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Tres textos sobre la consustancialidad de racismo y capitalismo, la historia y globalización del neocolonialismo y el discurso legitimador de las nuevas guerras imperialistas

Saïd Bouamama

Traducción y recopilación por Leila Sidqi

Publicaciones originales en: Le blog de Saïd Bouamama

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La consustancialidad del racismo y el capitalismo y sus consecuencias

Si bien teóricamente un capitalismo no racista es posible, el «capitalismo real» o «capitalismo realmente existente» (es decir, todas las experiencias conocidas del capitalismo hasta hoy) ha estado caracterizado sistemáticamente por la existencia de relaciones sociales racistas, por un lado, e ideologías racistas, por otro. Incluso la afirmación habitual de la existencia de un racismo precapitalista se hace en base a una confusión entre los conceptos de racismo, etnocentrismo y xenofobia. Esta confusión no es neutral: vuelve ahistórico el racismo haciendo de él una constante esencialista en la humanidad y no una producción social históricamente datada y sistemáticamente vinculada a ciertos intereses económicos y sociales. El reto que plantea es enorme, puesto que determina una parte nada desdeñable de los contenidos, las formas, los objetivos y el orden de la agenda militante simultánea del antirracismo y el anticapitalismo.

Una consustancialidad histórica

La historia de la humanidad es, desde que nuestros ancestros salieron de la era de la supervivencia absoluta y aparecieron tanto la propiedad privada como las clases sociales que dimanan de ella, una sucesión de relaciones de explotación y dominación. Tales relaciones han estado a menudo marcadas por la existencia de tratos diferenciados según el origen de las personas más o menos histórica y geográficamente desiguales. La imposición de estos tratos ha sido más o menos violenta según los lugares y las épocas. El capitalismo no tiene entonces ni el monopolio de la desigualdad, ni el del trato diferenciado y desigual según el origen, ni el de la violencia para imponer ese trato. ¿Bastan estas constantes para concluir que el racismo siempre ha existido, que es una especie de constante en la humanidad?

Extraer una conclusión así sería negar las diferencias esenciales entre las formas precapitalistas de los tratos diferenciados según el origen (etnocentrismo y xenofobia) y el racismo. Si bien existen lazos de continuidad entre las primeras y el segundo, esto no debería ocultar las importantes diferencias que los distinguen. Para evitar una confusión de este tipo, nos conviene salir de la plurivocidad del término «racismo». El término a día de hoy se utiliza, en efecto, en medio de una multiplicidad de significados. Hay quien se queja incluso de un «racismo antirricos». Precisemos entonces nuestra definición de este concepto. El racismo designa toda ideología que comprenda tres afirmaciones: (1) la existencia de una división de la humanidad en pseudo-«razas», (2) la jerarquización de estas en una escala de inferioridad/superioridad, es decir,  la afirmación de una desigualdad racial, (3) la justificación de un trato desigual de acuerdo con esta escala. Lógicamente, el racismo designa igualmente las relaciones sociales que dimanan de este tipo de ideología, es decir, el trato desigual según la pertenencia pseudo-«racial».

Así definido, el racismo como ideología y como relación social data del período de transición hacia el capitalismo industrial. Es el dichoso «descubrimiento de América», es decir, la destrucción violenta de las sociedades indígenas que proveyó una parte esencial de la masa de capitales implicada en aquello a lo que Marx se refería como la llamada «acumulación primitiva» del capital. Es la esclavitud que completó esta acumulación inédita, estructurando de manera duradera hasta nuestros días el mundo en forma de un centro dominante y unas periferias dominadas. Si el brazo armado fue español y portugués, los capitales que lo financiaron provinieron de bancos ingleses, franceses, holandeses, etc. Las dos coronas se endeudaron para financiar sus expediciones y, a cambio, devolvieron una enorme cantidad de capital en concepto de reembolso de deudas e intereses, lo cual garantizaría la transición al capitalismo industrial en la mayoría de países europeos. Una expropiación de tales dimensiones y las violencias que la acompañaron exigían la producción de un discurso de justificación y legitimación. El racismo sería el resultado. Surge, se formaliza y se despliega acompañando la violencia total que constituyó el «descubrimiento de América» y, luego, la esclavitud. Lejos de ser una constante esencialista de la humanidad, el racismo se puede datar históricamente en 1492. Immanuel Wallerstein ya ha argumentado y documentado desde hace mucho tiempo que el capitalismo histórico es indisociable del sistema-mundo moderno que se instaura a partir del siglo XVI, por un lado, y que no podía haber un sistema-mundo anterior al capitalismo, por otro lado[1]. Eric Williams, por su parte, documentó desde hace aún más tiempo los vínculos entre la esclavitud y la constitución del capital que permitieron la transición al capitalismo industrial[2]. Es así, en un mismo movimiento, que se realizan la transición al capitalismo industrial, el colonialismo sobre el continente americano y la aparición del racismo como ideología y como relación social. Capitalismo, colonialismo y racismo no son tres realidades distintas, sino tres facetas de un mismo proceso global, que emergen en un mismo período histórico.

Una consustancialidad lógica

La indisociabilidad del racismo y el capitalismo no se limita sin embargo a esta dimensión histórica. Resulta igualmente de las leyes de movimiento mismas del mundo de la producción capitalista. Sin pretensiones de exhaustividad dentro de los límites de extensión de este texto, subrayemos una de estas leyes que conducen a una producción permanente de racismo bajo el capitalismo de ayer y de hoy. Esta ley es la de la maximización del plusvalor obtenido, es decir, del trabajo no pagado. Esta maximización conduce inevitablemente a la resistencia del movimiento obrero. Cada garantía arrancada por el movimiento obrero, cada subida de los salarios o reducción de la jornada laboral conseguida por la lucha sindical, cada conquista social lograda, etc. es de hecho un límite impuesto a tal maximización.

Recordemos a este nivel que la ola de colonización del siglo diecinueve se justificó a menudo a partir de aquello a lo que se llamó «la cuestión social», es decir, de hecho, las luchas del movimiento obrero. El miedo a la revolución social es un argumento esencial para muchos defensores de la colonización. «Una nación que no coloniza está irrevocablemente destinada al socialismo, a la guerra del rico y el pobre»[3], clama Ernest Renan. «Viertan su excedente en esta África y, al mismo tiempo, resuelvan sus cuestiones sociales, conviertan a sus proletarios en propietarios»[4], prosigue Victor Hugo. «La idea que más a pecho me tomo es la solución al problema social: para salvar a los cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una guerra civil sangrienta, nosotros, los colonizadores, tenemos que conquistar nuevas tierras para instalar en ellas al excedente de nuestra población […], para encontrarles nuevas salidas a los productos de nuestras fábricas y nuestras minas. El Imperio, como siempre he dicho, es una cuestión de estómago. Si quieren evitar la guerra civil, tienen que convertirse en imperialistas»[5], sobrepujaba Cecil Rhodes. Además del colonialismo, el recurso a la inmigración es otra tentativa de sortear ese límite para la maximización del plusvalor que es el movimiento obrero.

