El viaje de la socialdemocracia

Existe una filia, muy extendida entre aquellas que se consideran a sí mismas como
“socialdemócratas”, pero también entre muchos círculos más a la izquierda, por todo lo
que suene a Estado del bienestar y a los Treinta Años Gloriosos posteriores a la IIGM.
Seguramente tiene mucho de nostalgia de épocas mejores para una izquierda mucho
más activa políticamente (principalmente a través de los sindicatos) y un “capitalismo
en retirada” por las grandes nacionalizaciones de Francia o Reino Unido, además de
frente al avance de la idea de la necesidad de cierta planificación estatal de la economía
en los países occidentales. No se trata de criticar frívolamente desde nuestros salones
izquierdistas lo que se consiguió esos años, sino de revisar su contingencia, asumirla y
entender que otros mundos siempre son posibles.

Es la intención de este breve escrito, por lo tanto, plantear de qué forma este
gran momento consensual socialdemócrata se llegó a producir, lejos de toda exaltación
revolucionaria y dentro del abandono de la teoría marxista por parte de unos partidos
socialistas que venían de programas internacionalistas y fuertemente anticapitalistas
antes de la IGM.

Desde el surgimiento de los partidos socialdemócratas europeos (SPD, PSOE,
PSI, SFIO, SPÖ…), se había impuesto una forma de actuar que se podría resumir de
acuerdo con la “teoría de los dos mundos”. Dicho programa tenía especial arraigo en los
países en los que menor era el avance en derechos y libertades políticas, es decir, en el
Imperio alemán y en el austro-húngaro, España o Italia. La teoría de los dos mundos no
era sino la diferenciación entre el mundo de los propietarios y el mundo de los
desposeídos, el mundo del capital y el mundo del trabajo, el mundo de los opresores y el
mundo de los oprimidos, el mundo de la burguesía y el mundo del socialismo: dos
mundos con fines, con aspiraciones, con visiones enfrentadas, con lenguajes distintos,
dos mundos que no pueden coexistir, habiendo uno de ellos de desplazar al otro
. (W.
Liebknecht, en Domènech)

Ello les llevaba a un aislacionismo (por su parte pero también impuesto desde
los partidos tradicionales) del vodevil de la vida política de las Cortes de sus respectivos
países, reforzando el establecimiento de lo que se vino a llamar contrasociedad obrera:
una multitud de instituciones de autoayuda obrera, colchones de seguridad frente a
accidentes laborales, jubilaciones, enfermedad, pero también instituciones culturales, políticas y deportivas en torno a las diferentes secciones locales del partido (las famosas
Casas del Pueblo, en España) y que hicieron que el SPD, por ejemplo, tuviera más de un
millón de afiliados en 1914 (Eley). Este aislacionismo del Estado burgués imperial,
sintetizado por el para este sistema, ni un hombre, ni una perra gorda (Domènech),
asumía que el futuro de una sociedad socialista pasaría por ese nuevo mundo que nacía
entre las trabajadoras y no por la caduca sociedad imperial, que no era sino un conjunto
de instituciones, códigos civiles, penales y juzgados destinados a mantener la propiedad
privada de la burguesía y la primacía del capital sobre la democracia, o el autogobierno
del pueblo, con el componente popular que tenía demos en el griego clásico.

Partiendo de este paradigma más o menos compartido, surgieron divergencias
más “proactivas” en lo que hace al derrumbe del capitalismo, como el llamamiento a la
huelga general revolucionaria de Rosa Luxemburgo o, en el otro sentido, aquellas que
llamaban a la mayor implicación parlamentaria de los cada vez más fuertes electoralmente partidos de la socialdemocracia, como teorizaría Eduard Bernstein en la derecha socialista. Bernstein nos interesa particularmente en tanto que marca el inicio
de la postura que, más adelante, se acabaría imponiendo en la acción socialista. El alemán asumía la posibilidad de llevar a cabo una práctica realmente socialista dentro
de las estructuras de un Imperio que, poco a poco y por el propio empuje socialista, iba
introduciendo legislación social (véase el seguro de invalidez aprobado en 1889 en
Alemania). Así, Bernstein plantea que el obrero que tiene iguales derechos como
elector así en el Estado como en el municipio y que es un compañero propietario de la
propiedad común de la nación, cuyos hijos son educados por la comunidad, cuya salud
protege y por cuya seguridad vela, tiene una patria sin dejar de ser un ciudadano del
mundo, alejándose de la incompatibilidad de los dos mundos y abriéndose a participar
del “mundo institucional”.

