Charles Wolfe
Traducción de Ediciones Extáticas
Publicado originalemente en Prometheus Magazine
Ediciones Extáticas ha traducido y publicado en castellano cinco tomos de los textos del Colectivo Endnotes, cuyas tesis «comunizadoras» tuvieron no poca relevancia en los círculos marxistas de la pasada década en todo el globo. Ahora presentan esta crítica aparecida en la revista británica Prometheus, que señala algunos de los problemas teóricos y políticos de los planteamientos de Endnotes, específicamente en torno a la cuestión de la historia del movimiento obrero y las tesis defendidas en el texto «Historia de una separación».
A lo largo de la larga década de 2010, Endnotes se consolidó como una de las principales revistas de la izquierda anglófona, publicando análisis provocadores e influyentes sobre la lucha revolucionaria. Con la reedición de los primeros cuatro números de la revista, sus argumentos están recibiendo un renovado y bienvenido interés. Como se sostendrá a continuación, la narrativa del movimiento obrero histórico desarrollada por el colectivo Endnotes a lo largo de su obra y, de manera más explícita, en su ensayo «Historia de una separación» se basa en dos supuestos: 1) la confusión entre la autorganización independiente de los trabajadores y la autogestión y expansión de la producción capitalista y 2) la reducción del movimiento obrero a la propagación de una identidad nacional colectiva hegemónica como medio para la autogestión. El balance que traza Endnotes ofrece un terreno fértil para interrogar el fracaso del movimiento obrero histórico, siempre que problematicemos estas dos afirmaciones, así como su estrecho economicismo y sus cuestionables periodizaciones.
La crítica antiobrerista
La revista Endnotes surgió de un debate entre la publicación inglesa Aufheben y el colectivo francés Théorie Communiste (TC) en la década del 2000.[1] El primer número de Endnotes, publicado en 2008, recoge un intercambio entre Gilles Dauvé y TC sobre la historia del movimiento obrero y su fracaso.[2] Los cuatro números siguientes, el último de ellos publicado en 2019, intentaron abordar los desarrollos políticos y económicos posteriores a la crisis de 2008, estableciendo un puente que va del movimiento Occupy y la Primavera Árabe a los primeros indicios del Black Lives Matter. Para muchos sectores de la izquierda anglófona, Endnotes no solo proporcionaría un análisis económico muy necesario de la crisis, ausente en gran parte del anarquismo entonces dominante, sino también una potencial alternativa política a la agotada izquierda antiglobalización de finales de los noventa y la década de los 2000, que una vez más había revelado sus numerosas limitaciones en el movimiento Occupy.
«Historia de una separación», incluido en el número 4 (2015), vería a Endnotes alinearse finalmente con TC y adoptar, con pocas reservas, su reducción economicista del movimiento obrero histórico en su teoría del «programatismo», según la cual el movimiento obrero histórico se entendía como un flujo que buscaba intensificar y autogestionar la producción capitalista en lugar de abolirla. En una entrevista con la publicación Chuang, un miembro de Endnotes resume así su línea de investigación: «¿Cómo se convirtió el marxismo en una teoría de la modernización? ¿Cómo se convirtió la teoría de la revolución contra el capitalismo en una teoría sobre cómo llevar a cabo la industrialización, y cómo pudo el movimiento obrero convertirse no solo en un socio menor, sino en el verdadero organizador de este proceso?».[3]
Como resultado, la descripción del movimiento obrero que hace Endnotes puede calificarse de «antiobrerista», donde «obrerismo» significa la afirmación de la clase trabajadora y de su estatus de trabajadores con vistas a varios fines, a menudo de naturaleza reformista.
Existen varias corrientes antiobreristas que llegan a conclusiones similares en el contexto de la izquierda europea de finales del siglo XX: la «autonomía» italiana, o autonomistas, que defendía el rechazo del trabajo;[4] la ultraizquierda francesa, que finalmente conduciría al campo de la comunización en torno a Endnotes,[5] incluyendo a Dauvé y TC, quienes se inspiraron en la interpretación que Jacques Camatte hizo de Bordiga, según la cual el horizonte de la lucha no era entre trabajadores y capitalistas, sino entre los trabajadores y su propia reproducción como tales; y la escuela alemana de la crítica del valor en torno a Robert Kurz y su Manifiesto contra el trabajo, que considera la clase y la lucha de clases como fetiches superficiales que solo pueden reproducir la forma valor.[6] Trataremos la crítica de Endnotes como paradigmática de los antiobreristas, dado que es la más desarrollada de su entorno e incorpora ideas de sus compañeros de viaje, especialmente de TC.
El enfoque del ensayo «Historia de una separación» no es el movimiento obrero en sí mismo. No hay un solo estudio de caso concreto ni presta mucha atención a la acción colectiva histórica de los trabajadores, sino más bien a la génesis de la llamada «sociedad completamente separada», que aparece con el desarrollo capitalista «avanzado», con la capitulación de las relaciones sociales precapitalistas —los campesinos y la persistencia del antiguo régimen— y con la enajenación técnica y la desindustrialización de la posguerra, que disuelven la identidad colectiva nacional de los trabajadores. En sus propias palabras: «Los proletarios deben llegar a ver que el capital no es simplemente un enemigo externo. Junto con el Estado, es nuestro único modo de coordinación. Nos relacionamos unos con otros a través del capital; es nuestra unidad-en-la-separación».[7]
Al adoptar esta posición, Endnotes exagera la realidad de la atomización, ya que esta no conduce a una ausencia total de organización. Los partidos electorales, el enorme complejo de ONG e incluso los sindicatos, en un estado muy reducido, siguen siendo mediaciones reales para la población trabajadora atomizada y, por tanto, organizan su acción colectiva. Al insistir en un tránsito simplón del orden al desorden, pasan por alto la dialéctica no lineal de descomposición y recomposición y su efecto sobre los objetivos y fines cambiantes de la clase —o sobre su ausencia—.
Endnotes argumenta además que el desarrollismo nacional se convirtió en el enfoque dominante de los movimientos obreros, bien para perpetuar la fuerza de trabajo y tal vez alcanzar una mayoría política, bien para simplemente garantizar su supervivencia. Esto estaba motivado por dos factores sociales históricos. «El primer aspecto “formal” tenía que ver con la persistencia del campesinado —extendida aquí para incluir la persistencia de las elites del antiguo régimen— […]. El segundo aspecto “real” era la [necesidad del] “desarrollo de las fuerzas productivas”, es decir, […] las transformaciones concomitantes, tanto del aparato productivo como de la infraestructura de la sociedad capitalista», lo que dio lugar a dos tareas: «por un lado, luchar contra las élites del antiguo régimen […] y, por otro lado, desencadenar el desarrollo de las fuerzas productivas […]. En cada caso, nuestro enfoque estará puesto en la divergencia entre las consecuencias esperadas y las reales del desarrollo capitalista».[8]
La concepción de esta necesidad simultánea —formal y real— es el intento de Endnotes de evitar el uso erróneo que hace TC de las categorías de subsunción formal y real de Marx como períodos históricos, al tiempo que le permite mantener su determinismo económico y la teoría de la autogestión programática.[9] Para Marx, la subsunción formal y la subsunción real describen cómo el capital transforma el proceso de producción para producir plusvalor absoluto mediante la prolongación de la jornada laboral y plusvalor relativo mediante la intensificación de la explotación a través de una revolución en los medios de producción, respectivamente. Tienen lugar continuamente a lo largo del desarrollo capitalista en lugar de corresponder a períodos históricos discretos.
