Anthony Teso
Publicación original en: Links International Journal of Socialist Renewal (1 de mayo de 2026)
El ensayo de Dan La Botz, “Adiós a Lenin y al leninismo”, enjuicia a Vladimir Lenin por los resultados de la revolución rusa, vinculando directamente los métodos bolcheviques a la tragedia subsiguiente: la supresión de la oposición, la Checa, el levantamiento de Kronstadt, la prohibición de las fracciones y la erosión de la democracia soviética. La fuerza de este enjuiciamiento es innegable; estas tragedias son hechos históricos (Bhatti, Shah y Bharti 2025, 1-20). Pero un marxismo que se niegue a enfrentarse a la derrota abandona sus propios cimientos críticos.
El argumento de La Botz se debilita por su forma de enmarcar la historia. Interpreta la degeneración de la revolución como, en primer lugar, un producto de los defectos morales de Lenin, esencialmente abstraídos de su contexto material: guerra civil, invasión extranjera, colapso económico, hambruna, fragmentación social y aislamiento internacional. Lenin aparece en escena como una tragedia moral, en vez de como un agente histórico informado por fuerzas objetivas. Una aproximación como esta sustituye el análisis histórico materialista fundamentado en las condiciones concretas por la condena moral.
La Botz destaca el “efecto trinquete”[1], sugiriendo que cada medida autoritaria creó las condiciones para una mayor represión. Aunque la supresión de la Asamblea Constituyente, la Checa, el comunismo de guerra, el Kronstadt y le prohibición de las fracciones restringieron sin duda la democracia obrera, la metáfora del trinquete aplana la complejidad de estos procesos. Las revoluciones no son secuencias mecánicas; cada decisión bolchevique estuvo informada por las presiones cambiantes y coercitivas de la guerra, la hambruna, el sabotaje y la desintegración social.
La Botz traza una línea recta que va desde ¿Qué hacer? hasta Iósif Stalin, pero esta lectura teleológica oculta una complejidad considerable. Los bolcheviques tomaron el poder en medio del colapso social y múltiples presiones enfrentadas: la caída del antiguo régimen, intentos de restauración burguesa, intervención imperial, exigencias campesinas de tierra y exigencias obreras de dignidad. Los soviets surgieron orgánicamente de estos conflictos. Los bolcheviques prevalecieron porque respondieron a estas reivindicaciones cuando todos los demás grandes partidos no lo hicieron.
Los críticos antileninistas a menudo pasan por alto esta realidad. Los bolcheviques no se aseguraron el poder únicamente por medio de la manipulación o el centralismo organizativo. Su influencia creció porque todos los demás grandes partidos transigieron con el gobierno provisional, los esfuerzos bélicos, los terratenientes y el orden burgués. Los mencheviques y los socialrevolucionarios de derechas echaron a perder oportunidades cruciales, conteniendo la revolución en lugar de hacerla avanzar (Lenin 1917). Los bolcheviques estaban lejos de ser intachables, pero no eran una secta conspiratoria aislada de la sociedad. En 1917, les dieron una expresión organizativa a las aspiraciones revolucionarias de obreros, soldados y campesinos (Brovkin 1990, 350-373).
Democracia y clase
Al examinar las formas democráticas, La Botz presenta la Asamblea Constituyente como si fuera la principal alternativa democrática, pero a este marco le falta concreción. La Asamblea capta una instantánea electoral tomada durante una revolución rápidamente cambiante, mientras que los soviets funcionaban como órganos vivos de la lucha de clases. Cualquier análisis marxista siempre tiene que preguntar: ¿Democracia para qué clase? La Asamblea estaba dirigida por partidos que ya no reflejaban las divisiones sociales reales en la revolución, especialmente después de la escisión entre los socialrevolucionarios de derecha y de izquierda. Los soviets, a pesar de sus limitaciones, estaban arraigados en la autoactividad continua de los obreros, soldados y campesinos.
El principal problema no es una simple elección entre los soviets y el parlamento, sino el proceso a través del cual la democracia soviética se subordinó a la dominación partidaria-estatal. Una crítica seria tiene que abordar cómo el poder de los soviets quedó desplazado por ciertas estructuras partidarias y estatales bajo las presiones intensas del aislamiento y la guerra civil, en lugar de dibujar una ecuación directa entre las decisiones de Lenin y el estalinismo.
