La desinformación es poder

Resumen

En la “era de la información”, cuando ésta se encuentra más accesible que nunca, el proceso contrario se abre paso aprovechándose de una sociedad inocente y expuesta a la manipulación y la polarización. La globalización y la era tecnológica sobrepasan a una sociedad que, abrumada e insegura, opta por la identidad frente al pensamiento crítico. Este fenómeno atenta contra la razón y aúna lo visceral mediante la siembra de odio y radicalización con fines políticos. La propia democracia y los logros que la sociedad democrática ha alcanzado se encuentran en peligro si las decisiones se toman en torno a mentiras. Los grandes desafíos que se ciernen sobre la humanidad (el cambio climático, las armas nucleares, y la disrupción tecnológica) sólo pueden ser enfrentados por una sociedad global y bien informada. Es por ello que la sociedad global debe alzarse en pos de la verdad dejando atrás las identidades que la diferencian. La respuesta no debe ser exclusivamente pública ni privada, sino una combinación de ambas. Para ello, el estado deberá afrontar su responsabilidad proporcionando una educación orientada al pensamiento crítico, la historia y el conocimiento del sistema democrático; la sociedad civil por su parte tendrá que asumir la responsabilidad que la democracia conlleva y promover el fact-checking.

La desinformación es poder

“La información es poder” es probablemente una de las frases más peculiares de la historia de la humanidad, pues su autoría se le atribuye a una gran variedad de personajes célebres en contextos históricos, geográficos y culturales completamente diferentes, como si de alguna manera todas las sociedades convergiesen hacia esta conclusión. Al investigar lo mínimo sobre la oración encontramos raíces persas, árabes, latinas, británicas, etc. En todas las culturas un sabio la ha enunciado, y hasta ahora, ninguno parece haberse equivocado.

Efectivamente, Scientia potentia est, probablemente hoy incluso más que nunca, en la “era de la información”, la era del big data, cuando empresas controlan información que no imaginábamos haber dado y que es usada para manipular sobre nuestra opinión; cuando los medios deciden sobre qué debatimos, cuándo y cómo lo hacemos. Para probar esto último, no hay más que entrar en el Centro de Investigaciones Sociológicas a investigar qué problemas son los que más preocupan a los españoles, y comparar con el tiempo que les es dedicado en debates o programas informativos. 

Pero en un mundo en el que las tecnologías nos han sobrepasado, donde tenemos tanta información a nuestro alcance que ni pasando toda una vida leyendo podríamos abarcarla, nos encontramos abrumados y se abre paso el gran fenómeno de la desinformación. Es paradójico que la era de la información haya confluido en tanta manipulación y anti-intelectualismo, que la información que toman sobre nosotros se use para la propia desinformación, pero es algo que debemos afrontar si queremos asegurar la supervivencia de nuestra sociedad. 

Vivimos a un clic del saber absoluto. A un solo segundo de escribir una palabra y recibir toda la información jamás escrita sobre ella. Somos la generación más preparada de la historia, y aun así nos encontramos impasibles ante los problemas que nos rodean. Nos bombardean con “información”, propaganda, hasta el punto de que nos roban la capacidad de reflexión y con ella la voz. 

¿Qué nos ha pasado? Nos hemos confiado y hemos creado algo que es ya más grande que nosotros y que como sociedad ahora mismo no tenemos la capacidad de controlar. Internet se ha abierto paso democratizando el mundo de la información tal y como en su día lo hizo la imprenta, pero ahora nos ha sobrepasado y no tenemos capacidad de diferenciar qué es real y qué es ficticio. La inseguridad que esto nos provoca nos ha hecho reaccionar de una manera compleja. En vez de emplear racionalmente nuestra capacidad de discernir entre la verdad y la mentira y entrenarnos a ello, cada uno decide agarrarse a lo poco que cree seguro y negar todo lo demás que no se parezca a lo que ya creemos. Algunos incluso enloquecen y llevan este delirio al límite. Hoy día existen: terraplanistas, negacionistas del holocausto o del cambio climático, conspiranoicos que piensan que el mundo está gobernado por sectas como los illuminati, o que tal famoso fue asesinado y reemplazado o que fingió su muerte, antivacunas, forofos de pseudociencias como la homeopatía, y muchos casos más.

