Sobre el Ingreso Mínimo Vital

El debate sobre el Ingreso Mínimo Vital no pasa por el rastrero mote de «paguita», que también comentaremos, sino por su trasfondo. Este ingreso trata de dar unos recursos mínimos a aquellas familias y personas que no tienen ni para cubrir sus necesidades básicas, lo cual es a efectos prácticos (y teniendo en cuenta la situación) imprescindible. Ahora bien, al analizarlo en profundidad, podemos ir más allá de estas limitaciones.

Este ingreso, que supondrá un alivio para mucha gente en una situación nefasta, lo que hace en esencia es cubrir las carencias de un sistema que genera la precariedad, la dependencia y la exclusión de buena parte de la sociedad. Por tanto, se perfila el sistema, se apuntala, se le ponen parches a una rueda a punto de reventar.

Y pongamos que todos estos parches funcionan y la rueda puede seguir rodando, se nos queda una sociedad con un sector que:

  1. Recibe y recibirá unas ayudas insuficientes, que no llegarán a todos los dependientes y, a los que llegarán, apenas podrán cubrir sus necesidades básicas. Durante las últimas semanas, hemos podido observar cómo las instituciones, en todos sus niveles (estatal, autonómico, provincial, municipal, etc), se han visto desbordadas por la demanda de ayudas. Es más, en los diferentes territorios del Estado, hemos podido asistir a la configuración de redes solidarias de cuidados y ayudas que han atendido a miles de familias y personas que no tienen ni para comer. Esta es la realidad que se está viviendo actualmente, pero que deriva de una situación muy precaria anterior. Este ingreso ayudará a mitigar esta situación, pero muy dudablemente conseguirá cubrir todos los casos existentes a día de hoy y mucho menos solucionar todos sus problemas.
  2. Es y será totalmente dependiente de unas ayudas que no sabemos si se van a mantener en todo momento. Por una parte, porque no sabemos si en las próximas elecciones (antes o después) este gobierno será sustituido por otro que detenga estas ayudas. Y, por otra parte, porque tampoco sabemos si el propio gobierno va a poder mantener este ingreso cuando la demandas de ayudas sea cada vez mayor, fruto de la enorme crisis que vamos a sufrir, y a la vez se le empiece a exigir el pago de deudas u otros aspectos, especialmente los pagos que atañen a los intereses de la clase dominante, que no cesará en sus presiones hasta que el gobierno asegure su beneficio. Esto tendría una gran relevancia, ya que mostraría cómo el gobierno ni siquiera es capaz de cumplir sus mínimas propuestas en lo concerniente a la justicia e igualdad social.
  3. Está y estará totalmente excluido de la sociedad. Y es que, frente al cuento liberal de que la gente puede y se conforma con vivir de la “paguita” (que, por cierto, choca con su concepción del ser humano competitivo que trabaja duro para alcanzar el éxito y siempre quiere más, contradicción que les hace escoger entre una naturaleza inmutable del ser humano o la variedad del ser humano y la posibilidad de transformación de este en función de distintos factores), la realidad es que a nadie le gusta no poder aportar en la actividad que le atrae. Y no hablamos de que el objetivo vital del ser humano sea trabajar (cuidado, porque entramos en un debate muy extenso sobre el trabajo que no es el objetivo fundamental de este artículo). Hablamos de que, en el fondo, todo ser humano tiene unas inquietudes y desea formarse para realizar finalmente una actividad que sacie estos intereses y aporte algo a la sociedad en la que vive.

¿Cuáles serán los resultados, pues, en una persona con unos ingresos que le permiten vivir a duras penas (sin cubrir totalmente las necesidades materiales u otras necesidades como, por ejemplo, las intelectuales) y que no puede saciar sus inquietudes, ni (con todo el cuidado del mundo) «sentirse útil»? Desde el punto de vista material, una vida bastante alejada de lo que podemos considerar como digna y, desde el punto de vista emocional o psicológico, una carga muy difícil de llevar que puede destrozar a cualquiera y afectar a su propia salud mental.

Y ya sabemos que el objetivo final del IMV es fomentar y conseguir que este sector social (al que, por cierto, podemos pertenecer o llegar a caer prácticamente cualquiera) salga de esta situación precaria y de dependencia, pero esto no acaba aquí. Esta situación de exclusión, que en momentos de crisis se agudiza, está presente en todo momento en mayor o menor medida en nuestra sociedad, no es nada nuevo ni temporal. El quid de la cuestión es que el capitalismo genera sistemáticamente esta exclusión, es la causa final del problema.

