Subjetividad capitalista y estrategia socialista: parte II

Texto escrito por Etsai (@abwerten) / Imagen creada por Zarkadi

Parte I (https://contracultura.cc/2022/11/08/subjetividad-capitalista-y-estrategia-socialista-parte-i/)

IV. Sujeto y política contemporáneos

«La desigualdad es fruto de consideraciones ideológicas y políticas, no tanto de restricciones económicas o tecnológicas»

— Thomas Piketty, ideólogo internacional de la socialdemocracia

Hemos analizado la subjetividad capitalista, es decir, el individuo abstracto y su actividad, y hemos visto que esta subjetividad es a la que el capitalismo tiende necesariamente cuando la contradicción entre trabajo y capital ni siquiera se da en el ámbito político de su reproducción mutua. Es decir, cuando el proletariado como clase para sí, antiguamente como movimiento obrero[1], no constituye una realidad —y su aparición misma es ya causa y resultado histórico de la agudización de la contradicción capital-trabajo—, campa a sus anchas la subjetividad capitalista, que no es otra que la actividad del individuo abstracto o el individuo abstracto como actividad.

Si bien es cierto que la política contemporánea es compleja de sintetizar en una serie de características comunes, no es menos cierto que estas características comunes existan y que tengan mucho que ver con los dos factores que se han señalado antes: por un lado, desaparición de la agudización de la contradicción capital-trabajo y, por tanto, del proletariado como clase para sí; por otro lado y como resultado, generalización del individuo abstracto como sujeto social práctico. Toda la política actual, desde el punto de vista del sujeto, se vertebra sobre estas premisas.

La política contemporánea es, por un lado, política de la democracia formal, porque toda contradicción del capitalismo que repercute en la política se interpreta como una fatal y contingente perturbación de una democracia ideal que no se ajustaría a su concepto. Anteriormente, ya se han puesto varios ejemplos de la manifestación de este aspecto de la política actual: la lucha contra la corrupción política, la lucha contra las castas o las élites financieras como parásitos de la nación, la lucha contra los excesos represivos del Estado, la lucha contra el fascismo o contra otros tipos de dictadura, la mala gestión económica, la lucha contra la influencia de la Iglesia, la división de “clases” entre ricos y pobres, etc. Esta última división merece especial atención porque es la premisa política más generalizada y a su vez la más problemática, ya que asume 1) que las clases son algo determinado en base a la renta que perciben los individuos y 2) que los individuos dentro de la sociedad capitalista son abstractamente iguales y que cada cual obtiene del producto final su parte alícuota. Toda política de confrontación basada en estas premisas es absurda en sí, porque no se sostiene sobre ninguna razón ética ni normativa en virtud de la cual poder luchar contra unas personas que han amasado grandes fortunas de forma justa. Es más, bajo estos parámetros, poner delante de las “élites” o de los “ricos” al “pueblo” o a los “pobres” y hacer políticas contra los ricos es más injusto que la supuesta injusticia que se quiere combatir. A los representantes de esta política, normalmente la socialdemocracia, les vendría bien leer atentamente la Política de Aristóteles, quien partiendo de las mismas premisas mistificadas de aquellos fue capaz de conceptualizar de forma certera lo justo y lo injusto de las formas políticas que parten de dichas premisas.

La democracia burguesa formal o ideal, que continuamente se percibe perturbada, es la forma adecuada de síntesis política entre el interés del individuo abstracto y la sociedad —el resto de los individuos abstractos presentados como un Otro—, ya que es la forma política en la que pueden ventilarse las desavenencias entre diferentes intereses individuales[2]. Y como forma adecuada, es decir, como horizonte medio de la política capitalista, marca la norma a la que dicha política debe ajustarse. Cuanto más se perturba esta norma, más se agudiza la política en clave capitalista.