Al reducir el movimiento obrero a las necesidades de la subsunción formal y real impuestas por el desarrollo capitalista y a los intentos de autogestionar este desarrollo, esta narrativa puede calificarse, con razón, de determinismo económico. Como consecuencia, para Endnotes, el movimiento obrero, cualesquiera que sean los objetivos que declarase conscientemente, políticos o de otro tipo, era en realidad un medio para el desarrollo económico. Endnotes afirma, parafraseando a Jacques Camatte: «La autoemancipación de la clase obrera significaba solo el desarrollo de las fuerzas productivas, ya que la propia clase obrera era la principal fuerza productiva».[10] Al reducir la clase trabajadora a fuerza productiva, Camatte confunde el trabajo vivo con su objetivación en el trabajo como fuerza de trabajo.
Endnotes sostiene que el desarrollo económico como medio para la generalización de la clase trabajadora nunca llegó a producir la identidad colectiva esperada. «El movimiento obrero promovió el desarrollo de las fuerzas productivas como medio para impulsar la creación del trabajador colectivo, como masa compacta. Al final resultó que la extensión e intensificación del sistema fabril no tuvo el efecto deseado; el trabajador colectivo existió solo en y a través de la actividad del propio movimiento obrero».[11] En un giro macábramente irónico, al menos según esta versión, el propio desarrollo económico que el movimiento obrero perseguía para crear su identidad hegemónica era en la práctica la misma fuerza que provocó su ruina con el advenimiento de la «sociedad completamente separada». El movimiento obrero creó al trabajador colectivo, y no al revés. Endnotes parece sostener, de algún modo, tanto que esta identidad compartida nunca se alcanzó como que su pérdida fue lo suficientemente sustancial como para provocar la derrota del movimiento obrero.
Sin embargo, en esta cuestión de la identidad colectiva de los trabajadores, Endnotes admite implícitamente una excepción a su determinismo en la medida en que la identidad colectiva es reconocida como una construcción política de los sindicatos y los partidos, en lugar de como una determinación económica. Esto obliga a Endnotes a sostener que el movimiento obrero en sí mismo es enteramente reducible a la determinación económica, pero que la identidad del trabajador colectivo «presionado para existir» por el movimiento obrero está, de algún modo, exenta de una subsunción totalizadora a la acumulación. La lógica exacta «no utilitaria»[12] de la identidad colectiva —y la naturaleza de su relación con la producción social— como compensación necesaria frente a los intereses y las divisiones en conflicto dentro de un colectivo, ya sea el trabajador colectivo o la nación, la raza, etc., nunca se aclara por completo. Esto apunta a tensiones no resueltas más profundas en el intento de articular una política puramente negativa de rechazo.
Los límites del determinismo
Este determinismo corre el riesgo de suponer que el movimiento obrero puede ser exclusivamente reducible a la dinámica de los ciclos de acumulación. No obstante, Michael Lebowitz señala que la abstracción sistemática que Marx desarrolla a lo largo de los tres volúmenes de El Capital, al ser un «promedio ideal abstracto» de la producción capitalista, deja fuera del análisis el trabajo de reproducción social y el trabajo doméstico del hogar de la clase trabajadora, o lo que Lebowitz denomina «la producción del asalariado».[13]
Esta producción del asalariado, la economía política del trabajo asalariado, puede tender a reducir la relación entre plusvalor y salarios, actuar como negación de las leyes del movimiento de la economía política del capital —para aumentar la relación entre plusvalor y salarios— y constituir una contrafuerza irreductible a la valorización. Lebowitz destaca que El Capital es solo uno de los capítulos de la serie inacabada de seis libros que Marx proyectaba escribir, que incluía un volumen sobre la economía política del trabajo asalariado.[14]
Aunque Lebowitz reconoce el abrumador consenso —con la única excepción de Maximilien Rubel— según el cual Marx incorporó las preocupaciones de los otros volúmenes proyectados a El Capital, Lebowitz sostiene que, con independencia de ello, El Capital sigue siendo necesariamente incompleto metodológicamente hablando, ya que el capitalismo no es un sistema autosuficiente ni genera todos sus propios prerrequisitos, entre ellos la naturaleza y, sobre todo, el trabajo vivo. Lebowitz sostiene que el supuesto de Marx de que el trabajo mantiene un nivel constante de necesidades se adopta únicamente con fines analíticos en los casos en que «las condiciones reales se corresponden con su concepto». Para Lebowitz esto establece no solo que Marx rechazó una concepción determinista o mecanicista de la clase trabajadora, sino también que esta teoría de la producción de la clase trabajadora y de la producción de necesidades no se encuentra en las páginas de El Capital o en la teoría de la acumulación y la valorización que contiene. Además de su importancia para la realización del plusvalor, la producción de necesidades tiene consecuencias políticas, ya que las luchas políticas —y económicas— contra el capital como mediador producen nuevas necesidades y capacidades colectivas a través de la autorganización.
La estrecha concepción economicista del movimiento obrero que sostiene TC reduce todas las dimensiones políticas de este, la lucha por el sufragio —en todas partes excepto en EE. UU.—, la lucha por la jornada laboral, la creación de sociedades civiles paralelas, el sindicalismo, las reivindicaciones de autonomía, etc. Endnotes reconoce factores como la lucha por el sufragio, pero finalmente reduce este impulso a una resistencia «formal» al antiguo régimen como medio para perpetuar la clase trabajadora. Para el entorno de la comunización, la autonomía de la clase trabajadora solo puede ser un medio para que los trabajadores afirmen su estatus de trabajadores;[15] es decir, confunden la autorganización de la clase trabajadora con una autogestión de la producción capitalista de carácter criptosindicalista. Endnotes y TC argumentan que esta expansión de la clase no logra rechazar el trabajo asalariado, y que, en cambio, los trabajadores buscaban gestionar la producción ellos mismos.
Este punto de vista tiene su origen en la crítica de Amadeo Bordiga al consejismo y al sindicalismo: la autogestión de los trabajadores del lugar de trabajo no hace nada para abolir la forma-valor y la producción de mercancías. Sin embargo, a través de Jacques Camatte, esta teoría se generaliza al conjunto de la izquierda y al movimiento obrero.[16] Ahora bien, la crítica de Bordiga solo se sostiene para los sectores de la izquierda que apuntan a la autogestión de los trabajadores —muy probablemente Gramsci—, y esto nunca fue cierto para todas las formas de lucha de clases.