Sin embargo y sobre todo en una tradición filosófica como la alemana, se le
cuela el nacionalismo de la siguiente manera, para justificar la participación en esas
instituciones burguesas: La democracia social alemana no debe considerar con
indiferencia que Alemania, a la cual se debe una honrosa parte de la obra civilizatoria
del mundo, sea sojuzgada en el concierto de las naciones. (Bernstein, el subrayado es
mío). Alemania “no estaba tan mal” como democracia, entre otras cosas, por la primacía
espiritual de la nación alemana (à la Hegel, à la Fichte) pese a las advertencias de
Federico Engels: Se habla como si Alemania no tuviera que libertarse de las cadenas de un orden político absolutista y caótico […] Pero en Alemania, donde el gobierno
[nombrado por el Emperador, no por el Parlamento] es casi todopoderoso y donde el
Reichstag y otros cuerpos representativos son destituidos por el poder real, sostener
semejante lenguaje es aliarse con el absolutismo.
(Engels).

Lo cierto es que, más allá de los acuerdos y llamadas de la II Internacional, en
los congresos de Stuttgart y en Basilea, al alzamiento revolucionario cuando estallara la
IGM, los partidos socialistas fueron atrapados por una escalada nacionalista (véase el
affaire Dreyfus en Francia, que tampoco ayudó, así como el asesinato del
internacionalista Jean Jaurès) que les llevó a votar a favor de los créditos de guerra y a
entrar en los gobiernos de unidad nacional durante la contienda, rompiendo toda alianza
internacionalista entre el mundo obrero de los diferentes territorios, contra las llamadas
de Luxemburgo o Lenin, asumiendo la causa común de la burguesía de sus países.
Fueron presas las socialistas francesas del miedo al autoritarismo del Káiser y presas, a
su vez las alemanas del temor a la tiranía del Zar (Hobsbawn), sin ver la amenaza
interior de los capitalistas que les explotaban día a día. Y eso que los alzamientos
revolucionarios se habían probado más fáciles de articular en épocas de guerra y
reclutamiento masivo de obreros (la Comuna, la Semana Trágica o Rusia, 1905). Sin
embargo, en la IGM fueron los obreros los que acudieron en masa a las oficinas de
reclutamiento, henchidos de nacionalismo. Los dos mundos eran ahora uno, el mundo
de la defensa de la nación frente al invasor.

Las socialdemócratas, ya homologadas por los demás partidos como “partido de
Estado” (ese agasajador eufemismo para decir que “eres de las nuestras”), consiguen
entrar en los gobiernos tras la contienda, renunciando a toda acción revolucionaria y
sufriendo las escisiones comunistas. El nacionalismo que había ido impregnando a la
izquierda desde antes de la IGM también fue la carta que jugó el Presidente Wilson con
su principio de la autodeterminación de los pueblos en Europa para crear una serie de
Estados-tapón que frenaran el avance de la Revolución Rusa. Ese era, según Hobsbawn,
su objetivo político, bajo el argumento de “salvar la libertad y la democracia” (Tovar).
Esta intervención estadounidense habría de repetirse tras la IIGM, para contener de
nuevo a una URSS que no era expansionista, al menos, hasta el 1947. Los partidos
comunistas y socialistas occidentales unidos en Frentes Populares y luego en lucha
partisana habían sido, por ello, reconocidos como fuerzas nacionales con fuerte apoyo
popular, ganando elecciones en Francia o Italia. El propio Presidente francés Auriol advirtió en Washington, tras la IIGM que, sin apoyo económico era posible que su país
sucumbiera a las comunistas de Thorez (Hobsbawn). El apoyo económico se llamó Plan
Marshall y encontró entre las reformistas autóctonas (socialistas “moderadas”, es decir,
la mayoría de los partidos socialdemócratas con la excepción, por ejemplo, del PSI
italiano) un aliado imprescindible, a cambio del aislamiento de las comunistas, que
también tuvieron que desarmarse y ser aisladas del juego político y el alineamiento con
el bloque capitalista (Eley).

