Las redes de apoyo como forma de organización colectiva

Algunos apuntes teóricos

Si bien la dialéctica de la Historia ha sido objeto de teorización y análisis (desde la clásica perspectiva marxista hasta interpretaciones como las de Piketty, que sostienen que la lucha de las ideologías, y no de clases, es su verdadero motor), existen pocas aportaciones acerca de por qué surgen los movimientos de resistencia y autoorganización en un determinado contexto y, menos aún, una teorización universalista sobre los mismos. O más bien: lejos de la fundamentación ideológica y de ciertas referencias contextuales, no encontramos explicaciones genuinas sobre por qué surgen ( o no ) movimientos contrahegemónicos o de mero carácter asociativo en un cuadro de época concreto. En parte, se debe a un pretendido borrado de los grandes hitos del movimiento obrero, y el conjunto de movimientos resistentes, en la memoria colectiva de las sociedades motivado por una historiografía dominante que rechaza toda interpretación materialista y cualquier viso de la contradicción capital-trabajo en sus análisis; y, por una obsesión política del neoliberalismo en borrar todo rastro de comunitarismo. Prueba de esto último, son los programas educativos que la propia Margaret Thatcher impulsó durante sus primeros años de mandato, en donde sustituyó la “vieja historia social y progresista” por una, definida con sus propias palabras, en donde se aprendieran “de memoria los nombres de los reyes y las reinas de Inglaterra, las batallas, los hechos y todos los gloriosos acontecimientos de nuestro pasado”.

Como primera aproximación, en su estudio sobre la sociedad de mercado – como fase ulterior a la economía de mercado en el desarrollo histórico del capitalismo – , Karl Polanyi abordó, exiguamente, la cuestión que aquí nos concierne. Lo que nos plantea, en su interpretación del cambio social, es que el siglo XIX es el resultado de un doble movimiento: por un lado, un movimiento mercantilizador que pretendía la extensión del mercado y la conversión ficticia en mercancía de la tierra, el trabajo y el dinero; y, por otro, en sentido contrario al anterior, “toda una red de medidas, de políticas (…) y de instituciones destinadas a detener la acción del mercado” sobre “estas mercancías ficticias”. En resumen, “al mismo tiempo que (…) se impulsaba de un modo sin precedentes el mecanismo de los mercados, nacía un movimiento subterráneo para resistir a los perniciosos efectos de una economía sometida al mercado”[i].

Si hacemos un ejercicio extrapolación histórica de esta tesis – que ampliaría en su estudio del siglo XX junto a la caracterización utópica que posee la ideología liberal sobre la autorregulación del mercado – a la época fordista y del capitalismo tardío o posmoderno, nos conduce a una conclusión del todo polémica y frágil en términos políticos: todo movimiento contrahegemónico dentro del desarrollo histórico del capitalismo está motivado, no ya por una voluntad política de superarlo, sino por una suerte de insubordinación con respecto a los excesos y efectos disciplinarios que el propio mercado genera. Esta idea, que ni el propio Polanyi suscribiría, es, claro está, reduccionista y no pondría de relieve la trascendencia de toda una larga y amplia tradición política, teórica y práctica, del conjunto de movimientos revolucionarios; pero puede sernos útil para entender parte de algunos episodios históricos recientes en tanto que se manifiestan sin una tradición que les preceda y sin un proyecto político claro, simplemente motivados por su rechazo a que la lógica del mercado conquiste espacios de su vida cotidiana – aquí nos recuerda Polanyi que el mercado, tal y como lo entendemos, pasó de circunscribirse a un lugar y momento concreto a copar, no sin enormes resistencias populares, todos los espacios de socialización diaria–.