El capital en busca de la máxima ganancia posible llama sin cesar a nuevos portadores de fuerza de trabajo, a los cuales impone una «sobreexplotación». Para lograrlo, el mercado de trabajo se segmenta entre ciertos segmentos caracterizados por la «explotación» y otros, por la «sobreexplotación». Tal lógica impone a lo largo del tiempo una tendencia al descenso de las condiciones salariales y laborales de todos los trabajadores, pero también una disparidad entre las condiciones de explotación en cada secuencia histórica. La inmigración constituye, debido a la precariedad organizada de su estancia, debido a la distancia que la separa del movimiento obrero en el momento de su llegada, debido al racismo alimentado ideológicamente, etc. una formidable variable de ajuste estructural que conduce a su asignación a los sectores de sobreexplotación, El racismo aparece, por tanto, como el acompañamiento ideológico de esta segmentación del mercado laboral en base a un criterio de país de origen.

Lejos de haber surgido con la llegada de las primeras oleadas de inmigración europea, esta lógica de segmentación del mercado laboral y producción de su acompañamiento ideológico —el racismo— está presente en los primeros pasos del capitalismo. En una obra reciente, hemos reconstruido los sectores del mercado laboral a los que se han asignado las «inmigraciones» bretonas y auvernesas, así como los discursos ideológicos racistas que las han acompañado[6]. Discursos políticos y mediáticos, artículos periodísticos, escaladas de la extrema derecha, informes con pretensiones académicas, etc., todos ellos se construyeron sobre un modelo culturalista y esencialista, con los mismos estigmas racistas: inasimilabilidad o integración imposible, comunitarismo, amenazas para la identidad, desigualdades biológicas o culturales, etc. En cuanto a los sectores laborales, no es de extrañar que se traten de aquellos caracterizados por los salarios más bajos, las condiciones de trabajo más difíciles, protecciones por debajo de la media, etc. Por supuesto, con el tiempo, estos trabajadores sobreexplotados entran en lucha contra dicha sobreexplotación y se incorporan al movimiento obrero. Llega entonces el momento de sustituirlos por otros a quienes se aplica la misma lógica de asignación a la sobreexplotación y difusión de la misma construcción racista. Es por ello que proponemos no datar la inmigración de la llegada de las primeras inmigraciones europeas, sino incluir las inmigraciones intranacionales. Las razones para abandonar Bretaña o Auvernia y dirigirse hacia los centros industriales fueron de la misma naturaleza que las que dan lugar a las inmigraciones contemporáneas, a saber: la destrucción de los modos de producción anteriores (comunitarios, de pequeñas propiedades familiares, etc.). Del mismo modo, los procesos de asignación a los sectores de sobreexplotación son similares. El discurso racista que los acompaña también. El racismo como ideología y como relación social ha sido así una constante desde los bretones de ayer hasta los malienses de hoy, desde los auverneses de ayer hasta los argelinos de hoy, etc.

La ley misma de la maximización del plusvalor conduce lógicamente a la expansión permanente del capitalismo, es decir, a la globalización. Cada poseedor de capital, individual o colectivo, está empujado a expandirse bajo la amenaza de ir a desaparecer bajo los golpes de la competencia. Como subrayaba Aimé Césaire[7], el capitalismo no puede funcionar sin extenderse. Es por ello que es un error datar la globalización de la década de los 90 del siglo pasado. En cuanto a la globalización propiamente dicha, está presente desde el capitalismo infantil que, como hemos subrayado más arriba, está acompañado del colonialismo. Así, es la misma sed de plusvalor la que conduce tanto a la deslocalización de las empresas como a la construcción jurídica de la figura del «sin papeles» para asignar a través de ella los empleos de sobreexplotación que no se pueden deslocalizar. Como era de esperar, el acompañamiento ideológico racista está a la orden del día para estos estos trabajadores sin papeles. Capitalismo, neocolonialismo y racismo no son tres realidades distintas, sino tres facetas indisociables del funcionamiento del mismo modo de producción.

El dinamismo de las relaciones de dominación

La humanidad ha conocido numerosas relaciones de explotación y dominación anteriores al capitalismo: la esclavitud antigua, el patriarcado, el edadismo, el feudalismo, etc. La lógica común de todas esas relaciones es la transformación de las diferencias (de sexo-género, de edad, de nacionalidad, de origen, etc.) en una jerarquía. Cada vez que las clases dominadas han impuesto a través de sus luchas el fin de una «era de dominación y explotación», las nuevas clases dominantes han reciclado los discursos ideológicos esencialistas del pasado para ponerlos al servicio del nuevo modo de producción dominante. El capitalismo no le pone fin a la ideología patriarcal, sino que la reformula para ponerla a su servicio. No le pone fin a día de hoy al racismo colonial, sino que lo reformula para justificar la asignación de los antiguos indígenas convertidos en inmigrantes (y a sus hijos franceses de nacimiento y socialización) a los empleos de sobreexplotación.

Por otra parte, este proceso no sólo se verifica en el plano ideológico, sino también en el plano de las relacione sociales. Si bien la colonización exportó las relaciones capitalistas a las colonias, no terminó de destruir completamente las relaciones de dominación anteriores y, en particular, las relaciones feudales. En numerosas colonias, la colonización mantuvo tales relaciones para ponerlas al servicio del nuevo modo de producción dominante: el capitalismo. Del mismo modo, los contratos de trabajo que afectan a los temporeros en Europa en general y en Francia en particular arrastran ciertos aspectos de la relación feudal y, en particular, el vínculo del inmigrado a su empleador (estando el permiso de residencia vinculado al contrato laboral), como antaño lo estaba el vínculo del siervo al señor. Es esta lógica, hasta ahora limitada a la contratación de temporeros, la que intenta generalizar la futura Ley Darmanin[8] con su famosa pseudoregularización para los empleos en tensión. Los titulares del nuevo permiso de residencia previsto por esta norma no podrán dejar su trabajo so pena de perder su permiso de residencia.

