No es el cómo hacer, es el mero hecho de llevarlo a cabo

Artículo escrito por María Arconada (@nefesh_), graduada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, actual opositora PIR y cogestora de Contracultura.

Introducción


A lo largo de los últimos meses (y paulatinamente, también de los últimos años), el interés general sobre lo que se entiende por bienestar psicológico o salud mental ha ido en alza. Comienzan a abrirse ciertas puertas relativas a la comunicación abierta del padecer humano y a la búsqueda de especialistas en el mismo. Este incremento de altavoces ha supuesto la incorporación de un nuevo agente en el discurso: la población psiquiatrizada y el cuestionamiento de las prácticas desde y a partir de estructuras de poder. Así, nos encontramos con la generación de cuestiones tales como: ¿es posible siquiera la praxis no violenta desde las instituciones?
El presente artículo pretende ahondar en esta problemática, captando sus implicaciones políticas desde una óptica marxiana, así como evidenciar la imposibilidad de un retrato de la intervención terapéutica como un proceso estéril. Será seguida la línea argumental que traza Marcuse en El hombre unidimensional.


Sobre el cómo hacer


Unos de los focos de debate a los que se suele acudir para contraponer la psicología clínica a la psiquiatría es el cómo hacer. Se plantea un quehacer violento basado en el entendimiento del individuo y su padecer como producto de unas variables meramente internas (neurotransmisores, genes, organizaciones neurales) frente a una praxis aparente y potencialmente inocua: la psicoterapia como -posiblemente y sólo posiblemente1– abordaje del sufrimiento psíquico desde una perspectiva conductual-contextual, que sitúa el padecer humano en relación con la violencia relacional e institucional.
Este planteamiento (cargado más de ingenuidad que de malicia) se pretende liberador en tanto que aspira a garantizar una aproximación completa y justa de la vivencia humana y, por tanto, elaborar una intervención terapéutica exhaustiva y teóricamente ajustada a lo que realmente está ocurriendo con el padecer del individuo.
La finalidad del discurso es localizar, denunciar y prevenir las malas praxis en esta disciplina como, por ejemplo: la medicalización, la vulneración de la propia voluntad del usuario, el cuestionamiento de su padecimiento y la patologización de la vida2.
Así, el conflicto se fundamenta sobre las limitaciones e implicaciones que supone abordar cualquier caso que acuda a nuestra consulta, y no tanto sobre el hecho de que el sufrimiento sea abordado. Si bien hay aproximaciones que cuentan con implicaciones más peligrosas que otras (sobre todo aquellas cuyo motor explicativo parte y se queda en el individuo), el problema real permanece en la pretensión de intervención institucionalizada:


«Una sociedad que parece cada día más capaz de satisfacer las necesidades de los individuos por medio de la forma en que está organizada, priva a la independencia de pensamiento, a la autonomía y al derecho de oposición política de su función crítica básica. Tal sociedad puede exigir justamente la aceptación de sus principios e instituciones, y reducir la oposición a la mera promoción y debate de políticas alternativas dentro del statu quo.» (Marcuse, 1993, pp. 31-32)


Si bien Marcuse está haciendo alusión al forjamiento de libertades en la sociedad moderna, la lógica extraída se extiende hasta el fenómeno de la psicoterapia: el sufrimiento puede paliarse sólo si se acepta, en primera instancia, la categoría histórica asociada (depresión, t. ansiedad generalizada, la concepción de síntomas psicóticos), y en segundo lugar, si el padecer se resuelve desde dentro. La intervención psicológica (de la misma manera que la psiquiátrica) supone una asunción de las condiciones de juego. Podríamos dibujar una línea entre las mismas si partiéramos de una distinción de intervención autoritaria/no autoritaria3, y ni siquiera podríamos garantizar que aplicara en todos los casos.
Desarrollando el planteamiento previo: toda medida que pretenda paliar los dolores dados, y que de facto pueda hacerlo en mayor o menor medida, no resulta emancipadora, sino que limita y ata al sujeto a las propias materialidades que le condenan4.
Esta idea no es novedosa, ya Engels en Contribución al problema de la vivienda comenta cómo la desposesión de la vivienda y terreno, como consecuencia del cambio productivo a un modelo industrializado y al consecuente flujo de obreros a las ciudades, supuso una primera condición para la generación de un movimiento revolucionario:


«Para crear la clase revolucionaria moderna del proletariado era absolutamente necesario que fuese cortado el cordón umbilical que ligaba al obrero del pasado a la tierra. El tejedor a mano, que poseía, además de su telar, una casita, un pequeño huerto y una parcela de tierra, seguía siendo, a pesar de toda la miseria y de toda la opresión política, un hombre tranquilo y satisfecho, “devoto y respetuoso”, que se quitaba el sombrero ante los ricos, los curas y los funcionarios del Estado y que estaba imbuido de un profundo espíritu de esclavo. Es precisamente la gran industria moderna la que ha hecho del trabajador encadenado a la tierra un proletario proscrito, absolutamente desposeído y liberado de todas las cadenas tradicionales; es precisamente esta revolución económica la que ha creado las únicas condiciones bajo las cuales puede ser abolida la explotación de la clase obrera en su última forma: la producción capitalista.» (Engels, 2006, p. 25)