Buscamos reafirmar unas creencias preconcebidas y nos encontramos tan inseguros que no dejamos que nadie pinche nuestra burbuja en la que todavía sabemos algo, aunque ese algo sólo sea cierto en la propia burbuja. Todo es un complot en contra del colectivo con el que uno se identifica, y ante la inseguridad de no saber nada, sólo queda la identidad. Somos víctimas de nuestro miedo a lo desconocido. Miedo quizá bien fundado, pero que lleva a unos derroteros impredecibles de tribalismo moderno. Cuanto más se abre el mundo y la información, más abrumados nos encontramos, y más nos encerramos en esa burbuja. Parafraseando a Eduard Soler i Lecha (2019), analista en la disciplina de las Relaciones Internacionales en investigador del CIDOB, en la Vanguardia: el ruido aumenta y nos empeñamos en solucionarlo poniéndonos tapones en los oídos.

Pero la mentira siempre ha estado ahí. Cuando en las batallas los enemigos eran pintados como bárbaros que sólo querían matar y violar, cuando los gobernantes atenazaban al pueblo con amenazas de un dios vengativo, cuando las diferentes etnias eran pintadas como inferiores y animalísticas, la mentira estaba ahí. El problema hoy es que, en un contexto histórico en el que miramos al pasado por encima del hombro, como si ya se hubiese enunciado el “fin de la historia” del profesor Fukuyama y lo que nos quedase por delante fuese sólo prosperidad asegurada, nos encontramos sorprendidos con que no hemos cambiado, y cometemos los mismos errores que en el pasado. 

El problema no son las fake news, que siempre han existido, sino el alcance que tienen y cómo llegan a afectarnos hasta el punto de, no sólo condicionarnos políticamente, sino también socialmente, esculpiendo una sociedad cada vez más polarizada. Y esta, como diría Mark Twain, “rima” con la del siglo pasado. Y aunque la historia se encuentra más accesible que nunca, el futuro es igual de incierto que siempre. 

Pero si esto sucede es porque desgraciadamente hemos creado el ambiente perfecto para que lo haga. Escribía Maquiavelo (2017) que la democracia, al igual que cualquier otro sistema de gobierno, confluía al fracaso. (citado en Botella, Cañeque, Gonzalo, 1998, p.130). 

Tal y como vaticinaba el filósofo florentino, la perdición de cada sistema vendría dado por aquella generación que no había vivido los infortunios de la que lo había creado. (citado en Botella, Cañeque, Gonzalo, 1998, p.130). La generación que construyó una nueva Europa demócrata sobre las cenizas de la guerra más sangrienta de la historia provocada por los totalitarismos, se desvanece en favor de una que da por hecho la libertad y el sistema que la abandera. La democracia ha sucumbido a la demagogia, y la mentira ha pasado de ser excepción a norma. 

Por un lado, nuestros sistemas de gobierno a tan corto plazo han desembocado en un cortoplacismo absoluto, en el que el ahora lo es todo y donde todo vale para conseguir el poder, pues está al alcance de unas elecciones cada cuatro años. Elecciones cuyos votos han de ser comprados con promesas cargadas de humo. 

Además, nos hemos adaptado a un sistema en el que el gobierno se hace cargo (y si no, se le culpa) de arreglar todos nuestros problemas, incluso aquellos de nuestra vida cotidiana. Tenemos un límite de velocidad porque no somos lo suficientemente conscientes como para conducir a una velocidad adecuada, la mayoría de las drogas son ilegales porque no somos capaces de entender que son perjudiciales para nosotros, si nuestras sensibilidades se ven ridiculizadas, exigimos que la ley imponga un castigo porque no somos capaces de afrontarlo. ¿Cómo una sociedad tan vulnerable iba a estar preparada para superar los grandes desafíos que afronta como son el cambio climático, el peligro de las armas nucleares, y la disrupción tecnológica? (Estos son los tres problemas que el reputado historiador Yuval Noah Harari anuncia como mayores desafíos para la humanidad) (2018, pp. 137-157).

Todo esto sumado a un progreso tecnológico descontrolado y a una globalización desmedida ha permitido el perfeccionamiento de las técnicas del engaño hasta puntos inimaginables. Prueba de ello es el escándalo del Cambridge Analytica, en el que información confidencial de 50 millones de americanos es filtrada y utilizada con unos fines políticos determinados, pudiendo incluso llegar hasta el punto en el que pudieron inclinar la balanza de unas elecciones democráticas.