Otro vector de la política contemporánea, desde este plano del sujeto, es la llamada política de identidades y la fragmentación de las luchas. Tal y como se ha dicho antes, el individuo abstracto dispone de ciertas diferencias con respecto al resto de individuos abstractos y es cuando a estas diferencias les subyace una opresión o una desigualdad cuando se lleva al terreno de la política. Así y no a la inversa, es la opresión la que configura identidades políticas: grupos, marcos culturales y políticas en contra de estas opresiones y alrededor de estas determinaciones por las que se les oprime. Subrayo que no cabe entender la identidad como el origen de la política. Si las luchas hoy en día se presentan de forma interseccional, es porque estas luchas son interseccionales en sí mismas. Si el individuo abstracto es la representación ideológica que se produce de forma necesaria en el capitalismo cuando el conflicto explícito entre clases está ausente, es natural que las luchas en torno a las opresiones que padecen los individuos abstractos se tengan que presentar sobre la base de este sujeto. Son luchas generales que solo son conceptualizables como parciales desde el momento en el que se postula el asunto de la unidad. Por ejemplo, la lucha contra el racismo en cuanto tal es una lucha general, puesto que su único objetivo —recordemos, en cuanto tal— es la abolición del racismo, hasta que se postula o bien que tiene una causa común a otras luchas con su consiguiente precepto ético del apoyo mutuo o bien que esa causa común no puede erradicarse sin aportar a otras luchas. Una vez postulada esa unidad y no antes o no ante su ausencia, se postula la insuficiencia y, por tanto, su parcialidad. Entonces, lo que hay que notar en la interseccionalidad es que si se ha buscado esta intersección es porque se intuye que hay algo en común a todas estas opresiones y la determinación de este común es precisamente lo que está en disputa. Del mismo modo, si se intuye ese común es porque se parte de una situación que se revela, ahora sí, como parcial. Esto, no obstante, no significa que la explicación interseccional o su apuesta estratégica sea correcta, sino que el surgimiento de esta forma de entender las luchas tiene un correlato histórico-material, las luchas en torno a determinaciones del individuo abstracto, y un correlato histórico-espiritual, la reproducción práctica del individuo abstracto mismo.

Por otra parte, el obrero ha pasado a reducirse a una simple posición de renta y contrato —a veces incluso siendo reducido a una identidad— porque desde el punto de vista del individuo abstracto, el que contrata para trabajar es capitalista y el que es contratado es trabajador, quedando este reducido únicamente a su relación contractual con el capitalista. No debe extrañarnos, pues, que en la política de izquierda se apele al trabajador en estos términos, obreristas las más de las veces, pues si la explotación es para este tipo de política simplemente una categoría moral basada en la intensidad y duración del trabajo o basada en la magnitud del salario y si las diferencias sociales se dan entre ricos y pobres, solo puede apelarse a los trabajadores como un grupo social que se sitúa dentro del bloque del pueblo o de los más pobres. Así, el trabajador, que en el sistema de producción capitalista está explotado necesariamente y que está oprimido como subproducto de su explotación, o sea, que está oprimido por el capital en su conjunto por medio de una coacción muda y a través de la producción o reproducción de medios —políticos, culturales, violentos— para evitar su asociación o limitar su capacidad de influir en la sociedad en caso de que se dé esta asociación —una coacción a viva voz, si queremos—, pasaría, dentro de los marcos de la política socialdemócrata, a estar simplemente desfavorecido y solo oprimido en tanto parte de una identidad desfavorecida. Una participación en el Estado, previa depuración democrática, unas políticas distributivas en favor de los pobres, ayudas a colectivos oprimidos, una política fiscal dura con las élites adineradas y todos estos fantasmas ideológicos a los que tan habituados estamos oír en bocas de los representantes socialdemócratas y cuya síntesis es el programa de la justicia social, harían la labor.