En una de las respuestas de Dauvé a TC, reimpresa en el primer número de Endnotes, argumenta: «un período revolucionario debilita —en lugar de fortalecer— la ideología de emancipar el trabajo mediante el trabajo. Luego, el reflujo de la ola radical trae consigo prácticas autogestionarias que dejan intacto el poder burgués, y que este poder tarde o temprano barrerá». Los intentos reales de los trabajadores de tomar el control de la producción «fueron a menudo una solución improvisada, un esfuerzo por llenar un vacío causado por la ausencia o incompetencia del jefe. En ese caso, ocupar las instalaciones y reiniciar el proceso de trabajo no significaba una afirmación de los trabajadores como trabajadores. Era un medio de supervivencia, del mismo modo que, en otras circunstancias, la compra de una empresa en quiebra por parte de su personal».[17] Durante las ocupaciones de fábricas italianas de la década de 1920, los consejos obreros se enfrentaron con frecuencia al deseo de los trabajadores de evitar el trabajo. «En una semana, entre el 21 y el 28 de agosto de 1920, los 15 000 trabajadores de Fiat-Centro redujeron la producción en un 60 %».[18] Además de Italia en los años 20, Dauvé cita Francia en 1936, España en 1936 y 1945, Italia nuevamente en 1945, Francia en 1968 y Portugal en 1974, entre muchos otros casos.
Al evitar las organizaciones e instituciones reales de la clase trabajadora —sindicatos, partidos, internacionales, soviets/consejos, etc.—, el determinismo estrecho puede pintar todo el movimiento obrero de principio a fin con el mismo pincel, al intentar universalizar el proletariado mediante el desarrollo nacional. Esta concepción a menudo confunde el desarrollo estatal en la periferia bajo el socialismo realmente existente con la integración estatal de la socialdemocracia, los sindicatos y los partidos comunistas de posguerra en coaliciones de gobierno con intereses burgueses en el centro. Este intento de una concepción omniabarcante del movimiento obrero y de los Estados socialistas realmente existentes es frecuente entre los comunistas de izquierda y la ultraizquierda, incluyendo a Loren Goldner[19] y Robert Kurz. Tanto si su concepción incluye el socialismo realmente existente como si no, el antiobrerista presupone no solo que existía de hecho una identidad colectiva hegemónica, en la teoría y en la práctica, sino también que el movimiento obrero puede reducirse a esta identidad nacional colectiva y a su mera reproducción continuada.
«Programatismo» y/o la «sociedad completamente separada» en contexto
Localizando la ruptura
Endnotes afirma que «[e]l tiempo del movimiento obrero fue simplemente el tiempo del ascenso y declive del trabajador masculino semicualificado y de las industrias donde trabajaba».[20] Esta afirmación tiene un núcleo racional. La prevalencia, aunque nunca absoluta, del trabajador de fábrica masculino semicualificado, empleado en gran medida en la industria manufacturera, en un determinado período de composición de clase —en este caso de 1905 a 1977—,[21] es un hecho real. Sin embargo, aislar este período del siglo anterior del movimiento obrero, así como de los más de cincuenta años siguientes, es tramposo. Reducir el movimiento obrero al trabajador semicualificado supone oscurecer cómo se formó esta composición del trabajador colectivo y su lugar en la sucesión de las posteriores composiciones de la clase. El determinismo de Endnotes impide que se pregunten por qué las organizaciones y asociaciones del movimiento obrero, muchas de las cuales fueron ilegales durante buena parte de su existencia, finalmente pudieron ser capturadas e integradas.
Para Endnotes, siguiendo a TC, el único cambio de rumbo se produce en los años 70, que ven la disolución del programatismo —el supuesto intento de los trabajadores de autogestionar el desarrollo capitalista— y su identidad colectiva imaginaria, tanto en la teoría como en la práctica, asociadas al trabajador semicualificado. «La afirmación no es que el programatismo sea una ilusión que ahora podemos ver como tal, sino que, aunque una vez fue históricamente legítimo, ya no es viable […]. Basándose en este diagnóstico de la obsolescencia histórica del programatismo, TC propone la “comunización” no como la verdad o esencia hasta ahora oculta del comunismo, sino como su única forma históricamente viable en el presente».[22] No obstante, esto supone pasar por alto la verdadera ruptura que se produce en los años 30 y que sentó las bases para el supuesto trabajador semicualificado hegemónico. Como escribe Goldner:
[E]s indispensable dividir los años de entreguerras en dos períodos, uno anterior y otro posterior a 1930. Los primeros partidos comunistas surgieron en la efervescencia revolucionaria de 1917-1919, y en todas partes representaron rupturas masivas de las socialdemocracias que habían capitulado ante el nacionalismo y la participación en el esfuerzo bélico. Como sus predecesoras, la Tercera Internacional surgió con el ascenso mundial de la clase trabajadora que llevó a la escena estructuras y estrategias innovadoras. La Primera Internacional nació del auge general posterior a 1864 que alcanzó su punto máximo en la Comuna de París; la Segunda Internacional, de la ola de huelgas de comienzos de la década de 1890; y la Tercera Internacional, del annus mirabilis de 1919. Pero el reflujo después de 1921, la fusión del «frente único» con el ala izquierda de la socialdemocracia, la «zinovievización» de los partidos occidentales después de 1924 y, finalmente, los zigzags «ultraizquierdistas» del Tercer Período dejaron a los Partidos Comunistas en la mayoría de los países convertidos en grandes sectas. Se produjo una discontinuidad virtual casi absoluta entre la ola revolucionaria que los había creado en 1917-1921 y los cascarones organizativos que después de 1935 crecieron hasta convertirse en partidos de masas, con políticas completamente diferentes y acomodaticias.[23]
Además del reflujo de la ola post-1921, el comienzo del siglo XX también sería testigo del apogeo del sindicalismo y del estrato de trabajadores cualificados que se resistían a la proletarización y constituían su sujeto orgánico.
Gremios, sindicalismo y trabajo cualificado
El sindicalismo fue impulsado por trabajadores cualificados y artesanos que trataban de recrear las funciones de los gremios, así como las formas colectivas de propiedad de los medios de producción y autogestión del trabajo. El sistema gremial y sus equivalentes, como el sistema de «capataz de cuadrilla»,[24] frecuente en la China prerrevolucionaria, pero presente bajo diversas formas a lo largo de la historia, presuponen una división de las esferas de reproducción social ajena a la reproducción social capitalista. Junto con la separación del Estado respecto de la sociedad civil, la diferenciación entre el lugar de trabajo, el hogar y la esfera pública es un producto de la desintegración de las formas sociales precapitalistas por la lógica de la acumulación.
La diferenciación de estas esferas se produce durante la transición que acompaña a la subsunción formal y real, y está ausente en las primeras etapas del desarrollo capitalista, como en la producción doméstica del sistema de trabajo a domicilio del capital mercantil y del trabajo familiar patriarcal. La separación entre el lugar de trabajo y las organizaciones y asociaciones sociales estaba ausente en los gremios, corporaciones y otras asociaciones precapitalistas de trabajadores, como las de la Francia prerrevolucionaria.