En el plano de las ideologías, los préstamos de las legitimaciones del pasado son característicos de las primeras formulaciones del racismo biológico desde los comienzos del capitalismo. Estas primeras formulaciones del racismo biológico no dudan en retomar la «teoría de las dos razas» que sirvió durante mucho tiempo para legitimar el feudalismo. Cuando empezó a usarse en la Francia del siglo XV, el término «raza» se usaba, en efecto, para justiciar el poder feudal. De acuerdo con la teoría de las dos razas, Francia estaría constituida por dos razas primitivas: una conquistadora y otra conquistada. De este modo, la nobleza sería de origen franco y los siervos, de origen galo. Algo significativo de esta teorización es que, poniendo a los francos como superiores (llamados a desempeñar tareas militares y destinados a dominar) y a los galos como inferiores (llamados a trabajar y destinados a ser dominados), se blandió para distinguir a los siervos, pero también para oponerse al ennoblecimiento y mantener la «pureza» de la raza de los señores. En cierto sentido, se trataba de oponerse al «gran reemplazo» de los nobles mediante la clausura del segundo orden estamentario. La «nobleza de sangre» se opondría así a la «nobleza de papel», igual que hoy hay quienes oponen al «francés de pura cepa [de souche]» contra el «francés porque lo pone en sus papeles [français de papiers

Sin embargo, por un lado, estas ideas todavía no asocian «raza» y «color» y, por otro lado, el argumento biológico apenas se utiliza. Habrá que esperar a la introducción del cultivo de azúcar en las Antillas y a la esclavitud que lo acompañó para que «esas ideas se transformaran en una ideología racista que permita la dominación de un grupo humano por otro, en base a una presunta superioridad moral e intelectual supuestamente reflejada en el aspecto físico mediante distinciones naturales», explica el historiador Pierre Boulle[9].

Es sólo con la generalización al conjunto de los europeos de las «cualidades» y «superioridades» hasta entonces reservadas a la nobleza y con la pretensión de probar esto científicamente que llega a aparecer el racismo como ideología en justificación del racismo como relación social concretada mediante la esclavitud, siendo esta misma un resultado de la expansión del capitalismo. Alguien como Ernest Renan puede escribir entonces:

«Por mucho que deban condenarse las conquistas entre razas iguales, la regeneración de las razas inferiores por parte de las superiores forma parte del orden providencial de la humanidad. El hombre del pueblo es casi siempre entre nosotros un noble desclasado; su mano pesada está más hecha para manejar la espada que la herramienta servil […]. Derramad esta actividad devoradora sobre países que, como China, claman por la conquista extranjera […] cada uno estará en su papel. La naturaleza ha creado una raza de obreros; es la raza china, con una destreza manual maravillosa sin apenas sentido del honor […] gobiérnenla con justicia […] estará conforme con ello. Una raza de trabajadores de la tierra, es el negro, sean buenos y humanos con él y todo estará en orden. Una raza de amos y soldados, es la raza europea.»[10]

Las continuidades y los préstamos en los discursos ideológicos de dominación subrayan que el racismo, en el sentido en que lo entendemos, tiene raíces precapitalistas, pero es sólo en el marco de la esclavitud (él mismo un resultado de las necesidades de la expansión capitalista) y para servirlo que llega a operarse el salto cualitativo que hace nacer el racismo.

La indisociabilidad del antirracismo y el anticapitalismo

El racismo como ideología surge en apoyo y legitimación del racismo como relación social, indisociable del capitalismo que le impone su lógica al conjunto de las relaciones sociales de una sociedad dominada por el modo de producción capitalista. Combatir el racismo de manera consecuente supone arremeter contra las relaciones sociales racistas en la medida en que estas constituyen la base material de la ideología racista. Toda victoria, por mínima que sea, contra la desigualdad en el trato en función del origen, todo retroceso de las discriminaciones racistas que se logre imponer mediante la lucha, hace que el racismo recule más consecuentemente que todos los programas antirracistas —por exhaustivos que sean. Esto tampoco significa que debamos subestimar la lucha ideológica, siendo el caso que la ideología racista contribuye a su vez a producir y reproducir las relaciones sociales racistas que están puestas al servicio de la reproducción del capitalismo.

De esto se desprende que un antirracismo que no sea anticapitalista será, en el mejor de los casos, un antirracismo incoherente y, en el peor, una operación de distracción que desvíe las energías militantes de los verdaderos lugares y mecanismos de producción y reproducción del racismo. Lo mismo sucede con los intentos de limitar el antirracismo a la lucha contra los discursos y actos racistas individuales. De este modo, un antirracismo así nos aleja de los verdaderos objetivos que son el racismo de Estado (producido por políticas estatales de producción de simpapeles, de precarización de la estancia de inmigrantes «regularizados, de banalización de las discriminaciones racistas»), el racismo sistémico (producido por el funcionamiento mismo del sistema económico y sus consecuencias sobre el conjunto de esferas de existencia: vivienda, empleo, formación, etc.) y el racismo institucional (producido por el funcionamiento de las diferentes instituciones). Aquello que vincula las políticas de Estado dominantes, el funcionamiento del sistema económico y las diferentes instituciones es justamente que son al mismo tiempo producidas y productoras por/de la lógica capitalista. Un antirracismo que no sea anticapitalista es por ello un antirracismo de fachada. Un antirracismo así es aún más de consenso por el hecho de ser de fachada.

Al revés, un anticapitalismo —por más radical que fuera su discurso— que no fuera antirracista o que relegara el antirracismo a un lugar subalterno dentro de la agenda de las movilizaciones estaría pasando de soslayo por uno de los principales mecanismos de jerarquización de la clase obrera y organización de la competencia entre portadores de fuerza de trabajo —una de las dimensiones centrales del capitalismo. El capitalismo francés concreto, el que funciona realmente, se desarrolla habiendo integrado las relaciones sociales racistas en sus lógicas de funcionamiento y reproducción. Cualquier oposición entre «raza» y «clase» estará vacía en la medida en que no dé cuenta de que tales relaciones sociales son facetas de una misma lógica capitalista de conjunto. Librar consecuentemente la lucha antirracista no es salir de la lucha de clases, sino entrar en ella concretamente. Un anticapitalismo que oculte o subestime la lucha antirracista será, en el mejor de los casos, un anticapitalismo descarnado, un anticapitalismo que arremeterá contra un capitalismo abstracto y no contra el capitalismo realmente existente.


Neocolonialismo y pauperización sistémica

«La esencia del neocolonialismo consiste en que el Estado sujeto a él es teóricamente independiente, posee todas las insignias de la soberanía sobre el plano internacional. Pero, en realidad, su economía y, en consecuencia, su política están manipuladas desde el exterior.»

—Kwame Nkruman, El neocolonialismo, última etapa del imperialismo.

