Movimiento socialista y autonomía. O cómo no hacer del impasse religión

Gonzalo Gallardo. Militante socialista en Madrid, proveniente de la militancia en colectivo juvenil y de vivienda en Arganzuela

Introducción y breve repaso a la coyuntura

Algo está cambiando. Algo parece comenzar a abrirse en un mundo que agoniza y da muestras de agotamiento ante formas de organización de la vida insufribles e insostenibles. Crisis que se suceden sin haber acabado de cerrarse, población excedente y desempleo estructural, migraciones masivas, pandemias mundiales, crisis de recursos, devastación ecológica, guerras imperialistas en suelo europeo… Es solo una intuición, si acaso un sutil rumor, pero toda una generación presiente que se acerca una época convulsa en la que todas las grandes certezas de antaño vienen a derrumbarse.

De fondo, cuando esas intuiciones se dotan del arsenal crítico disponible para su abordaje, a través de la crítica de la economía política, dichas turbulencias aparecen como manifestaciones de una grave crisis de la lógica de reproducción capitalista, producida por una profunda crisis de acumulación del capital. Así, si el capital puede definirse como el valor que se valoriza a sí mismo constantemente, hoy los nuevos espacios de valorización parecen no poder seguir expandiéndose como lo han hecho hasta ahora. La crisis energética y de recursos pone de relevancia que el capitalismo ha pasado por encima de los límites biofísicos del planeta, lo que se une a la crisis de rentabilidad y de generación de cada vez mayor población excedente que el mismo arrastra desde hace décadas. Y todo ello empuja entonces a que sean de nuevo necesarias tasas de explotación de la fuerza de trabajo mayores, que logren asegurar la reproducción del capital por el otro lado de la balanza, rompiéndose los equilibrios mantenidos hasta el momento en muchos países occidentales a través de los grandes estados de bienestar y sus “políticas sociales”. Esta dinámica está produciendo diversos y considerables efectos, entre los que destaca que el conflicto social y antagonismo entre clases no puede ser ya ocultado y neutralizado por clásicos mecanismos como tales estados de bienestar a escala nacional, sino que estos se hacen cada vez más explícitos a través de un empeoramiento progresivo de las condiciones materiales de vida de la clase trabajadora (piénsese en los últimos años de desahucios masivos, colas del hambre en despensas solidarias, cambios de hábitos bruscos y tremendos por subidas en los precios de suministros básicos como la luz, los alimentos, la gasolina…), en un fuerte proceso de proletarización y desposesión.

Bajo esta situación, cada vez son más las voces dentro de los movimientos sociales y otros espacios de lucha que entienden que estamos presenciando el final de un ciclo político. En su versión ampliada este ciclo puede casi extenderse hasta el final de la guerra fría y el derribo del muro de Berlín, con el cierre definitivo del pasado ciclo revolucionario, la neutralización de la iniciativa revolucionaria del proletariado, la estabilización de una nueva fase dulce del capitalismo y la ofensiva neoliberal de las clases dominantes. En una versión algo más reducida este ciclo podría situarse, sin embargo, entre la crisis capitalista de 2008 y la actualidad, con las crisis políticas y de representación que la mayoría de estados burgueses afrontaron, el momentáneo aumento del conflicto social y las grandes movilizaciones de los indignados, el auge y caída de la nueva socialdemocracia y su estrategia nacional-populista y la transformación de ciertos equilibrios de poder entre las facciones de las clases dominantes, que en nuestro contexto representa tan bien el régimen del 78 y sus recientes cambios faciales, pero también puede verse igual en otros países.

La idea de que estamos ante un (doble) fin de ciclo no es solo una conclusión derivada del análisis anteriormente descrito, sino que también forma parte de una voluntad de superación de los principales límites que se han encontrado en las formas de lucha y en las expresiones organizativas de estos últimos años. Esto último es lo que ha llevado a algunos sectores, fundamentalmente formados por jóvenes militantes procedentes de diversas tradiciones políticas, a poner sobre la mesa ciertas tesis socialistas con las que tratar de cerrar definitivamente este ciclo y construir un movimiento revolucionario capaz de superar sus principales limitaciones. Es aquí donde nos enmarcamos y desde donde queremos exponer nuestra crítica y propuesta, una exposición que no hacemos desde ningún ‘afuera’, pues hemos formado y formamos parte de las principales luchas y movimientos sociales de este último período en Madrid, donde no pretendemos implantar acríticamente ningún modelo externo, sino donde queremos sumar nuestro granito de arena para consolidar un verdadero ciclo transformador.

