El papel de Instagram en la configuración de nuestra identidad

En la actualidad seríamos, principalmente los jóvenes, incapaces de concebir nuestra cotidianidad sin el teléfono móvil, o absteniéndonos durante un tiempo prolongado de entrar en internet. El móvil es otro apéndice más del cuerpo humano, y se ha naturalizado su omnipresencia hasta tal punto que no imaginamos nuestro transcurrir sin su incorporación en el quehacer diario. Del mundo digital son las distintas redes sociales las que ocupan, a medida que pasa el tiempo, más espacio en nuestras vidas, y aumentan exponencialmente su presencia e importancia en la sociedad (2.271 millones de usuarios activos en un mes en Facebook, 1.000 millones en Instagram, 326 en Twitter y 287 en Snapchat). Cada una de estas aplicaciones presenta unas particularidades y características disímiles, unas destacan por dar primacía a la imagen, otras sitúan el eje central en la música, en el texto o en los grupos profesionales.

Gran parte de nuestro tiempo diario queda concentrado en la utilización de las aplicaciones que componen el dispositivo móvil, pero al normalizar y dar por asumido su uso prácticamente nunca nos replanteamos el lugar específico que ocupan en nuestra vida cotidiana. La intención de este artículo es, sin entrar en profundidad (por las limitaciones de la extensión), de la mano de diversos autores (Bauman, Zizek, Byung-Chul Han, entre otros) y a través del lanzamiento de ideas, de descifrar las implicaciones reales que tiene el uso de Instagram en la conformación de nuestra identidad, en la construcción de lo que somos. Como apunta Amparo Lasén “el sujeto es un efecto generado por una red de materiales heterogéneos en interacción. Las tecnologías de comunicación e información (TIC) son parte de esa red.” Se trata, por tanto, de ir explorando y rastreando cómo los distintos empleos que de esta red social se hacen impactan en la configuración del individuo que forma parte de esta comunidad digital. El objetivo es ver el papel que IG juega en el proceso de construcción de las identidades, qué efectos tiene en el sujeto en devenir.

Como aclaración preliminar, es cardinal tener presente que todas las consecuencias (citadas u omitidas), positivas o negativas, que Instagram provoca ya están previamente presentes en la sociedad (preexisten). Es decir, IG no crea/produce a partir de la nada comportamientos, conductas o procedimientos sociales nuevos, sino que los intensifica, anula, incita, rebaja, reformula o redirige. Se establece una relación dialéctica entre los patrones sociales y las propiedades/cualidades de Instagram, una interacción e influencia mutua entre las subjetividades y los usos particulares de esta red social. Decía Fredy Perlman (1969) que la tarea de la ideología capitalista es la de mantener el velo que impide a las personas ver que sus propias actividades reproducen la forma de su vida cotidiana, y en la primera parte del trabajo tendremos como misión desentrañar aquella utilización de Instagram que desemboca en un reforzamiento del sujeto prototípico que interesa al capital1.

La sociedad capitalista posmoderna promueve el estilo de vida necesario para infundir nueva vida a lo ya establecido, a los flujos del mercado: acelerado, “productivo”, de alto rendimiento, consumista, y una manera de ser-actuar propia: narcisista, extrovertida, positiva, extremadamente individualista, flexible, fragmentada, guiada por la razón instrumental, hecha a sí misma, obligada a salir asiduamente de la zona de confort, que utilice a los demás en beneficio particular, etc. Y en este proceso de re-crear y propagar la subjetividad dominante (forma de ser-habitar-relacionarse concreta), y de construir “necesidades” superfluas colmadas solo por el gasto, es donde aparece Instagram. Esta red social, como tal, en su presencia bruta, no contribuye a apuntalar la forma-sujeto imperante, pero cierto uso (que examinaremos en los posteriores párrafos) refuerza el establecimiento y la extensión de las lógicas capitalistas en nuestra vida, en nuestras actividades cotidianas.

Conceptos como “vida líquida” o “sujeto líquido”, desarrollados y manejados por el conocido sociólogo polaco Zygmunt Bauman, nos serán de utilidad para profundizar en la relación individuo-Instagram. Velocidad y no duración; preocupación por la satisfacción inmediata; preferencia al consumo, la gratificación y la rentabilidad instantáneos (disminución de la distancia entre el usar y el tirar); presente perpetuo; incertidumbre constante; renovación y reconstitución compulsiva y obsesiva de la identidad; insatisfacción del yo consigo mismo, etc. son algunas de las características que Bauman otorga a la modernidad líquida 2.