El Mediterráneo transformándose en un cementerio gigantesco desde hace muchos años, un Sahel cotidianamente enlutado por las llamadas violencias «yihadistas», manifestaciones populares reclamando que las tropas francesas abandonen esa misma región extendiéndose ahora por todo el oeste de África, un crecimiento en numerosos países africados que no viene acompañado ni de desarrollo ni de un descenso de la pobreza, etc. Todos estos hechos son incomprensibles si no los vinculamos a las relaciones económicas que regulan las relaciones entre los países que dominan la economía mundial y los países dominados por ella. No tomar en cuenta estas relaciones económicas (y sus secuelas lógicas, consecuencias y factores de reproducción, a saber, las relaciones políticas, culturales, etc.) nos lleva a la situación actual de una «izquierda» globalmente muda en lo que toca a las prácticas depredadoras de las clases dominantes europeas —una «izquierda» marcada por un punto ciego respecto al antiimperialismo. Salir de este punto muerto supone aprehender las invarianzas y mutaciones entre el colonialismo como sistema y aquello a lo que Nkrumah llamaba «neocolonialismo» en la cita puesta de relieve más arriba (sección 1), medir el alcance de los efectos de ese neocolonialismo sobre las condiciones de existencia de los pueblos neocolonizados (sección 2), darse cuenta de la importancia de la secuencia actual, llamada de «globalización» (sección 3), y, finalmente, restablecer la relación entre las cuestiones voluntariamente separadas por el discurso dominante, entre globalización y política migratoria o entre la llamada crisis «yihadista» y la globalización, por ejemplo (sección 4).

1. Del colonialismo al neocolonialismo

Existen múltiples definiciones de colonialismo. Algunas se centran en la invasión y ocupación militar, otras sobre las ideologías justificadores, otras más en las formas diversas que ha tomado según los colonizadores y las secuencias históricas (de población, de explotación económica, etc.), otras en las diversas motivaciones que han acompañado su imposición (solución de la cuestión social mediante la exportación de los europeos pobres a las colonias, preocupaciones geoestratégicas frente a los competidores, etc.). Estas definiciones no están erradas, pero son parciales. No nos permiten esclarecer la función y el papel que ha jugado el colonialismo y juega a día de hoy el neocolonialismo en la construcción de las sociedades europeas, por un lado, y en la organización polarizada del mundo hasta el día de hoy, por otro lado. Lo que caracteriza, en nuestra opinión, al colonialismo es que está constituido en primer lugar por la expansión hacia el conjunto del planeta del modo de producción capitalista. Es esta expansión la que ha permitido que se reunieran las condiciones para que el capitalismo comercial pasara a ser un capitalismo industrial, que se reunieran las riquezas necesarias para este salto cualitativo[11]. Es el pillaje de las civilizaciones indígenas de las Américas y, después, la esclavitud lo que ha reunido estas condiciones. Por lo tanto, no ha habido un capitalismo industrial y luego un colonialismo, sino un desarrollo simultáneo en el que el uno ha interactuado con el otro.

Si añadimos estas precisiones es porque son esenciales para aprehender las consecuencias que la imposición del colonialismo ha tenido «más acá y más allá». Para que pudiera desempeñar esta función de desarrollo económico «más acá» tuvo que someter a una dependencia total a las economías de «más allá», obligarlas a la extracción, hacerlas funcionar para satisfacer las necesidades de las economías de «más acá». Con el colonialismo, el mundo se ha unificado, pero no homogeneizado[12]. El capitalismo que se impone «más allá» depende del capitalismo que se desarrolla «más acá». El primero está al servicio del segundo. El desarrollo económico, la mejora de la condición obrera, el progreso de las ciencias y las técnicas en un término se han hecho posibles por un crecimiento sin desarrollo, una sobreexplotación sin límite y una pobreza endémica en el otro. Es por esto que el colonialismo tiene, en nuestra opinión, que definirse en primer lugar como un proceso de puestas en dependencia [mises en dépendance] que hace funcionar una economía al servicio de otra[13].

Un factor doble haría emerger históricamente la necesidad de una mutación de este sistema de dominación. El primero consiste en la monopolización cada vez mayor de las economías de «más acá», que exige una ampliación de los lugares de abastecimiento de materias primas y mano de obra, así como el acceso a un mercado más vasto. Esta ampliación tiene una relación contradictoria con el viejo pacto colonial que le reservaba las materias primas y el mercado de un territorio a la potencia que lo estaba ocupando[14]. El segundo factor no es más que la revuelta de los pueblos colonizados que, si bien no ha cesado nunca, encontró en las mutaciones de las relaciones de fuerzas resultantes de la Segunda Guerra Mundial un contexto más favorable a su masificación y radicalización. Las independencias fueron su fruto.

2. Neocolonialismo y mantenimiento de la dependencia

La década de 1950 fue la de la radicalización de las luchas por la independencia en África. Las guerras de liberación armadas que estallaron en Argelia, Camerún y Kenia suscitaron el temor de que se generalizaran al conjunto de las colonias y se radicalizaran los proyectos de ruptura con el colonialismo. Este último se adaptaría mutando en un colonialismo indirecto, o neocolonialismo. Las independencias quedaron encorsetadas por un mecanismo doble. El primero consistió en que el carácter desigual del mercado mundial les asignara a las economías africanas unas monoproducciones orientadas a la exportación. El segundo, en una serie de acuerdos (económicos, monetarios, políticos, culturales, militares, etc.) que reproducían un funcionamiento del «más allá» de acuerdo con las necesidades de las economías de «más acá».

Por supuesto, los intentos de sacudirse de estas cadenas no han faltado. Los países miembros del llamado grupo de «Casablanca» denunciaban así pues el neocolonialismo en la década de 1960 e intentaban librarse de él por medio de políticas de reorientación de la economía hacia el mercado nacional, de reforma agraria, de industrialización, etc. Ghana, Argelia, Mali, Guinea, etc., ensayaron experiencias diferentes pero convergentes de salida de la economía extractiva. Fueron objeto de desestabilizaciones económicas, como en los casos de Guinea o Argelia; de golpes de Estado, como en los de Ghana y Mali.

Para que una transformación así pudiera tener lugar, los países colonizadores tuvieron que hacer momentáneamente ciertas concesiones políticas (independencias formales) y económicas (una redistribución del valor entre antiguas potencias coloniales y antiguos países colonizados menos desigual que bajo la colonización directa). Estas concesiones eran ineludibles en relación a la amplitud de las expectativas y esperanzas volcadas en las independencias por sus pueblos. Para estos últimos, la independencia asumía el significado del acceso a la tierra, a la escuela, al alimento, etc. Hasta los gobiernos más timoratos y dependientes de las antiguas potencias coloniales se vieron obligados a poner en marcha políticas de escolarización, de redistribución social, de acceso a la atención sanitaria, etc. que hicieron de las dos primeras décadas de independencias unos períodos de mejora generalizada de las condiciones de vida de las masas populares. Resulta esencial recordar estos hechos en un momento en el que se despliega un discurso nihilista y afropesimista que compara la situación actual con la de la época colonial. Denunciando estos discursos revisionistas, Samir Amin recordaba justamente el siguiente ejemplo:

«En 1960, en el Congo belga había nueve —¡no diez!— congoleses de piel negra que habían realizado estudios superiores, seis religiosos y tres civiles —nunca he sabido o me he olvidado de si eran dos médicos y un abogado o dos abogados y un médico. Después de treinta años de uno de los regímenes más odiosos de África y del mundo, el de Mobutu, hoy no hay nueve, sino tres millones. Así que el peor régimen lo ha hecho millones de veces mejor que la bella colonización. Quienes tengan mi edad y hayan conocido los partidos del Tercer Mundo de la época de mi infancia saben que eso ya no tiene nada que ver con lo de hoy. Y que, lo que existe hoy, lo ha tenido que conquistar el pueblo de Sudán, no se le ha dado, no se le ha dado nada.»[15]

Este progreso se desplegaba, a pesar de ello, sobre la base de un mercado mundial que siguió siendo fundamentalmente desigual y una división internacional del trabajo que les asignaba a los nuevos países independizados la producción de materias primas no transformadas. Es tal base la que permitiría la llamada ofensiva «neoliberal» que desembocaría en la «globalización», cuyo principal instrumento fueron los planes de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. La desaparición de la URSS y, con ella, del conjunto de equilibrios surgidos de la Segunda Guerra Mundial aceleró el movimiento. El tiempo de las concesiones había acabado y el sistema de la depredación neocolonial podía desarrollarse completamente.

3. Los efectos del neocolonialismo en la era de la globalización

Para los países neocolonizados, la globalización capitalista supone un verdadero descenso a los infiernos. Si bien en ciertos países se traduce en una subida de las tasas de crecimiento y del PIB debido a la externalización de las empresas hacia las zonas con mano de obra barata, también se concreta en una degradación de las condiciones materiales de existencia, un acceso a la salud y la educación en retroceso masivo respecto al período anterior, una fuerte fragilización del pequeño campesinado familiar que se traduce en un éxodo rural masivo y una urbanización descontrolada, un éxodo de «cerebros» hacia los países del centro, etc. No está de más recordar las dos principales secuencias de esta película que se viene desarrollando desde los años 80.

La primera secuencia consistió en una incitación al endeudamiento por parte de las antiguas potencias coloniales y las instituciones financieras internacionales durante las décadas de 1960 y 1970. Se fomenta el acceso a los préstamos y se promueve realmente el endeudamiento. Las fantasías más estrafalarias de algunos jefes de Estado se financian con deuda internacional. También los proyectos industriales más irracionales. Si bien ciertos países intentarían utilizar este endeudamiento con fines de desarrollo real, otros, por el contrario, naufragarían en tasas de endeudamiento descomunales sin ningún efecto económico real.

La segunda secuencia sería la de los planes de ajuste estructural impuestos como condición para acceder a los préstamos internacionales. El discurso y las prácticas de todas las instituciones financieras (las de la Unión Europea, el FMI, el Banco Mundial, etc.) convergieron para condicionar en lo sucesivo estos préstamos a condicionalidades política y económicas. Estas se centrarían completamente en el principio liberal de la retirada del Estado: privatizaciones, fin del apoyo estatal al precio de productos de primera necesidad y, más generalmente, reducción de los presupuestos sociales, reducción del gasto público, desmantelamiento y privatización de los servicios públicos, fin del monopolio estatal sobre el comercio exterior, etc. Tales serían las condiciones impuestas por los 241 programas de ajuste estructural dirigidos por el Banco Mundial y el FMI, a los que hay que añadir medidas del mismo tipo impuestas a través del marco de acuerdos bilaterales o de acuerdos con la Unión Europea. En esta lógica neoliberal, el papel del Estado se reduce al de un garante del marco jurídico que permite el buen funcionamiento de las leyes de mercado. Un Estado así es incapaz de llevar a buen término un proceso de construcción nacional.

Un doble efecto se produciría progresivamente a lo largo de las décadas siguientes. El primero sería la instalación de una pauperización cada vez mayor, desigualmente repartida en términos tanto sociales como territoriales. La reducción del gasto público no se llevó a cabo de manera homogénea, teniendo como consecuencia un aumento de las desigualdades entre ciudades y campos, así como entre las distintas regiones. Los programas de ajuste impusieron además una concentración de los gastos públicos en uno o varios sectores de exportación. Cada una de las naciones tendería así a escindirse en una «zona útil» y una «zona inútil». La fractura territorial anterior se agravó, dejando a veces ciertas regiones en un cuasiabandono sobre el que florecerían metástasis «étnicas», «yihadistas», «tribales», etc. Lejos de ser una característica esencial de aquellos pueblos, estas metástasis son el resultado lógico de la destrucción de las lógicas nacionales por el neoliberalismo sin límites. El economista camerunés Bernard Founou-Tchuigoua describía así esta destrucción y sus efectos tanto políticos como sociales:

«Un proyecto de construcción nacional no puede ser puramente ideológico. También tiene que dotarse de bases materiales. El progreso social forma necesariamente parte de él. Si un mecanismo de regresión social se instala de manera duradera y le da a la población la impresión de que nunca podrá salir de él, es un desastre. Es lo que pasa con el desencadenamiento de la lógica de mercado, por el sesgo de los programas de ajuste estructural. Impuestos desde el exterior […], estos programas supusieron un cuestionamiento del proyecto de construcción nacional. […] La desafección popular con el Estado-nación tal y como existía entonces le abre la puerta a reivindicaciones que tiene por objetivo, ya no la cohesión nacional, sino una comunidad étnica, religiosa o lingüística […].»[16]

El segundo efecto es una profunda transformación de todas las estructuras sociales. Los principales rasgos de esta transformación están ya documentados por la investigación. El primero consiste en una proletarización considerable. La globalización capitalista y sus deslocalizaciones han transferido a una parte nada despreciable de la clase obrera de los centros dominantes hacia las periferias dominadas: en 1950, la parte proporcional de obreros industriales que trabajaba en un país de la periferia dominada era del 34%. Esa proporción fue del 53% en 1980 y del 79% en 2010 (es decir, en cifras absolutas, 541 millones de trabajadores frente a 145 millones en los países del centro). La transferencia de mano de obra es aún más importante si centramos el análisis en el trabajo manufacturero: «el 83% de la mano de obra manufacturera en el mundo vive y trabaja en los países del Sur», resume el economista John Smith. Y ese aumento del lado de los países de la periferia se ha producido sobre el telón de fondo de un importante incremento de la «mano de obra mundial efectiva» entre 1980 y 2006 según las propias cifras del FMI. Esta ha pasado de 1,9 millones en 1980 a 3,1 millones en 2006. Siendo la búsqueda de ganancia por encima del coste de la mano de obra el motor de las deslocalizaciones, las condiciones salariales y laborales de estos nuevos proletarios son generalmente calamitosas. La reducción de las capacidades de intervención estatal, las reformas liberales del derecho laboral, la velocidad del proceso de éxodo rural, etc., que son efectos lógicos de los programas de ajuste estructural, se traducen en una condición obrera desastrosa.

