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Solo di no: Evitando el desastre de una candidatura AOC 2029

Noah Emke

Traducción de @KimJongDos

Publicado originalmente en Cosmonaut

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Este artículo se publicó el 14 de julio de 2026 en Cosmonaut, publicación de la organización estadounidense Marxist Unity Group (MUG). Este destacamento comunista que participa en el DSA (Democratic Socialists of America), plantea una crítica a la posibilidad cada vez más en boga de que Alexandria Ocasio Cortez sea una «candidata respaldada por el DSA» a la presidencia de los Estados Unidos. Publicamos este texto también como forma de contribuir a la cada vez mayor atención que despierta el fenómeno DSA entre las filas de la socialdemocracia radical y los destacamentos comunistas en el Estado español.


¿Es posible conseguir una presidencia de AOC respaldada por la DSA en 2029? Noah Emke dice que sí; también supondrá un desastre para un movimiento socialista incipiente, que no está preparado para ejercer el poder a escala nacional y que está comprometido con un proyecto de declive imperial controlado.

El pasado mes de junio, los candidatos respaldados por la DSA obtuvieron lo que solo puede describirse como una victoria total en las primarias del Partido Demócrata. Por toda la ciudad, varios importantes escaños de la legislatura estatal se tiñeron de rojo, y dos nuevos socialistas ocuparán pronto sus escaños en el Congreso. El establishment se apresura a explicar esto como un fenómeno exclusivo de la ciudad de Nueva York, pero los candidatos de la DSA, así como otros populistas de izquierda con plataformas similares, están ganando en todo el país. El número de afiliados está aumentando con rapidez, alcanzando las decenas de miles. La presencia mediática del socialismo democrático es aún mayor, ya que Zohran Mamdani cumple sus promesas de vivienda asequible, al tiempo que vive sin pagar alquiler en las mentes de los presentadores de Fox News. El momento es electrizante; el renacimiento del socialismo democrático estadounidense comenzó en 2016, y ahora, diez años después, estamos viendo cómo se alza como una fuerza política seria. El objetivo principal está a la vista: la Casa Blanca. Cerrando el círculo desde la primera campaña presidencial de Sanders, podríamos estar preparados para volver a aspirar al sillón presidencial en 2028. La única conclusión lógica de la estrategia que se está siguiendo actualmente es la presidencia, y estamos más cerca de conseguir ese objetivo que nunca. Actualmente, la DSA cuenta con una única política cualificada con el perfil público necesario para atreverse a presentarse a las presidenciales, y esa es Alexandra Ocasio-Cortez. Ahora mismo no es más que una idea que se está barajando, pero tras estas victorias queda claro que, si aunamos nuestros recursos y lanzamos una campaña seria en 2027, tenemos una buena posibilidad de elegir a AOC como presidenta, lo que destruiría completamente nuestro movimiento casi de la noche a la mañana.

¿Qué hay de malo en «la presidenta AOC»?

Puede sonar duro, sobre todo en un momento de optimismo en medio de una época definida por el terror, pero esta puede ser nuestra última oportunidad de hacer frente a la estrategia de entrismo en los demócratas antes de dar el paso. Mientras los capitalistas y los sionistas acérrimos gritan indignados, algunos políticos del establishment están optando por mantener la calma. Es posible que una masa crítica de demócratas del establishment pronto «se doblegue» y nos permita seguir adelante. Sin embargo, nuestros enemigos de clase no nos regalan nada, y el precio será demasiado alto. Para decirlo sin rodeos, una presidenta AOC aplicaría sus políticas luciendo nuestros colores, neutralizando así la amenaza de un desafío socialdemócrata. El DSA se desradicalizaría al intentar apoyar a «nuestra» presidenta, incluso cuando modere drásticamente su postura, y las masas se vuelvan en contra del socialismo cuando la primera presidenta socialista envíe, una vez más, sus pensiones a Israel. Nuestras ideas funcionan, el neoliberalismo no, ¿por qué demonios querríamos atribuirnos políticas neoliberales a escala nacional?