Finalmente, los cambios en la relación de clase capitalista y en la composición de clase son factores importantes que explican el florecimiento y posible decadencia del individuo abstracto en los últimos tiempos. En primer lugar, la existencia de una clase media bien asentada en los países ricos ha sido durante mucho tiempo probablemente el mayor pilar material para la generalización de la conciencia del individuo abstracto. Y es que una clase sostenida sobre una época de bonanza, con acceso a la propiedad inmobiliaria, la conversión de algunos trabajadores en rentistas, su acceso a acciones de capital social, una pequeña burguesía recibiendo generosas ayudas públicas, el reconocimiento corporativo de la representación del trabajo en el Estado y una infinidad de ejemplos más, han sido algunas de las causas que han generado en los países occidentales la estabilización de una clase media que ha llenado la centralidad del tablero político y el sentido común en occidente durante décadas. Sin embargo, a través de la proletarización general de la sociedad que estamos viviendo, con su progresiva expulsión del trabajo respecto de la producción capitalista y con la cada vez más acentuada decadencia de la clase media, es decir, la destrucción inminente de la base social sobre la que se ha sostenido la política del último medio siglo, estamos ante lo que seguramente vivamos como una crisis del sujeto y un cambio radical en la política tal y como la conocemos. Crisis en la relación de clase, proletarización y crisis de la clase media son los elementos coyunturales fundamentales a tener en cuenta por una estrategia revolucionaria.

V. Hacia una estrategia socialista

«Los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues por lo demás ellos mismos se enfrentan unos con otros,  hostilmente, en el plano de la competencia»

— Marx y Engels

Podría decirse, si asumimos que el individuo abstracto es el sujeto social dominante, que la estrategia socialista debería apelar a todo aquel individuo que quisiera abolir el capitalismo. Esto es cierto, pero limitado. Pues si bien es cierto que, desde el punto de vista de la subjetividad, todos se presentan como individuos abstractos, no es menos cierto que estos individuos abstractos estén sujetos a condiciones materiales concretas más o menos favorables y moldeados por diferentes intereses derivados de su situación de clase.

En términos generales, dentro de la lógica del capitalismo, el interés de todas las clases consiste en aumentar el volumen de la parte que les toca en la distribución: el proletario tiene interés en aumentar su salario, el pequeño burgués y el burgués en aumentar sus ganancias y su cuota de mercado, el autónomo en aumentar sus ingresos, el funcionario en aumentar su salario, el rentista en aumentar su renta, el accionista en que el valor de sus acciones crezca, etc. Pero también existen intereses de otro tipo. El proletario también desearía ver su jornada reducida, siempre y cuando no se viese disminuido el volumen de su salario directo y también tiene interés en que las instituciones públicas le provean ciertas protecciones y garantías —lo que se conoce como salario indirecto. El pequeño burgués se siente abrumado ante la grandeza de la gran burguesía e impulsa políticas estatales que le protejan de la desventaja que padece ante el gran capital nacional e internacional: de ahí la lucha contra las “élites” o el nacionalismo anti-globalista. La gran burguesía tiene interés en expandir su mercado mundialmente, de intervenir en geopolítica para asegurarse condiciones más favorables para su acumulación, de generar organismos supranacionales que le protejan contra otros bloques burgueses de gran envergadura y de evitar que todas las clases que se sitúan por debajo de ella aumenten de algún modo su poder. Si bien este es un mero resumen, da cuenta de que, pese a que el sujeto social general sea el individuo abstracto, no por ello dejan de existir intereses de clase enfrentados, aunque estos se manifiesten ante la conciencia inmediata como meros bloques de intereses de diferentes individuos abstractos.

Con todo, si en abstracto es adecuado decir que la estrategia socialista debería incorporar como sujeto a toda aquella persona interesada en acabar con el capitalismo, no podemos pararnos aquí con el análisis. Es más, pararse aquí supondría reducir la emancipación a una cuestión arbitraria y voluntarista de toma de conciencia de forma trascendente al mundo en el que vivimos. Un afuera desde el que reformadores sociales redentores vendrían a iluminar las delicias del paraíso que nos aguarda si decidimos dejarlo todo y luchar.