Este “espíritu de la reconstrucción” de la post IIGM orbitaba en torno al rechazo
a la violencia fruto del trauma de la propia guerra, a la aceptación de la intervención
estatal para evitar las crisis como la del 29 y a ese pacto social, dentro de un marco
mental “nacional”, esto es, que perseguía el ideal consensual de “interés nacional”
(representado en el pacto capital-trabajo), más allá de la divergencia objetiva de
intereses por la propia estructura de clases, según la teoría marxista. Así, en el Programa
de Bad Godesberg del SPD, en 1959 y dentro de un giro de la organización de partido
de masas o de clase hacia partido “atrapalotodo”, se busca definir al mismo como la
organización, no de las trabajadoras, sino de “la gente”. Por ejemplo, se introduce la
retórica de la igualdad de oportunidades, mediante la libre competencia de talento,
abandonando el marxismo y persiguiendo un ideal jeffersoniano de “la nación de
pequeñas comerciantes y tenderas” à la Margaret Thatcher: Free choice of consumer
goods and services, free choice of working place, freedom for employers to exercise
their iniciative as well as free competition are essential conditions of a Social
Democratic economy policy. […] Efficient and small and medium sized enterprises are
to be strenghtened to enable them to prevail in competition with large-scale enterprises
.
(Bad Godesberg)

Podemos percibir a día de hoy toda esta retórica nacional que sigue rigiendo la
actualidad postpandémica de nuestros imaginarios cuando escuchamos que “Juntas,
salimos más fuertes”, que “El interés de España es que vengan turistas cuanto antes” o,
por seguir con el presente, que “debemos llegar a grandes consensos de reconstrucción”.
La izquierda, una vez que el capital se retira del pacto socialdemócrata de los
Treinta Gloriosos, se encontró con una desnudez ideológica que le lleva, a día de hoy, a
seguir apelando a un entendimiento con la élite cosmopolita secesionada de las
sociedades (incluso de los territorios) que no cree/no necesita dicho entendimiento y que
de la única intervención estatal (que no democrática) de la que quiere oír hablar es la de las subvenciones “para salvar el año”, como se oye en el ciclo de conferencias de la
patronal estos días.

Por Javier Romero (Filosofía, Política y Economía en UAM/UC3M/UPF) – @unromeroqueva en Twitter.

BIBLIOGRAFÍA

Eduard BERNSTEIN: Socialismo evolucionista. Las premisas del socialismo y las
tareas de la socialdemocracia. Ed. Fontamara.
Antoni DOMÈNECH: El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la
tradición socialista. Ed. Akal.
Geoff ELEY: Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000. Ed.
Crítica.
Eric HOBSBAWN: Historia del siglo XX: 1914-1989. Ed. Crítica.
PROGRAMA DE BAD GODESBERG, 1959: Basic programme of the Social
Democratic Party of Germany. Eds, University of Chicago, Readings in Western
Civilization, vol. 9, Twentieth-Century Europe, Chicago, London: University of
Chicago Press, 1987, pp. 419-25. En línea:
http://germanhistorydocs.ghidc.org/docpage.cfm?docpage_id=3346
Juan TOVAR RUIZ: Cuatro momentos de la doctrina en política exterior
estadounidense: ¿Entre la teoría y la práctica? Revista CIDOB d´afers internacionals.
Nº 95 (2011), pp. 165-187.

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