El debate con los autónomos madrileños

Es en debate con muchas de las tesis que este nuevo proceso está poniendo sobre la mesa que ciertas tradiciones políticas están comenzando a dialogar. Así, hace apenas unos semanas el autonomismo madrileño publicó en El Salto un texto titulado ‘Construir desde el impás’, en el que tratan de contribuir al debate abierto estos últimos meses sobre la cuestión de la organización y plantean articular nuevos espacios de movilización. El texto lo firman diversos militantes, entre los que se encuentran referentes intelectuales del ala radical del anterior ciclo político (que consiguieron afianzar ciertos centros de pensamiento como el Instituto DM o la Fundación de los Comunes) y caras visibles de diversos movimientos sociales madrileños, como el feminista o el de vivienda. Como el propio artículo parece postular, se trata del sector crítico de “la galaxia post15M” disconforme con el ciclo institucional articulado por Podemos y determinados problemas de los movimientos sociales.

Antes de nada, es de agradecer la contribución al debate abierto por parte de los autónomos, con los que tanto tiempo hemos compartido espacios, prácticas e intercambios honestos y que, al contrario que otros sectores, como los autodenominados partidos comunistas o ciertos guetos anarquistas, que ni están ni se les espera, están impulsando y asistiendo a los espacios de encuentro y confrontación necesarios para esta etapa que entre todos estamos desarrollando en Madrid. No obstante, hay una gran distancia respecto a muchas de las cuestiones de fondo que se plantean en ese texto, en el que creemos encontrar ciertas alusiones a algunas de las tesis planteadas por el movimiento socialista que hoy diversos sectores estamos explorando, y que incorpora además una alternativa política muy concreta en sus conclusiones, por lo que es en ellas donde debemos detenernos para avanzar en el proceso de debate abierto.

En primer lugar, el texto parece comenzar postulando que en lo que hoy llamamos el “debate sobre la organización”, la cuestión no debe girar tanto en “organización sí o no”, sino más bien en “organización para qué”. No pudiendo estar más de acuerdo con este primer punto, pues sabemos que ni la unidad ni la organización pueden ser objetivos en sí mismos, aislados del desarrollo de una estrategia y una práctica revolucionaria comunes[1], es bastante interesante y esclarecedora la concepción de organización que plantean, la cual es definida como una “mera herramienta para el reparto eficaz de tareas y de los sujetos que quieren llevarla a cabo”, algo así como una mera estructura burocrática encargada de la división del trabajo militante, cuyas funciones parecen terminar ahí. Es precisamente aquí donde aparece la primera diferencia de fondo con la propuesta que ciertos sectores estamos planteando hoy, para los cuáles la organización es la mediación entre el proceso de análisis y crítica de nuestra realidad social (teoría) y el proceso de transformación de la misma (práctica), momentos inseparables de una unidad, lo que implica que la forma organizativa a la que el estudio y la crítica rigurosa nos conducen sea inseparable de su “para qué”, de su política[2]. Evidentemente, si la concepción de la organización limita esta al reparto funcional de tareas, es imposible que esta se presente como un problema acuciante hoy, pues postulado como mero medio instrumental limitado a estas pocas tareas, dicho medio puede ser completamente separado de sus fines. Así, esta radical distancia a la hora de situar el problema puede ser un primer escollo para el debate.

No obstante, coincidimos con ellos en que “el problema de la organización es difícil de resolver caso de no abordar las tareas estratégicas y prácticas de nuestro presente” (y creemos que la importancia que el análisis de coyuntura está recibiendo por parte de aquellos que estamos explorando la hipótesis del movimiento socialista es buena prueba de ello). Dichas tareas conducen entonces al texto a plantear la cuestión del sujeto político base de dicha organización, que según los firmantes no puede ser un sujeto “central, definible, que encarne la revolución: el obrero”, ni un sujeto construido por “políticas identitarias que jerarquice las opresiones”. Y es entonces cuando llegamos a uno de los puntos centrales de la propuesta autónoma, en el que se hace una pequeña aproximación a la cuestión de la clase en la actualidad y se plantea la concepción de una “lucha de clases sin clases”, la cual vendría de un escenario compuesto por una “diversidad de luchas y sujetos de lucha” que el capitalismo “interpela” como forma de gobierno de vida, “y no sólo de los sujetos como trabajadores o como clase obrera”.