Si nos centramos en IG vemos que muchas de las pautas mencionadas en el párrafo precedente quedan constatadas y se apuntalan. A través de la configuración de nuestro perfil recreamos de forma insistente nuestra identidad y la representación que queremos mostrar (el diseño de nosotros mismos); la comparación con lo proyectado por los demás sumado a la propia incertidumbre existencial aumenta la insatisfacción con nuestro ser; la exigencia de mostrar una vida plena nos empuja a sostener un ritmo vital frenético, acelerado e hiperactivo; el collage de publicaciones compone una continuación de presentes puntuales, de puntos indiferentes del presente, pero no construye una narración con sentido; la limitación de las stories suprime la perdurabilidad (se pueden guardar las fotografías en destacados, sin embargo, no son narrables, es una simple enumeración de sucesos), y estas mismas historias muestran la vida como una sucesión de momentos inconexos y fragmentados sin un hilo conductor coherente (no hay un horizonte temporal, un nexo que una pasado-presente-futuro). La falta o supresión de narratividad queda reflejada en la posibilidad de reelaborar nuestro pasado. Con tan solo un click se pueden borrar imágenes y “suprimir” partes de nuestra vida. Cuando una pareja se rompe o cuando te distancias definitivamente de un amigo, la eliminación de las fotografías conjuntas no extrae de la memoria dicha experiencia, pero nos permite rediseñar de cara al público nuestro pasado más reciente. El presente es continuo y atomizado porque no hay amplitud temporal.

Un rasgo distintivo de la sociedad capitalista que ha colonizado la existencia en su conjunto es el espíritu de competencia. Este querer posicionarnos por encima del resto, actitud y forma-de-estar en el mundo que vamos aprehendiendo desde la infancia (educación, productos culturales, familia, etc,) y que estructura nuestra personalidad, se retroalimenta en Instagram. El principio de rivalidad que tiende a regir nuestras biografías personales nos empuja a tratar de sostener, exponer y simular un modelo de vida idealizado e inviable. Nos devoramos interiormente con la intención de aparentar una perfectibilidad imposible de alcanzar. Al tener que mantener y nutrir una fachada de felicidad absoluta y sin fisuras, ciertas emociones (tristeza, furia, desesperación, sufrimiento) son sacrificadas u ocultadas. La negatividad queda suprimida. No hay espacio en Instagram para los momentos tristes o de dolor. Éstos quedan suprimidos, no son exteriorizados, y, por lo tanto, dejamos que nos desgarren por dentro con tal de no afrontarlos (los lazos sociales sólidos que permitirían superar estas situaciones se han resquebrajado).

Si por algo destaca el tardocapitalismo es por incentivar la satisfacción constante de los deseos (“naturales” o impuestos). Flexibiliza e incluso borra los límites morales, éticos y tradicionales para otorgar absoluta centralidad al placer vacío (todos somos y todo es objeto de consumo, nada puede oponerse a la circulación de mercancías).  En palabras de Francisco de la Peña, “el discurso del capitalismo favorece un tipo de subjetividad que está supeditada a la exigencia de goce del objeto, que es goce del objeto desechable y renovable por excelencia, la mercancía”. En este caso, el imperativo ¡goza!, intensificado por el consumismo capitalista que necesita avivar constantemente el ocio orientándolo a la compra y al gasto, se interrelaciona con la exigencia propia de revelar a los demás que nos hemos divertido. Porque, no hay que olvidar que existe siempre la necesidad social de interpelar al resto de individuos para que vean (y crean) que lo estamos o lo hemos pasado bien. Somos “máquinas de jouissance” que casi nos deleitamos más al recrearnos y contar el suceso que en el transcurso del propio momento en sí.

Esto se ejemplifica a la perfección con un chiste que Zizek (2004) narra en su obra “El ocaso de las fantasías”. Un campesino pobre naufraga y se encuentra a solas en una isla desierta con Cindy Crawford. Mantienen relaciones sexuales, y al preguntarle ésta si está totalmente satisfecho, el campesino le hace una petición. Le reclama que se disfrace como su mejor amigo (pantalones, bigote, etc.). No con el fin de llevar a cabo una perversión, sino de teatralizar cómo sería la escena de codearse y presumir ante su amigo de haber tenido sexo con Cindy Crawford. Y aquí volvemos a lo anteriormente anotado, aún más importante que el hecho en sí se halla el instante de transmitirlo (en este caso en un entorno de complicidad masculina con un amigo).