Otra aproximación de reciente cuño sería la del “agravio moral”. Esta hipótesis, que fue motivo de debate entre García Linera y Errejón, apelaría – aunque existan discordancias entre ambos – , en primera instancia, a la dominación de un grupo en “forma de certidumbre, de complacencia moral y de satisfacción o de tolerancia moral producida”. Es decir, una suerte de “consentimiento moral” de los dominados con respecto a los poderes que los gobiernan. Un consentimiento que, por otra parte, se rompe en los propios términos que el grupo de dominación había requerido para su dominio; o lo que es lo mismo, toda la producción de sentido de la hegemonía se rebela contra sí misma por un conjunto de demandas insatisfechas. En segunda instancia, cuando este consentimiento se rompe, se pasaría, en términos gramscianos – de una “fase económico-corportativa a la fase de la voluntad universal”. Según esta idea – eminentemente laclauniana –, en esta fase los intereses de un grupo concreto se hermanarían con otros forjando una voluntad nueva y compartida; se produciría una solidaridad entre demandas dispersas – por ponerlo en términos del propio Laclau –.[ii]

Este planteamiento resulta igualmente polémico por dos motivos en concreto. Por un lado, obvia las posibles resistencias en el seno de los movimientos posmodernos – hoy en pleno auge –, reticentes a una idea de “universalización” de los intereses en donde nunca se han visto representados. Esta crítica, encabezada por intelectuales como Foucault o Braudillard, plantea que los valores universalistas – aquellos como la razón o la propia idea de humanidad – fundados en la Ilustración, han sido objeto de legitimación de la opresiones tales como la patriarcal, la represión de la sexualidad y las formas de dominación (pos)coloniales. Y, en segundo lugar, elude toda cuestión referente a lo que definiremos como “la organización de la rebeldía”; es decir, si bien puede existir una suerte de agravio moral, de negación del poder antes aceptado, esta desobediencia simbólica olvida el trascendental componente organizativo imprescindible y condicional para la subversión. Tanto la dominación como la insubordinación necesitan de un conjunto de instituciones (formales e informales) que posibiliten la materialización de sus deseos o insatisfacciones, sino puede acabar en la vacuidad flotante de un mero rechazo alegórico. En resumen, la dominación si bien puede ser consentida, en multitud de casos su oposición no posee de los mecanismos y estrategias posibles para hacerle frente. Más prosaicamente, si un grupo de trabajadores encuentra motivos para rebelarse frente a los directivos de su empresa, su éxito depende de cuál sea la capacidad organizativa y las formas de instrumentalización que posean, o sean capaces de construir,  para el exigir el cumplimiento de esas demandas insatisfechas.

Todos estos elementos, desde la pulsión mercantilizadora del capitalismo para copar todo espacio de la vida cotidiana, tanto la pulsión desmercantilizadora de la sociedad civil, así como la cuestión del agravio moral pueden resultar cuestiones ajenas a un tema tan explícitamente organizativo, pero amplían el debate desde una capacidad explicativa mayor sobre el tema que tratamos en este artículo.

Las redes de apoyo contra la autoorganización espontánea

Tras el estallido de la pandemia, y durante los sucesivos meses de confinamiento, surgieron en los barrios una multitud de propuestas organizativas orientadas al apoyo de personas dependientes o que no podían salir de sus casas. A día de hoy, muchas de ellas siguen en pie o se han reestructurado en proyectos semejantes a lo que fueron las redes de solidaridad popular durante los años de la crisis económica.

Antes de tratar otras cuestiones, conviene señalar que la mayor parte de estas iniciativas, al menos las que han prosperado en el tiempo y salvo extrañas excepciones, nacieron a raíz de un conjunto de organizaciones – desde asociaciones vecinales, colectivos juveniles e incluso agrupaciones de fútbol base – ya asentadas en el tejido de la sociedad civil. Esto no quiere decir que todas ellas tuviesen un reconocimiento legal, prueba de ello son los colectivos anticapitalistas de los barrios, sino que llevaban tiempo de militancia previa a nivel organizativo.

Esta evidencia pone de manifiesto la importancia de las instituciones que antaño se definieron como parte de la “contra-sociedad obrera” [iii]y desmonta los mitos posmodernos de la rebeldía individualizada y cívica, la idea de una organización espontánea entre la ciudadanía. Muchas de las organizaciones, que experimentaron un cambio de estrategias a raíz del confinamiento, basaban su militancia en espacios anticapitalistas como la lucha contra las casas de apuestas o los movimientos por el derecho a la vivienda. Llevándolo al extremo, ésta, como tantas otras experiencias, demuestra que toda categoría histórica – desde la izquierda, la clase o el pueblo – no existe sin organización; que todo discurso, incluso todo agravio, no es más que performativo sino existe un conjunto de instituciones formales e informales que lo sostenga.

