideas, tomadas de su interpretación de Hegel —que consideraba, dicho sea de paso, la única posible—, expandidas por las mentes de los alemanes, derribarían la herrumbre del Antiguo Régimen. La revolución se desenvuelve en la cabeza del filósofo, y desde allí trasforma el mundo.

En el mundo del coaching y la autoayuda se escribe peor que Bauer —de hecho, le hacen a la realidad algo parecido de lo que le hacen a la sintaxis— pero la línea es extraordinariamente similar —ahora aparece, por qué no decirlo, como farsa—. El mundo-mercado ha escrito “éxito [profesional-empresarial]” donde decía “revolución” sin que la fórmula peligre en modo alguno. El paisaje material que tú, desempleado, ves ante tus ojos, es desolador, y, por supuesto, real, pero de ti depende cambiarlo: del ahínco con que transformes tu conciencia de perdedor (porque a los pobres les gusta el fracaso en general y perder en particular, ya lo decía aquel vídeo de los salesianos de Madrid) y salgas a comerte el mundo. Sísifo podía haber culminado su tarea, pero en realidad estaba enamorado del fracaso, y míralo ahí, erre que erre con la puta piedra. “La crítica crítica les enseña [a los trabajadores] que pueden suprimir la categoría de capital mediante el pensamiento; que pueden transformarse realmente y devenir el hombres reales trasformando con la conciencia su yo abstracto y desdeñado”, escriben Marx y Engels en La Sagrada Familia. El éxito y el fracaso están en tu mente, tú te pones tus propios límites, tú puedes disolver todas las dificultades, emprende, arriesga, salta al vacío, vota, por qué no, a Ciudadanos. Esta épica de alcantarilla es la melodía de nuestros chamanes; el idealismo más mezquino, su cínica letra.

Contra todos los de esta calaña escribieron Marx y Engels que “este postulado de cambiar de conciencia viene a ser lo mismo que el de interpretar de otro modo lo existente, es decir, de reconocerlo por medio de otra interpretación. Pese a su fraseología que supuestamente “hace estremecer el mundo” […* son, en realidad, los mayores conservadores”. Frente a ellos, los obreros comunistas “saben que la propiedad, el capital, el dinero, el trabajo asalariado, etcétera, no son simples productos de su imaginación, sino sencillamente los productos reales y prácticos de su expoliación”. Contra el coaching y atrocidades semejantes, buen y viejo materialismo histórico.

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