Comprender que los seres humanos se presentan prácticamente como individuos abstractos por encima de las clases es lo que obliga estratégicamente a llevar a cabo como tarea inmediata una guerra cultural[3] por la imposición de la hegemonía de la visión comunista de las cosas ante la actual hegemonía de la cosmovisión burguesa. Esto se traduce, a grandes rasgos, en explicitar a través de una adecuada relación de medios teóricos y prácticos el interés de clase que subyace a todas y cada una de las expresiones de opresión que se presentan bajo el manto de la maldad de unos pocos, la inepcia de unos gestores políticos o económicos, la corrupción, la crisis contingente, la culpa individual por no tener “éxito” en la vida, la “locura” de tal o cual representante político y, en suma, toda expresión que aparezca como una contingencia a una supuesta sociedad esencialmente libre y justa. Pero, por el mismo motivo de la generalización del individuo abstracto como sujeto, esta guerra cultural debe partir desde la existencia de este sujeto y no desde la concepción de un proletariado politizado, organizado y en movimiento. Es más, explicitar la pertenencia al proletariado no debería reforzar el orgullo, sino las razones para luchar por acabar con esa condición, pues el hecho de ser proletario constituye una restricción para el libre desarrollo del individuo abstracto. De igual manera, quien no sea proletario y no comparta sus problemas, pero se vea igualmente afectado por los efectos del capitalismo —por ejemplo, el filántropo pequeñoburgués preocupado por la crisis ecológica y que regenta un bar que no es solvente—, puede ser apelado en todo caso en este sentido —sin ser nunca el blanco central de la estrategia comunista—, señalando que la solución a sus preocupaciones no es compatible con su interés de clase, es decir, no dando salida a todos los intereses de clase bajo un sujeto popular o transversal, sino explicitando en todo momento los intereses de clase en lucha. También, la falta de tiempo para el desarrollo artístico, intelectual o físico, al que tanta importancia le dan los individuos abstractos y con el que tantas personas se identifican como lo constitutivo de su esencia, es otro de esos campos a atajar desde este punto de vista. Mucho es lo que se puede decir sobre el asunto, pero valgan estos ejemplos por ahora, ya que este no es lugar para un desarrollo exhaustivo de cómo puede concretarse una guerra cultural contra el sentido común burgués.

Este sentido común burgués que configura la subjetividad capitalista, es decir, la estructura formal de la razón a través de la que representamos la realidad, se produce de forma necesaria en una sociedad donde la reproducción de la vida se da a condición de reproducir el capital. Y en una sociedad como esta, la explotación del trabajo tiene una importancia central. No puede decirse que el capital haya subsumido totalmente la sociedad, porque existen muchas expresiones sociales que no se derivan de la lógica del capital y que no tienen por qué ser subsumidas por el capital mientras no interfieran con sus objetivos. El capital ejerce una gran influencia, pero no lo subsume todo. Y es que los proletarios están subyugados por los capitalistas por medio de un mecanismo de dominación que simultaneamente subyuga a todo el mundo a los imperativos del capital. Ahora bien, la reproducción del capitalismo y gran parte de sus problemas derivados se basan esencialmente en la separación de los productores de los medios de producción, en la producción social y apropiación privada a través de la explotación; en una palabra, en la contradicción capital-trabajo. El capital se alimenta de la explotación del trabajo como su sustancia, sin la cuál no puede vivir ni, por tanto, oprimir —siempre que admitamos, claro está, que entre diferentes opresiones y capital existe una alianza criminal y que la abolición de este es condición necesaria, aunque no suficiente, para la abolición de aquellas opresiones. Para que la explotación del trabajo pueda darse, es estrictamente necesaria la existencia de una determinada estructura de clases, es decir, una separación entre la actividad del trabajo y de sus medios. Esto se traduce en la existencia necesaria de dos clases—sin ser las únicas existentes—, la de los desposeídos y la de los poseedores de medios de reproducción social. El ciclo de acumulación de capital se sostiene sobre esta base, pero también la reproduce: produce valor, mercancías y la separación entre trabajo y medios de trabajo. Por ello, la expropiación de los medios de reproducción social y la expropiación del fondo de ganancia es uno de los puntos estratégicos más importantes de la lucha socialista.