¿Oenegismo[iv] u organización popular? ¿Vacíos en la administración o potencial revolucionario?

Desde la aparición de estas redes de apoyo, hubo algunas voces que se opusieron a lo que definieron como asistencialismo caritativo. Según esta idea, las redes de apoyo estarían cubriendo vacíos en la administración desde una concepción de la caridad semejante al voluntarismo cristiano y de las ONG´s – estarían haciendo el trabajo sucio al Estado –. Es decir, lejos del cooperativismo comunitario, se estarían reforzando los mecanismos de dominación que el Estado ejerce sobre la clase trabajadora. Al mismo tiempo, se incidía en la nula capacidad de potencial revolucionario en el seno de estas organizaciones, considerando que estas tareas desatendían la necesidad de otras más urgentes para la construcción de una conciencia revolucionaria.

Estos debates no les son ajenos a una gran parte de las personas que dedican tiempo y esfuerzo a que estas frágiles e inestables organizaciones sigan en pie. Pero el tiempo ha ido resolviendo algunas de estas cuestiones y ampliando el horizonte a unas nuevas. Muchas de estas organizaciones han sabido organizar el paso del asistencialismo/voluntarismo al cooperativismo/comunitarismo en la medida en que las personas afectadas por una situación de precariedad personal y concreta, necesitan participar en la propia red para recibir el apoyo de la misma. Este paso, que todavía está por concluir al máximo, no acaba de resolver la tensión (por otra parte irresuelta, a semejanza de otros movimientos similares como el de la vivienda[v]) entre militantes y personas afectadas, pero sí supone un punto de ruptura con el primer binomio.

Una buena parte del anticapitalismo sigue ensimismada en la idea del fortalecimiento del Estado (cuantitativa y cualitativamente) y el momento épico de su conquista, mientras desatienden un conjunto de transformaciones políticas y organizativas en el seno de la sociedad civil lejos de la lógica ensimismada de los partidos. Pero, ¿acaso este no es un síntoma más de lo que Wendy Brown denominó como “melancolía de izquierdas”?: “una izquierda que se aferra más a sus imposibilidades que a su productividad potencial; (…) que se siente más a gusto en su marginalidad y en su fracaso que en su esperanza; (…) que queda atrapada en una estructura de compromisos melancólicos con ciertas tensiones de su propio pasado, hoy muerto, cuyo espíritu es fantasmal, cuya estructura de deseos mira rigurosamente hacia atrás”. Más tarde, a este respecto, Mark Fisher plantearía que “el melancólico de izquierda que describe Brown es un depresivo que cree que es realista; alguien que ya no tiene la expectativa de que su deseo de transformación radical pueda ser alcanzado, pero que tampoco reconoce que se ha rendido”. Un perfecto producto del realismo capitalista que hoy día, particularmente, se hermana con la idea de que “las luchas de raza, género y sexualidad” se limitan únicamente a la “demanda por el reconocimiento de las diferentes identidades” sin atender a su “perspectiva revolucionaria real”.

En las sociedades occidentales de nuestro tiempo, como vaticinó Jameson , “la ideología dominante es, en esencia, actuar como un freno a la conciencia social, permitir que se den respuestas legales y éticas a las cuestiones económicas y sustituir el lenguaje de la desigualdad económica por el de la igualdad política”. Este planteamiento, que define cómo el proyecto neoliberal transforma las demandas económicas en comportamientos individuales y atomizados mediados por el mercado – tal y como planteaba Aglietta[vi] – encuentra su derivada en el progresismo y en cierto comunismo carpetovetónico que imagina el Estado como un aparato totalizante capaz de dar una respuesta técnica y política a toda contradicción interna.