Y en esa interacción (gozar-mostrar) es donde Instagram actúa como ventana al mundo que nos permite demostrar, manifestar y compartir esas experiencias. Registramos todo para que lo vea el otro, desde la comida hasta las noches de fiesta pasando por las vacaciones y las relaciones familiares (siempre exponiéndolo en su faceta positiva, nunca de manera trágica, la negatividad no tiene espacio). Citando a Zizek, “el placer privado no es nunca posible, (…) es siempre mínimamente exhibicionista, se apoya en la mirada de un Otro”. De ahí que las redes sociales en general, e Instagram en particular y de modo más específico, tengan tal capacidad de expansión entre la población.

La primacía absoluta de la imagen en Instagram sometida a la aprobación constante del resto (a través del “me gusta”) acarrea y origina el vaciamiento, la negación, el ocultamiento de nuestro contenido más espontáneo, desubjetivizándolo, desvistiéndolo, en aras de mostrar crudamente el exterior, una apariencia debidamente medida, el yo que esperamos que los demás capten. La norma general domina el espacio digital; la otredad, las particularidades, lo diferente, lo que en secreto emerge, no puede ser escenificado (queda solo “el infierno de lo igual”). Ya señala Byung-Chul Han que “hay esferas positivas, productivas de la existencia y la coexistencia humana (…) que la imposición de la transparencia destruye en toda regla”. Moldeamos un sujeto digital que en cierta forma se distancia de (o entra en contradicción con) lo que somos, existe una brecha que separa la apariencia, lo que representamos de lo oculto tras la superficie (lo que no implica que lo otro sea falso, pues la apariencia también contiene verdad). Lo que tenemos propio de disímil queda suprimido para amoldarnos a la omnipresencia de la uniformidad. Porque la personalización de nuestra cuenta, como indica Lasén, no implica individualización, sino conformidad con el estilo de un grupo social.

Cada vez más parcelas de nuestra vida íntima terminan en publicaciones y stories, todas las aristas de nuestro universo privado son engullidas por la espectacularización. Si no se muestra parece que no ha sucedido, y si te quedas al margen da la sensación de estar situado fuera del mundo, de no-existir. Es esa impresión de no formar parte del mundo social, junto a la imposición de la transparencia, lo que empuja al individuo a meterse en esta vorágine de exhibición diaria (en inglés esto se conoce como FOMO -Fear of missing out-, miedo a estar excluido o a perderse algo del cosmos digital). Y así, mientras que en el pasado tenían que arrancarnos el testimonio de nuestro día a día, de nuestras acciones, ahora somos nosotros quienes voluntariamente entramos en la espectacularización de la vida cotidiana. 

El no saber convivir con la presencia eterna, insistente de la soledad, la relación traumática con el silencio, el entender la distancia como aislamiento se mezcla, confluye con la tendencia a (y la satisfacción psíquica de) compartir compulsivamente la vida inmediata. El incesante estar-conectado emerge como (falsa) protección del tiempo a solas que nos sobrepasa. “El vacío siempre está ahí; es como el hambre; duele. Y, no obstante, nada parece capaz de llenarlo.” (Fredy Perlman, 1983) Y por eso que, aun ni cediendo gran parte de nuestro día a día a navegar por las redes sociales somos capaces de superar nuestro naufragio.

Esta hiperexposición favorece la construcción de los cimientos del panóptico digital. Décadas atrás, en la sociedad disciplinaria, las clases dominantes se valían de instituciones como las escuelas, las fábricas, las cárceles o los manicomios para conformar a los individuos válidos y eficientes para el sistema, y de la prohibición y la vigilancia para tenerlos sumisos. Hoy en día, en cambio, somos nosotros mismos quienes voluntariamente y creyendo estar actuando en plena libertad desnudamos a través de la incursión en el cosmos digital nuestra intimidad, nuestros secretos, nuestros pensamientos. Como explica Byung-Chul Han en su obra titulada “Psicopolítica”, el poder ha pasado de controlar los cuerpos por medio de reglas, normas, prohibiciones y preceptos a colonizar las mentes mediante la seducción, el agrado y la creación de sujetos dependientes (sometidos por sí mismos, sin coacciones). Nuestro hábito en la red, las publicaciones, las búsquedas, los seguimientos perfeccionan un trasunto de lo que somos que ni nosotros seríamos capaces de perfilar. Nunca el sistema había tenido tan fácil el control de las clases subalternas, el Big Brother digital sabe qué pensamos y qué queremos con tan sólo rastrear nuestros “me gustas”.