En las corporaciones prerrevolucionarias, el trabajo no era nada si no era social […]. Tanto los maestros como los trabajadores estaban sujetos a la disciplina colectiva de la corporación, que regulaba a todos y todo lo relacionado con el oficio […]. Por lo tanto, se esperaba que todos los miembros del oficio veneraran al mismo santo y celebraran su festividad con una misa común, una procesión y un banquete. La cofradía también organizaba la distribución de ayuda mutua. Cada miembro pagaba cuotas a un fondo común […]. Las hermandades [compagnons] mantenían casas de huéspedes para los oficiales itinerantes que hacían su «tour de France» y tenían una vida ritual extraordinariamente elaborada.[25]
El mismo proceso de descomposición y racionalización que abolió las corporaciones medievales tuvo lugar en Francia e Inglaterra, como ocurre en todas partes donde el capital arraiga, aunque para esta última se produjo a un ritmo y con una intensidad mucho mayores que en la primera.[26] El tejido manual había dado paso al trabajo textil mecanizado en Inglaterra ya en 1830-1840, mientras que en Francia la racionalización de la producción textil no se completó hasta mediados de la década de 1890. Como resultado, un estrato de trabajadores artesanos persistió hasta comienzos del siglo XX.[27] Gran parte de la actividad desarrollada desde 1830 hasta 1848 fue protagonizada por trabajadores artesanos urbanos en París y Lyon, ya que los primeros trabajadores de las fábricas textiles seguían estando insertos en la producción familiar doméstica, a diferencia de los artesanos urbanizados.
El apogeo del sindicalismo entre 1900 y 1914 en Francia[28] —alrededor de 350 000 afiliados en 1910-1911, aproximadamente el tres por ciento de la población[29]—, Italia y, en menor medida, bajo la IWW en Estados Unidos —aunque con una composición y un estrato de clase diferentes, centrados en trabajadores migrantes— sería también su último aliento, junto con los trabajadores cualificados y artesanos y la memoria colectiva de las condiciones y relaciones de trabajo precapitalistas en las que se basaba. La persistencia de trabajadores y formas de explotación preindustriales era aún más pronunciada en Italia y España, donde perdurarían hasta bien entrada la era de posguerra. Las desiguales composiciones de clase regionales y nacionales anteriores a la ruptura en la década de 1930 contenían una combinación de trabajadores cualificados y no cualificados, artesanos, trabajadores agrícolas, industriales y domésticos, divididos entre el sindicalismo, el sindicalismo reformista, el electoralismo burgués, varias corrientes del socialismo e incluso agrupaciones marxistas.
Nacional e internacional
El período del «programatismo» y la época que para Endnotes da lugar a la sociedad completamente separada se sitúan dentro del período de internacionalismo nacional organizativo de Marcel Van Der Linden, 1894-1917 y 1940-1968.[30] Para Marcel Van Der Linden, pueden distinguirse cinco períodos de composición organizativa internacional: 1) un período inicial de autodescubrimiento (antes de 1848), correspondiente a la clase trabajadora emergente antes de la organización nacional e internacional; 2) un internacionalismo prenacional, o subnacional (1850-1870), que incluye la fundación de la Primera Internacional; 3) una fase de transición (1870-1890), que ve el colapso del internacionalismo prenacional, en gran medida como resultado de la guerra franco-prusiana; 4) el internacionalismo nacional, antes de 1918, liderado por Alemania, con una minoría representada por los trabajadores textiles y mineros de Inglaterra (1894-1917) y que después de 1918 pasa a estar liderado por Inglaterra y EE. UU. (1940-1960); y 5) una segunda fase de transición, potencialmente transnacional (1960-presente), que contempla el colapso del internacionalismo dirigido nacionalmente, expandiéndose hacia Asia, África y América Latina.[31]
Esta infraestructura organizativa nacional heredada por los trabajadores semicualificados cartelizados que Endnotes destaca fue forjada por las luchas de los sindicalistas de la generación anterior, aunque despojada de la composición de fuerzas en conflicto que la habían engendrado. La identidad colectiva ilusoria del trabajo semicualificado presuponía la derrota de las formas organizativas e institucionales prenacionales activas antes de 1894. Los primeros «vínculos internacionalistas comenzaron a formarse como resultado de los auges económicos y las crisis que se hicieron patentes en las décadas de 1840 y 1850 y el empleo de trabajadores extranjeros rompehuelgas durante los períodos de conflictividad laboral, especialmente por parte de los empleadores británicos […]. Las primeras estructuras internacionalistas del movimiento obrero se remontan a 1844 y los owenistas y cartistas británicos, junto con refugiados de Alemania, Francia y Polonia, pertenecientes a los “Amigos Democráticos de Todas las Naciones”, con sede en Londres».[32] Andrew Herod llega incluso a argumentar que las asociaciones transnacionales del movimiento obrero precedieron a las de las empresas capitalistas.
Mientras que TC sitúa el fin de los intentos de autogestión de los trabajadores —el programatismo— en los años 70, podría sostenerse que este ocurre en las primeras décadas del siglo XX, con la mencionada descomposición del sindicalismo y de su estrato de trabajadores; en contra de Endnotes, la autogestión y el desarrollo estatal cartelizado eran tendencias mutuamente excluyentes: la primera tuvo que ceder el paso a la segunda. El colapso de las formas independientes de autorganización de los trabajadores después del apogeo del sindicalismo y la aparición de los consejos en Rusia y Alemania fue fundamental para la cartelización estatal del trabajo organizado en el siglo XX. Destacamos la importancia del sindicalismo y de los consejos, así como de las organizaciones prenacionales como la Primera Internacional, no para fetichizar una forma determinada por encima de su contenido, sino para iluminar su función común como organizaciones y asociaciones independientes y paralelas al Estado y a la empresa capitalista, amén de la necesidad de su derrota para la posterior consolidación nacional.
La ironía de la concepción de TC radica en que presenta a las organizaciones formales de trabajadores posteriores a la década de 1930 como más radicales de lo que realmente fueron. La era del Frente Popular y del pacto social socialdemócrata-fordista vio la abolición de la ya porosa división de la esfera pública burguesa clásica entre lo político y lo económico en favor de una gestión tecnocrática que fusionaba ambas esferas mediante el equilibrio entre las demandas económicas y el reconocimiento de grupos de interés burocráticos.[33] En lugar de la reunificación sindicalista de lo económico y lo político bajo los auspicios del movimiento obrero, las dos esferas se reunieron bajo la égida del capitalismo monopolista de Estado, con los trabajadores como socio silencioso. La mayoría de los sindicatos burocratizados y las mediaciones burocráticas de esta época ni siquiera contemplaron la posibilidad de la autogestión de los trabajadores ni en la teoría ni en la práctica. Si bien esta concepción resurgiría brevemente en Italia y Francia durante la década de 1960 —el abortado concepto de neocapitalismo de André Gorz y Alquati—, fue estrangulada en sus inicios por el giro neoliberal y el consiguiente colapso del movimiento obrero organizado de posguerra durante las décadas siguientes.