Entendemos que en respuesta a la concepción uniforme, economicista y reaccionaria de la clase defendida en los últimos años por el obrerismo (al que el marxismo, que el texto parece querer identificar con él, lleva mucho tiempo respondiendo y atacando), la pretensión de esta parte del artículo parece ser reivindicar una concepción “abierta” de la clase, por la cual esta es más que una mera definición teórica y estrictamente objetiva y existe sobre todo como “experiencia de explotación, dominio y lucha compartida”. Ahora bien, a nuestro juicio toda esta cuestión es planteada de forma sumamente contradictoria en el texto, pues si las clases acaecen al fragor de sus luchas y hoy estamos ante un escenario de “lucha de clases sin clases”, ¿qué constituyen entonces todas esas “luchas de base” y “espacios de autoorganización” que los autónomos justo antes vindican como victorias? ¿No son esas las experiencias que precisamente constituyen a la clase? Y, ¿no sería entonces dicha clase el sujeto a articular organizativamente? En caso contrario, ¿qué necesidad hay de definir la clase, siquiera de manera abierta y dinámica, si lo que existen son diversidad de sujetos en lucha que el capitalismo interpela como gobierno de la vida?[3]

La forma en que el autonomismo madrileño entra a tratar la cuestión de la clase es importante porque creemos que en ella se dan muestras de muchas de las debilidades de fondo de su proyecto político, pero no obstante compartimos con ellos que es necesario “investigar y conocer la experiencia de explotación y dominio concreta de nuestro tiempo”. Es precisamente por haber llegado a dicha conclusión que nosotros estamos tratando de revitalizar y reivindicamos como parte fundamental del proceso socialista la crítica de la economía política, la cual, entre otras muchas indicaciones políticas de primer orden, sí nos permite afirmar la existencia de una clase, la cual compartaría dichas experiencias de explotación y dominio. ¿Qué constituye hoy sino el más de 1 millón de personas desahuciadas desde 2008, los más de 6 millones de personas en riesgo de pobreza alimentaria, las más de 400.000 trabajadoras del hogar sin derecho a paro o la Cañada Real helándose sin luz? ¿Qué constituyen hoy todos estos sectores, muchos de los cuáles son los sujetos de esas “luchas de base” en las que el autonomismo dice basarse, sino una clase?[4]

Pues bien, cabe puntualizar que, para nosotros, en la sociedad capitalista la división en clases no se da en base a la relación salarial, sino que está determinada por la separación entre aquellos que controlan las condiciones de la reproducción social (la clase burguesa) y aquellos que están exluídos del acceso directo a estas condiciones (el proletariado, los desposeídos); es decir, determinada en relación a las condiciones de la reproducción social. Se entiende, de este modo, cómo luchas de diversos carácteres y diferenciadas de la lucha laboral, son diferentes formas de manifestación de la lucha de clases. Lucha que, por tanto, constituye para nosotras el modo de existencia del capitalismo, que en tanto expresión del conflicto capital-trabajo que articula toda nuestra realidad social, atraviesa todos los momentos de esta[5]. La clave, por tanto, se encuentra para nosotros en las mediaciones que articulan los distintos problemas políticos concretos que la clase trabajadora pone sobre la mesa de manera más o menos espontánea (vivienda, sexo-género, salud mental, migratorio, acceso a recursos de primera necesidad, etc.) y sus correspondientes y legítimas luchas, en tanto que manifestaciones superficiales de la crisis del capital, sin perder de vista la contradicción que está en su centro y las fundamenta. Esto es: comprender dentro del proceso general de la acumulación capitalista las diversas coyunturas a las que dichas luchas pretenden dar respuesta, haciendo transparentes las condiciones en las que se despliegan y clarificando como pueden transformarse y articularse entre sí, con un vínculo entre coyuntura y crisis del capital que tiene la mayor importancia política para nuestro proyecto[6]. Y es que, para evitar cualquier posible tergiversación, debe ponerse de manifiesto que nosotros entendemos que las diversas problemáticas de sexo-género, raciales, ecológicas, etc. constituyen el núcleo mismo de la lucha de clases, pues la ordenación de la acumulación capitalista no deja de ser al mismo tiempo una ordenación sexista, racista, extractivista, etc., cuyas opresiomes son funcionales al capitalismo por mantener la competencia entre la clase obrera, clave para su sometimiento.