Es tentador restarle importancia, decir que podemos hacerla responsable de una agenda socialista, pero, hasta ahora, hemos demostrado ser incapaces de hacerlo. AOC ha fracasado constantemente a la hora de usar su mandato como legisladora de forma diferente a como lo haría un demócrata, traicionando sus supuestos principios hasta el punto de perder el respaldo nacional del DSA. Este débil intento de fiscalización no llegó a ninguna parte; NYC-DSA siguió respaldándola; su comportamiento no cambió, y sigue apareciendo a menudo y de forma visible asociada al DSA en actos públicos y en los medios. Por otro lado, ha demostrado ser muy sensible a la presión del Partido Demócrata, cediendo con facilidad y frecuencia. Hay ciertas cuestiones que la dirección demócrata quiere mantener fuera del orden del día cuando esté en el poder, como el genocidio en Gaza o los migrantes enjaulados, y cumplió totalmente con esa directriz durante la administración Biden. AOC nunca ha demostrado ser capaz de plantar cara ante cualquier presión relacionada con estas cuestiones de vital importancia, lo que, a la hora de la verdad, la hace indistinguible del resto del partido.

Las carencias de AOC van de lo menos que ideal a lo potencialmente letal cuando pasamos de la política interior a la exterior, el área en que una presidenta socialista debería ser más osada y transformadora. En este momento, EEUU es claramente un imperio en declive, por lo que todos los presidentes en un futuro previsible se enfrentarán al menos a un desastre que ponga de manifiesto los límites del poder estadounidense, y estos desastres no harán más que empeorar. Biden tuvo que hacer de tripas corazón y retirarse de Afganistán, y fue incapaz de evitar una invasión rusa de Ucrania. Luego, en el caso más infame, se negó siquiera a intentar impedir que un aliado/proxy de Estados Unidos cometiese el genocidio mejor documentado de la historia, a pesar de las consecuencias negativas que tuvo para la estrategia estadounidense. Trump se metió a ciegas en una guerra con Irán, y, sin entrar en detalles insoportables, confiamos en que la mayoría de lectores comprenderán que los resultados han sido incalculablemente terribles desde el punto de vista del imperialismo estadounidense. No solo Trump no ganó la guerra, sino que ha sido incapaz de perderla, ya que un Israel cada vez más rebelde no para de sabotear sus intentos de firmar los documentos de rendición. Si bien Trump y Biden son ligeramente diferentes, la política exterior de ambos puede describirse razonablemente como un «imperialismo liberal delirante».

Parece bastante probable que el siguiente gran tema geopolítico en Taiwan. Con una debilidad estadounidense ahora expuesta, es posible que la República Popular China mueva ficha. Una perspectiva imperialista liberal exigiría entonces una respuesta estadounidense, con resultados predeciblemente humillantes. La única forma de que una presidenta socialista pueda evitar la mancha del fracaso sería rechazando completamente a sus predecesores y siguiendo una vía radicalmente diferente. Puede que a estas alturas las comparaciones con Weimar resulten manidas, pero los estudiantes de historia recordarán lo que ocurre cuando un gobierno socialdemócrata presencia una humillación nacional ante potencias extranjeras. Cualquiera que afirme que tiene la única respuesta correcta miente, pero es difícil imaginar una salida a esta situación que mantenga intacto nuestro nivel de vida que no implique desmantelar el Pentágono, llegar a algún tipo de acuerdo negociado con las potencias mundiales emergentes y una amplia redistribución de la riqueza en detrimento de los oligarcas. Cuando tienes en cuenta la crisis ecológica, incluso ese nivel de transformación social empieza a resultar demasiado conservador. En resumen, un ejecutivo socialista tendría que promulgar un paquete de reformas tan inaceptable para el imperialismo estadounidense que podría llegar a provocar un golpe de Estado.