Ante esto, muchos plantearán que para que esto no suceda habrá que realizar “alguna reforma que cambie esto”. Más allá de este planteamiento en abstracto, el problema es que esto toca la base del sistema que articula nuestra sociedad. Este, en esencia, está basado en la obtención del máximo beneficio posible para los propietarios de los medios de producción, es decir, la clase dominante que ostenta el poder en nuestra sociedad. Tener un ejército industrial de reserva (esto es, dicho de forma simple, un sector de la sociedad desempleado de forma estructural) permite a la clase dominante contratar y despedir en función de las condiciones que ellos establezcan, puesto que así siempre va a haber un sector de la sociedad dispuesto a aceptar un trabajo por muy precario que sea antes que el desempleo y la exclusión absoluta. Por lo tanto, la reforma que se pretende encontrar dificulta enormemente la obtención de la máxima riqueza posible de la clase dominante y, por ende, toca directamente uno de los pilares sobre los cuales se sustenta el sistema. Esto supone que cualquier cambio que quiera alterar eso va a encontrar su férrea oposición. Y lo que nos enseña la historia (sin pretender pecar de historicismo, sino haciendo un análisis pasado-presente de los intereses de clase) es que las clases dominantes solo ceden por dos razones: cuando, tras un cambio o reforma, pueden obtener la misma riqueza o más por otros cauces que se abren o cuando tienen miedo a una insurrección o revolución que acabe con ellos y/o sus beneficios. Por tanto, como a día de hoy no hay una alternativa que contente a la clase dominante (y aunque la hubiera no solucionaría los problemas de la clase oprimida, pues al tener intereses antagónicos a los de la clase dominante mantendría los problemas con otra forma o crearía otros nuevos) ni tampoco existe una causa que le dé miedo, esta no va a ceder ante una reforma de tal calibre.

Entonces, observamos cómo frente a esta situación las opciones políticas que de una manera u otra abogan por una defensa del capitalismo jamás darán una solución efectiva a tal problema. Por una parte, los liberales (unos, a sabiendas de la realidad, por miserables y otros por pura ignorancia desde su esfera aislada de la realidad) tildan de “paguitas” las ayudas que garantizan un mínimo vital a un buen sector de la población que está sufriendo las consecuencias más duras de este sistema y, en estas circunstancias, de la crisis. Se escudan en que estas ayudas realmente no van dirigidas a gente que lo necesita, sino a unos “vagos mantenidos que no quieren trabajar” (algo completamente infundado). Lo cierto es que esas afirmaciones no tienen otro fin más que ocultar que ellos optarían por no actuar y dejar a este sector social a su suerte (que en sus últimas consecuencias puede suponer incluso la muerte, sea por falta de recursos y alimentos o por suicidio), lo cual es tan macabro y ruin como su propia ideología. Y, por otra parte, tenemos a los socialdemócratas que, como ya hemos ido explicando anteriormente, lo que proponen es cubrir a toda esa gente que no tiene un mínimo para vivir, pero planteado de tal manera que en última instancia es poner un parche más al sistema sin solucionar el problema de raíz. Y es que esta es la esencia de la socialdemocracia a día de hoy. Frente a un sistema que hace aguas por todos lados, no es que no lleve una línea contundente contra este, sino que encima se encarga de ir intentando paliar cada uno de sus problemas sin llegarlos a erradicar en ningún momento. La propuesta de la socialdemocracia es una contradicción en sí misma, ya que pretende “mejorar” la situación del pueblo (en abstracto) bajo el capitalismo, es decir, jugando en un tablero en el que solo puede ganar la clase dominante actual. Por tanto, al final, la socialdemocracia siempre se acaba encontrando en la disyuntiva de luchar realmente por los intereses de la clase obrera, teniendo que renunciar al capitalismo y a sus propios planteamientos iniciales, o mantener el capitalismo, yendo en contra de los intereses de quienes supuestamente pretendía defender. Por diversos motivos (destacando especialmente sus propias tesis, que bajo ningún concepto se plantean nunca derrumbar el capitalismo, o el acomodamiento de sus líderes políticos, que pasan a formar parte de la llamada aristocracia obrera), la socialdemocracia siempre acaba tomando la segunda opción. De esta manera, se convierte en un instrumento (de hecho, uno de los más efectivos al intentar dotar de una cara “social” al capitalismo) para asegurar la supervivencia del sistema.

Ante todo esto, y ya volviendo a lo concreto, una postura verdaderamente superadora de esta situación debe ser totalmente distinta a las anteriormente comentadas. Que sigan las ayudas y las redes solidarias de cuidados para los y las más vulnerables, pero no tal y como está planteado ahora mismo. “No hay que dejar a nadie atrás”, cierto, pero no puede ser a expensas de ir arrastrando a este sector por el suelo mientras se avanza. No hay que dejar a nadie atrás para que cuando contemos con las fuerzas suficientes podamos mirar al poder a los ojos y tumbar el sistema que origina esta miseria para nuestra clase en pos de otro en el que no haya un sector social incapaz de satisfacer sus necesidades, excluido y dependiente de que le den migas de todo el pastel que realmente hay.

Por Lluís Rodríguez Cueto (Estudiante de Historia en la Universidad de Alicante) – @lluisrc7 en Twitter

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