Sobre el conservadurismo (y II)

1.5. Avancemos. Asumamos una definición circunstancial: conservador será todo aquel que se oponga a las reformas sociales más progresistas de un determinado periodo —sufragio femenino, hace 80 años; aborto o matrimonio homosexual, hoy en día—.

1.5.1. Esta posición estaría lastrada por dos aporías: la aceptación gradual —y factualmente inexorable— de aquello contra lo que uno se opuso (1) y la invención de la tradición (2), que subordina la elección de las causas a determinados intereses (contingentes).

1.5.2. El conservadurismo sería, por lo tanto, una ideología irreversiblemente marcada por la discontinuidad. Tanto, que no cabe llamarla ideología (más bien sería una suerte de postura, con ciertos rasgos formales comunes). Veamos un curioso ejemplo, destacado en su día por Umberto Eco. La Iglesia católica, egregio bastión del conservadurismo, condena taxativamente el aborto, con el argumento aproximado de que supone acabar con una vida. Una vida humana, se entiende, porque la Iglesia no está en contra del sacrificio de animales no-humanos (el Papa, leo en una noticia del pío ABC, “come de todo”). Y lo que hace humana una vida, de acuerdo con la doctrina oficial de la Iglesia, es la presencia del alma.

1.5.3.  En consecuencia, la Iglesia se vio obligada, a lo largo de la historia, a explicar cómo llega el alma al cuerpo. El Génesis rechaza claramente la respuesta seudo-platónica formulada por Orígenes —Dios creó las almas desde el principio de los tiempos, y estas irán a encontrarse con los cuerpos cuando estos sean concebidos—, al señalar que “el Señor formó al hombre con el polvo del suelo y le insufló en las narices un hálito de vida, y el hombre se volvió alma viviente” (2:7). Por desgracia para los teólogos, los seres humanos no somos, a partir de Adán y Eva, creados por un habilidoso Ser Supremo, sino de un modo bastante más prosaico, por lo que la respuesta del Génesis, suficiente para desmontar la hipótesis de Orígenes, sigue sin darnos una respuesta definitiva. Por si fuera poco, el pecado original añadía una nueva dificultad, ya que debía dilucidarse cómo era transmitido. Tertuliano aventuró una propuesta poco sutil: alma y pecado original son transmitidas conjuntamente a través del semen del padre (que contiene su alma traducida). Pero la Iglesia juzgó que la postura de Tertuliano era herética, por suponer un origen material del alma, así que el problema se mantuvo vigente. En él se enfangaron San Agustín y muchos otros, hasta que, al fin, Tomás de Aquino halló una respuesta considerada aceptable: mientras que el pecado original era transmitido a través del semen —la corrupción siempre puede ser material—, el alma racional, aquella que diferencia a los humanos de los demás seres vivos, es introducida por Dios cuando el feto ya ha adquirido el alma vegetativa (la única que poseen las plantas y los embriones) y el alma sensitiva (que poseen los animales). Y añade que los embriones no resucitarán el día del Juicio Final, porque, al carecer de alma racional, no pueden ser considerados humanos (!) —también explicó, aunque ahora no venga al caso, que los genitales tampoco resucitarán, total, pa qué—.

1.5.4. Este embrollo teológico nos lleva a una curiosa conclusión: en su reciente cruzada en favor de la vida, la Iglesia contradice la doctrina que aceptó durante siglos. Y, se mire por donde se mire, defender la última majadería que se les ocurra a un montón de tipos con sotana tiene poco que ver con conservar (en última instancia, y vista su volatilidad, podría uno negarse a defender la doctrina de la Iglesia sobre el aborto, ya que, o bien la postura de Tomás es herética y la Iglesia defendió alborozadamente la herejía durante siglos; o bien es correcta, y la Iglesia defiende ahora una postura blasfema y materialista).

1.5.5. En su operatividad política, la llamada tradición no es sino un trampantojo creado de acuerdo con las necesidades de ciertos grupos. Dicho de otro modo: la tradición es tan antigua como los problemas e intereses de los grupos dominantes que pretenden defenderla.

1.5.6. ¿Por qué oponerse a la desaparición del toreo y no a la de tantos oficios tradicionales? ¿Qué densidad ontológica tiene la muerte natural —me refiero a la oposición conservadora a la eutanasia— que la hace más merecedora de ser preservada que el taxi, las provincias crecientemente despobladas o los comercios de barrio? ¿Qué conserva exactamente quien, mientras trata de estrangular al feminismo, abre la puerta a la devastación del Amazonas?

1.6. La “guerra contra las drogas” lanzada por Nixon, ejemplo paradigmático de cruzada conservadora, es un desafuero utópico de la peor especie, que conecta gravosos intereses capitalistas con el autoritarismo más palmario en pos de un idílico mundo libre de droga; o, más bien, libre de todo aquello que los gobiernos de turno decidan calificar como tal.

1.6.1. Lo que se suele denominar “conservadurismo” no es sino un puritanismo moral de tintes apocalípticos (1.2.6).

1.6.2. El rasgo distintivo del utopismo ilustrado no es su uso de la violencia, sino la fe en su capacidad redentora, perfeccionadora de la humanidad. El puritanismo moral deviene en perfeccionismo en cuando ciertas verdades privadas dan lugar proyectos políticos que pretenden imponerlas como verdades públicas; en busca, por supuesto, de la perfección moral. Conservadurismo y perfeccionismo son dos términos contradictorios (1.2.7).

