Entrevista a Belén Gopegui

Gopegui es una escritora extraña, singular. Una voz espectral en medios y grandes emporios intelectuales que ha estado sin estar en el mundo literario desde hace décadas. Ha estado porque lleva escribiendo libros y llenando estanterías – cosechando éxitos de forma silenciosa – desde el 93, cuando publicó su primer libro: “La escala de los mapas”. Desde entonces, ha publicado novelas, ensayos, cuentos, relatos; y la mayoría de artículos en lo que Ignacio Echevarría definió como “el exiguo espectro de lo que cabe entender por prensa de izquierdas”. Y al mismo tiempo, no ha estado presente bajo los grandes focos y tribunas, tan anhelados por otros, por una mezcla de introversión y convicción, de desconfianza por la “rabiosa actualidad”.

Aún así, ha reflexionado con lucidez sobre la relación y las difusas fronteras entre la literatura, la política y lo político. En cada texto y conferencia, en cada obra, hay algo de lo político que la mayor parte de autores – tan propios de su época – camuflan, eluden o reniegan. De forma ingenua o malintencionada, claro está, pues no existe narración de la realidad ajena a ello: “toda literatura es, se sabe, política; preguntarse sobre la literatura y la política en las actuales condiciones significa preguntarse si (…) puede hacer hoy algo distinto de traducir, acatar o reflejar el sistema hegemónico”. Por tanto, solo existen dos tipos de literatura: la comprometida con lo existente o con lo posible. Y Gopegui siempre se decantará por la segunda.

Pregunta : Estamos acostumbrados, al contrario del resto de escritores y escritoras de gran renombre, a verte muy poco en los grandes medios de comunicación. En el libro de Ignacio Sánchez Cuenca, La desfachatez intelectual (Catarata, 2016), se sostiene que los periódicos españoles están llenos de columnas literarias y se brinda más reconocimiento en la discusión pública a escritores que a periodistas especializadosi. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Respuesta : Lo que los grandes medios no parecen dispuestos a pagar es el periodismo de investigación. Las opiniones son más baratas y menos peligrosas porque solo adquieren verdadero poder cuando, a menudo por el hecho de ir a favor de la corriente, sobrepasan la masa crítica o un número de producción y reproducción necesario para influir. Por eso es frecuente, creo, que en uno o más grupos mediáticos los opinadores aborden la misma cuestión, todos a una y desde un ángulo parecido: por ejemplo, reconvenir las últimas acciones del rey emérito pero no al entorno que permite y es cómplice de esas acciones, al tiempo que se encomia la institución y su papel en el pasado. Frente a las opiniones, los datos fehacientes necesitan menos masa crítica, lo que los hace más incontrolables y más caros. No solo porque el periodismo de investigación requiere infraestructura, también porque con lo que paga por las piezas de los opinadores el medio se asegura de algún modo su lealtad, o al menos su no beligerancia, en esas ocasiones, vamos a decir, ambiguas, que podrían hacerles dudar.

Además, así como en la opinión se aprende pronto a dominar el arte de disponer los argumentos a favor o en contra de lo que haga falta (lo contaba muy bien Balzac en Las ilusiones perdidas cuando según el interés del periódico se encargaba una crítica a favor o en contra de la obra de teatro correspondiente), a veces resulta más complicado dar la vuelta a los hechos. Se puede fabricar hechos, sin duda, se puede desmentir verdades, pero tiendo a pensar que si existiera un gran periodismo de investigación la sociedad quizá mejorase un poco, cosa que no ha sucedido con la inflación actual de opinadores. Dicho esto, admiro la tarea de quienes estando dentro de los grandes medios tiran tanto de la cuerda que al fin se rompe y ponen así de manifiesto hasta donde llegaba la supuesta libertad. Y valoro el esfuerzo de aquellas otras personas que ocupan un sitio en los grandes medios y permiten que se difundan en ellos ideas o se den a conocer libros, etcétera, que de otro modo no entrarían ahí. En cuanto a mi caso, estoy muy lejos de representar pureza alguna. Se trata simplemente de conocer los espacios y ponderar la capacidad de cada cual para desactivar mejor o peor la manera en que el medio construye discurso. En el caso de los artículos no confío demasiado en esa capacidad y por lo general prefiero trabajar con los medios alternativos. No digo que en los textos largos lo consiga, pero al menos el libro puede desplegar más recursos y contrapesos, al tiempo que desaparecen exigencias cotidianas de periodicidad y de cierta lealtad.

