Arte, amor, memoria y militancia como armas contra el capitalismo

Texto escrito por Lucía Díaz Roces (@lucidiazroces), estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Oviedo.

En los tiempos que corren, pareciera que la única vía posible a recorrer para el ser humano del siglo XXI fuera la del idealismo al cinismo, de la ilusión a la angustia vital. Después de todo somos, en nuestro contemporáneo tardocapitalismo, más conscientes que nunca de nuestra (al menos aparente) condición de sujetos pasivos, producto de circunstancias ajenas a nuestro control. Esta noción es reforzada por el incesante bombardeo, medios convencionales y redes sociales mediante, de todos los horrores que están teniendo lugar en todas partes del mundo y a tiempo real (presentes el tiempo suficiente para frustrarnos ante nuestra propia inutilidad, pero no mucho más antes de desaparecer en el olvido). El imperialismo sigue vigente, solo que ha cambiado de líderes. Es el caldo de cultivo ideal para la nostalgia, para un recuerdo edulcorado de una amenaza pasada inofensiva en el presente, de estructuras opresivas, pero sencillas para los ojos que buscan desesperadamente en el pasado el escape de un presente insostenible; pues frente a la abulia de la aristocracia, la mentalidad imperante ahora es la de la hiperproductividad. Casi parece que hubiera que añorar los días pasados: de ahí el resurgimiento del ideario fascista y el discurso reaccionario. Casi parece que la memoria y la justicia son lujos que la clase obrera no puede permitirse, que el olvido es el precio de la paz. Casi parece que la historia está condenada a repetirse, y nosotros, a no aprender jamás de ella. Porque a fin de cuentas, si el ser humano es realmente tan estúpido como autodestructivo, quizá se haría un favor a sí mismo rindiéndose (a sus peores instintos). Casi parece que esa es la única alternativa sensata.

Casi.

Sin embargo, la obra de Eduardo Galeano, por ejemplo, es un testimonio reciente de que en una misma persona pueden caber el más absoluto derrotismo y la resiliencia más admirable, como en la misma historia; de que existe otro camino, el de la esperanza frente a la desesperación, y que recorrerlo como individuo y como artista no es solo posible, sino que ha de ser un objetivo común si queremos alcanzar un cambio tangible y duradero. Sin embargo, el optimismo galeánico no es ni ingenuo, ni regresivo ni involuntario. Por el contrario, se trata de una decisión consciente, una respuesta progresista a la opresión sufrida: el entendimiento de que el pesimismo, aunque comprensible debido a nuestras circunstancias, solo beneficia a unos pocos poderosos, quienes precisamente lo alimentan y lo aseguran a través del olvido.

Ahora bien, si la raíz de estas opresiones es sistémica, nuestra respuesta también ha de serlo. Esto lo comprende Galeano, y es donde su concepción del artista y su obra desempeñan un papel fundamental. Frente al escepticismo, el consumismo exacerbado y la apatía promovida por las élites, la propuesta de Galeano es tan transgresora como necesaria: construirnos colectivamente (pasado, presente y futuro) a través del arte, un arte lejos de ser digerible, e incompleto hasta el momento en que inspira a quien lo disfruta. En ese sentido, es imposible divorciar la obra de Galeano de su activismo político. Frente al escapismo y el refugio en las etiquetas proporcionadas por el sistema, se defiende un arte de compromiso, que mire a la realidad a la cara de evadirla y que, al hacerlo, mueva a cambiarla. Este arte solo es posible a través de la creencia, si no en la bondad innata del ser humano, en su capacidad para redimirse y cambiar hacia mejor: a través del amor a uno mismo y a los demás, de redes afectivas que nos permitan creer que un mundo mejor es posible. También de reconocer el olvido no como un proceso natural del imaginario colectivo, sino como consecuencia directa primero del trauma y después del etnocentrismo y la globalización derivados del sistema capitalista.