Realizar la autonomía

En este sentido, todas esas “luchas de base” vindicadas aparecen entonces para nosotros como “luchas de clase”, pero la cuestión es que esa clase sólo puede constituirse como tal cuando está políticamente organizada de manera independiente. He aquí la clave de la organización en el seno de nuestra estrategia, pues es esta la encargada de la mediación entre estas diversas expresiones (más o menos espontáneas) de la lucha de clases, permitiendo la identificación de intereses compartidos y enfrentados al de otras clases, así como la propagación de dicha conciencia a cada vez más sectores a partir de cada vez más conflictos. Y estos conflictos se articulan entre sí a partir de la instancia organizativa que posibilita entonces el aumento cualitativo y cuantitativo de las capacidades militantes con vistas a construir un nuevo cuerpo social revolucionario. Esto es lo que entendemos como proceso y movimiento socialista, mediación entre las luchas y conflictos vivos llevada a cabo en simultáneo con una crítica de la lógica de la reproducción capitalista, las cuales permiten la recomposición ideológica y política de un movimiento revolucionario, que ahora sí inserta las iniciativas de la clase trabajadora en esas diversas luchas en un poder independiente del estado y el capital.

Es precisamente dicha recomposición la que creemos que puede posibilitar al fin realizar la autonomía, una autonomía que no es fin abstracto y genérico, sino medio y fin concreto al mismo tiempo. Así, frente a los llamados generales a la autonomía de ciertos sectores autónomos (¿autonomía respecto a quién y construida con qué medios?), aquí reivindicamos una autonomía −como fin− respecto al capital y el estado, la cual sólo puede realizarse completamente como superación del modo de producción capitalista y las relaciones sociales que esta engendra. Esta tarea sólo podrá realizarse a partir del reconocimiento exclusivo por parte de la clase trabajadora de las normas de conducta y convivencia (las formas de vida y organización social) que se haya dado así misma de manera consciente y racional, en un proceso continuo en el que se hace efectiva la idea de que la emancipación de la clase trabajadora sólo puede ser obra de la clase trabajadora misma a través de la asociación. Esto es: autonomía como autoorganización, autodeterminación y autogobierno.

Ahora bien, en el camino a la consecución de dicho fin, la autonomía −como medio− nos interpela a ir aumentando progresivamente la proporción de control de la esfera social por parte de dicha clase, para lo cual se necesita un plan conceptual, dinámico y progresivo que reconceptualice toda esfera de la vida social como marco político para la lucha de clases[7]. La expansión de la ideología revolucionaria a cada vez más sectores a través de los procesos de lucha ideológica/guerra cultural y el incremento de cada vez más esferas sociales bajo control revolucionario sintetizan entonces para nosotros la noción de autonomía como medio en la fase actual de lucha de clases en que nos encontramos. Para dichas tareas, las distintas luchas en diversos ámbitos y los diversos instrumentos que utilizamos para materializarlas (como, por ejemplo, los centros sociales, en tanto que espacios materiales de referencia y control) son articulados entre sí, pero su mediación organizativa no implica en ningún caso la pérdida de su autonomía, como ciertas corrientes libertarias y autónomas parecen a veces postular, pues a nuestro juicio la autonomía implica siempre relatividad y dependencia con el poder que las estructura, que construye realmente autonomía cuando conecta dichas luchas e instrumentos en el proceso de constitución de un poder independiente que las hace posibles[8]. Se trata, en suma, de construir espacios de contrapoder con mirada estratégica, que, correctamente mediados, establecen la unidad entre la táctica de lucha cotidiana que realizamos y una estrategia de lucha más general, amortiguando así las fluctuaciones de la correlación de fuerzas[9]. Esto es: autonomía como consolidación de un poder independiente e incremento de nuestro actual poder efectivo.