Periodizando el movimiento obrero
La longue durée
Como escribió Marx en una ocasión, «del mismo modo en que en la historia de la Tierra las épocas no están separadas por límites rígidos, abstractos, tampoco lo están en la historia de la sociedad».[34] Las periodizaciones deben entenderse como trazados de gradientes difusos y como períodos de transición e intercambio de una forma o estructura a otra.
Cualquier periodización del movimiento obrero debe superponerse al proceso de larga duración por el que la mayor parte de la población mundial pasa de regiones rurales a urbanas y experimenta la proletarización y la separación de los medios de producción. Este es un mérito del trabajo de Endnotes, pero reducir el movimiento obrero únicamente a esto es quizá tensar demasiado la vara. Una lectura poco caritativa de Endnotes resumiría su concepción del movimiento obrero como un intento criptosindicalista de autogestionar la producción capitalista, porque el movimiento obrero, hasta la década de 1970, no habría sido más que un agente inconsciente de la subsunción formal y real. Como hemos demostrado anteriormente, los intentos de autogestión nunca caracterizaron al conjunto del movimiento obrero y fueron definitivamente derrotados a más tardar con la Primera Guerra Mundial; asimismo, el colapso más general de la capacidad del movimiento obrero para la autorganización independiente tuvo que producirse antes de que pudiera ser cartelizado.
El movimiento obrero anterior a la Primera Guerra Mundial estuvo encabezado por campesinos, trabajadores gremiales cualificados y artesanos que respondían a la proletarización y se resistían a ella. Los trabajadores cualificados y los artesanos luchaban contra la abolición de los gremios o intentaban recrear en el sindicalismo la autogestión colectiva propia de los sistemas gremiales. Desde la década de 1830 hasta la de 1870, los oficiales y artesanos alemanes, organizados en hermandades —como los albañiles que trabajaban para pequeños empleadores—, contribuyeron de manera significativa al desarrollo de sindicatos y asociaciones interprofesionales y transcomerciales, debido a que los distintos oficios y artesanías se enfrentaban a las mismas causas y trataban de responder a los mismos factores estructurales.[35] A diferencia de los campesinos recién urbanizados, estos estratos no solo se identificaban con su trabajo, sino que podían gestionar efectivamente el lugar de trabajo por sí mismos; esta relación con el trabajo y esta inclinación hacia la autogestión influyeron en la génesis de los consejos en las revoluciones rusa y alemana. Para sus homólogos cuasiproletarizados, surgió un patrón que duraría buena parte del siglo XX e incluso del siglo XXI en China y África: una población trabajadora que aún no ha migrado permanentemente de la periferia rural al núcleo urbano y que dividía su tiempo y trabajo entre el trabajo agrario y el asalariado industrial, convirtiéndose solo gradualmente en asalariada a tiempo completo con el desplazamiento de la producción agraria por el desarrollo industrial.
A partir de la economía de guerra formada por la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la creciente tasa de proletarización y de migración de las regiones agrarias a las urbanas industriales fue absorbida en gran medida por el trabajo productivo en la industria pesada centralizada. Solo en Estados Unidos, entre 1940 y 1945, 4,5 millones de personas se convirtieron en residentes urbanos permanentes.[36] Sin embargo, la tendencia a absorber la creciente masa del trabajador colectivo en el trabajo desde las guerras mundiales hasta finales de la década de 1970 y principios de los 80 fue disipándose gradualmente. Esto dio lugar a un estrato informal creciente del trabajador colectivo dedicado al trabajo improductivo,[37] es decir, al trabajo asalariado que facilita la circulación de mercancías —a veces por cuenta propia— o al trabajo de reproducción social. Este trabajo improductivo actúa como capital constante en lugar de capital variable, bien contribuyendo al plusvalor en la relación entre plusvalor y tiempo de trabajo necesario —como con los servicios—, bien quedando al margen de ella como población excedente. Siguiendo la tendencia del capital a sustituir el capital variable por capital constante, cada vez se necesitan menos trabajadores para la producción, y la posición estructural del trabajador se vuelve mucho menos estable.
Además del aumento de la relación entre capital constante y variable, la reubicación continua de las empresas capitalistas en busca de mano de obra más barata durante la globalización socavó aún más la capacidad de los trabajadores para obtener concesiones, ya que, incluso si la acción colectiva tiene éxito, las operaciones de la empresa pueden trasladarse para evitar facilitar las demandas de los trabajadores y pagar salarios más altos. «Durante el período del liberalismo incrustado (final de la Segunda Guerra Mundial hasta la década de 1970), un mayor grado de inflexibilidad espacial regulatoria contribuyó a un mayor poder de negociación de los trabajadores. Cuando ese régimen llegó a su fin y el capital se volvió más flexible espacialmente, el poder de negociación de los trabajadores cayó con él».[38]
Sostendremos que existen siete períodos de medio plazo del movimiento obrero, que pueden dividirse y superponerse a ciclos de acumulación y ciclos seculares, así como a las oleadas regionales y nacionales de composición de clase.
1) El período anterior a 1848: autodescubrimiento;
2) de 1848 a 1914: el ascenso y la caída de los trabajadores cualificados y artesanos que se resistían a la separación y el creciente movimiento sindical;
3) de 1914 a 1930: la escisión de la Segunda Internacional por la Primera Guerra Mundial, las revoluciones de consejos/soviets en Rusia y Alemania y el comienzo del declive del sindicalismo;
4) de 1930 a 1950: el Frente Popular y la integración nacional de los sindicatos y partidos;
5) de 1950 a 1980: el apogeo y el colapso del trabajador fabril de masas;
6) de 1980 a 2008: el ascenso de una mayoría de población urbana mundial absorbido por el trabajo improductivo descentralizado, y
7) de 2008 al presente: el desarrollo urbano sin industrialización —que requiere cada vez menos mano de obra con cada ciclo de desarrollo— en centros regionales de las cadenas de suministro globales, creando nodos de proletarización alrededor de contratistas y proveedores que producen para compradores con poder de monopsonio.
La tercera ola actúa como una bisagra, facilitando la transición entre los períodos de organización prenacional y nacional. El surgimiento y la derrota de las organizaciones independientes prenacionales se producen durante las primeras tres olas; la cartelización nacional y la captura burocrática del movimiento obrero comienzan en la tercera ola y duran hasta las olas cuarta y quinta; la desintegración y globalización de la infraestructura nacional del núcleo sucede en las olas sexta y séptima.
Con el declive del sindicalismo y de los restos del trabajo gremial en la Europa continental y América del Norte después de la Primera Guerra Mundial, los sindicatos y la socialdemocracia, en ascenso desde la década de 1870, se volvieron cada vez más domesticados e integrados en el Estado y la burocracia de las empresas capitalistas. La centralización y concentración de los trabajadores fabriles semicualificados, dominantes desde las décadas de 1920 y 1930 hasta finales de las décadas de los 70 y los 80, dio lugar con mayor frecuencia a huelgas espontáneas dirigidas no solo contra los empleadores, sino también contra la propia burocracia sindical. Desde las décadas de 1970 y 1980 en adelante, el proceso anterior de centralización y concentración del trabajador colectivo se invirtió, desintegrando y distribuyendo la composición orgánica del capital y la población de capital variable productivo por el sistema mundial, en nodos de carga de las cadenas de suministro.