Ahora bien, si esta lucha por la expropiación es importante para acabar con la explotación y con otras expresiones de opresión —racismo, machismo, xenofobia, etc.—, no menos importante es la lucha contra estas opresiones, pues aunque no son constitutivas de la dominación de clase capitalista, sí le son funcionales, ya que la tendencia que puede trastocar la relación de clase capitalista —que no es otra que la asociación— se ve continuamente impedida por la existencia de estas opresiones en el seno de los desposeídos, constituyendo en sí mismas fuentes del poder del capital —lo que apunta a la abolición de este poder como condición necesaria para la abolición de las mencionadas opresiones. Y es que a través de estas opresiones y diferencias como las que también se dan entre trabajadores nacionales y extranjeros, trabajadores cualificados y descualificados, capital en funciones y subordinados, trabajadores y parados, temporales y fijos y otras tantas, se fortalecen jerarquías entre los trabajadores y se impide su asociación, fortaleciendo en cambio la competición entre los mismos. Esta necesidad de dividir a los trabajadores es esencial a la lógica capitalista, pese a que pueda y deba discutirse el origen de algunas de las opresiones[4] que los dividen, por lo que el capital puede dejarlas a su curso, mantenerlas o fortalecerlas, con tal de hacer prevalecer e intensificar su poder sobre el proletariado. Del mismo modo que la expropiación es necesaria para acabar con una lógica social que se beneficia de la opresión entre seres humanos, también es necesaria la progresiva solución a estas opresiones, de tal modo que la solución práctica en el seno y a través del movimiento socialista —no reducido, aquí, a una organización— de estas opresiones sea la forma concreta por medio de la cuál puede materializarse la asociación del proletariado: no mediante un llamamiento abstracto a la unidad[5], sino resolviendo, en la medida en que lo permita la potencia práctica del movimiento, las causas de la competición entre trabajadores.

Sin embargo, lo dicho no debe tomarse como una excusa para autocomplacerse en los espacios militantes de las —a veces mal— llamadas luchas parciales, desde las que se intenta con muy buena intención dar solución a estas problemáticas. Es importante notar, como ya se ha dicho, que una lucha parcial solo es tal cuando se postula su insuficiencia. Por ejemplo, si una determinada corriente feminista no persigue nada más allá de la emancipación de la mujer en abstracto y cuando ésta quiere llevarse a cabo al margen de la existencia de otras opresiones —cuando se da través del reforzamiento del Estado, por ejemplo—, entonces no puede decirse que es parcial, sino que es general en sí misma, pues desde sus parámetros lucha por esa única causa y por ninguna más. Esto supone, reitero, que la parcialidad requiere reconocer la insuficuencia. Ahora bien, este reconocimiento, si se da, puede darse de dos formas: o reconociendo una causa común a múltiples opresiones o aportando a otras luchas de forma altruista. Si se es consecuente con el primer caso, entonces no tiene mucho sentido hablar de sumar movimientos —feminismo + ecologismo + … + socialismo—, sino que las luchas contra esta opresiones, más bien contra sus causas, deben aparecer como frentes de una sola y la misma lucha. Esa es la lucha comunista o socialista, que no es una más entre otras —groseramente reducida a “lo económico”, al salario o al sindicato laboral—, sino la enmienda a la totalidad del sistema de explotación y opresión. Y es que el todo no es la suma de las partes, sino que las partes adquieren su significado a través del todo. Por tanto, si se reconoce una causa común, es ésta la que debe dotar de contenido político a las partes. En lo concreto, esto significa que tanto los objetivos como los medios se ven trastocados cuando una lucha se inscribre prácticamente como frente de una más general, lucha general que no aparece al lado de las demás, sino que vive a través de esas luchas parciales y en la que aquellas adquieren un nuevo contenido acorde a los intereses generales del movimiento. De ahí que, primero, sea improductivo apelar a una suma de “-ismos” y, segundo, que la reflexión sobre la lucha general, así como su avance práctico, deba empujar a la reflexión sobre el contendio teórico y práctico de las partes. En suma, esto exige, entre muchas otras cosas, pensar desde la unidad, no desde las partes, y se traduce políticamente en articular una mínima estrategia común que dé respuestas prácticas a la superación de estas opresiones desde el punto de vista de los objetivos generales del movimiento.