Hay toda una generación, desde Edurne Portela a Isaac Rosa pasando por Marta Sanz, que sí empieza a ocupar estos grandes medios desde perspectivas distintas. Pero, ¿se ha producido realmente un relevo generacional con respecto a los grandes nombres de La Transición?

El relevo generacional importa pero importa también el relevo en por qué se cuenta lo que se cuenta. En este sentido, al margen de los nombres que mencionas y algún otro, los medios consiguen encontrar entre las personas más jóvenes a quienes reproducen, tal vez con ligerísimos matices, la ideología heredada. Por otra lado, la cuestión en verdad relevante no es ocupar siquiera la dirección, sino la propiedad, a ser posible de un modo colectivo. De lo contrario aunque puede haber algún meandro, el destino del río no cambia.

En 2006 – antes del debate sobre lo “políticamente correcto” –, en el IV Encuentro en Defensa de la Humanidad, escribiste a propósito de los límites de la ficción: “Siempre que se trata este tema surge el espectro de la censura y la discusión se encona o se cierra (…) Reivindico algo bastante más humilde: la posibilidad de criticar la ficción por lo que cuenta, por lo que propone (…), qué valores se articulan y dramatizan y por qué”. A ojos de hoy, ¿algo ha cambiado o esa crítica a los valores hegemónicos aún es posible sin que se la ridiculice como “buenista” o “frívola”?

Algo ha cambiado, no todo pues lo que ahora prevalece es el juicio al comportamiento digamos personal o biográfico del autor, más que el análisis de lo que sus textos cuentan. Y permanece aún esa idea de que la forma y el contenido son diferentes, y de que por tanto se pueden analizar por separado. Aún con todo, solo cabe dar la bienvenida a los análisis de textos que detectan y critican la naturalización de la opresión cuando no su idealización. Quien ridiculiza esa critica como buenista o frívola también está a su vez realizando una crítica, asustadiza o narcisista, etcétera. Por eso, más allá de los adjetivos, se trata de no dejar de lado la pregunta: qué me cuenta este artefacto narrativo y qué me está contando con lo que cuenta, para qué me lo cuenta, qué quiere de mí esta narración y quién se responsabiliza de lo que se está diciendo.

¿Es, por tanto, la defensa de lo «políticamente incorrecto» el refugio político de la ideología dominante? ¿de quienes se resisten y se niegan a dejar de ser abiertamente machistas o clasistas?

En una reciente entrevista con Patricia Simón en La Marea decía BobPop que el humor nunca debe ser parte de la cadena que legitima el pensamiento dominante. Y hoy, por más que se puedan escuchar algunas voces en la redes y se promulguen algunas leyes insuficientes, machismo y clasismo, racismo y extractivismo, siguen estando al mando de la organización social. Quien está montado sobre los medios, el dinero y el poder y además se lamenta de que no todo el mundo le ría las gracias, no merece demasiada credibilidad frente a quienes usan el humor precisamente para desmontar la ideología de los que se benefician de la opresión. Claro que no es una regla unívoca, a veces quien menos tiene se ampara en el sarcasmo para hacer daño a quien es más frágil todavía, y esto también habrá de ser objeto de crítica. Pero, en todo caso, conviene recordar que el tamaño del altavoz forma parte de lo que la broma está diciendo.

Al mismo tiempo y, como dices, quienes ahora defienden ese humor reaccionario suelen ser complacientes con los valores dominantes y, cuando son cuestionados, se parapetan en el discurso de la “libertad en la creación” y en un cierto victimismo.