Entendiendo que esta es la autonomía que ciertos sectores autónomos pueden hoy estar también buscando (esa política contra el estado reivindicada por algunos de los firmantes del texto), parece que la experiencia más reciente está mostrando la hipótesis del movimiento socialista como ciertamente exitosa. A este respecto bien podrían compararse las distintas dinámicas en la función y las prácticasde los espacios de control obrero dentro del movimiento socialista (insertos en una estrategia tendente a asegurar cada vez mayor capacidad de control espacial y de interpelar a cada vez mayores capas de población trabajadora) con la de los centros sociales autónomos que hasta hace no muchos hemos estado acostumbrados a ver en Madrid (convertidos en muchas ocasiones en meros guetos antifascistas o, en el mejor de los casos, meros espacios de agenda cultural)[10]. ¿Dónde podría decirse que se está construyendo autonomía y haciendo política contra el estado en estas situaciones? ¿Por qué no se ha realizado la suficiente autocrítica desde el autonomismo para afirmar que, cuando se habla de autonomía, en muchas ocasiones no se habla más que de meras proclamas revolucionarias que en el fondo encajan muy bien con ciertos proyectos socialdemócratas o, a lo sumo, de simples alternativas al margen del capital que conviven perfectamente con este y no le generan ningún conflicto significativo[11]?

De viejos y nuevos amigos: el movimiento socialista frente a la propuesta federalista

Quizás por un malentendido, o simplemente por la pervivencia de ciertos prejuicios que es difícil quitarse de encima, todo esto parece ser caricaturizado por los autónomos como un intento de reconstruir viejas imágenes marxistas-leninistas donde un exclusivo comité central decide sobre el porvenir de los procesos de lucha, en un proceso que iría completamente en contra de las nociones de autonomía y autoorganización de la clase que aquí sometemos a disputa. Algo tramposa, esta caricaturización es injusta y simplifica en exceso una de las experiencias históricas más importantes de nuestra clase a lo largo y ancho del mundo, de la que sin duda sigue haciendo falta realizar una revisión crítica, pero que no puede reducirse de esta forma. En todo caso, dicho intento de identificar el proceso en marcha con ese viejo modelo nos resulta además paradigmático, pues la propuesta alternativa con la que los autónomos concluyen su texto es la del federalismo anudador de distintas estructuras organizativas que el movimiento libertario español llevó a cabo a finales del siglo XIX e inicios del XX. ¿Cómo puede entenderse útil responder al “viejo esquema marxista-leninista” con el no menos viejo esquema libertario?

Sin desmerecer en absoluto una de las experiencias históricas más valiosas de nuestra clase en el estado español, creemos que lo necesario sería entonces explicar por qué el viejo modelo federalista puede volver a ser útil/operativo hoy. Pues si su propuesta tiene como punto central la crítica de la forma de mediación a través un único movimiento o estructura organizativa (el partido, que el texto trata de identificar con lo peor de su tradición, el partido estalinista y burocrático, y no con aquellas renovaciones que piensan un partido abierto, permeable y vinculado a consejos) y propone una multiplicidad de organizaciones federadas como forma de mediación, se tendrá al menos que: 1) exponer cuáles son los fallos y límites de la primera que la segunda permite superar; y 2) explicar cómo esa organización federal multiforme pretende desarrollar su función mediadora y conseguir superar la fragmentación de las distintas luchas que pretende mediar, fragmentación que atraviesa y constituye hoy a la totalidad de los movimientos sociales y que parece todos los sectores compartimos que es un límite a superar en el nuevo ciclo.