El declive de posguerra de la fábrica centralizada dio lugar a una clase trabajadora con una relación con el trabajo marcadamente diferente de la de los trabajadores cualificados y campesinos que se resistían a la proletarización, así como de la de los trabajadores a tiempo parcial solo tangencialmente subsumidos, que dividían su tiempo entre la vida social rural y urbana y de la de los trabajadores semicualificados de masas de mediados del siglo XX.
Globalización, cadenas de valor globales y desarrollo regional después de 2007
Nuestras sexta y séptima olas contemplan la disolución de las relaciones laborales cartelizadas de mediados del siglo XX. La globalización del sistema mundial y el concomitante aumento de la composición orgánica del capital incrementan la relación entre capital constante y variable en respuesta a las crisis de finales de la década de 1970, lo que llevó directamente a la crisis de 2007-2008 y la consiguiente declive de la producción de exportación destinada al consumo en el núcleo. El fin del trabajo cartelizado y de sus normas en materia de salarios y demanda efectiva condujo a un fuerte aumento de la deuda de los consumidores para seguir sosteniendo el consumo de masas en un contexto de salarios estancados. Esta tendencia llegó a su fin con la crisis financiera de 2008 y provocó transformaciones en las cadenas de valor globales (CVG) construidas en la era de posguerra. Estas cadenas de valor pueden adoptar distintas configuraciones, ya sea monopólicas y favorecer al proveedor o productor, monopsonísticas y favorecer al comprador o incluso simbióticas. Siguiendo a Ashok Kumar, los cambios en las relaciones de monopsonio posteriores a 2008 son los que mejor reflejan las tendencias en la composición de la clase trabajadora global:
Entre 1995 y 2013, el número de trabajadores en empleos relacionados con las cadenas de valor globales aumentó de 296 millones a 453 millones, y gran parte de este aumento se produjo antes de la crisis financiera de 2008 […]. La mayoría se produjo en países del Sur Global estaba dirigido al consumo del Norte Global.[39]
Este aumento del empleo se produjo en empresas proveedoras, principalmente en Asia y América Latina, contratadas por compradores monopsonísticos que representan marcas establecidas y/o a los gestores de activos transnacionales que las operan.
Tras el declive del consumo en el núcleo y de la producción de exportación que lo sostenía, hemos asistido, como argumenta Phil Neel, no a una reversión de la globalización, sino a una regionalización del comercio mundial. En la dinámica cambiante de la producción monopsonística, observamos cómo los programas industriales de desarrollo nacional y sus relaciones laborales cartelizadas, que caracterizaron gran parte del siglo XX, se mueven hacia un desarrollo urbano regional disperso, aunque sin la industrialización masiva de épocas anteriores, en nodos situados a lo largo de las cadenas de suministro globales.
Estos centros urbanos actúan como administradores de la acumulación que se lleva a cabo en la infraestructura productiva regional vecina.
Aunque al principio pueda parecer que estos núcleos metropolitanos son el centro mismo de la economía global, son, más exactamente, la punta de un iceberg económico […]. El verdadero centro de la economía mundial no se encuentra en los núcleos urbanos «creativos», financiarizados o de alta tecnología de sus ciudades globales, sino en la compleja red de infraestructura material que los conecta entre sí.[40]
Las necesidades divergentes de los centros urbanos financiarizados y de su infraestructura productiva crean una división del trabajo entre los trabajadores empleados por los proveedores contratados por compradores monopsonísticos internacionales y el trabajo de reproducción social y de servicios necesario para reproducir los centros administrativos urbanos.
Kumar ha detallado cómo la competencia y consolidación entre capitales competidores han conducido a una nivelación de la polarización monopsonística y a una relación simbiótica entre proveedores y compradores, lo que ha dado lugar a un mayor poder de negociación de los trabajadores. La concentración del capital en torno a productores de CVG oligopolizados ha limitado la eficacia del ajuste espacial como medio para minar la acción colectiva de la clase trabajadora.
El fin de las relaciones laborales nacionales cartelizadas ha dado lugar a una nueva distribución espacial de la acción colectiva de los trabajadores con una relación decididamente diferente con el Estado y la nación. La huelga de Yue Yuen de 2014 comenzó como una huelga en una empresa privada para la aplicación de las pensiones por parte del Estado que rápidamente se extendió más allá de sus fronteras nacionales, con acciones solidarias y protestas en Estambul, Melbourne, Bangalore, Londres, Taiwán, Hong Kong y Nueva York.
La propagación de la huelga se produjo sin coordinación centralizada, de manera orgánica, como consecuencia de la identificación de los trabajadores de Yue Yuen entre sí más allá de los límites de una sola fábrica, ciudad o provincia, y […] más allá de la propia frontera del Estado chino. Francine Chan describió la propagación de la huelga y señaló que, aunque «algunos trabajadores pasaban información a través de la red social Weibo y el servicio de mensajería instantánea QQ, [la mayoría de] los trabajadores son mayores, la mayoría de las noticias se difundían de boca en boca, [ya que] los organizadores de la huelga ya habían establecido contactos con líderes obreros de otras fábricas de Yue Yuen durante huelgas menores en el pasado».[41]
La globalización ha entrelazado lo nacional y lo transnacional de tal manera que los proveedores monopsonísticos en crecimiento, como Aravind en India, han adquirido una importancia creciente para la producción y el consumo domésticos, parte de los cuales incluso son subcontratado por compradores internacionales. La ausencia de una distinción clara entre lo nacional y lo transnacional conduce a una reintegración del Estado a lo largo de las líneas trazadas por las CVG y a la necesidad de que la acción colectiva y la organización de los trabajadores sigan la misma tendencia.
Conclusión: autorganización e independencia
Para resumir, los principales defectos de Endnotes residen en 1) aislar al trabajador semicualificado de mediados del siglo XX y generalizar una variante europea particular de este arquetipo al movimiento obrero en su conjunto, 2) adoptar un determinismo económico que reduce toda la producción social a la valorización y 3) oscilar inconsistentemente entre la determinación política y económica en relación con el trabajador colectivo y el movimiento obrero, respectivamente.
Uno de los méritos de «Historia de una separación» es el intento de ofrecer una visión general del movimiento obrero que es sorprendentemente rara en los comentarios sobre el tema. Gran parte de la literatura existente se centra en las historias organizativas de partidos individuales o líderes influyentes, o bien en períodos aislados de movimientos nacionales e incluso en huelgas individuales. Superar esta limitación de la teoría existente implica captar la relación concreta entre valorización, composición de clase y formas organizativas como procesos que se mantienen unidos como partes de una totalidad dinámica. La izquierda comunista en Alemania 1918-1921 de Gilles Dauvé, aunque constituye un recurso valioso sobre el ecosistema de formas organizativas activas en aquel momento, abstrae deliberadamente la producción de la clase trabajadora y, por tanto, evita abordar la relación entre la composición de clase y la subjetividad política. Como hemos visto, el determinismo de Endnotes y TC se inclina en la otra dirección, aunque sigue abstrayendo la producción concreta del trabajador en favor de esquemas cuestionables de acumulación.