Está claro, sí, que la queja de quién es depositario del poder de los grandes medios de comunicación es ridícula, si no fuera además sangrante, porque los grandes medios también contribuyen a mantener este estado de cosas en el que el sufrimiento, ajeno, es moneda de cambio. En uno de los tantos manifiestos contra lo que llaman, con su poder de nombrar, cultura de la cancelación, decían: “La forma de derrotar las malas ideas es a través de la exposición, el argumento y la persuasión, no intentando silenciarlas o deseando que no existieran”. Es imposible leer esto sin asombro. Porque ha sido escrito por quienes llevan años y años en los mandos o cumpliendo órdenes de quienes han parcelado la crónica de la realidad excluyendo partes inmensas que no les convenían. Lo han hecho a menudo forma directa, pero mucho más frecuentemente de manera indirecta, estableciendo agendas de tal forma que diera la impresión de que lo que aparecía en ellas era el mundo, ni siquiera se atrevían a poner sobre la mesa claramente su poder de descartar, pretendían que se pensara que lo que descartaban no existía.

Volviendo a los temas del principio, uno de los mantras de la alta literatura (o, más bien, del concepto que se ha construido y asumido en torno a la alta literatura) es que se dedica a las pasiones humanas, que han sido siempre las mismas en todas las épocas y sociedades – totalmente enajenadas de su tiempo histórico –. Rechazando esa postura, ¿cómo se puede narrar desde una concepción materialista?

Quizá haya que dar una vuelta más a la idea atribuida a Sartre acerca de que lo importante no es lo que te han hecho sino lo que tú haces con lo que te han hecho. La idea trae consuelo, pero olvida que ese tú que tendrá que enfrentarse a lo que le han hecho también ha sido construido. Olvida que a veces hay quien no puede siquiera vislumbrar una forma de resistencia porque no existen todavía las palabras para describirla, ni un nombre que la designe. En este sentido, narrar desde una concepción materialista implicaría al menos no olvidar el proceso por el cual las cosas son de un modo u otro, recordar que lo que parece liso puede estar atravesado de tensiones internas y que lo que parece agitado puede ocultar una gran conformidad. Tener siempre presente la pregunta de Brecht, vosotras ideas -vosotras, en este caso, palabras e historias-, ¿a quién servís? Y si la respuesta nos avergüenza, o si simplemente detectamos que algo no encaja, que estamos dejando de mirar algo para que la respuesta suene bien, entonces romper el texto y volver a comenzar.

Muchas veces narrar desde una concepción materialista se ha podido confundir con una literatura de realismo puro. Siguiendo con Brecht, ¿se puede servir a una idea materialista del mundo desde cualquier género literario? ¿o solo desde una cierta descripción de la realidad es posible?

El propio Brecht, en sus «Notas sobre el modo de escribir realista», señalaba: «Los realistas combaten todo tipo de esquematismo porque no hace posible el dominio de la realidad». Los esquemas en un mundo inestable, imprevisible y contradictorio no bastan, y tampoco bastan en literatura. Hay que ir a los textos y de nuevo ver allí lo que cuentan, lo que callan, lo que parecen desear.

Con respecto a la tan referenciada “autoficción”ii, que en sus comienzos sirvió a escritoras feministas para hablar de su vivencia personal, ahora parecer convertirse en el refugio literario de los grandes escritores españoles – hombres, claro está –. Tiene esto que ver, por el contrario, ¿con un refuerzo del individualismo en nuestra literatura? ¿qué opinión te merece este género y su uso?

Escribí una vez un texto sobre este tema donde acudía a los conocidos pares de oposiciones utilizados por Olsen para describir los dualismos en torno a los que ha solido estructurarse el pensamiento occidental: racional/irracional, activo/pasivo, pensamiento/sentimiento, razón/emoción, cultura/naturaleza, poder/sensibilidad, objetivo/subjetivo, abstracto/concreto, universal/particular. Los primeros términos de cada par, identificados con lo masculino, serían superiores y estarían además ligados al derecho. Los segundos se convirtieron en restricciones impuestas al mundo de lo femenino por el patriarcado. La tarea pendiente, para quienes piensan que hay una noción posible de progreso, sería, estimo, romper tales distinciones, cuestionando a la vez su carácter jerárquico, su capacidad de imponer límites y sus inconsistencias.

