La extrema derecha hoy, entrevista a Guillermo Fernández-Vázquez

Guillermo Fernández es investigador en la Universidad Complutense de Madrid, ha escrito artículos en medios como «Revista Contexto» o en «El Confidencial» y es autor del libro “Qué hacer con la extrema derecha en Europa: El caso del Frente Nacional” (Contextos, 2019), uno de los libros clave para comprender el auge de estos movimientos.

Antes de comenzar la entrevista, quiero darte la enhorabuena por el magnífico libro que has escrito, ya sabes que me fue de gran ayuda en la confección de mi Trabajo de Fin de Máster y en mi desarrollo formativo en la cuestión. Querría darte también la enhorabuena por tu éxito tanto a nivel editorial como personal, creo que has aportado mucho valor al debate sobre la cuestión de la extrema derecha a día de hoy.

Pero bueno, dejando elogios a un lado, comencemos con la entrevista:

  1. Tu libro comienza con las reacciones y denuncias de la izquierda alternativa a los éxitos electorales del Frente Nacional y de Vox ¿Qué no está comprendiendo esta izquierda del auge de movimientos como los mencionados?

La izquierda tiene la costumbre de observar a la derecha radical en términos morales, fijándose en lo mala que es y escandalizándose en consecuencia por su egoísmo, su perversidad, sus mentiras, etc. Piensa que enfatizando el carácter bárbaro de algunas de sus afirmaciones y el espíritu insolidario que se desprende de muchas de sus propuestas va a concitar el apoyo de la inmensa mayoría de la población. Confía en que simplemente diciéndole a la sociedad “¿véis lo malvada que es la ultraderecha?”, la gente va a responder poniéndose de su lado.

Pero no es suficiente. Porque no basta con poner el grito en el cielo. Hay que entender. Hay que pensar por qué en Francia hay más millones de personas que votan al Reagrupamiento Nacional que a la Francia Insumisa, por qué en España hay más ciudadanos que votan a Vox que a Unidas Podemos, o por qué en Alemania se vota más a AfD que a Die Linke. La pregunta es siempre: “¿por qué?”, y no: “¿cómo es moralmente posible?”.

En ese sentido, creo que toda la tradición de postguerra de psicologización y moralización del fascismo ha hecho daño: porque ha patologizado a la extrema derecha.Y eso lleva a que se midan “actitudes populistas” o “actitudes fascistas” como quien mide actitudes sociópatas. Pero esto para mí tiene al menos dos problemas. El primero es que sitúa el problema fuera de la política e impide pensar el fenómeno políticamente. Y el segundo es que hasta cierto punto es injusto, porque nadie mide “actitudes liberales” como si fueran un problema, o nadie va a feudos socialdemócratas a hablar con votantes de partidos socialistas para conversar con ellos como quien habla con un extraterrestre, o como quien va al zoo a ver a animales exóticos.

2. El FN tomó conceptos como laicidad, pueblo, soberanía o derechos sociales y los ha resignificado a favor de su proyecto político… ¿Podría la izquierda realizar lo mismo con conceptos como el de familia, nación, seguridad, patriotismo de forma efectiva? ¿Crees que podría ser una estrategia viable?

Creo que sí, con la precaución de que esto no se entienda como si consistiera en entrar en un laboratorio de comunicación, dar con la fórmula y salir a la calle a triunfar. La derecha radical francesa emprendió en 2011 un camino difícil de disputa y resignificación de aquellas nociones y conceptos que organizan el sentido común republicano en Francia: laicidad, democracia, derechos sociales, incluso feminismo o ecología. Trató no sólo de empezar a usar palabras que antes no empleaba, sino de reinterpretar esas nociones tan amplias, esos significantes tendencialmente vacíos, de acuerdo con sus principios ideológicos. En el caso de Marine Le Pen, por ejemplo, reinterpretar el feminismo desde una perspectiva identitaria. O reformular la preocupación por el medio ambiente o por la comida saludable desde un punto de vista chovinista.