Una de las réplicas que pueden hacerse al planteamiento, y más concretamente al hecho de asumir y aceptar categorías histórico-diagnósticas, es que existen posturas -no precisamente minoritarias- entre las psicólogas que se acercan más a una perspectiva dimensional5, no tanto categorial. Por ejemplo, que una aproximación categorial a lo que entendemos por Anorexia Nerviosa no tiene sentido en absoluto, porque en cuanto ampliamos el mapa de preocupaciones de población femenina, la delgadez, el miedo a engordar y la belleza se encuentran a la cabeza. Podemos no aceptar el diagnóstico como entidad explicativa, sino los procesos o contenidos como factores comunes a la población, que variarían en función de frecuencia, magnitud, y en última instancia, en repercusión en el funcionamiento del individuo.
Pero ésta no termina de ajustarse a la idea inicial: si no aceptamos las categorías diagnósticas, aceptamos el hecho de que existen procesos transdiganósticos o sintomatología transdiagnóstica que varían cuantitativamente de un estado “no-clínico” a “clínico”, y construimos desde las mismas. Seguiremos hablando de ansiedad, afecto negativo/positivo, rumiación. Y estas entidades son, eminentemente, categorías históricas fundamentadas y generadas sobre una serie de posturas filosóficas conformantes6 de las aproximaciones de la realidad:

«La intensidad, la satisfacción y hasta el carácter de las necesidades humanas, más allá del nivel biológico, han sido siempre precondicionadas. Se conciba o no como una necesidad, la posibilidad de hacer o dejar de hacer, de disfrutar o destruir, de poseer o rechazar algo, ello depende de si puede o no ser vista como deseable y necesaria para las instituciones e intereses predominantes de la sociedad. En este sentido, las necesidades humanas son necesidades históricas y, en la medida en que la sociedad exige el desarrollo represivo del individuo, sus mismas necesidades y sus pretensiones de satisfacción están sujetas a pautas críticas superiores. (Marcuse, 1993, p.34)»


Por tanto, ya no es sólo que la aproximación que hacemos hacia el pesar individual requiera de la toma de ciertas categorías, es que la propia reconducción de deseos, necesidades y desarrollos suponen, en última instancia, el sometimiento del individuo.


«Estas necesidades tienen un contenido y una función sociales, determinadas por poderes externos sobre los que el individuo no tiene ningún control; el desarrollo y la satisfacción de estas necesidades es heterónomo. No importa hasta qué punto se hayan convertido en algo propio del individuo, reproducidas y fortificadas por las condiciones de su existencia; no importa que se identifique con ellas y se encuentre a sí mismo en su satisfacción. Siguen siendo lo que fueron desde el principio; productos de una sociedad cuyos intereses dominantes requieren la represión.» (Marcuse, 1993, p. 34)

Si bien desde psicología no se medicaliza al usuario, se utilizan herramientas ancladas a la lógica que corrompe la propia voluntad, ya viciada en una primera instancia por el mero hecho de ser y estar. Lo que se pretende señalar es una región discursiva frecuentemente ignorada por el aparente choque frontal que se da entre psicología y psiquiatría. No se lea el presente texto como una apología al abandono del individuo que requiera una intervención terapéutica, dejándole en las manos del mal llamado azar (que no es más que miseria asignada), sino como una crítica necesaria ante el planteamiento dicotómico entre el dejar sufrir y el rehabilitar para soportar.

  1. El modelo biomédico, algunos tipos de cognitivismos y modelos psicodinámicos no van mucho más allá que la propia psiquiatría.
  2. Incluso si planteáramos una psiquiatría más cercana a los postulados contextuales de la psicología, en ningún caso podría entenderse como un avance respecto al usuario, porque supondría la sumación de los problemas del sometimiento del individuo desde el modelo biomédico, junto con los problemas que ya encierra la intervención psicológica, desarrollados en el presente texto.
  3. Toda intervención psicológica y psiquiátrica encierra cierta autoridad, puesto que da lugar a una estructura de poder terapeuta-usuario. Aquí se utiliza “autoritario” en su sentido más sangrante: violencia directa y activa en cualquiera de sus formas, más allá de la propia jerarquía.
  4. Este fenómeno es análogo a la relación que tienen los sindicatos con las condiciones laborales y la abolición del trabajo.
  5. La perspectiva categorial asumiría que el estado de depresión es cualitativamente diferente (otros procesos, otros contenidos) al estado no-depresivo. Mientras que, la perspectiva dimensional, considera que las diferencias son meramente cuantitativas: lo que nos separaría de un diagnóstico no sería un funcionamiento diferente, sino la frecuencia y magnitud de los procesos.
  6. En tanto que objetivación teórica de los fenómenos sociales.


Referencias

Engels, F. (2006). Contribución al problema de la vivienda (1ª ed.). Madrid: Fundación Federico Engels.

Marcuse, H. (1993). El hombre unidimensional (1ª ed.). Buenos Aires: Planeta Argentina.

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