Sin embargo, los valores sobre los que se ha creado nuestra sociedad occidental son la libertad y la igualdad, así como ya expresaron los franceses en 1789 (a excepción de que ellos añadieron la fraternidad, pilar del característico Estado de Bienestar). Y en términos de libertad e igualdad, no existe un sistema político que haga sombra a nuestro sistema democrático, a pesar de sus fallos, tal y como expresó en su momento el primer ministro Winston Churchill (1947): 

“Muchas formas de gobierno han sido probadas y se probarán en este mundo de pecado e infortunio. Nadie pretende que la democracia sea perfecta u omnisciente. Verdaderamente, se ha dicho que es la peor forma de gobierno excepto todas las demás que han sido probadas.”

Lo que conduce a semejante líder histórico a afirmar esto es que, a pesar de que nuestros sistemas democráticos tienen muchos fallos: como la excesiva burocratización, el cortoplacismo de nuestros gobiernos, el dominio de la mayoría, etc., es nuestra responsabilidad ser conscientes y críticos con ellos para poder superarlos. Porque sus errores sólo indican que el sistema debe ser mejorado y perfeccionado, nunca que deba ser derrumbado, ya que no conocemos un sistema menos defectuoso. 

Todo esto tiene sentido si entendemos hemos creado un sistema tan imperfecto como lo somos nosotros. A lo largo de los siglos se han producido revoluciones que prometían el paraíso en la tierra de una sociedad perfecta donde reina la armonía: las revoluciones liberales, fascistas, marxistas, etc. Pero un ser imperfecto no puede crear un sistema perfecto, y es de sentido común que todas estas promesas se desvanecieran. En palabras de Karl Popper (1981, 89): “Una vez nos damos cuenta, sin embargo, de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino solo mejorar las cosas un poco, también vemos que sólo podemos mejorarlas poco a poco”. 

En definitiva, un sistema imperfecto es fruto de la propia imperfección de sus creadores y participantes. Hace casi 200 años uno de los primeros grandes observadores de la democracia, el francés Alexis de Tocqueville (2003, pp. 472-476), analizaba la democracia en América alrededor de una conclusión implícita: la democracia será lo que la sociedad civil haga de ella. Según el escritor parisino, el régimen aristocrático había destinado todo el poder en unos pocos individuos (los aristócratas), pero la democracia había expandido ese poder a una mayoría de la población y por tanto la acción individual ya no tenía efecto, sino que se debía actuar en sociedad. Si bien es cierto que esto fue un avance sin precedentes en derechos y libertades, conllevaba una gran responsabilidad. No asumirla desembocaría en la creciente tiranía de un gobierno que se expandiría ante la incapacidad de tomar decisiones de los ciudadanos. Asumirla, por otro lado, significaría la semilla de una sociedad capaz de enfrentarse a cualquier desafío proyectando la voluntad común. En otras palabras, la sociedad debía elegir entre gobernar o ser gobernada.

Hace tiempo que no somos responsables en este sentido, y no hemos sabido afrontar como sociedad el frenetismo incesante de la globalización y la era tecnológica, dejándonos indefensos ante una realidad internacional cada vez más compleja. Incluso el bastión último de la democracia, el libre albedrío de unas elecciones, se ha visto despojado de toda credibilidad en algunos países. Las campañas de fake news ya son determinantes para decantar la balanza democrática en Brasil o EE. UU. (A. Benites, 2018). En Reino Unido, la campaña antieuropea se ha alimentado de la mentira y la desinformación hasta determinar un referéndum que dejará secuelas impredecibles, y con una repercusión mucho mayor a la de cualquier tipo de elecciones previas.

¿Qué legitimidad tienen unas elecciones cuyos resultados están basados en la mentira? En un contrato en España, de acuerdo con el artículo 1266 del código civil, se contempla como “vicio del consentimiento” cuando una de las partes contratantes no está informada debidamente de un argumento sustancial del mismo, y este pasa por tanto a anularse. Sin embargo, las elecciones no son contratos (aunque sí una parte esencial del contrato social), y los vicios del consentimiento constituyen lo que parece ser hoy un derecho del ciudadano: el derecho a equivocarse, a ser mentido o estar desinformado. 

He aquí la antítesis. Por un lado, la información es poder. Como ya ha sido explicado anteriormente: el escándalo del Cambridge Analytica permitió a unos pocos manipular la información personal de millones de personas con fines políticos, pudiendo así posiblemente (pues es imposible determinar su magnitud) determinar las elecciones. Pero por otro lado, la desinformación es poder. Sembrar la desinformación para cosechar objetivos políticos y radicalización. Cuanto más engañados y polarizados se encuentren los votantes, más fácil será la manipulación. Y así entramos en una espiral de anti-intelectualismo, un callejón que aparentemente no tiene salida y de la que sólo unos pocos obtienen muchos beneficios políticos.