Pues bien, me pregunto si la izquierda en España no podría hacer lo mismo con nociones como seguridad, familia o incluso patriotismo. No se trata de copiar o de decir lo mismo que otros, sino de resignificar; es decir, de señalar alguna de las capas de sentido que tienen los conceptos amplios y subrayarla por encima de las demás vetas de significado. De tal manera que se produce un desplazamiento semántico. Por ejemplo, desde hace algunos meses Unidas Podemos está lanzando una “OPA semántica” sobre el concepto de “Constitución”. Y es muy inteligente, porque se trata de una noción muy manoseada y muy querida por la derecha. Hasta el punto de que el PP, Cs y Vox querían dividir la política entre “constitucionalistas” y “anti-constitucionalistas”, dejando fuera del constitucionalismo al PSOE, a UP, y a los nacionalismos periféricos. Sin embargo, la resignificación del término “Constitución española” por parte de Iglesias ha neutralizado ese proyecto.

Unidas Podemos ha reinterpretado el concepto de “Constitución española” en un sentido fundamentalmente social y no identitario. Y le ha salido bien porque las derechas ya han dejado de pretende dividir a la sociedad entre “constitucionalistas” y “no constitucionalistas”. Y todo lo que sea tirar por ahí creo que irá por el buen camino. El asunto es: ¿se podría hacer lo mismo con la idea de familia? ¿y con la bandera española? A mí no me parece imposible ni descabellado.

3. ¿Qué opinión te merece el debate entre globalizadores y soberanistas que se popularizó en Francia durante el referéndum para la Constitución Europea de 2005? Se establecieron patrones de votos transversales en ambos sectores ideológicos… ¿Con el descredito creciente de la UE podría darse una repetición de este debate en Europa?

En Francia es una discusión muy presente, desde luego mucho más habitual que en España. Y  que en 2005 sirvió para asentar un cierto sentido común transversal sobre la Unión Europea, la falta de debate, la importancia de instrumentos soberanos y el funcionamiento hasta cierto punto autónomo de las élites y los planes europeos. En ese sentido, tanto la campaña de 2005 como lo que ocurrió después contribuyó a solidificar en Francia el eje arriba/abajo: la distinción élites/pueblos. Para la derecha radical francesa esa experiencia fue como el 15-M para Podemos.

Actualmente lo más interesante me parece observar cómo el proyecto de establecer “impuestos europeos” o de coordinar algunas mínimas políticas fiscales a nivel de la UE divide complemente lo que unió el referéndum de 2005 o la gestión “austeritaria” de la crisis de 2008. Porque ante la posibilidad de establecer algún tipo de impuesto a escala europea, la izquierda es en general favorable, mientras que la derecha es absolutamente contraria. La izquierda –sobre todo en el sur de Europa- lo ve como una oportunidad de adecuar sus ingresos fiscales a los del norte de la UE y poder en consecuencia hacer políticas sociales más ambiciosas, mientras que la derecha lo observa como un intento de avanzar en el federalismo. De modo que si la UE se orienta hacia este tipo de políticas, por tímidas que sean, veo difícil algún tipo de articulación entre soberanistas de izquierdas y soberanistas de derechas. Y a la inversa: si la UE se enroca en una gestión parecida a la de 2008, las posibilidades de este tipo de alianzas en clave “soberanía + derechos sociales” aumenta considerablemente.

4. En tu libro dedicas un apartado a analizar lo que denominas «hipótesis Philippot», el cual creo que es uno de los más importantes para comprender el fenómeno y la revolución política que supone el FN. ¿Qué valor le das a “Les Patriotes”, su actual partido político, el cual es bastante marginal? ¿Qué falló al separarse del FN y fundar “Los Patriotas”? ¿Está agotada la «hipótesis Philippot» con el viraje derechista del FN?

La verdad es que “Les Patriotes” son una fuerza política marginal en Francia. Trataron de ganar algo de visibilidad aprovechando el movimiento de los chalecos amarillos, pero lo cierto es que no lo lograron. En ese sentido tengo la impresión de que el futuro de Florian Philippot como “número uno” de algún partido político es más bien negro. Sin embargo, ha sido un auténtico renovador de la estrategia, los discursos y los modos de actuar de la derecha radical francesa.