Este nuevo sistema canalla y caníbal, que reemplaza a la religión católica como eje vertebrador de la sociedad occidental, pero no dista mucho en esencia de sus postulados, nos niega el goce de las pasiones humanas y de los placeres que derivan de lo que uno hace para sí mismo y no en beneficio de sus explotadores; precisamente porque el arte tiende puentes que atraviesan el tiempo y el espacio para hacernos saber que nuestros dolores ya han sido sentidos, que son escuchados. Y en este consuelo está la semilla del cambio, pues a fin de cuentas, ¿qué son todos nuestros proyectos de mejora colectiva, sino regalos a futuros que tal vez ni se hayan pensado siquiera? ¿Qué encierra nuestra frustración, traducida en rabia, sino la certeza de que otro modo de existir es posible? En una sociedad del desafecto y la indiferencia, el arte sirve para que el salto de fe que requiere amar a la humanidad no parezca tan osado, porque no lo damos solos.

Fray Diego de Landa arroja a las llamas, (…) los libros de los mayas. Colgados de los pies, desollados a latigazos, los indios reciben baños de cera hirviente mientras crecen las llamaradas (…). Esta noche se convierten en cenizas ocho siglos de literatura maya. (…) Ellos están en paz, porque han muerto sabiendo que la memoria no se incendia[1]. Este es el fragmento que da título a La memoria del fuego, y es también el más representativo no solo de dicha trilogía, sino de la totalidad de la obra literaria, política y humana de Eduardo Galeano, una que se propone asegurar al mundo que la esperanza, al igual que la memoria, no puede perderse jamás, ni siquiera quemada y rota. Galeano, forzado a los márgenes de la historia, a la cárcel al exilio durante la dictadura en Uruguay como consecuencia de su militancia política, no veía su escritura como un momento único y completamente original de recuperación de la historia, sino como parte de un espectro; de un continuo de conquista y resistencia en el que la historia nunca desaparece por completo en el olvido colectivo, nunca dice adiós, sino que aguarda a que alguna persona, en algún momento y algún lugar, la rescate, y lo hará. Uno en el que el escritor (y en general, el artista) desempeña un papel fundamental, en la medida en que es quien busca la historia, la encuentra y vuelve a contarla más fuerte y más completa cada vez, no al dejar atrás el pasado sino precisamente al construirlo a través de una comunidad.

Las humanidades, las artes y los afectos, en la medida en que constituyen un testimonio en constante evolución de todo lo que la humanidad tiene en común pese a sus particulares y diferencias, no han de justificar su existencia en base a cuan útiles puedan ser al sistema capitalista. Al contrario, el manejo de todos estos como arma contra él ha de pasar necesariamente por su reivindicación como fuente de placer y belleza, de expresión humana en todas sus manifestaciones: hemos de abogar por una cultura plural y accesible con independencia de clase y formación académica, que sea fuente de ocio saludable enfocado al desarrollo personal y colectivo frente a la industria actual, centrada en el consumo y la alienación. La implicación de la administración en la creación de centros cultuales abiertos al público, gratuitos y que permitan la expresión libre y la creación artística es fundamental para llevar a cabo este objetivo. Esta relación indivisible entre amor, arte y militancia la resumía de forma concisa Simone Weil: “No hay sentimiento de realidad sin amor, y este vínculo está en la raíz de la belleza”. Por desgracia, también lo saben bien quienes quieren hacer de la cultura un bien de mercado, disponible solo para ellos.

En definitiva, para Eduardo Galeano y para una servidora, el arte constituye un diálogo. Una conversación con una memoria cambiante, viva, humana; que piensa, pero también siente (dolor, rabia, esperanza), al igual que sus depositarios, los muertos y los vivos, nosotros. Una reivindicación de la sensibilidad frente al desapasionamiento originado por el deseo de evadirnos de una existencia en ocasiones dolorosa, frente a una marginalidad también cambiante. Solo a través de las relaciones humanas y el amor nacido de ellas podemos atrevernos a imaginar un mundo diferente, mejor, y tomar consciencia de las injusticias contemporáneas. En definitiva, el arte ha de ser espejo de la realidad, algo incómodo y brillante, como el fuego. Pero mirarlo es la única forma de dejar que la fuerza centrífuga de un mundo que gira en torno al dólar rompa nuestros abrazos, y sirviéndose del mareo y el desarraigo, nos arrebate la memoria.


[1]Galeano, E. H. (2010). Memoria del fuego, vol. 1: Los nacimientos (Vol. 1). Siglo XXI de España Editores pág 16 

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