Cathy Cohen: interseccionalidad e izquierdismo en la teoría queer


Desde hace unos meses se viene librando una batalla entre un sector del movimiento feminista, autodenominado “radical”, y un adversario más bien abstracto, construido en torno a la disidencia y diversidad de género y a las personas trans. Digo abstracto porque, en la realidad, esta ala del debate dista bastante de ser una posición homogénea; en su seno conviven diferentes opiniones que tienen un objetivo común: reivindicar la llamada “identidad de género”. La cuestión es que, como en toda guerra ideológica acontecida principalmente en las redes, la tendencia ha sido la de generalizar y esencializar, puliendo bien las ideas sin dejar cabida a matices, trasfondos y posibles (re)interpretaciones. Hemos observado una repetición continua de los mismos argumentos, como si por ello fueran a tornarse más verídicos.


Concretamente, el marco argumental del autodenominado feminismo radical gira en torno a unas premisas fijas que parecen ser ya inamovibles, y que señalan a un único culpable en toda esta historia: la teoría queer, ignorando la variedad discursiva de aquellas personas a quien tienen enfrente (porque, sí, hay quien dentro del movimiento trans se apoya en dicha teoría, pero también hay quienes prefieren alejarse de ella). Entre otras cosas, lo que se alega es que lo queer es un invento neoliberal estadounidense y misógino que busca destruir el feminismo desde dentro y que constituye una negación del sexo biológico y, por ende, de la división política, económica y social construida en base a este elemento. El sujeto político tradicional del feminismo, la mujer, peligra y por eso es necesario terminar con este nuevo enemigo.


Sin embargo, considero que el principal error ha sido hablar de la teoría queer en términos absolutos. Al contrario de lo que pueda parecer, en gran parte por el artículo determinado que le acompaña, la queer no es una teoría conexa ni un todo ideológico coherente que pueda resumirse fácilmente. Todo lo contrario. Como el propio movimiento feminista, se encuentra integrada por muy diferentes visiones y corrientes, desde unas más liberales, hasta otras que se declaran abiertamente anticapitalistas y marxistas. Lo cierto es que son muchos los autores que se han encargado de introducir un análisis izquierdista y enormemente crítico con el sistema dentro de la teoría queer. Algunos más conocidos, como John D´Emilio, y otros menos, como Alan Sears y Peter Drucker. Su mera existencia pone en entredicho el argumento que ve lo queer como neoliberal y alienante, como un anestésico político. No obstante, para este artículo he querido centrarme concretamente en Cathy Cohen, politóloga estadounidense, y en su trabajo «Punks, Bulldaggers, and Welfare Queens: The Radical Potential of Queer Politics?», publicado en 1997, con la esperanza de aportar otras ideas y puntos de vista sobre lo que también es la teoría queer: un complejo teórico en continua reformulación y construcción interna, algo que pretende escapar precisamente de definiciones fijas y reduccionistas.


Cohen comienza su trabajo remarcando el potencial de la teoría y las políticas queer para transformar la base y las jerarquías de los sistemas de opresión sexual, frente a una agenda política LGBT cuyo objetivo por aquel momento era ya la simple asimilación dentro del sistema neoliberal y la aceptación por parte de las instituciones imperantes. Esta retórica lograba únicamente expandir el estatus quo a los miembros más privilegiados de los grupos marginales. En “Punks, Bulldaggers, and Welfare Queens” se defiende así una política queer emancipatoria que transforme las estructuras de dominación, evitando solicitar una mera inclusión institucional a través de derechos igualitarios sin cambiar la distribución de poder. La política queer tiene su potencial localizado en su confrontación intrínseca, en la habilidad de crear espacios en verdadera oposición a las normas dominantes, donde sea posible el cambio y la redefinición de la expresión e identidad sexual hacia niveles más subversivos, antinormativos e inestables. De esta manera conseguirían romperse las categorías identitarias fijas y unidireccionales que imperaban en el activismo LGBT tradicional; aunque Cohen señala que no hay que olvidar que éstas continúan configurando lazos comunales de vital importancia para la seguridad y supervivencia de los individuos, al estar estructurados sobre una “resistencia compartida a la opresión” (450). En otras palabras, no se trataría de destruir las categorías identitarias y las comunidades formadas en torno a ellas, sino de desestabilizarlas para evitar que sean coaptadas por el poder.


Sin embargo, Cohen argumenta que todo este potencial subversivo y transformativo de las políticas queer no se había visto reflejado en la esfera práctica, en la realidad tangible. Actuando como hasta ahora, lo único que se había conseguido era reforzar una dicotomía, aquella referente al binarismo heterosexual-queer. En esta dicotomía, las políticas queer se habrían construido en torno al marco de una sola opresión, bajo un entendimiento monolítico de la misma donde solo se activaría una categoría identitaria, la de la sexualidad, dejando de lado cualquier otra adscripción, como podría ser la clase social, el género o la raza. De esta manera, se estaría rechazando e ignorando la intersección y existencia de múltiples opresiones y sistemas de poder, no reconociendo la distribución desigual del mismo dentro y fuera de la comunidad LGBT. En última instancia, las políticas queer estarían fallando en la consecución de su objetivo principal: el desafío a la heteronormatividad, definida por la propia Cohen como un sistema normativo centrado en “esas prácticas localizadas y esas instituciones centralizadas que legitiman y privilegian la heterosexualidad y las relaciones heterosexuales como fundamentales y “naturales” dentro de la sociedad” (440).