El segundo rasgo es la destrucción aún mayor del empleo agrícola. La apertura de los mercados y la liberalización del comercio exterior impuestas por los planes de ajuste estructural han hecho que la parte proporcional del empleo agrícola entre la población activa de los países periféricos se desplomara de un 73% en 1960 a un 48% en 2007[17]. De ello se sigue una aceleración del éxodo rural y el amontonamiento de una masa cada vez mayor de parados en la periferia de las grandes aglomeraciones. Aquellos empleos agrícolas perdidos provenían esencialmente de la agricultura familiar, habiendo esta quedado expuesta a la competencia con los grandes grupos agroalimentarios de los países dominantes tras la liberalización del comercio.

El tercer rasgo es la comúnmente llamada «fuga de cerebros», es decir, la importación por los centros dominantes de una mano de obra cualificada cuya formación ha estado financiada por los presupuestos nacionales de los países de la periferia dominada. Una de las condiciones impuestas por los planes de ajuste estructural es, efectivamente, la privatización de los servicios públicos que, tras las independencias, habían estado siendo los principales empleadores de mano de obra cualificada. Los investigadores, profesores, técnicos, médicos, etc. de los países periféricos fueron así rápidamente arrojados a la precariedad. Muchos tomaron rutas que, hasta entonces, sólo habían atañido a la mano de obra poco cualificada. Las cifras hablan por sí solas, como atestigua un estudio de 2013 sobre la «fuga de los médicos africanos» hacia Estados Unidos: «La fuga de los médicos del África subsahariana hacia Estados Unidos se puso en marcha seriamente a mediados de los años 1980 y se aceleró en los años 1990, durante los años en que se aplicaron los programas de ajuste estructural impuestos por […] el FMI y el Banco Mundial»[18]. Los médicos argelinos o de Oriente Medio en los hospitales franceses son evidencia de este mismo proceso en Europa.

El tamaño de este artículo no nos permite entrar a describir exhaustivamente todos los rasgos de la transformación de las estructuras de los países de la periferia dominados por una globalización que supone la desaparición efectiva de todos los obstáculos para el neocolonialismo. Los tres mencionados más arriba bastan, no obstante, para acercarnos a la amplitud y el carácter duradero de sus efectos a corto y largo plazo sobre los dominios económicos, políticos, culturales, de cohesión social y territorial, etc.

4. Los efectos del neocolonialismo globalizado sobre los centros dominantes

Como en todo sistema, las diferentes partes terminan progresivamente por adquirir coherencia. Progresivamente, las políticas migratorias de los países en los centros dominantes se han ido transformando para adaptarse al neocolonialismo globalizado. Las posibilidades legales de emigración se han ido reduciendo prácticamente a la reagrupación familiar, generando un contingente de mano de obra sin papeles obligada a aceptar la sobreexplotación. Los sectores y actividades que no se pueden deslocalizar, como el de las empresas de construcción y obra pública, el de los servicios de asistencia personalizada o el de la restauración, también se benefician de una mano de obra a un coste récord comparable al de las empresas deslocalizadas. El acompañamiento ideológico en forma de un discurso sobre «la explosión demográfica africana», sobre el peligro de una «avalancha migratoria» o de un «gran remplazo» se ha difundido a gran escala para apagar las posibles indignaciones frente al cinismo de la nueva política migratoria. Además, tiene la ventaja de legitimar la militarización del control de los solicitantes de asilo, haciendo del Mediterráneo un cementerio permanente a cielo abierto. Otro rostro de los condenados de la tierra de hoy es la figura de los condenados al mar.

La invención de la tarjeta «Talento»[19] y el tema de la «inmigración selecta»[20] son otro ejemplo de esa banalización del cinismo en la política migratoria. Vienen al guante para justificar el «saqueo de cerebros» que hemos evocado más arriba. Esa fuerza de trabajo cualificada que no les ha costado nada a los centros dominantes puede compensar la falta de plantilla en los servicios públicos que las políticas de austeridad han ido produciendo durante décadas. La crisis del COVID, por ejemplo, puso de relieve que una parte importante de los servicios de urgencias dependía de esta mano de obra extranjera. Por supuesto, a estas personas se las contrata como empleadas temporales, es decir, con condiciones salariales y de trabajo inferiores. Aquí también, el neocolonialismo tiene consecuencias en términos de retrocesos sociales.

El capitalismo que aparece en Europa no puede funcionar sin expandirse. Al hacerlo, mediante la violencia de la esclavitud y la colonización, ha unificado el mundo son por lo tanto haberlo homogeneizado. La estructuración del mundo en centros dominantes que hacen funcionar en su beneficio las economías periféricas es un resultado inevitable de este capitalismo. Es por ello que el colonialismo puede definirse como una puesta en dependencia [mise en dépendance]del resto del mundo. Obligado por las luchas de los pueblos colonizados a transformarse, cambia de rostro y muta en neocolonialismo. La dependencia sigue siendo importante, pero se presenta bajo nuevos oropeles. Esta transformación forzada se traduce, en un primer momento, en una mejora real de las condiciones de vida de los pueblos colonizados que esperan tierras, empleo, acceso a la sanidad y la educación, etc. El cambio en las relaciones de fuerza mundiales que se despliega a partir de las décadas de 1980 y 1990 fue la ocasión de volver a la lógica de la dependencia «pura», es decir, desembarazándose de las concesiones que se hicieron en base a las relaciones de fuerzas de la secuencia histórica anterior. Como es de esperar, con esta dependencia «pura» vuelven todos los males de la dependencia, a saber, el empobrecimiento, la precarización, el empeoramiento de las condiciones de existencia, la ruina de la agricultura familiar, el éxodo rural masivo, los barrios de chabolas, etc. Es a este sistema al que proponemos llamar «neocolonialismo globalizado» por el hecho de su relación con la globalización capitalista. Pero esta globalización también ha hecho que aparezcan nuevas potencias económicas como los BRICS, lo cual les ha permitido a las neocolonias ampliar sus posibilidades en materia de cooperación económica. El neocolonialismo se enfrenta así a las contradicciones de su propia globalización. Esto es lo que demuestran las dificultades francesas en Centroáfrica, Burkina Faso o Mali. Pero esto ya es otra historia, una historia que todavía se está escribiendo.


La fábrica ideológica del consenso sobre las nuevas guerras imperialistas

Las guerras imperialistas se han ido multiplicando desde la desaparición de la URSS, que supuso a su vez el fin de todos los equilibrios surgidos de la derrota del nazismo. De Iraq a Siria, pasando por Libia, Sudán o Líbano, etc., las grandes potencias occidentales y Estados Unidos en particular intervienen militarmente, directa y/o indirectamente, en nombre de la defensa de los «grandes valores universales»: los derechos del hombre, los derechos de las mujeres, la protección de las minorías, etc. Estos nuevos discursos ideológicos de legitimación de las guerras intentan fabricar un consentimiento popular cargado de consecuencias tanto para los pueblos de los países agredidos como para los de los agresores.