Lo dicho hasta ahora, claro está, es una propuesta estratégica y, como toda estrategia política, solo puede pensarse desde el punto de vista de la proyección o prefiguración política. Bien podríamos como comunistas militantes sentarnos a esperar a que el resto de compañeros proletarios se organizasen para la lucha, a partir de una crisis o algún evento perturbador del orden social, ya que una asociación de los trabajadores al margen del esfuerzo de la organización socialista es concebible y deseable. Ahora bien, en las condiciones concretas con las que nos encontramos actualmente, en las que todo este asunto del individuo abstracto cobra relevancia, esta asociación no se está produciendo, incluso pese a la(s) crisis. Y si ciertamente el desarrollo de la lucha de clases no depende de los deseos de este o aquel grupo de socialistas, también es cierto que la pasividad ante este hecho presupone una determinada visión sociológica por la cual uno o una se coloca ante la sociedad como mero observador, no como parte de ella, con implicaciones como la común idea de que la revolución es algo que llega o surge. Dos ejemplos históricos pueden servir para ilustrar esta idea. Primero, que la socialdemocracia alemana a finales del siglo XIX y principios del XX, aun habiendo conseguido una vasta y potente asociación del proletariado, postulase que su labor política era, grosso modo, esperar a que el proletariado se lanzase a la revolución, con su correspondiente actividad reformista mientras tanto, es la paradoja política del socialismo más curiosa de la historia. Pues, prescindiendo aquí del hecho de que esta llamada a esperar era en realidad el reflejo de un acomodamiento del trabajo y de sus representantes en la vida capitalista y una clara renuncia a la revolución, la idea de plantear desde dentro de un movimiento que constituía el proletariado asociado que había que esperar a que el proletariado se lanzase a la revolución, suponía lo mismo que afirmar que el proletariado debía esperar a su propia iniciativa, a sí mismo, para llevar a cabo la empresa revolucionaria. El segundo hecho es que, pese a que históricamente han existido luchas del proletariado cuya causa no estaba en la iniciativa de una determinada organización socialista, no es menos cierto que muchas de esas luchas y cristalizaciones de asociación hayan estado influenciadas por las ideas y actividades socialistas. A lo que voy, es a que entre la prefiguración política y lo que escapa de su alcance hay una relación en la que ninguno de ambos polos puede presentarse como absoluto frente al otro. Por tanto, cuando esa asociación no se produce y más bien se produce lo contrario, entonces aquellos sectores politizados de los proletarios no pueden quedarse de brazos cruzados, sino que tienen asumir la tarea limitada pero útil de organizarse y proyectar una política que ponga las herramientas para la asociación comunista del proletariado, política que debe su coherencia a la formulación de una determinada estrategia. De esta forma, al poner y no imponer herramientas, no se sustituye al proletariado en su movimiento, por el mismo hecho de que son herramientas que virtualmente facilitan su constitución como Partido, que no concibo como una organización burocrática de representantes o dirigentes de los trabajadores, sino que expresa una determinada relación de lucha, un movimiento de clase preparado para la ofensiva contra el capital y contra sí misma, en el que el proletariado es sujeto activo de emancipación.