De esta espiral surgen los movimientos radicales. Tal y como expresaba Umberto Eco (1995, pp. 5-8), las corrientes de esta índole se nutren del anti-intelectualismo y del culto a lo visceral como motor de nuestras decisiones.  Y todo esto acaba degenerando en la misma idea: el odio.

La razón es reemplazada por la pasión; lo visceral toma el protagonismo, y el sentimiento que se enaltece es el odio, pues se pretende establecer una unión (étnica, nacionalista, religiosa, política, etc.) que requiere de un enemigo para fundamentarse. El odio nos ciega como sociedad y es la piedra angular de la manipulación, tanto para un lado del espectro político como del otro. 

Perturbar la paz y el orden (a menudo injusto) del status quo tiene un precio. Hoy el odio se dirige a inmigrantes, feministas, LGTBI, ecologistas y cualquier colectivo que desafíe el orden establecido, que es defendido por ultraconservadores como Jair Bolsonaro o Donald Trump. 

La táctica de estos líderes se ha basado en buscar, subrayar, e incluso en gran medida inventar problemas que supongan una amenaza para los ciudadanos, a la vez que se proclaman como los únicos defensores ante ellos. Como en Brasil, donde la corrupción ha servido como caldo de cultivo tanto para la destitución y encarcelamiento sin pruebas de un presidente legítimo como para la manipulación de unas elecciones por parte de la ultraderecha. 

Y el enemigo necesario para poder hacer real y tangible este odio ha sido principalmente el inmigrante, pues constituye la minoría más desfavorecida, no supone un grueso de votantes, y además es idóneo para el discurso ‘ellos’ contra ‘nosotros’ al pertenecer a diferentes culturas o hablar distintos idiomas. El cabeza de turco entra en juego junto con el otro gran causante de apoyos, la propaganda. 

Propagar información, aunque sea falsa, que apele a los sentimientos de odio y discriminación promovidos hace ganar mucho apoyo, pues ellos se proclaman como los defensores ante esta amenaza. Las redes sociales, las cadenas de WhatsApp, la desacreditación de los medios que no comulguen con estas ideas (véase Trump con la CNN)… 

Pero es evidente que el discurso antisistema requiere de un fallo en este para introducirse. ¿De qué se aprovechan estos partidos? Principalmente de la corrupción, aunque también del desconocimiento y del ya mencionado miedo a lo desconocido (de ahí el miedo a lo diferente, semilla de la xenofobia). 

Aun habiendo identificado el problema, no puede solucionarse sin el primer paso: aceptar (como sociedad) que existe. No hay una preocupación global sobre la desinformación acorde con la magnitud que supone el problema. Esto es en parte porque la desinformación ha comenzado ganando sus batallas. Ha ganado terreno inculcando radicalización, y, en vez de unirnos como sociedad en contra de la desinformación, ésta nos desune provocando que de un bando a otro nos acusemos de mentirosos.

Se ha conseguido que dejemos atrás nuestra identidad democrática para que adoptemos una identidad política, fiel a un programa o a otro. En vez de afrontar este problema intentando ser imparciales en pos de la democracia, y crear un conflicto entre demócratas (sean liberales, conservadores, feministas, socialistas, etc.) contra antidemócratas (aquellos que pretenden dañar las instituciones democráticas con desinformación y radicalización), lo hemos afrontado conforme a nuestra ideología, sobre el viejo eje izquierda-derecha. Como resultado, unos califican de Fake News a los otros y los otros a los unos. 

Ahora bien, incluso habiendo aceptado la situación, el segundo paso se torna bastante complicado. Por un lado, se han propuesto medidas estatales en contra de las campañas de noticias falsas. Por otro, se han tomado medidas de iniciativa privada. En las humanidades, no hay una ecuación con una respuesta exacta. Dos más dos no siempre son cuatro, siempre hay varias soluciones con sus ventajas y desventajas. 

Las medidas estatales como una agencia de control de noticias falsas nos recuerdan al Ministerio de la Verdad orwelliano. Si un estado se declara como sumo decisor de qué es verdad y qué mentira, tendría tanto poder para manipular a sus ciudadanos que el remedio sería incluso peor que la propia enfermedad. Dependiendo del gobierno podría desembocar en censura, manejo de la historia, desacreditación de rivales políticos, etc. Simplemente imaginando a Jair Bolsonaro al mando de una agencia de control de noticias falsas nos ayudará a entender por qué sería una respuesta bastante pobre.