En otro orden de cosas, un elemento inherente a Instagram, aunque también está presente en otras plataformas como YouTube y 21Buttons, es el de las y los influencers. Este término hace referencia a aquellos usuarios que por la cantidad de seguidores que acumulan tienen la facultad por medio de la exhibición diaria de su intimidad cotidiana (publicaciones, stories, etc.) de dictar tendencias, pautas de consumo y formas de vivir. Algunas de ellas eran previamente famosas, otros supieron manejar “racionalmente” esta red social y hacer de sí mismos (o del personaje que encarnan) una marca personal que vender para aglomerar seguidores.

Estos bloggers operan como correa de transmisión entre las empresas y los potenciales consumidores (sus seguidores). Los influencers consiguen mediante sus cuentas de Instagram una cercanía e inmediatez con el comprador que las propias marcas de productos serían incapaces de lograr a través de anuncios en televisión, radio o mobiliario urbano; y contribuyen, como teoriza Bauman, a romper, al igual que hace la propia red digital, la unidireccionalidad empresa > cliente distintiva de la fase sólida de la posmodernidad y asientan la circulación global de la sociedad líquida. Esta transformación del consumidor pasivo en emisor productivo (véase en este caso el influencer) favorece la intensificación de las tendencias consumistas. Además, los seguidores de estos bloggers conforman ya de por sí el nicho de mercado idóneo para este tipo de marcas y para los bienes y servicios que ofertan (cosméticos, ropa, viajes, etc.). Por lo tanto, estos nuevos actores sociales son capaces de influenciar a las masas indicándoles cómo deben vivir sus vidas (Rifkin, 2000) y qué deben comprar para vivirlas.

En suma, el papel que (-in-conscientemente) cumplen las influencers es el de 1) fomentar y estimular unas conductas orientadas al consumismo irracional y desaforado (tanto al barrer las fronteras que separan la distancia empresa-cliente, como al bombardearnos con una forma de vida plegada a la dilapidación de mercancías), 2) representar un estilo de vida inaccesible para la mayoría, y 3) proyectar un modelo e ideal de cuerpo mitificado e inalcanzable que deja fuera al común de los físicos. Esto provoca frustración, fatiga, impotencia, ansiedad y, (en casos extremos) erosionamiento de la salud mental en algunos de los seguidores de ese tipo de cuentas ante la imposibilidad de lograr la vida irreal que proyectan (acelerada, frenética, de lujo, y supuestamente plena) y la incapacidad de llegar a tener esos cuerpos idealizados y prácticamente inexistentes. Sería sustantivo examinar en otro momento y más detenidamente los distintos malestares que emergen cuando quedamos atrapados en el intento de alcanzar un yo ideal inaccesible.

El artículo quedaría incompleto si no tuviéramos en cuenta la doble faceta de Instagram, el reverso de lo hasta ahora mencionado. Siendo cierto que el funcionamiento de IG tiende en gran medida a reproducir la cosmovisión, la forma de vida que permite al sistema dominante seguir perpetuándose, surgen a su vez “subjetividades que escapan a los poderes y saberes establecidos” (Pelliza, C., 2018). Es decir, en esta red social no sólo se re-crea al sujeto líquido posmoderno, sino que también se “presentan desvíos al régimen de sentido imperante” (desde el intento de dar visibilidad a cuerpos no normativos hasta la transmisión de ideas, conceptos e información que tratan de distanciarse del discurso hegemónico).

La industria de la moda, los medios de comunicación de masas y los productos culturales audiovisuales han transmitido en las últimas décadas unos cánones de belleza muy concretos, los cuales giran en torno a las siluetas esbeltas, muy delgadas. Este tipo de físicos naturalizados como únicos dejaban fuera a todos los cuerpos que no entraban en esos prototipos tan limitados. Y han sido algunas mujeres quienes, en mayor medida y valiéndose de la centralidad de la imagen en Instagram, han puesto en alza, a través de publicaciones y selfies, la existencia de cuerpos no-hegemónicos. Superando el miedo a auto-mostrarse se han ido construyendo tejidos organizativos, lazos de apoyo mutuo entre individuos con cuerpos no normativos. Mediante la validación y los comentarios positivos de gente cercana muchas personas han conseguido aceptarse a sí mismas y potenciar aquellos cuerpos que se alejan de los estereotipos de belleza imperantes. A pesar de que una plataforma como Instagram tiende a magnificar y visibilizar los cánones hegemónicos, también puede servir para dejar evidencia de la existencia de una otredad (en términos corporales) que habita fuera de lo normativizado.