Por si pudiera ser de utilidad al diálogo e intento de respuesta a estas preguntas, cabría puntualizar que a nuestro juicio la hipótesis del movimiento socialista que estamos tratando de poner a debate se plantea como un proceso nítidamente diferenciado de los típicos partidos y sectas marxistas-leninistas-maoístas-carmenistas que, por desgracia, ciertos comunistas han seguido hasta hace no mucho tiempo viendo como la fórmula mágica a todos nuestros problemas. Más bien, entendemos que esta nueva fórmula del proceso socialista se plantea como un proceso abierto que busca incrementar proporcionalmente el tejido revolucionario, dotándose para ello de una estrategia unitaria, pero a la vez múltiple, con la que ser capaz de articularse de forma adaptada a cada subjetividad oprimida y ámbito de la realidad social y que, por su pretensión aperturista y dinámica procesual, permite ejecutar dicha tarea mientras se interpela, articula y confronta con diversas voluntades revolucionarias dentro de la gran tradición socialista. El “centralismo” del que pueda hacerse uso en ese proceso será el estrictamente necesario para articular una democracia efectiva como esencia del mismo, democracia que sabemos de primera mano que brilla por su ausencia en ciertas formulas herederas de la tradición federal y horizontal como el asamblearismo típico de los movimientos sociales, donde las lógicas jerárquicas y autoritarias generadas por dinámicas informales imposibilitan toda esencia democrática real.

En dicho proceso, al menos en la fase en la que nos encontramos, el movimiento se presenta por encima de las estructuras organizativas concretas que lo conforman, que sólo en una fase posterior podrían dar paso al partido, del que sin duda habrá que discutir largo y tendido cómo ha de constituirse en nuestra época y relacionarse con un movimiento obrero completamente distinto al del siglo pasado, saltando por encima de muchos de los límites que el anterior ciclo revolucionario sin duda planteó a esta forma. No obstante, fuera de toda creación artificial y externa por parte de una élite vanguardista, en todo caso dicho partido tendrá que surgir del propio proceso histórico en marcha en que nuestra clase se encuentra hoy, esto es, del conjunto de luchas y experiencias actuales que afronta, de tal forma que el partido no es más que ese movimiento conscientemente organizado y dotado de instancias responsables y revocables. No un aparato o instancia que centraliza y se situa por encima del movimiento, sino el movimiento organizado mismo, donde la figura de los consejos como poder organizado y colectivo, órganos ejecutivos en los que realmente se hace efectiva la democracia como forma decisoria, adquiere una relevancia esencial.

Conclusiones

En síntesis, y, para terminar, creemos que aportaciones al debate como la de los autónomos madrileños son muy valiosas para seguir avanzando en el proceso que ciertos sectores creemos que es hoy más necesario que nunca consolidar. En concreto, creemos que la tradición autónoma tiene mucho que aportar a la construcción de un movimiento revolucionario para nuestro tiempo, con una crítica más que necesaria a las limitaciones que la tradición comunista más centrada en el partido ha comprobado en el último siglo, y la enseñanza de toda una serie de prácticas y herramientas políticas sumamente interesantes para pensar la revolución hoy. No obstante, creemos igualmente que la vulgarización y caricaturización del marxismo llevada a cabo por los autonomistas (como un obrerismo economicista que pretendería desarrollarse a partir de un comité central sin ninguna conexión con las amplias capas de una clase trabajadora completamente nueva) es ciertamente tramposa y no se corresponde en absoluto con los procesos que se están abriendo en la actualidad en nuestro territorio. Un movimiento socialista eminentemente centrado en la democracia real y el sistema de consejos; un proceso que trata de situar las luchas actualmente existentes y sus movimientos (en los que tanto tiempo, compromiso e ilusión hemos puesto hasta ahora) en el contexto del antagonismo entre trabajo y capital y mediarlas entre sí para la superación de la lógica de reproducción capitalista; un intento honesto de miles de jóvenes para pasar por encima de los límites pasados y pensar la organización desde una perspectiva verdaderamente transformadora. Eso es lo que tenemos y eso es con eso con lo que hay que debatir. Siempre que no quiera hacerse del impasse una mera religión en la que malrefugiarse de la tormenta, claro está