La consideración del largo plazo

Tras el nacimiento del capitalismo en el siglo XVII, los discursos de legitimación de las guerras han ido evolucionando en paralelo a las mutaciones del nuevo sistema capitalista. En su fase preimperialista, la del capitalismo antes de la dominación de los monopolios, las guerras tenían por primer objetivo el pillaje y la destrucción de civilizaciones enteras. Estos pillajes y destrucciones se justificaron en primer lugar por la «doctrina del descubrimiento» (afirmando que las Américas que «descubrieron» los conquistadores no tenían propietarios) y, después, por la invención del racismo (afirmación de una hominización incompleta de los indígenas y, en consecuencia, una misión humanizadora para los colonizadores). La esclavitud, la colonización, la evangelización impuesta, el trabajo forzado, etc. se justificaban como medios necesarios para volver humanos a los pueblos que todavía se encontraban en un estadio animal o para hacer que los «pueblos infantiles [peuples enfants]» evolucionaran.

La segunda globalización del capitalismo (1850-1914) tomó el relevo de la primera (1492-1850) con la carrera por África en la segunda mitad del siglo XIX. Los progresos de los saberes científicos, la «famosa Ilustración» y sus consecuencias políticas (afirmaciones humanistas, universalistas, etc.), el desarrollo del movimiento obrero, etc., todos estos factores desencadenaron una mutación de los discursos de justificación de la conquista. Fue así, en nombre de la abolición de la esclavitud, como se justificaba la colonización del continente africano. Ya no se trataba de humanizar a los animales, sino de civilizar a los pueblos que se habían quedado estancados en un estadio anterior de la evolución. La misión humanizadora le cedía el paso a la misión civilizadora.

La experiencia del nazismo y la derrota del mismo volvieron obsoletas bruscamente todas esas ideologías. Fue, en efecto, en nombre de ideología similares que los nazis doblegaron Europa. Ellos también afirmaban una jerarquización entre las «razas» humanas, pero extendiéndola a los pueblos europeos. Ellos también pretendían «civilizar» el mundo bajo la dirección de la «raza» más avanzada: la de los arios.

El nuevo discurso de legitimación sería inaugurado por la nueva potencia hegemónica, Estados Unidos, con el nombre de «guerra fría». Así pues, fue entonces en nombre del «peligro comunista» que se libraban las guerras, que se justificaba el mantenimiento de la colonización y las injerencias en los nuevos Estados independizados.

Los efectos sistémicos de la desaparición de la URSS

La desaparición del contrapeso a la hegemonía estadounidense sumió al mundo en una situación inédita. Por primera vez desde los comienzos del capitalismo, el unilateralismo era casi total. Recordemos que, después de una primera fase multipolar (durante la primera globalización), Grand Bretaña y Francia se impusieron rápidamente como las dos potencias hegemónicas. Cada una de estas dos potencias concurrentes estaba obligada a tener en cuenta a la otra y a hacerle de contrapeso. Esa función de contrapeso sería asumida a partir de 1945 por la URSS y los demás países socialistas.

Las ventajas del unilateralismo fueron colosales para los capitales estadounidenses. La reflexión estratégica estadounidense se centraría lógicamente en las condiciones necesarias para lograr que perdurara una situación tan rentable. De ello se derivarían dos ejes estratégicos a justificar por nuevos discursos de legitimación ideológica. El primero consistiría en llevar a cabo una operación de cirugía política en los espacios estratégicos del planeta (en términos de recursos o de vías de transporte). De ahí resultaría una serie de guerras de balcanización destinadas a despedazar en varios Estados las naciones que disponían de una base territorial y unas riquezas capaces de darles la posibilidad de rechazar la tutela estadounidense: Yugoslavia, Irak, Sudán, Libia, Siria, etc. El ciclo todavía no se ha cerrado. El segundo eje sería la instalación de pequeños Estados vasallos sobrearmados, completamente dependientes de Estados Unidos, cuya función sería la de actuar como sus administradores locales. A Israel, que ya desempeña esta desde hace mucho tiempo, se suma Ruanda, próxima al Congo y sus inmensas riquezas. El mismo escenario se prevé en otros lugares como Marruecos, para controlar a la vez el norte de África y el Sahel.

Una estrategia de guerra sucesivas como esta sólo se vuelve posible difundiendo masivamente la idea de que hay un peligro inminente que exige una política ofensiva. Tal fue el encargo que se les hizo en el pasado a las estructuras estadounidenses de elaboración ideológica (los múltiples «think-tank» financiados por los servicios de inteligencia o el ejército). La teoría del «choque de civilizaciones» fue el resultado.

Una de las razones para elegir esta teorización como eje central del discurso político estadounidense es su generalidad y aplicabilidad a una multitud de situaciones. Una caracterización así se volvió necesaria habida cuenta de las mutaciones rápidas e imprevistas de la situación mundial. El ascenso económico de China, la creación de los BRICS, las experiencias de reagrupamiento como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), etc., todos estos factores exigían la formulación de una teoría general que permitiera legitimar la intervención militar en las cuatro esquinas del mundo: del mar de China a Venezuela, de Siria a Ucrania, etc.

La teoría del choque de civilizaciones y sus consecuencias

Esta teoría elaborada en la década de los noventa se convirtió rápidamente en la principal matriz ideológica movilizada para legitimar las guerras imperialistas. La obra de Samuel Huntington publicada en 1997 («El choque de civilizaciones») logra el estatuto de paradigma de las acciones y discursos de la Administración estadounidense. Su razonamiento pende de algunas ideas-fuerza. La primera es una definición esencialista y ahistórica de las «civilizaciones». En esta aproximación, se las define como si tuvieran un eje religioso central y, por esa razón, fueran incompatibles unas con otras. Las confrontaciones, conflictos y guerras contemporáneas no se explicarían por asuntos económicos o políticos, sino por esa incompatibilidad eterna entre religiones percibidas como ahistóricas y homogéneas. La confrontación entre civilizaciones sería por ello inevitable y permanente. La principal conclusión es la necesidad imperativa de defender a la civilización occidental, que estaría amenazada por las otras.