1.7. Tampoco el revivalismo islámico del siglo XIX, que propugnaba un retorno a las prístinas raíces de la fe y abre la puerta al fundamentalismo islámico contemporáneo, tiene nada de conservador. Este representó, de facto, una radical reversión teórica de la interpretación tradicional del Islam.

1.7.1. Los primeros intelectuales que defendieron posturas revivalistas, como el teólogo y jurista egipcio Muhammad Abduh (s. XIX), pretendieron renovar el Islam a la luz de la ciencia, la Modernidad y el pensamiento positivista, clamando que no había contradicción alguna entre el primero y las segundas. Esto demostró ser “un arma de doble filo. Inspiró, en el seno del Islam, tanto un discurso moderno y racionalista como una llamada literal a volver a la Edad de Oro islámica y reconstruirla en el mundo moderno” (Ayouub).

1.7.2. El problema del fundamentalismo islámico moderno no es, como se repite estúpidamente, que el mundo islámico no haya vivido la Ilustración, las beatíficas consecuencias de la Modernidad occidental, etc, sino que sí las ha vivido. Es la traumática desaparición de las sociedades tradicionales bajo el bárbaro impulso del imperialismo, el contacto con la principal institución de la Modernidad —el Mercado—, lo que crea las condiciones para el fanatismo milenarista, ya sea en su versión chiíta, estilo Jomeini; o suní, estilo Al Quaeda.

1.7.3. Ilustración, como recuerda John Gray en relación con los Estados Unidos, no implica necesariamente laicismo y secularización (1.2.5). Esto es igualmente válido para el mundo islámico.

1.7.4. El terrorismo islámico no emula a los ardorosos camaradas de Mahoma, ni puede explicarse aludiendo a la promesa de un harén ultraterreno. El terrorismo es una práctica específicamente moderna, sustentada sobre una concepción redentora de la violencia (1.6.2).

1.8. La única filosofía de la historia propiamente conservadora será aquella que juzgue el devenir histórico no como progreso, sino como naufragio.

1.8.1. Añorar un pasado perdido, refugiarse en la nostalgia de cada ruina que apuntala la inmensa catástrofe que representa la historia (Benjamin), solo será una actitud propiamente conservadora si el pasado se da definitivamente por perdido.

1.8.2. La única tarea conservadora consecuente (“pura”) será tratar de frenar todo progreso, de detener cualquier cambio, de congelar el devenir y tapar los muchos agujeros que este abrirá ineluctablemente en el casco del barco.

1.8.3. En el momento en que esta actitud meramente reactiva, ludita, dé paso a fabulaciones sobre la posibilidad de recuperar algún estadio histórico idealizado; de reconstruir la Florencia renacentista, la Roma Imperial o cualquier Todo orgánico; en el momento en que Arcadia deje de morar en un pasado irrecuperable y vuelva a aparecer al alcance de la mano, el conservadurismo habrá devenido en nativismo.

1.8.4. El nativismo, la pulsión de recuperar una sociedad perdida, trasciende la mera voluntad de retornar al sistema de objetos vigente en cualquier pasado. Su referente no es un determinado pasado empírico —irremisiblemente extinto—, sino una novísima fantasmagoría.  La carga libidinal de ese pasado que siempre fue mejor sirve para apuntalar nuevas construcciones, pero una silla elaborada con maderas y tornillos milenarios no será a su vez milenaria (1.5.1 y 1.5.5).

1.8.5. El nativismo no es un espectro premoderno que amenaza la tierra enteramente ilustrada. Como Jano, la Modernidad tiene dos rostros: la fuerza reterritorializadora del nativismo, la fuerza desterritorializadora del liberalismo. Y ambas beben de las muchas y diversas fuentes del Progreso.

1.8.6. “Siempre que leamos una descripción de cómo una unidad originaria se corrompe y divide, deberíamos recordar que estamos tratando con una fantasía ideológica retroactiva que oculta el hecho de que la unidad original nunca existió; que es una proyección retroactiva generada por el proceso de división” (Zizek).

2. Epílogo

2.1. El mundo que los primeros conservadores pretendían defender ha desaparecido sin remedio. El conservadurismo político es hoy en día un credo enmohecido, una grotesca máscara.

2.2. No me resisto a copiar la sugerente fórmula de MacIntyre: “Si mi descripción de nuestra condición moral es correcta, deberíamos también concluir que desde hace algún tiempo también nosotros hemos alcanzado ese punto de inflexión. Lo que importa en esta etapa es la construcción de formas locales de comunidad dentro de las cuales la civilidad y la vida intelectual y moral puedan ser sostenidas a través de la nueva edad oscura que ya está sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir los horrores de la última edad oscura, nosotros no estamos enteramente carentes de fundamentos para la esperanza. Esta vez, sin embargo, los bárbaros no están esperando más allá de las fronteras; ellos ya han estado gobernándonos por bastante tiempo. Y es nuestra falta de conciencia de esto lo que constituye parte de nuestro problema. No estamos esperando a un Godot, sino a otro -–indudablemente muy diferente— San Benito”.

2.3. El nombre de la catástrofe que ocupa a MacIntyre ya ha sido desvelado.

2.4. Sostener una ideología contradictoria no implica una ausencia de racionalidad, si, y solo si, esta contradicción es asumida. Pero una vez consumada la asunción la ideología misma quedará disuelta en una nueva. Esto es, al fin y al cabo, la dialéctica.

2.4. La distinción que hace Gerald Cohen entre “small-C conservatism” y “large-C conservatism” abre una salida a la encrucijada que nos ha ocupado.

2.4.1 La salida queda para otro momento.

2.5. La necesidad de conservar es demasiado grande como para dejarla en manos de los conservadores.

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