[1] Algunos apuntes estratégicos

[2] Una perspectiva militante sobre la cuestión de la organización

[3] Y, por cierto, en la parte del artículo que ahora tratamos de responder parece introducirse además una relación entre “la teoría” y “la experiencia” que también creemos potencialmente peligrosa, por la cual sólo después de una experiencia compartida puede la teoría, sea lo que sea eso, afirmar la clase como sujeto político. Esta separación entre teoría y práctica, sólo posible en la propia teoría, parece pasar por alto que esta es sólo un momento de la praxis, pero siempre un momento constitutivo y fundamental de la misma. En ese sentido, la inmanente e inseparable relación entre teoría y práctica hace que cualquier intento de separarlas (como el que, de hecho, constituye este de los autónomos madrileños) se convierta en dogmático, de tal forma que esta reivindicación de una práctica por encima de la teoría puede conducir a la mera reproducción de lo existente. Así, teoría y práctica son dos momentos inseparables de una compleja y contradictoria unidad en el que ambos se encuentran mutuamente determinados, de tal forma que al igual que no existe teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria, tampoco existe esta sin aquella, por lo que un compromiso con la misma arrojará claridad a las posibilidades de emancipación hoy presentes. https://twitter.com/aniquemas/status/1505537755513819144?s=20&t=6fITh7UcKFd0KWjYXo7sug

[4] Y permítasenos recordar que afirmar la existencia de una clase no supone en absoluto afirmar que desde ella pueda explicarse todo. En este sentido, somos conscientes de que la totalidad posee muchos niveles de concreción y está atravesada por factores complejos y contingentes, de los que no se pueda dar cuenta con una simple liturgia de las relaciones de clase, sino que requiere de una estrategia que sea capaz de captar, para luego poder interpelar y articular entre sí, elementos y subjetividades muy diversos. Sin embargo, en tanto punto central de la reproducción del capital, como punto del que parte y al que siempre regresa porque hace referencia a la contradicción fundamental capital-trabajo, la reproducción de la relación de clase capitalista desempeña un papel central en cualquier teoría revolucionaria. Y todo ello no obsta para que, frente al obrerismo y marxismo vulgar, debamos afirmar que dicha clase no es un ser social que perpetuar, un cómodo lugar identitario ante el que postrarnos políticamente y al que estar orgullosos de pertenecer, sino “el potencial para superarlo que, en lo esencial, concentra en su existencia la capacidad de producir una nueva sociedad” (El obrerismo frente al espejo). Y así: “en el interior de este horizonte surge una superación que puede ser más o menos contradictoria. Si la superación de la relación de clase capitalista sobre la base de la simple victoria de uno de sus polos es imposible (puesto que cada polo no es nada sin el otro), entonces cabe decir que las revoluciones del siglo XX, en la medida en que su contenido fue la afirmación de la clase obrera en tanto clase obrera, plantearon una superación imposible de la relación de clase capitalista. Por el contrario, la revolución como comunización aparece sólo en la lucha cuyo horizonte inmanente es portador de la no-reproducción directa de la relación de clase” (Crisis de la relación de clase).

[5] Máxime cuando, además, el ámbito del trabajo y la forma-salario como mediación de la reproducción social está perdiendo centralidad debido al aumento de la población excedente, esto es, de población superflua para la producción, que se produce por la reducción de asalariados empleados productivamente en proporción a la población mundial a la que conduce el continuo aumento de la productividad que produce el capitalismo. En este sentido, el horizonte actual de la lucha de clases cambia completamente respecto al de los siglos pasados, donde el movimiento obrero se encuentra frente a una fuerza de trabajo industrial en expansión, en la que el salario es mediación central sin ambages y en el que cierto carácter recíproco de las reivindicaciones salariales (por otro lado, paradigma de la redistribución, pieza clave del reformismo) podía dominar el horizonte de la lucha de clases.

[6] El capital y sus alternativas. Ese fundamento hace referencia a la contradicción capital-trabajo, sobre la que merece la pena hacer ciertos comentarios para responder a la falsa y recurrente acusación al marxismo de economicismo y determinismo. En primer lugar, cabe aclarar que la contradicción capital-trabajo es el fundamento que engloba todas las formas contradictorias a través de las que se manifiesta la reproducción del capital, es decir, es la expresión última de la ley general de la acumulación capitalista. Básicamente esto implica que la contradicción capital-trabajo no es un antagonismo más que pueda situarse al lado de otros (como el de género, raza o nacional) sino la forma desarrollada de todos ellos, que en su conjunto conforman la totalidad social capitalista. Así, como las leyes de acumulación capitalista (la lógica del capital, poder automático e impersonal “que lo domina todo”) rige en todas sus esferas, la contradicción capital-trabajo que las fundamenta debe hacerlo también, no pudiendo limitarse sólo a algunas (como la del trabajo).