Sin embargo, AOC ya ha cedido en este punto. No queda claro si tiene miedo de hacer frente al establishment o simplemente es tan poco creativa que es incapaz incluso de imaginarse una política exterior alternativa, pero, en la Conferencia de Seguridad de Munich, articuló una versión con tintes populistas de la visión imperialista liberal de Biden y Obama. Acusó a Trump de ser demasiado blando con los «autoritarios», dando a entender que habría una mayor intervención contra los Estados que no cooperen con la hegemonía estadounidense. Dejando de lado las evidentes cuestiones morales que plantea la agresión estadounidense, resulta muy preocupante que AOC piense que EEUU. sigue estando en posición de dictar condiciones. Cuando la RPC intente reunificarse con Taiwan, la presidenta Cortés podrá elegir entre demostrar que se está tirando un farol, creando así una nueva narrativa de una «puñalada por la espalda» con la que la derecha podrá acosarnos, o iniciar la guerra más costosa de la historia reciente en una época en la que los estadounidenses no tienen interés alguno en ninguna guerra en el extranjero.

¿Por qué no estamos listos para el poder nacional?

El problema puede tener su origen en los defectos de AOC; sin embargo, no se limita a ella como persona. El quid de la cuestión radica en el DSA como institución. La triste realidad es que aún no hemos construido una organización capaz de presentar un candidato presidencial mejor que AOC. Solo como hipótesis, imaginemos que Zohran Mamdani pudiera presentarse legalmente a presidente. Mamdani es lo mejor que hemos tenido hasta ahora, un auténtico cuadro del DSA y un político increíblemente talentoso. Pero cuesta imaginar que él fuera capaz de gestionar mejor el colapso imperial de los Estados Unidos. Por lo general, Mamdani evita hablar de política exterior, pero cuando se le presiona, también el solo puede abordarla vagamente, en términos de «autoritarismo». También él transige con sionistas y con otros enemigos de la clase trabajadora, yendo a menudo en contra de nuestra agenda, y también él merece ser criticado por ello. No obstante, debemos admitir que le hemos puesto en una posición en la que siente que debe hacer estas cosas, y no tiene ningún motivo estratégico para no hacerlo. Por muchos miembros que reunamos, por muy bien que organicemos nuestras campañas, o por muchos cargos electos que tengamos en el poder, nunca vemos un frente único que avance hacia nuestros objetivos. El resultado es la cooptación, la traición, la decepción, muchas acusaciones recíprocas y la falta de control organizativo sobre nuestros recursos estratégicos.

La solución es sencilla: Necesitamos aprender a decir no. No tenemos poder porque no tenemos límites. Para aprender una gran lección sobre el poder de los límites, deberíamos fijarnos en el Partido Demócrata. Cuando el DSA se hizo con el control del Comité Demócrata de un estado, a los recién llegados no se les permitió utilizar ninguno de sus recursos. Cuando Mamdani ganó las primarias, las figuras clave del establishment no tuvieron ningún reparo en dejar que Cuomo dividiera el voto. Entonces, por mucha oposición que haga un candidato cuando sale elegido, una vez está realmente en el cargo, el establishment demócrata ejerce control sobre él. El puesto de un político en los comités y los caucus clave ―y, en consecuencia, su poder― depende de su posición dentro de su propio partido. Esa es la esencia de un partido político: es una institución diseñada para ejercer poder proporcionando organización, estructura y disciplina.

Por su parte, el DSA aún no es un partido político; no ejercemos presión porque somos una máquina de respaldos que solo tiene un botón de «ON». Los políticos saben que, incluso cuando persiguen abiertamente políticas que van en contra de los estatutos de la organización, la DSA les permitirá tácitamente seguir actuando como abanderados. Tenemos, y en ocasiones utilizamos, mecanismos con los que podemos fiscalizar a los políticos y retirar nuestro respaldo oficial, pero la DSA no hace nada para distanciarse a ojos del público o de sus propios miembros. A pesar de tener procesos internos para elegir si respaldar candidatos o no, estos procesos tienen poco o ningún efecto, lo que deja que sean los medios de comunicación privados y las celebrities quienes ejerzan el poder real sobre el voto «socialista». Si le preguntas a la gente corriente en quienes piensan cuando oyen hablar sobre la DSA, te dirá que en Bernie Sanders o en AOC, dos políticos que no son parte de la organización.