El balance trazado por el debate entre Gilles Dauvé y TC, y su extrapolación por parte de Endnotes, debería ser el punto de partida de una investigación colectiva y un diálogo en torno al movimiento obrero y sus consecuencias para nosotros hoy. Con ese propósito, hemos propuesto una periodización alternativa más arriba para comprender mejor este proceso. Desenterrar la derrota histórica de la autorganización y la independencia de la clase trabajadora constituye una necesidad teórica que, por supuesto, no nos orienta hacia adelante en la práctica por sí misma, pero sí allana el camino para posibilidades que podrían hacerlo. En una entrevista de principios de la década de los 80, Immanuel Wallerstein consideraba la posibilidad de volver a la tarea y el proyecto inconclusos iniciados por Marx:
Hoy, las ideas marxistas —o la terminología marxista (pongámoslo así)— continúan extendiéndose en Estados Unidos y —creo— en todo el mundo. Sigo pensando que la difusión de la terminología marxista es comparable a la difusión de la terminología cristiana en los siglos II y III; nos movemos hacia un mundo en el que todo el mundo usará terminología marxista. Tardaremos otros cincuenta o cien años, pero llegaremos allí […]. Creo que nos estamos acercando al momento de una ruptura política definitiva en el marxismo único —reflejado en un movimiento marxista mundial único— y al nacimiento de mil marxismos. Eso significa que podemos comenzar realmente a trabajar de la misma manera que lo hizo Marx, de una manera crítica, meditada.
[1] Véase Aufheben, La teoría del declive o el declive de la teoría, Ediciones Extáticas (2024), pp. 133-260. https://edicionesextaticas.noblogs.org/files/2024/02/La-teoria-del-declive.pdf
[2] Endnotes, «Primeros materiales para un balance del siglo XX», Endnotes 1(mayo de 2022), Ediciones Extáticas. https://edicionesextaticas.noblogs.org/files/2025/04/endnotes-1.pdf
[3] Chuang, «Neither Prophets Nor Orphans: An Interview With Endnotes», Chuang, s. f. https://chuangcn.org/2025/02/neither-prophets-nor-orphans-interview/
[4] Véase Steve Wright, Storming Heaven: Class Composition and Struggle in Italian Autonomist Marxism, Pluto Press (2017).
[5] La genealogía de Endnotes y de la comunización es la siguiente: consejismo germano-holandés ➡ Bordiga ➡ Camatte/Invariance ➡ Dauvé y TC ➡ Goldner ➡ Endnotes.
[6] Robert Kurz y Ernst Lohoff, «Der Klassenkampf-Fetisch: Thesen zur Entmythologisierung des Marxismus», Marxistische Kritik, n.º 7 (agosto de 1989).
[7] Endnotes, «Espontaneidad, mediación, ruptura», Endnotes 3(octubre de 2023), Ediciones Extáticas, p. 311. https://edicionesextaticas.noblogs.org/files/2025/10/Endnotes-3-imprenta.pdf
[8] Endnotes, «Historia de una separación», Endnotes 4(agosto de 2024), Ediciones Extáticas, p. 127. https://edicionesextaticas.noblogs.org/files/2024/08/Endnotes4.pdf
[9] Endnotes también pretende evitar la dependencia de TC respecto de Michel Aglietta, de la Escuela de la Regulación, cuyas conclusiones solo serían aplicables al caso francés. En contraste, podría decirse que Endnotes generaliza un modelo de desarrollo continental francoalemán —lo que Ashok Kumar denomina «el modelo interno», frente al «modelo externo» de EE. UU.—, ya que Estados Unidos no sufrió la persistencia del antiguo régimen, y que, mientras que Francia y Alemania se desarrollaron más tarde que Inglaterra y EE. UU., se adelantaron a Italia y a la periferia y generaron una clase trabajadora masiva y semicualificada durante gran parte del siglo XX.
[10] Endnotes, «Traigan sus muertos», Endnotes 1, p. 17.
[11] Endnotes, «Historia de una separación», Endnotes 4, p. 192.
[12] Ibid., p. 196. La lógica «no utilitaria» de la identidad colectiva y del interés colectivo parece oscilar entre un aislamiento momentáneo respecto a la determinación económica y una disolución absoluta en la atomización económica.
[13] Michael A. Lebowitz, Following Marx: Method, Critique, and Crisis (2009), p. 308. Wallerstein define la reproducción doméstica como una forma de obligación económica. «Un hogar típico consta de tres a diez personas que, durante un largo período —digamos unos treinta años—, reúnen múltiples fuentes de ingresos para sobrevivir colectivamente. Los hogares no suelen ser estructuras igualitarias internamente ni son estructuras inmutables —las personas nacen y mueren, entran o salen de los hogares y, en cualquier caso, envejecen y tienden a modificar su papel económico—. Lo que distingue a una estructura doméstica es alguna forma de obligación de proporcionar ingresos al grupo y de compartir el consumo derivado de dichos ingresos». Immanuel Wallerstein, World-Systems Analysis: An Introduction (2006), p. 32.
[14] Lebowitz se pronuncia en el debate sobre los seis libros que Marx proyectaba originalmente en Beyond Capital y concluye: «[a]unque no hubo un rechazo explícito del plan de seis libros, tampoco hay evidencias inequívocas de que Marx no considerara El Capital en sí mismo como un “sistema completamente elaborado”. En consecuencia, después de revisar los argumentos contrapuestos, Allen Oakley ha propuesto recientemente que la evidencia bibliográfica necesaria para determinar las intenciones de Marx o si quedaron libros por escribir es simplemente insuficiente para sostener un juicio en uno u otro sentido». Michael A. Lebowitz, Beyond Capital (2003), p. 14. Finalmente, Lebowitz concluye: «La cuestión central no es en absoluto si Marx tenía la intención de escribir un libro sobre el trabajo asalariado. Si no lo hubiera mencionado, todavía necesitaríamos escribirlo». Ibid., p. 50.
[15] Théorie Communiste, «Mucho ruido y pocas nueces», Endnotes 1, p. 204. «La autonomía solo puede ser programática, porque es por su propia naturaleza autonomía obrera». Véase también p. 173: «La autorganización, los sindicatos fuertes y el movimiento obrero aparecieron todos en el mismo mundo de la revolución como afirmación de la clase […]. La autoorganización implica la autoorganización de la lucha, por tanto, la autoorganización de los productores. En una palabra: trabajo liberado; en otra palabra: valor».
[16] Endnotes, «Traigan sus muertos», p. 17. «Así pues, lo que para Bordiga había sido una cuestión de errores teóricos y organizativos, para Camatte había llegado a definir la función histórica del movimiento obrero en el seno del capitalismo».
[17] Gilles Dauvé & Karl Nesic, «Proletariado y trabajo: ¿Una historia de amor?», Endnotes 1, p. 142.