Ahora bien, que la contradicción entre capital y trabajo sea la fundamental no implica que el “factor económico” sea el único determinante, pues como ya hemos mencionado dicha contradicción opera más allá del “ámbito económico” (con el que el reformismo se refiere al laboral). Dicha contradicción se refiere así a la relación entre el valor que se valoriza y el conjunto de sujetos que están sometidos a dicho proceso, que son muy variados entre sí y exceden en mucho al “sujeto obrero” (parados, estudiantes, amas de casa, jubilados, niños..), los cuáles son sometidos de igual manera al poder del capital y a su disciplinamiento de la fuerza de trabajo a través de la determinación de nuestras formas de vida más allá del ámbito productivo (en el consumo, el ocio, la educación y cultura, la identidad, la sexualidad, etc).

Esta contradicción, por tanto, lejos de excluir los problemas que inconscientemente nos aparecen como ajenos a las leyes de acumulación del capital (cuestión sexo-género, cuestión nacional, cuestión migratoria, cuestión ecológica, cuestión de la vivienda), las contiene y expresa. Y así, la contradicción entra capital y trabajo hace referencia a algo que va mucho más allá del antagonismo de clase entre capitalistas y trabajadores, al que el reformismo trata de limitar para luego vincular con otros antagonismos (ej. género) con lógicas propias (ej. patriarcado), en una compartimentación de la realidad en esferas separadas con lógicas propias que nada tiene que ver con un análisis materialista.

[7] Articulación de Consejos y estrategia socialista

[8] Sobre erraki, autonomías y paradojas

[9] Sobre la cuestión de la organización

[10] O también podría compararse la distinta dinámica que están siguiendo las luchas por la vivienda al interior de un movimiento socialista bien organizado con las de un movimiento de vivienda planteado como movimiento independiente y autónomo, que en muchas ocasiones ha llevado a este a convertirse en un auténtico lobby de presión institucional demasiado centrado en lo que pasa en el congreso de los diputados.

Aunque, como las comparaciones son odiosas, permítasenos un breve excurso al respecto. Pese a que hemos querido plantear estos paradigmáticos ejemplos porque verdaderamente creemos que casi todos los límites de ciertos movimientos sociales autónomos (como el de vivienda) se explican por no articularse dentro de una estrategia de superación del capitalismo y un proceso político que trate de ponerla en marcha (en este caso el movimiento socialista), no obstante, somos conscientes de las particularidades que estos diferentes movimientos tienen en cada territorio. En este sentido, está completamente fuera de nuestra intención la posibilidad de que de aquí pueda deducirse la necesidad de una ruptura total con toda estructura organizativa o la asunción de una determinada táctica concreta bajo cualquier circunstancia, pues creemos que las distintas rupturas y alianzas que el movimiento socialista tenga que llevar a cabo con esos movimientos sociales autónomos y sus tácticas de lucha dependerá del análisis concreto de la situación concreta, que es la que realmente permite una intervención en la realidad útil y alejada de una mera retórica revolucionaria que puede conducir sólo a la marginalidad. Así, creemos que la estrategia de la ruptura política no implica en absoluto romper con toda estructura o elemento del ciclo pasado sin valorar su potencialidad y posible lugar en el nuevo, sino más bien una constante tensión con todos esos movimientos, que no en todos los lugares podrá efectuarse de la misma forma. Y, por otro lado, creemos que para valorar si un determinado medio (como la presión institucional) es acertado o no, la cuestión debe girar entonces en un previo análisis de coyuntura que nos lleva a decidir si este se utiliza como método para avanzar posiciones en nuestro horizonte político (p. ej: desmercantilización completa de la vivienda) o si este se acaba convirtiendo en un fin en sí mismo que transforma el movimiento de vivienda en un mero lobby de presión. Nosotros creemos honestamente que la posibilidad de que acabe un movimiento como el de vivienda acabe derivando en lo segundo si este no se enmarca (con el grado de autonomía necesaria) a su vez en un movimiento más amplio (p. ej: el movimiento socialista), cuyo objetivo es precisamente la superación del capitalismo y para cuya consecución se ha dotado de una estrategia y de una serie de herramientas organizativas.

[11] Carta abierta a la juventud comunista

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