Lo necesario entonces para acabar con las raíces de esta heteronormatividad y del sistema neoliberal que la sostiene, y al mismo tiempo fagocita y absorbe las luchas que surgen en su contra, sería una reformulación de la política queer. En otras palabras, se precisaría de un entendimiento más amplio de ésta última que fuera a su vez acompañado de una lucha antiasimilacionista y un discurso basado en el análisis interseccional de las opresiones. La lucha tendría que ir más allá de la simple reducción a la otredad y debería tratar de movilizar a la sociedad de acuerdo a la intersección de sus categorías identitarias. Al fin y al cabo, la heteronormatividad termina interactuando con la explotación de clase, el patriarcado y el racismo institucional, algo en lo que Cohen pone especial énfasis debido a su formación en la lucha y el activismo antirracista afroamericano. Esta interacción configura disparidades de poder y opresiones en todos los segmentos poblacionales, no solo entre los distintos miembros de la comunidad LGBT, sino también entre aquellos que aparentemente se adecuan a la norma sexual: los heterosexuales. De esta manera, la autora cuestiona asimismo el entendimiento monolítico que tradicionalmente se ha venido haciendo de la heterosexualidad dentro de la comunidad LGBT. Ésta es igualmente experimentada y vivida de diversas maneras y está también sujeta a normatividades que la controlan y regulan, con la desaprobación de las formas de expresión que se derivan de éstas y la consecuente creación de sus propios márgenes y periferias.


No obstante, Cohen va un paso más allá en su apuesta por la interseccionalidad y remarca que este análisis debe hacerse necesariamente dentro de un marco político izquierdista que permita observar la relación sistémica entre las diferentes formas de dominación. El reconocimiento y la denuncia de la opresión cultural y discursiva debe ir siempre de la mano del reconocimiento y la denuncia de la explotación y violencia directa y material específicamente producidas por el sistema y las instituciones económicas capitalistas y neoliberales. El único enfoque válido para llevar a cabo la lucha sería, por lo tanto, un anticapitalismo queer de análisis izquierdista que abogue por una política radical y por la vuelta a un movimiento de liberación militante que busque transformar y no reformar, cuestionando así las relaciones de poder interconectadas que estructuran las vidas de las personas más sometidas y marginadas de la sociedad.


En definitiva, la reformulación de las políticas queer que lleva a cabo Cohen combina una noción maleable de las identidades, sin perder de vista los lazos comunitarios sobre los que los individuos construyen sus resistencias, y la búsqueda de un análisis interseccional insertado en un espacio ideológico de izquierdas. Su objetivo es el de construir un movimiento basado en “la política de cada uno, y no exclusivamente en su identidad” (459), es decir, en una relación compartida respecto al poder dominante y no en la simple adhesión a categorías identitarias segmentadas. De esta manera, podrían tenerse en cuenta la variabilidad e interconexión de las identidades y de sus diferentes opresiones de acuerdo con las múltiples relaciones con el poder dominante que pueden darse dentro de una misma categoría identitaria. Esto permitiría, en última instancia, analizar tanto la opresión de ciertas personas heterosexuales como el privilegio de ciertos individuos LGBT, destruyendo las dicotomías simplistas y conformando una conciencia y una lucha social y política colectiva.


El trabajo de Cohen es especialmente relevante y revolucionario, ya que muestra una cara de la tan en boca de todos teoría queer que suele permanecer oculta. Es una crítica desde dentro que busca la reformulación y continúa mejora de este campo teórico-práctico, y que ejemplifica el esfuerzo interno por evitar caer en el estatismo de otras luchas y en la asimilación por parte del sistema. Precisamente el movimiento queer surgió como reacción a esas dinámicas dentro de la lucha LGBT de los años 80. Si bien es evidente que, como toda corriente teórica, la queer puede tener sus más y sus menos y estar abierta al debate, a la reacción y a la disconformidad con sus argumentos, es injusto que se utilice, como se hizo en su día con el feminismo, la esencialización y simplificación como herramienta para intentar deslegitimarla. La erradicación de toda su riqueza interna hace que nos perdamos ideas y análisis de los que, sin duda alguna, podríamos aprender enormemente.

Por Paula Alonso (Estudios Internacionales en UAM) – @ifusayso__ en Twitter.

Bibliografía
Cohen, C. (1997). Punks, Bulldaggers, and Welfare Queens: The Radical Potential of Queer Politics? GLQ 3, 437-465.

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