Si bien la autoorganización popular muchas veces ha demostrado serias carencias, la sobrealimentación del Estado en mecanismos burocráticos sigue anclándose en la nostalgia de una, mitificada hoy (pese – o, más bien, gracias – a la división sexual del trabajo y al extractivismo industrial insostenible con los límites ecofisicos del planeta) época moderna del “mundo socialdemócrata, fordista, industrial” que no anticipó ni su propio agotamiento ni el embiste neoliberal posterior. Tal y como se plantea al final de Realismo capitalista, “ya es hora de que la izquierda pueda desear algo más que un “Estado grande”. Pero ir más allá del Estado o distanciarse de él no significa ni abandonar el Estado, ni retirarse al espacio privado de los afectos y la diversidad (…), ir más allá del Estado implica subordinar el Estado a la voluntad general”.

Las redes de apoyo, junto a otras organizaciones de la sociedad civil, forman parte de esa “contra-sociedad obrera” aún por construir repleta de instituciones formales e informales, culturales y políticas, de ese “movimiento subterráneo” del que hablaba Polanyi, capaz no ya solo de resistir frente a la mercantilización de la “sociedad de mercado” sino, también, de dibujar un horizonte de democracia socialista o popular en donde el modo relacional y afectivo se contraponga a la privatización de los vínculos sociales propia de la lógica capitalista, e intensificada en la fase neoliberal. Cuesta imaginar cómo podemos aprender a relacionarnos y gobernarnos en un futuro cada día más urgente sino somos capaces de aprender a hacerlo en el mientras tanto.


Un discurso concreto: El derecho a la ciudad

Uno de los retos imprescindibles y urgentes para salir de la trampa del asistencialismo – y, por ende, del oenegismo – pasa por definir todo un conjunto de tareas encaminadas a disolver toda diferenciación entre los activistas/militantes y personas afectadas en el seno de estas organizaciones. Esto es, a integrar parte de estas demandas – cestas de alimentos, regularización de personas sin papeles, problemas de vivienda, precariedad en la asistencia social – en todo un conjunto de demandas más amplias vinculadas a lo vecinal como muro de contención frente al neoliberalismo urbanístico de nuestras ciudades. Desde asambleas de autodefensa a espacios de ocio y reflexión política, desde clubes de fútbol hasta ligas autogestionadas. Nunca antes, ideas o discursos que pudieran parecer exclusivamente retóricos, como la idea de “hacer barrio”, se han mostrado tan palpables en su práctica diaria.

Denominaremos, polémicamente, a esta idea como hipótesis barrial-popular. Barrial en la medida en que cada barrio ha de circunscribir su discurso y acción a una geografía concreta, cercana y reconocible, pero popular porque al mismo tiempo sus reclamaciones han de ser extrapolables a otros barrios populares propiciando esa solidaridad organizativa. Todas ellas dentro del marco del “derecho a la ciudad”. Esta idea, teorizada en un primer momento por el situacionista Henry Lefebvre – aunque luego abrazada por geógrafos anticapitalistas –, proviene de años de luchas particulares (gente sin techo, gentrificación y desplazamiento…) que hacen de la lucha por la ciudad un todo.

Como plantea Lefebvre, cierta izquierda no logra entender el potencial revolucionario de los movimientos urbanos, pero “los movimientos revolucionarios asumen con frecuencia, si no siempre, una dimensión urbana”. Al mismo tiempo, existe una izquierda nihilista que, en forma de retrotopía[vii], proyecta en lo rural – como paraje idílico y ajeno al conflicto – todo aquello de lo que pretende huir de las grandes metrópolis – la distintas contaminaciones, los vínculos sociales – sin atender en demasía a procesos como la urbanización del campo y la desaparición del campesinado tradicional.

Curiosamente, “reivindicar el derecho a la ciudad supone reclamar un derecho a algo que no existe (si es que alguna vez existió en realidad)”. Es ahí donde radica su potencial de emancipación, pues posibilita construir un imaginario que huya de la retrotopía nostálgica y abra la posibilidad a un conjunto de nuevas prácticas comunitarias; y su principal peligro: que el derecho a la ciudad se convierta en un discurso legitimador para la mercantilización de la vida o la vida pueda llegar, de una vez por todas, a emanciparse del mercado.


[i] Los capítulos de La gran transformación, que tratan concretamente cuestiones son el 6º (“El mercado autorregulado y las mercancías ficticias: trabajo, tierra y dinero”) y toda la tercera parte del libro (“La transformación en marcha”). Al mismo, para quienes se interesen por las formas de cultura popular, en este caso para el siglo XVIII, se recomienda la lectura de Costumbres en común de E.P. Thompson.