Con respecto a la “derechización” del Reagrupamiento Nacional en los dos últimos años, creo que le conduce a una situación paradójica. Porque de algún modo Marine Le Pen necesita conservar un mínimo de lo que representó el philippotismo. Necesita hacer philippotismo sin Philippot. Pero está rodeada de personas que creen que la línea “ni de izquierdas, ni de derechas” es un error. Así que la presidenta del partido se ve obligada a seguir una línea en la que muchos de sus colaboradores no creen. Por eso su discurso es muy tambaleante y está repleto de contradicciones.

Y digo que necesita seguir haciendo un poco de philippotismo porque si el RN decide seguir sin complejos una línea estratégica de “unión de las derechas”, entonces la líder más adecuada no será Marine Le Pen, sino su sobrina: Marion Maréchal Le Pen, que lleva defendiendo ese proyecto desde hace años. Y probablemente esto es lo que sucederá más pronto que tarde.

5. ¿Consideras el llamado “Estado bienestar chovinista” la fórmula perfecta para que un partido que tradicionalmente podríamos catalogar como conservador pueda obtener apoyos de la clase obrera o de sectores desfavorecidos? ¿Qué otros factores consideras importantes para conseguir esos apoyos?

No me convence la expresión “fórmula perfecta”, porque seguramente no haya ninguna fórmula, ni tampoco nada parecido a una receta perfecta. No obstante, sí es cierto que la mayor parte de los partidos de derecha radical europea han ido transformando sus programas políticos en las últimas décadas en dirección hacia un modelo parecido a lo que muchos politólogos denominan “Welfare Chauvinism”. Lo interesante ahí es cómo se produce este cambio y si, por ejemplo, Vox podría transitarlo.

En el primer caso, es llamativo que los partidos más importantes de la derecha radical europea pasan de tener durante los años ochenta programas muy neoliberales en lo económico y particularmente conservadores en lo moral, a tener programas que siguen siendo conservadores en lo moral pero que abandonan progresivamente la defensa del neoliberalismo económico. Esto sucede a lo largo de los años 90 y comienzos de la década de los 2000. Pero: ¿por qué ocurre? No ocurre porque partidos como el Frente Nacional francés o la Liga Norte italiana tengan una revelación ideológica que les empuje a apoyar el Estado social, sino porque conforme se van asentando electoralmente y, sobre todo, según va creciendo su electorado, van viendo que se hacen cada vez más populares entre el electorado de clases medias-bajas y clases bajas. Y es entonces cuando van suavizando el impulso thatcheriano de sus primeros años con el fin de fidelizar a ese nuevo electorado.

La pregunta entonces es: ¿Vox puede realizar este tránsito? Yo creo que sí, pero le llevará tiempo; y, sobre todo, no surgirá de una reflexión previa, ni tampoco de que los escasos sectores más de tipo “falangista” de Vox se impongan a los sectores más neocon –cosa poco probable en las circunstancias actuales-, sino de que en los próximos procesos electorales, Vox afiance su electorado más popular. Entonces, si el partido de Santiago Abascal logra ser verdaderamente hegemónico entre los sectores populares de la España central o castellana, teniendo importantes bastiones también en Andalucía y Murcia, entonces muy probablemente cambiará su programa y su discurso hacia una línea del Estado del Bienestar Chovinista. Pero creo que esto llevará años. Por ahora Vox sigue el modelo de lo que fue el Frente Nacional francés de los años 80 con Jean-Marie Le Pen, la Liga Lombarda de comienzos de los 90 o el FPÖ austríaco del primer Haider.

6. El nombre de Marion Marechal, nieta de Jean Marie Le Pen,lleva un tiempo sonando con fuerza por las tensiones que ha generado en la formación, en España ha sido protagonista hace días debido a la creación de un Máster sobre política. ¿Qué pretensiones tiene? ¿Cuáles son sus aliados en nuestro país?