Etsai


[1]     Aquí, el concepto de movimiento obrero se utiliza en un sentido muy concreto. Normalmente, se habla del movimiento obrero como todo movimiento de organizaciones de trabajadores en defensa de sus intereses como clase. Sin embargo, las formas concretas de este movimiento no siempre son las mismas y, considero, junto a propuestas teóricas como la del colectivo Endnotes, que el movimiento obrero es una determinada configuración histórica que tomó la lucha del proletariado. Véase Endnotes 4, Historia de la Separación.

[2]     En un sentido muy abstracto, el del liberalismo radical, esta democracia política no sería necesaria. Esto tiene parte de verdad, pero solo es así en tanto que se mantiene en un nivel de abstracción que no es capaz de dar cuenta de la necesidad que existe en la sociedad concreta capitalista. Y es que desde lo abstracto de ese planteamiento, no debería existir un ámbito donde se discutiesen políticamente las diferencias y los intereses de los diferentes individuos, sino una serie de normas éticas a cumplir por todos los individuos abstractos que, en sí, se reducirían a una sola máxima: respeto de la libertad negativa de los demás. Esto implica la no interferencia en el movimiento de los demás, respeto hacia el derecho a la propiedad privada de los demás, equivalencia en las transacciones, etc. Todo ello asegurado por parte de la seguridad privada que proveerían algunos individuos abstractos mediante sus empresas. Esta postura de la abstracción radical es la del anarco-capitalismo.

[3]     La guerra cultural no es un asunto meramente teórico, propagandístico, mediático o espiritual, sino eminentemente político. La hegemonización de una visión de las cosas crítica con el orden y el pensamiento burgués, es decir, una visión que no los asuma ni como eternos ni como viables, no puede realizarse únicamente por medio de la difusión teórica de ideas, sino que requiere de un sustento práctico que haga de esas ideas algo creíble y que apunte al horizonte comunista como algo posible y deseable. La hegemonía de una determinada forma de pensamiento requiere de un contexto práctico en la que aquella se hace posible.

[4]     Hay opresiones que ciertamente tiene un origen precapitalista, pero también es cierto que el capitalismo moldea y adecúa a su lógica la forma en la que se dan estas opresiones, haciendo difícil hablar de sistemas de opresión. Así se da que en una forma de vida subordinada a la lógica mercantil las actividades asociadas al género femenino estén devaluadas —sin producción de valor no podrían estar devaluadas en sentido económico, aunque sí lo estaban en otros sentidos, donde lo “afeminado” era sinónimo de pusilánimidad y otras acepciones negativas, concepción de la feminidad de la cual el capitalismo se ha nutrido siempre para devaluar los trabajos de las mujeres—, que el embarazo se convierta en un gasto improductivo, que el cuerpo de la mujer llegue a ser mercancía, que algunas naciones estén oprimidas porque su vida libre supondría una pérdida de mercado, de materias y de terreno geopolítico para sus opresores, que la xenofobia y su racismo asociado se extienda debido a que son una amenaza para las condiciones laborales del trabajador autóctono, etc.

[5]     Buen ejemplo de esta llamada abstracta a la unidad han sido los llamamientos al internacionalismo en el contexto de la guerra en Ucrania que se está librando actualmente. Porque, aunque la propaganda a favor del internacionalismo proletario nunca está de más, el mero enunciamiento de que el problema nacional es un problema democrático-burgués y que enfrenta a los proletarios no va a provocar que los proletarios ucranianos y rusos adquieran conciencia de que este problema es ajenos a ellos, ya que en la práctica el proletario ucraniano va a seguir sufriendo la invasión rusa y el proletario ruso en Ucrania va a seguir sufriendo discriminación; es decir, van a seguir enfrentados en la práctica por una dinámica que no va a resolverse por un cambio de mentalidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.