En las propias contradicciones de Instagram germinan márgenes que posibilitan usos distintos. Las propiedades de IG permiten el contacto directo e instantáneo entre los usuarios. Fotografías y videos concisos se viralizan, se expanden, llegan a todas partes. Y esto puede emplearse para transmitir discursos y relatos sociopolíticos antagónicos a las certezas dominantes. Se pueden abrir pequeñas brechas en la cosmovisión hegemónica. Existen cuentas conscientemente fuera del mainstream político que se valen de Instagram para expandir sus ideas y conocimientos. Son cuantitativamente pocas, tienen poco que hacer contra la capacidad de generar opinión de los medios de comunicación, empero todos los espacios que confluyen en las orillas de los caminos imperantes deben ser aprovechados. Aún siendo cierto que no es la forma apropiada para asimilar conocimiento de forma estructurada, puede actuar como herramienta complementaria o como canal que lleve ciertos temas a personas que nunca han escuchado hablar de ello (procediendo como punto de partida para luego seguir profundizando). En pocas palabras, nunca hay que desaprovechar las fisuras que puedan hacerse al sistema, e Instagram presenta facultades interesantes.

A lo largo de este breve texto hemos comprobado, de la mano de diferentes autores, cómo cierto empleo de Instagram (que suele ser el generalizado) ejerce, dentro de sus limitaciones, como sustentador, reproductor e intensificador de la forma de ser y vivir característica de la sociedad líquida: desarraigada, fluctuante, dúctil, infinitamente abierta, voluntariamente dependiente, obsesionada por las apariencias, las superficies y los impactos instantáneos, acelerada, productiva, encauzada al consumo, de lazos sociales deshilachados, etc. Se trata de una situación en la que todos, en mayor o menor grado, quedamos “atrapados” (sin un afuera habitable). Ahora bien, en la última parte del artículo se ha evidenciado, y es fundamental recalcarlo, la existencia de formas alternativas y positivas de usar IG (aceptación de todo tipo de cuerpos, difusión de proyectos emancipadores, transmisión de cultura, etc.).

En definitiva, aquí no se ha hecho más que enunciar una serie de ideas embrionarias, lo sugestivo y sustantivo sería seguir indagando, ahondando y profundizando en los efectos que tanto el cosmos digital como las redes sociales tienen en la organización social, en lo que somos y en la construcción de nuestra persona, en las potencialidades (emancipatorias) que Instagram, Twitter o Facebook ofrecen y en cómo una utilización determinada de IG afianza y autorreproduce la mentalidad capitalista.

NOTAS AL PIE

1- Ciertas partes del texto pueden dar la impresión de estar llevando la explicación a límites absurdos, pero sólo exagerando, poniendo los ejemplos más arquetípicos y paradigmáticos, y delineando los contornos del usuario ideal (tipo) de Instagram (que en la realidad no existe tal cual) podemos extraer más nítidamente las conclusiones que germinan al examinar este objeto de estudio.

2- El concepto “modernidad líquida” hace referencia al tiempo actual, el cual destaca por un momento de transformación continua y perpetua, de profunda inestabilidad, de transitoriedad, de imperdurabilidad, de erosionamiento de las certezas, etc. El propio Bauman en su obra «vida líquida» la define así «(sociedad en la que) las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas». Esto es, el ritmo frenético de la sociedad es tal, que ni el individuo, convertido en consumidor y/o en objeto de consumo, es capaz de adaptarse. Frente a un pasado sólido que se movía con mayor lentitud y resistía a la aceleración, la modernidad líquida emerge como tiempo volátil, de desarticulación, de destrucción de formas de vida, de liviandad, de revocabilidad, de desapego y de renovación constante de la identidad. Esta «liquidez» penetra en todos los aspectos de la sociedad (desde el miedo hasta el amor pasando por la amistad).

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Politólogo. Estudiante del Máster Universitario en Historia Contemporánea por la UPV.
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