Por el contrario, sugería a modo de hipótesis, la entrada de la literatura masculina en la autoficción, despojada de la reapropiación salvaje a la que en algunos casos acudió el feminismo, podía entenderse como una suerte de rendición al capital que, librado a su propia hybris, se enfrenta solamente a resistencias dispersas: las crisis se están saldando con la imposición de nuevas, y peores, condiciones y gran parte de la cultura dominante parece haber elegido o aceptado no salirse de los límites de lo irracional, pasivo, sentimental, emotivo, sensible, subjetivo, concreto, particular. En este sentido, no es tanto la autoficción o no lo que me interesa, sino aquellos textos que son capaces de abordar los distintos pares de Olsen a la vez, sabiendo que no están separados, aquellos que no permiten que el individualismo se convierta en el agua que no ven los peces.

Hace poco comentaba esta cuestión con Rafael Reig. “David Copperfield” decía él, “se pregunta si es o no el protagonista de su propia vida. Yo creo que la respuesta es: nadie lo somos. Por suerte”. Estoy de acuerdo con él y al mismo tiempo me pregunto qué hacer hasta que ese “por suerte” se generalice, qué hacer con todos esos momentos en que lo olvidamos y con el coste de ese olvido para tantas vidas. Y cómo obviar esa sensación que produce a veces el despliegue de la autoficción según la cual la frontera entre explicación y justificación se diluye: toda vida tiene sentido porque ha existido pero la ficción podría establecer aquellas líneas que las atraviesan todas o casi todas, y ayudar a comprender. Por el contrario, ante una confesión personal, no se trata de comprender sino de estar ahí, es absurdo discutir a una amiga que te cuenta que se sintió mal su sentimiento. A un personaje sí tiene sentido discutírselo, no obstante con la autoficción muchas veces se pierde esta diferencia y creo que es una diferencia útil.

Por último, a propósito del huracán Katrina, en 2005, relataste para una conferencia – con ejemplos extraídos de columnas y editoriales – cómo algunos de los escritores más aclamados, a fin de suprimir responsabilidades, apelaban a la “fragilidad humana” a “lo extremadamente quebradizos” que somos. El tema no puede ser más actual, ¿cuánto de todo esto ha tenido que ver en nuestra lectura sobre la pandemia y en la no depuración de responsabilidades políticas?

He citado ya en otra ocasión un tuit del periodista y editor Ignacio Pato Lorente por su concisión y precisión. Dice: “Es una atrocidad llamarle «cura de humildad» o «mensaje del planeta» a miles de personas lanzadas al paro, solas, mayores, asustadas, mujeres encerradas con sus maltratadores y todo el etcétera. Romantizar el «sacrificio» es una victoria liberal. Es decir, cruel”. Una cosa es el virus y otra las acciones humanas. En un mundo desigual todas esas llamadas a la unión desde la desigualdad son turbias, la antropología es turbia cuando calla las diferencias. La epidemia no nos une, otra cosa es que en virtud de ciertos valores gentes que han padecido la injusticia y la desigualdad estén dispuestas a jugarse la piel sin hacer distinciones para ayudar. Pero la epidemia es un hecho más, como cualquier otro, más difícil de gestionar por nuevo y enorme, y cuando algo doloroso sucede, la desigualdad hace que sea peor para quienes peor están.