[ii] Otra tesis que recorre el libro, y que no ha sido tratada en el texto exclusivamente por cuestiones de contenido, sería aquella que plantea que las sociedades fuertemente institucionalizadas, con un “Estado grande” tienden a buscar en el propio Estado soluciones a problemas de carácter cívico; a diferencia de las sociedades, con un “Estado pequeño” y una débil institucionalización en sus sociedades, tienden a construir lazos populares frente al civismo más occidentalista. Esto no supone, plantean, que en sociedades más institucionalizadas sea imposible una cierta irrupción popular, sino que trae consigo importantes limitaciones para el surgimiento de la misma.

[iii] La idea de la contra-sociedad obrera, propia de la socialdemocracia alemana, vendría a plantear la teoría de los dos mundos, el mundo obrero y el mundo burgués, ambos dos de carácter irreconciliable y con intereses nunca conciliados entre sí.

[iv] El concepto de “oenegismo” proviene de un texto del propio García Linera como Vicepresidente de Bolivia en donde se aborda cómo gran parte de las políticas derechistas en los países latinoamericanas estarían destinadas a construir bienestar en base a las ONGs con un clara dirección política. Es decir, un bienestar subvencionado y dependiente del crédito extranjero. Este documento, condujo al gobierno de Bolivia a imponer restricciones a este tipo de organizaciones, entre otras, la retirada de su condición jurídica sino cumplían con determinadas normas y políticas gubernamentales.

[v] La Plataforma de Afectadas por la Hipoteca (P.A.H) basa su estructura organizativa en militantes de todo tipo y personas afectadas por problemas de acceso a la vivienda que deben participar de las decisiones y las tareas de la asamblea si quieren que se les apoye en su problemática concreta.

[vi] Una de las ideas fuerza de Aglietta se basaba en que cuando se establece la norma de consumo propia de la sociedad de masas, el conjunto de demandas políticas se traducen en un conjunto de demandas de consumo, siendo el mercado el único catalizador de las demandas colectivas y el único espacio para la intervención política de forma atomizada por parte de los individuos.

[vii] El concepto de “retrotopía”, acuñado por Bauman, se refiere a las idealizaciones en el presente de épocas pretéritas. A su juicio, junto a otros autores, este es uno de los síntomas propios de la época posmoderna.

BIBLIOGRAFÍA (en orden de aparición):

  • Piketty, Thomas: Capital e ideología, Ediciones Deusto, 2019.
  • Fontana, Josep: El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914, Crítica, 2017.
  • Polanyi, Karl: La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, Virus, 2016.
  • García Linera, Álvaro; Errejón, Iñigo: Qué horizonte. Hegemonía, Estado y revolución democrática, Lengua de trapo, 2019.
  • Conferencia de Ernesto Laclau en Casa América (Madrid): “Populismo y hegemonía”. https://youtu.be/laWvIK2nhwU
  • Smith, Tony: “Teoría y política del posmodernismo”, Viento Sur, nº11, 1993.
  • García Linera, Álvaro: El “oenegismo”, enfermedad infantil del derechismo, 2011.
  • Brown, Wedny: “Resisting Left Melancholy”, Boundary 2, vol.26 no. 3, 1999.
  • Fisher, Mark: Los fantasmas de mi vida, Caja Negra, 2019.
  • Jameson, Frederic: Conversaciones sobre el marxismo cultural, Amorrotu, 2015.
  • Aglietta, Michel: Regulación y crisis del capitalismo: la experiencia de los Estados Unidos, Siglo XXI, 1991.
  • Fisher, Mark: Realismo capitalista ¿No hay alternativas?, Caja Negra, 2018.
  • Lefebvre, Henri: El derecho a la ciudad, Península, 1973.
  • Harvey, David: Ciudades rebeldes. Del derecho de la ciudad a la revolución urbana, Akal, 2013.
  • Bauman, Zygmunt: Retrotopía, Editorial Planeta, 2017.
  • Garcés, Marina: Nueva ilustración radical, Anagrama, 2017.

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