Un ejemplo perfecto de este problema es el caso de Brad Lander. Según los mecanismos democráticos internos del DSA, no se respaldó a Lander porque no se adhiere a los principios fundamentales de la organización, concretamente al antisionismo. Como interventor, Lander invirtió fondos municipales en la industria de defensa israelí, optando conscientemente por convertir a los empleados públicos en cómplices de un genocidio. Nunca ha dado a entender que su postura al respecto haya cambiado, por lo que no puede ser un candidato socialista. Se esté de acuerdo con esta decisión o no, esa fue la elección. Sin embargo, en la práctica, ¿se permitió que esa elección tuviera repercusión? Nuestra figura pública más destacada respaldó a Lander, por lo que se le incluyó en la lista socialista democrática en casi toda la cobertura mediática bajo la categoría de «candidatos respaldados por Mamdani». Esto significó que se permitió que un sionista se beneficiara de la energía y del perfil público de una asociación del DSA, sin el consentimiento de la organización ni ninguna concesión significativa a sus objetivos. Tres victorias suenan mejor que dos, por lo que la DSA no se opuso a nada de esto.

Este fenómeno debería preocuparnos a todos, incluyendo a quienes (como yo) consideramos que es mejor que Brad Lander ocupe el cargo que Dan Goldman. A pesar de sus defectos, Brad Lander es la mejor opción posible en este caso, pero los acontecimientos más recientes nos han presentado la peor de las situaciones: Graham Platner. Una vez más, un progresista de izquierdas que nunca habría sido aceptado como candidato oficial del DSA se vio incluido en nuestra campaña «insurgente» contra el Partido Demócrata. Mientras que Lander es un demócrata de centroizquierda bastante convencional, e incluso es un antiguo miembro del DSA, Platner no es en absoluto un antiimperialista y es, de hecho, un mercenario y un criminal de guerra entusiasta, además de haber sido guardia de la infame prisión de Abu Ghraib. También es un presunto violador. Las denuncias de delitos sexuales eran de sobra conocidas mucho antes de la última acusación, y le habrían inhabilitado casi con toda seguridad para recibir el respaldo del DSA de haberlo solicitado. Sin embargo, se le asocia con la socialdemocracia estadounidense, con nuestra aprobación o sin ella, porque contaba con el apoyo de influencers no fiscalizables cercanos al DSA, como Hasan Piker. Ahora que Platner ha caído en el descrédito total, ha expuesto a todo el movimiento socialista democrático a las críticas, a pesar de que no está afiliado a la organización.

Por muy rápido que el socialismo estadounidense se haya desarrollado como movimiento político, su desarrollo como movimiento cultural ha sido mucho más veloz, lo que significa que el ecosistema mediático en torno a DSA cuenta actualmente con una influencia desmedida. El interés de que haya medios de izquierdas es algo bueno, y quienes satisfacen este interés tienen un papel que desempeñar, pero es una señal de debilidad que el socialismo democrático cuente con un potencial «creador de reyes» completamente ajeno a la propia organización. La cuestión aquí no es una rivalidad entre potenciales líderes y portavoces, ni siquiera se trata realmente de un principio democrático, sino de los peligros de conferir demasiado poder a particulares. Sería contraproducente intentar demostrar que tal o cual persona haya sido «cooptada», pero la realidad es que las figuras mediáticas individuales son corruptibles, tienen intereses que a menudo van en contra de los del movimiento y no existe ningún mecanismo para fiscalizarles. Para evitar otro caso como el de Platner, o un desastre comparable a escala presidencial, el DSA debe tomar sus propias decisiones de forma clara y rotunda.

Esta falta de voz organizativa no solo da protagonismo a figuras profundamente problemáticas, sino que tiene efectos tóxicos para todos los cargos electos socialistas. Si cualquier político es capaz de conseguir el equivalente de un respaldo de la DSA por medio de acuerdos bilaterales con otro político u otra figura mediática, ¿por qué deberían preocuparse por cumplir los estándares de la DSA? Esta cultura de impunidad no solo fomenta el mal comportamiento, sino que, de hecho, desalienta el radicalismo. «Traicionar» al movimiento no acarrea consecuencias, por lo que esa línea de actuación se convierte en la única decisión lógica. Piensa en ello como en el dilema del prisionero: cada cargo electo del DSA sabe que sus camaradas pueden beneficiarse de llegar a un acuerdo paralelo con líderes capitalistas, por lo que incluso los políticos del DSA bienintencionados sienten la necesidad de hacer sus propios tratos primeros. Cuando la DSA decidió por primera vez presentar a Mamdani a alcalde, varios cargos electos rompieron la disciplina para denunciar el intento, mientras que AOC, como de costumbre, tuvo miedo de ofender a nadie y se mantuvo al margen durante prácticamente toda la campaña de las primarias. Esperemos que Mamdani no trate de forma igual de cínica a ningún candidato nuevo del DSA, pero lo único que le impide hacerlo es su propia preferencia, y no ningún mecanismo institucional. No importa cuánto poder acumulemos, todo ello no servirá para nada si tenemos miedo de denunciar de verdad a los cargos electos que socavan nuestros objetivos.