Las medidas de iniciativa privada, por otro lado, son la respuesta de la sociedad civil por sí misma, y, planteadas no como una empresa de persecución de rivales políticos, sino como una compañía en favor de la verdad, constituyen el mejor remedio. ¿Es utópico pensar que hay personas que siguen poniendo la verdad por encima de los intereses y las identidades políticas? Definitivamente no, pues ya existen medios tanto nacionales como internacionales que realizan esta tarea.

En España, Maldita.es se encarga de del fact-checking tanto de noticias ordinarias como de declaraciones políticas o bulos que se expanden por las redes. Newtral realiza la misma tarea aportando además un sistema llamado “Transparentia”, en el que responden a cuestiones sobre el sistema político y el manejo del dinero público para que los lectores comprendan mejor cómo se organiza el estado. Cabe destacar que Newtral ha dispuesto una plataforma para revisar en directo las afirmaciones que realicen los principales políticos en los debates de la campaña electoral.

En el mismo sentido pero a nivel europeo, encontramos “eufactcheck.eu” cuyo funcionamiento consiste también en el fact-checking, ofreciendo un grado de verificabilidad de las noticias. 

En el terreno estadounidense, las alarmas también saltaron con el ascenso de Donald Trump, dando lugar a “Politifact.com”. Es necesario también enfatizar en la importancia de los medios tradicionales en esta tarea, y fomentar iniciativas como la del Washington Post, que además del noticiario ofrece un servicio de revisión de hechos o fact-checking. 

Pero el problema no está resuelto pues debemos centrarnos en cómo se afronta el problema. Si no hay una preocupación mayor por esta cuestión, el trabajo de estos medios no tendrá validez ninguna, pues no será ni siquiera atendido. Asimismo, no poseerán los recursos suficientes para expandirse. Por otro lado, si el problema se afronta desde un enfoque partidista y empiezan a surgir medios supuestamente dedicados a este tema pero con fines políticos ocultos, el problema no haría más que agravarse. Es por ello que la manera de afrontar el problema se presenta tan importante.

Si bien ni la iniciativa pública ni la privada se presentan como soluciones finales, debe abogarse por una combinación, donde el estado cree un ecosistema conforme (en sus competencias en educación, por ejemplo), y la sociedad civil haga acopio de orgullo para enfrentarse por sí misma al declive de sus valores. 

En este sentido, la educación es esencial. Educar en la historia, la ética y fomentar el pensamiento crítico y los valores democráticos es la única manera de crear una generación que pueda enfrentarse a la posverdad. De acuerdo con esto, el profesor del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla Custodio Velasco, el profesor de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid Ignacio Molina y el profesor de Sociología y Comunicación política en la Universidad Complutense de Madrid Luis García Tojar coinciden en la importancia de la educación para erradicar el peligro que los movimientos extremistas suponen hoy en día para las democracias occidentales. (Camazón, A., Sánchez, R., 2017). En otras palabras, el estado debe aceptar su parte de responsabilidad debido la importancia de sus competencias (la educación). 

El profesor Velasco profundiza en la necesidad de conocer el pasado y en el fomento del pensamiento crítico para combatir la “política de las emociones”. El sociólogo Tojar ahonda en la importancia de que los partidos tradicionales abandonen sus malos hábitos, como la corrupción, para deslegitimar el razonamiento “todos son iguales”.

José Luis Rodríguez Jiménez (2006, pp. 98-99) coincide en este último argumento, explicando la trascendencia que tiene fortalecer las instituciones democráticas y la confianza de los ciudadanos hacia ella, perdida en parte por la desigualdad social creada por la crisis. 

Debemos recuperar nuestra identidad democrática como sociedad y desligarnos de las ideologías cuando éstas pretendan apropiarse de la verdad. Para ello, como sociedad debemos estar preparados, ser críticos y tener iniciativa. La humanidad se enfrenta a grandes retos y ante estos sólo tenemos la opción de la acción colectiva. No utilizar nuestras herramientas y permitir ser gobernados por aquellos que surgen de ambas puntas de los extremos políticos sería renunciar a nuestra libertad y retroceder en el tiempo a épocas no tan gloriosas ni apacibles como algunos quieren recordar.

Nota biográfica

Por Ignacio Garijo Campos  – igarijocampos@al.uloyola.es
Estudiante con premio a la Excelencia Académica del doble grado en Economía y Relaciones Internacionales en la Universidad Loyola Andalucía. Interesado en asuntos internacionales, economía, filosofía política, geopolítica, historia y cuestiones sociales.

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