Marion Maréchal Le Pen es una figura muy interesante no sólo dentro de la derecha radical francesa, sino a escala europea. En primer lugar porque representa bien el alma “liberal-identitaria” de la derecha europea, esa que sueña con hegemonizar la derecha y con engullir a los partidos conservadores tradicionales. La que mira a Polonia con fascinación. O la que, en Italia, se siente más cómoda ideológicamente con Giorgia Meloni que con Matteo Salvini. Y, en segundo lugar, porque está moviéndose hábilmente en el terreno de las alianzas internacionales: Marion Maréchal Le Pen es una figura valorada por el entorno del Partido Republicano norteamericano, pero también por el Partido Popular en España. Ella es un nexo, entre la derecha convencional y la derecha identitaria, pero también entre la derecha europea y la derecha norteamericana.

7. ¿Cómo ves el panorama político francés con el cambio de nombre del Frente Nacional hacia Agrupación Nacional? ¿Se perciben cambios ideológicos o discursivos desde el cambio?

La paradoja es que este cambio de nombre era el sueño de Florian Philippot y de la estrategia social-soberanista, y, sin embargo, quien lo ha aplicado han sido sus más acérrimos enemigos. El antiguo Frente Nacional, hoy Regrupamiento Nacional, deseaba cambiarse el nombre para desprenderse de la pesada herencia de Jean-Marie Le Pen, con sus declaraciones sobre la II Guerra Mundial, sobre el Holocausto, sobre los homosexuales o sobre los africanos. Por eso Marine Le Pen llevaba desde 2007 tratando de ir creando estructuras paralelas al partido como RassemblementBleu Marine con el fin de que en un momento pudieran servir al propósito de refundar el FN.

Lo irónico es que, tras un largo proceso, la refundación se ha producido precisamente en el momento en el que la formación está dando pasos atrás hacia una suerte de mégretismo. El problema, como te decía antes, es que para hacer mégretismo Marine Le Pen no hace falta. Ese papel lo hace mucho mejor Marion Maréchal. Con mégretismo me refiero a la línea estratégico-discursiva que defendía Bruno Mégret en el FN y que consistía por un lado en la tecnificación del partido –o sea, en ir fichando a cuadros bien formados provenientes de la derecha- y, por otro lado, en ir acercándose progresivamente a la derecha convencional con el fin de que los cordones sanitarios cayeran y pudieran finalmente llegar a acuerdos de gobierno de manera general en regiones, municipios y departamentos con la derecha clásica. Esta estrategia fracasó porque Bruno Mégret acabó enfrentado con Jean-Marie Le Pen y creando su propio partido. No es casual que ahora muchos de los que en el año 1999 se fueron con Bruno Mégret hayan regresado al Reagrupamiento Nacional y se cuenten hoy entre los principales consejeros de Marine Le Pen. El caso más conocido es el de la persona que ha sustituido a Florian Philippot, que es el mégretista Philippe Olivier.

8. Tu libro ha cumplido este mes de mayo un año, ¿crees que su contenido sigue vigente? ¿matizarías algo de lo que escribiste allá en 2019 mirando el libro en retrospectiva?

Creo que si lo tuviera que reescribir, añadiría más cosas: algunos cabos sueltos que quedaron por contar y algunos análisis concretos en los que merecería la pena profundizar. Pero creo que en conjunto es un textito que merece la pena. También añadiría un reconocimiento a Iñigo Errejón y a la manera de hacer preguntas que él ha popularizado. Esa voluntad de preguntar siempre: ¿y esto cómo se articula? ¿cómo se hace para componer lo diferente en lugar de para mostrar la diferencia y afirmarla?

Así que me parece que este libro tiene una deuda intelectual con la mirada de la hegemonía y también con los primeros programas de La Tuerka en los que se proponía una manera de enfocar los fenómenos que a mí me marcó mucho. También obviamente con todas aquellas personas más o menos vinculadas a la derecha que me han hablado con franqueza, han reflexionado conmigo y me han enseñado muchas cosas. Al final todas ellas me han hecho aprender mucho.

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