¿Cómo podemos prepararnos para 2028?

Estas cuestiones son muy graves, y cualquier tipo de gobierno de «mayoría socialista» supondrá una perspectiva de altísimo riesgo e ínfima recompensa hasta que se resuelvan. Por fortuna, nuestro trabajo duro nos ha situado en una posición excelente para superar esta debilidad. Los recientes éxitos han hecho que resultara muy tentador afianzarnos aún más en el Partido Demócrata, pero también nos han brindado la oportunidad de librarnos de él. Si declarásemos nuestra independencia política en un momento de reflujo para la DSA, el camino sería difícil. Pareceríamos unos malos perdedores y sería difícil recuperar la relevancia de la que gozamos hoy, incluso si con el tiempo pudiéramos convertirnos en un partido socialista exitoso. Este año, en el 250º aniversario de la independencia de los propios EEUU, el DSA se encuentra en pleno auge. Ahora somos, por número de miembros que pagan cuotas, la mayor organización socialista estadounidense de la historia. Mientras tanto, los dos partidos de la coalición Epstein han caído en un descrédito fatal como ninguno anterior. Los medios corporativos murmuran nerviosamente sobre una poderosa «maquinaria política» que aplasta sin piedad a cualquier candidato del establishment capitalista, así que pongámonos manos a la obra para hacer sus temores realidad.

Hay varias opciones posibles en función de la urgencia con la que queramos actuar. Todas ellas implican marcar límites claros y alejar el proceso de selección de candidatos «socialistas» estadounidenses de la influencia informal de individuos particulares para encauzarlo por canales democráticos oficiales. En primer lugar, necesitamos un proceso de selección oficial y abierto que incluya un debate público serio antes de que el DSA respalde a ningún candidato a la presidencia. Mediante este proceso podríamos, por un lado, evitar una catastrófica coronación de AOC y, por otro, fomentar un debate público serio sobre cómo debería ser una estrategia presidencial sólida. Como opción más a largo plazo y de carácter general, podríamos adoptar algo parecido a la Propuesta 1-2-3-4, respaldada por Mamdani, para convertir al DSA en un partido sustituto funcional. Con ello, todos nuestros políticos podrían empezar a hablar al unísono con la voz del DSA, con la esperanza de que las preferencias de la organización se hagan oír más que las de las figuras mediáticas con las que contamos. El mero hecho de ejercer algo de presión sobre nuestros políticos podría hacer que el DSA pasase de ser un activo a cooptar y desechar a ser un actor político, capaz de elaborar políticas de verdad. Mejor aún, podríamos pasar de presentar candidatos rivales en las primarias a presentarnos en las elecciones generales contra los demócratas. Esto agotaría los recursos del establishment demócrata, lo que les obligaría a invertir dinero no solo en primarias, sino también en elecciones generales en las que antes no tenían prácticamente oposición. Como ventaja añadida, las candidaturas independientes nos distinguirían del nada popular Partido Demócrata y nos consolidarían como una entidad propia en el imaginario público. Sin embargo, no hay sustituto que valga para el paso más audaz de todos, aquel que tendremos que dar si nos tomamos realmente en serio la idea de unos Estados Unidos socialistas: la reorganización como nuestro propio partido. El cambio está al caer y, si existe algún tipo de futuro para la civilización estadounidense, la primera presidenta socialista ya ha nacido. Sin embargo, que no quepa duda: ella no es demócrata.

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