[18] Ibid., p. 124.
[19] Goldner constituye una excepción dentro de este grupo, ya que sostiene que, si bien el movimiento obrero histórico pudo haber sido un medio para la autoperpetuación del trabajo asalariado, no necesariamente tiene que adoptar esa forma. Para Goldner el movimiento obrero produjo este resultado mediante la infiltración de funcionarios públicos improductivos, que trajeron consigo una «ontología atomista burguesa» que los llevó a convertirse en agentes inconscientes de la subsunción real —entendida aquí, como para buena parte del entorno comunista de izquierda, como un período histórico más que como un proceso recurrente, como en Marx—. «La aceptación tácita de la ontología atomista por el marxismo de la 2.ª y 3.ª Internacional, su estatuto como ideología de la revolución burguesa sustitutiva, está vinculada a su falsa apreciación de la coyuntura y a su vocación de funcionario estatalista». Según Goldner, esta dinámica es anterior incluso a Marx: «La línea de continuidad va de Saint-Just a Fichte, de Nechaev y Tkachev a Stalin, Mao, Ho y Pol Pot». Loren Goldner, «Short History of the World Working-Class Movement from Lassalle to Neo-Liberalism: The Distorting Hegemony of the Unproductive Middle Classes», breaktheirhaughtypower, s. f. https://breaktheirhaughtypower.org/734/ [consultado el 19 de junio de 2026]. Goldner sostiene que la «era del funcionario público», de 1905 a 1975, ha llegado a su fin, y con ella también esta forma del movimiento obrero. Aunque respaldamos la opinión de Goldner de que el movimiento obrero no puede reducirse a la autoperpetuación, su teoría postrotskista de la traición burocrática, inspirada en gran medida por C. L. R. James, deja mucho que desear.
[20] Endnotes, «Historia de una separación», pp. 177-8. Aunque podría argumentarse que la era del obrero de masas semicualificado comenzó en los años 20 o 30, o, como muy pronto, con la Primera Guerra Mundial.
[21] Ibid., p. 140.
[22] Ray Brassier, «Politics of the Rift: On Théorie Communiste», e-flux, s. f. https://www.e-flux.com/notes/550201/politics-of-the-rift-on-th-orie-communiste [consultado el 19 de junio de 2026]. Traducción al castellano: «La política de la ruptura: acerca de Théorie Communiste», Nec plus ultra, 16 de julio de 2023. https://necplusultra.noblogs.org/post/2023/07/16/ray-brassier-la-politica-de-la-ruptura-acerca-de-theorie-communiste/ [consultado el 27 de agosto de 2026].
[23] Goldner, «Short History of the World Working-Class Movement from Lassalle to Neo-Liberalism: The Distorting Hegemony of the Unproductive Middle Classes», libcom (2011). Short history of the world working-class movement from Lassalle to neoliberalism: The distorting hegemony of the unproductive middle classes – Loren Goldner | libcom.org
[24] Chuang, «Dead Generations», Chuang 1 (2016), pp. 29-30, 36-37. «Estos trabajadores chinos eran, en Manchuria como en otros lugares, reclutados por capataces o contratistas de mano de obra, quienes recibían el total de los salarios de los empleadores japoneses y los distribuían entre los trabajadores a su criterio, reservándose una gran parte para sí mismos. Pero mientras que el sistema de capataces utilizado en los puertos del sur veía a estos capataces, en competencia con gremios y otros contratistas, al frente de redes más pequeñas de trabajadores reclutados que eran enviados a empresas mucho más pequeñas, estas fábricas japonesas modernas requerían desplegar mano de obra a una escala completamente diferente. Muchas utilizaban solo “un pequeño número de batou que suministraban y gestionaban varios miles de trabajadores”. Esta gestión se distribuía a lo largo de una jerarquía de capataces integrada verticalmente, con el “batou número 3” en la base, al mando de cuadrillas de “unos quince trabajadores”. Al mismo tiempo, la jerarquía de capataces estaba a su vez amortiguada por una extensa burocracia, con “otros funcionarios también, como un xiansheng o sensei —que era secretario, contable y pagador—, cocineros y recaderos”».
[25] Ira Karznelson y Aristide R. Zolberg, Working-Class Formations: Nineteenth-Century Patterns in Western Europe and the United States, Princeton University Press (1986), pp. 54-5.
[26] Marx detalla este proceso en los capítulos 13, 14 y 15 de El Capital, tomo I: «En lo que respecta al modo de producción mismo, por ejemplo, en sus comienzos la manufactura apenas se distingue de la industria gremial del artesanado por el mayor número de obreros que utiliza simultáneamente el mismo capital. El taller del maestro artesano no ha hecho más que ampliarse». El Capital, tomo I, volumen I (2008), Siglo XXI Editores, p. 391.
[27] Karznelson y Zolberg, Working-Class Formations: Nineteenth-Century Patterns in Western Europe and the United States, Princeton University Press (1986), pp. 115-6.
[28] Gilles Dauvé y Denis Authier, The Communist Left in Germany 1918-1921, p. 178. Dauvé sostiene que el sindicalismo francés fracasó ya en 1906.
[29] Karznelson y Zolberg, Working-Class Formations…, p. 107.
[30] Marcel van der Linden, Workers of the World: Essays Towards a Global Labor History (2008), p. 280.
[31] Ibid.
[32] Ashok Kumar, Monopsony Capitalism: Power and Production in the Twilight of the Sweatshop Age (2020), p. 44.
[33] «[L]a esfera pública clásica está originariamente arraigada en el contexto de vida [privado] burgués, pero se separa de este y del proceso de producción. Por el contrario, las nuevas esferas públicas de producción son una expresión directa de la esfera de producción […]. La diferenciación entre público y privado es remplazada por la contradicción entre la presión ejercida por los intereses de producción y la necesidad de legitimación». Oskar Negt y Alexander Kluge, Public Sphere of Experience: Towards an Analysis of the Bourgeois and Proletarian Public Sphere, Minneapolis: University of Minnesota Press (1993), pp. 11-18.
[34] Marx, El Capital, tomo I, volumen I, pp. 451-2.
[35] Karznelson y Zolberg, Working-Class Formations: Nineteenth-Century Patterns in Western Europe and the United States, pp. 307-16.
[36] Mike Davis, Prisoners of the American Dream, pp. 74-5.
[37] «[E]l extraordinario aumento de fuerza productiva en Jas esferas de la gran industria —acompañado, como lo está, de una explotación intensiva y extensivamente acrecentada de la fuerza de trabajo en todas las demás esferas de la producción— permite emplear improductivamente a una parte cada vez mayor de la clase obrera». Marx, El Capital, tomo I, volumen I, p. 543.
[38] Kumar, Monopsony Capitalism: Power and Production in the Twilight of the Sweatshop Age, p. 11.
[39] Ibid., p. 18.
[40] Phil Neel, Hinterland: America’s New Landscape of Class and Conflict (2018), p. 97.
[41] Kumar, Monopsony Capitalism: Power and Production in the Twilight of the Sweatshop Age,p. 106.