Como es de esperar, la definición de las otras civilizaciones nos lleva a una verdadera cartografía de las guerras recientes. La primera civilización enemiga es, por supuesto, la «civilización arabo-islámica», de la cual habría que protegerse por todos los medios. De ahí se derivan las «guerras contra el terrorismo» en el exterior, que tocan precisamente a los países que poseen recursos y/o vías de acceso a las energías estratégicas que son el petróleo y el gas. De ahí también se deriva el desarrollo de la islamofobia de Estado en los países occidentales, la cual se define como una autodefensa frente a un «enemigo interior» a erradicar. La segunda civilización, denominada «ortodoxa», resuena extrañamente con la guerra en Ucrania. La tercera recibe el nombre de «confuciana» y evoca las estrategias estadounidenses orientadas a contener a China y a cortarle su acceso a los recursos naturales.

La ideología del «choque de civilizaciones» se corresponde exactamente a los terrenos de guerra que proyecta el imperialismo estadounidense en un momento de la historia mundial en el que ha perdido la hegemonía económica y comercial, pero también la científica y tecnológica. Reestablecer por la fuerza y la destrucción una hegemonía en declive es la única estrategia que se desprende de la teoría del «choque de civilizaciones». Necesita la producción de un miedo social sin el cual jamás se aceptarían los sacrificios exigidos por la financiación de las guerras actuales y por venir. La urgencia de campaña masivas que pongan de manifiesto concretamente quiénes se benefician de estas guerras, el deterioro de las condiciones de vida populares que estas requieren y la fascistización que las acompaña como medio para neutralizar el «frente interno» es acuciante. En efecto, no es posible poner en marcha un programa de guerra así sin, por un lado, empobrecer masivamente y, por otro, reprimir toda contestación.


[1] Véase sobre este tema Immanuel Wallerstein, Le Capitalisme historique, La Découverte, Paris, 1985 [Hay traducción al castellano como Immanuel Wallerstein, El capitalismo histórico, Siglo XXI, Madrid, 2012]; Comprendre le monde. Introduction à l’analyse des systèmes-monde, Paris, La Découverte, 2006; «La construction de l’économie-monde européenne, 1450-1750», en Philippe Beaujard, Laurente Berger y Norel Philippe (dirs.), Histoire globales, mondialisations et capitalisme, La Découverte, Paris, 2009, pp. 191-202.

[2] Éric Williams, Capitalisme et esclavage, Présence Africaine, Paris, 1998. [Hay traducción al castellano como Eric Willams, Capitalismo y esclavitud, Traficantes de Sueños, Madrid, 2011]

[3] Ernest Renan, Réforme intellectuelle et morale, Callmann Lévy, 1871, p. 92.

[4] Victor Hugo, Discours sur l’Áfrique (1894), Actes et Paroles IV. Depuis l’exil (1876-1885), consultable en la web «Inlibro veritas», pp. 87-88.

[5] Cecil Rhodes, Neue Zeit, nº1, 1989, p. 304.

[6] Saïd Bouamama, Des classes dangereuses à l’ennemi intérieur. Capitalisme, Immigration, Racisme, Syllepse, Paris, 2021. [Hay traducción al castellano como Saïd Bouamama, De las clases peligrosas al enemigo interior. Capitalismo, migraciones, racismo; Traficantes de Sueños, Madrid, 2025]

[7] Aimé Césaire, Discours sur le colonialismo, Présence africaine, París, 2004, p. 9. [Hay traducción al castellano disponible en:

https://docs.enriquedussel.com/txt/Textos_200_Obras/Filosofia_liberacion/Discurso_colonialismo-Aime_Cesaire.pdf ]

[8] [N. de la trad.] La ley de extranjería francesa más reciente, aprobada en la Asamblea Nacional el 19 de diciembre de 2023, con el nombre del ministro del Interior de Les Républicains, Gérald Darmanin, que firmó el proyecto de ley. Los llamados «empleos en tensión», recopilados por regiones en una lista que se publica anualmente en el Journal officiel de la République française, son aquellos que se corresponden con los sectores económicos con más escasez de mano de obra, como la construcción, la agricultura asalariada, la hostelería-restauración, los cuidados a domicilio o el empleo doméstico. La Ley Darmanin, entre otras cosas, suspende el derecho al trabajo de los solicitantes de asilo con indiferencia de cuánto tiempo lleve pendiente de resolución su solicitud y concentra el proceso de regularización, en forma de un permiso de trabajo anual renovable, en quienes ya desempeñaban «empleos en tensión».

[9] Pierre Henri Boulle, La construction du concept de race dans la France d’ancien régimen, Outre-Mers. Revue d’Histoire, nº 336-337, 2002, p. 155.

[10] Ernest Renan, Réforme intellectuelle et morale, Callmann Lévy, 1871, p. 93.

[11] Véase sobre esto el imprescindible Eric Willams, Capitalismo y esclavitud, Traficantes de Sueños, Madrid, 2011.

[12] Véase sobre este aspecto: Samir Amin, Desarrollo desigual. Ensayo sobre las formaciones sociales del capitalismo periférico, Fontanella, Barcelona, 1974.

[13] Para un análisis más detallado de este proceso histórico, remitimos a nuestra obra: Saïd Bouamama, De las clases peligrosas al enemigo interior. Capitalismo, migraciones, racismo; Traficantes de Sueños, Madrid, 2025.

[14] Véase sobre este aspecto: Mehdi Ben Barka, Option révolutionnaire au Maroc. Écrits politiques 1957-1965, Syllepse, París, 2021.

[15] Samir Amin, «La dernière grande leçon de Samir Amin», entrevista, Le Grand Continent, 13 de agosto de 2018, consultable en la web legrandcontinent.eu.

[16] Bernard Founou Tchuigoua, «L’échec de l’ajustement en Áfrique», Alternatives Sud, nº2, 1994, p. 7.

[17] Bureau International du Travail, Indicateurs clés du marché du travail, Ginebra, 2007, capítulo 4.

[18] Benjami Akhenaten, Caglar Ozden y Sten Vermund, Physician Emigration from Sub-Saharan Africa to the United States, PLOS Medecine, volumen 10, nº12, 2013, p. 16.

[19] [N. de la trad.] Un tipo de permiso de residencia de alto nivel para ciudadanos extracomunitarios en el espíritu de lo que el antiguo ministro de Inmigración e Identidad Nacional bajo la presidencia de Nicolas Sarkozy, Brice Hortefeux, llamaba eufemísticamente en 2007 «organizar, no un saqueo de cerebros, sino una circulación de las competencias» en referencia a su antecedente, el visado de «competencias y talentos». Pensado para contribuir al «atractivo económico de Francia», las situaciones desde la que se puede solicitar están listadas en la página web del gobierno francés y van desde el «empleo alta o muy altamente cualificado» hasta el «renombre nacional o internacional».

[20] [N. de la trad.] Expresión utilizada por Nicolas Sarkozy, por oposición a la llamada «inmigración impuesta» (relacionada con la reagrupación familiar y el asilo), en defensa de un modelo migratorio estrechamente vinculado a las necesidades económicas del mercado laboral francés.

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