Como escribí una vez: “no todas las tragedias se convierten en desgracias. La desgracia tiene un componente de clase. La desgracia es lo que sucede cuando no hay respaldo patrimonial ni una red pública que dé apoyo”. Y esto va más allá, sin dejarlas de lado, de la responsabilidad política concreta de lo que pueda estar sucediendo, pongamos, por acción y por omisión, en la Comunidad de Madrid. Habla de una organización social. Cito ahora a César Rendueles: “Las desigualdades sociales son en sí mismas degradantes, tanto para el que las disfruta como para el que las padece. No importa si son merecidas o la situación absoluta de los que peor están. Nos impiden a todos llevar una vida buena. Es una tesis ética, pero también un hecho empírico, como demostraron Richard Wilkinson y Kate Pickett en Desigualdad”. Diré para terminar que el hecho de que la pandemia sea universal sí debiera tener, a mi modo de ver, una posible consecuencia en los comportamientos de quienes puedan permitírselo y es algo así como no echar balones fuera; para evitar que esto pueda leerse en clave de voluntarismo, de “arrimemos todos en hombro” tengo muy en cuenta que ni todas vamos en el mismo barco ni los hombros soportan los mismo pesos. Desde ahí, y nunca desde el vacío, desde cada condición material y de existencia concreta creo que lo que quiera que pase no será solo, aunque sí también, un problema de los políticos.

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i El libro de Ignacio Sánchez-Cuenca desató una polémica en el mundo literario nada más salir publicado, ocasionando una nueva edición ampliada en donde el autor trataba de responder a algunas críticas en su epílogo. El famoso sociólogo y académico, tuvo dos tesis controvertidas que no sentaron bien a algunos de los intelectuales que criticaba. Si bien no criticaba la, a su juicio, excesiva presencia de escritores literarios en los grandes espacios de creación de opinión, criticaba el poco rigor de sus aportaciones (siendo especialmente incisivo en este apartado con Antonio Muñoz Molina y su ensayo “Todo lo que era sólido” editado por Seix Barral en 2013. Y la trayectoria ideológica de los grandes literatos de la Transición, pasando de posiciones izquierdistas a algunas manifiestamente conservadoras y reaccionarias. En este sentido, destacan nombres como los de Fernando Savater, Arcadi Espada, Gabriel Albiac, Felix de Azúa, Javier Marías o Mario Vargas Llosa.

ii La denominada “autoficción” es un género literario popularizado en los años 80, nacido a raíz de Serge Doubrovsky, que sirvió para algunas escritoras feministas como forma de narración literaria. Del todo controvertido y discutido, se diferencia del género autobiográfico en la medida en que incluye componentes ficcionales a sus narraciones. Es decir, parece ser una mezcla entre lo que consideramos como “real” y como “ficción” en el relato personal (o no) de un escritor o escritora. Si bien pudo ser útil para algunas feministas como forma de expresar vivencias personales atravesadas por la discriminación patriarcal, hoy en día, y más concretamente en España, se ha convertido en una forma “estilística” de narrar para escritores de renombre como Muñoz Molina, Javier Cercas o Manuel Vilas, pero también en un sentid político “vivencial” como la obra de Aixa de la Cruz, “Cambiar de idea” (2019).

Bibliografía por orden de aparición

Gopegui, Belén: La escala de los mapas, Anagrama, 1993.

Prólogo de Ignacio Echevarría en: Gopegui, Belén: Rompiendo algo. Escritos sobre literatura y política, Penguin Random House, 2019.

Gopegui, Belén: “Literatura y política bajo el capitalismo”, Guaragao. Revista de Cultura Latinoamericana, num. 21, Barcelona, 2005.

Sánchez-Cuenca, Ignacio: La desfachatez intelectual, Catarata, 2016.

Balzac, Honoré de: Las ilusiones perdidas, Penguin Random House, 2015.

Gopegui, Belén: La responsabilidad del escritor en los relatos de la victoria y derrota. Texto de la intervención en el IV Encuentro en Defensa de la Humanidad, “Construyendo poder desde abajo”, celebrado en Anzoátegui, Venezuela, junio de 2006.

Entrevista de Patricia Simón a Bob Pop: https://www.lamarea.com/2020/08/04/bob-pop-cada-vez-soy-menos-partidario-de-la-transparencia-constante/

Gopegui, Belén: Sobre la “Retórica” de Aristóteles y un caso práctico. Texto de la conferencia impartida en el Institut de Cultura de Barcelona el 27 de octubre de 2005.

Muñoz Molina, Antonio: Todo lo que era sólido, Seix Barral, 2013.

de la Cruz, Aixa: Cambiar de idea, Caballo de Troya, 2019.

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