Esta distinción es clave. Sin ella, el argumento de La Botz reduce la democracia a un formalismo que oscurece la diferencia entre el parlamentarismo burgués y la democracia proletaria. Los marxistas no deberían ni defender la supresión de las libertades políticas de la clase trabajadora, ni afirmar que el sufragio universal en una sociedad de clases supone la más alta forma de democracia. Los soviets, los consejos, los comités de huelga y de fábrica, igual que los comités de soldados, no eran meros símbolos; eran mecanismos para el gobierno directo de los explotados. La tragedia en Rusia no fue la devoción de los bolcheviques al poder de los soviets, sino la erosión gradual de ese poder bajo la guerra civil, el colapso social y la burocratización.
La concepción del partido de Lenin
La Botz también se precipita al tratar la teoría de la organización de Lenin como el pecado original. Aunque, innegablemente, existían tendencias autoritarias en la concepción del partido de Lenin —y figuras como Rosa Luxemburgo y León Trotsky identificaron los peligros de su centralismo— las organizaciones «centralistas democráticas» posteriores que a menudo degeneraron en pequeñas burocracias por méritos propios. Las polémicas, sin embargo, no deberían sustituir los análisis. La pregunta esencial permanece: ¿Por qué resonó inicialmente con tanta fuerza el modelo organizativo de Lenin entre los revolucionarios?
La Rusia zarista era una autocracia que carecía de un Derecho estable, de un parlamento funcional y de libertades básicas de prensa, reunión y organización. Los revolucionarios se enfrentaban al arresto, al exilio, a las infiltraciones y a la muerte. Ninguna sociedad educativa poco cohesionada podría sostener un movimiento revolucionario en tales condiciones. La insistencia de Lenin en la disciplina, los revolucionarios profesionales y la organización centralizada no era un mero autoritarismo; era una respuesta a la ilegalidad y la represión. Se pueden criticar los peligros del modelo sin pretender que existía una alternativa democrática evidente.
La Botz aboga por «más democracia» como una solución, pero no especifica qué formas debería asumir la democracia ni en qué contextos podría hacerlo. Avanzar más allá de la crítica nos exige proponer estructuras democráticas concretas capaces de aguantar las presiones tanto revolucionarias como contrarrevolucionarias. Entre tales estructuras se pueden incluir: soviets libremente electos a todos los niveles, con delegados elegidos y revocables por sus bases; pluralismo entre tendencias y partidos socialistas para garantizar un debate honesto dentro de los soviets; independencia institucional de los sindicatos y los comités de fábrica respecto al partido y el Estado; protección de los derechos de la oposición, incluida la prensa minoritaria y la libertad de reunión; rotación de responsabilidades para evitar el atrincheramiento; así como congresos y asambleas habituales, donde se discuten y votan abiertamente las principales decisiones.
Los cortafuegos contra los excesos burocráticos, tales como las exigencias de transparencia, la publicación de actas y los límites estrictos para los mandatos, son esenciales. El control democrático de las fuerzas armadas y las milicias, con oficiales elegidos por soldados rasos, ancla aún más la rendición de cuentas. Criticar las decisiones leninistas sin habérselas con las realidades de la contrarrevolución produce claridad moral a expensas de la sustancia estratégica. Las propuestas concretas como estas, en cambio, son lo que puede orientarnos en la construcción de la democracia durante un levantamiento revolucionario.
Kronstadt
El caso de Kronstadt es el que plantea el desafío más grande. Los rebeldes articularon demandas legítimas: elecciones soviéticas libres, libertad de organización para los grupos socialistas y anarquistas, puesta en libertad de presos políticos, derechos sindicales y la abolición de los privilegios del Partido. Estas demandas expresaban la profunda extenuación de la población revolucionaria. La represión bolchevique fue un duro golpe para la democracia socialista.
No obstante, La Botz corre el riesgo de reducir una tragedia compleja a una ilustración conveniente. La rebelión de Kronstadt ocurrió tras años de guerra civil, hambruna, embargo, insurrección, colapso económico y terror blanco. Los bolcheviques temían, con algo de justificación, que cualquier concesión podría abrir la veda de la contrarrevolución. Ese temor no justifica todas las acciones que tomaron, pero clarifica por qué la cuestión nunca fue un simple “democracia contra dictadura”.
Las mismas consideraciones puede aplicarse al comunismo de guerra y a la Checa. No fueron logros socialistas, sino medidas de emergencias adoptadas en condiciones de colapso social. Algunas se volvieron monstruosas, generando instituciones y prácticas que luego se pondrían al servicio de la consolidación burocrática. Presentarlas en primer lugar como expresiones de una doctrina leninista es engañoso; eran, ante todo, respuestas a condiciones de asedio.
Los bolcheviques no estaban gobernando una república obrera estable y recurriendo a una coerción arbitraria. Estaban gobernando un país hambriento, invadido y en desintegración mientras las viejas clases dominantes intentaban recuperar el poder con apoyo extranjero. El contexto no excusa todas las acciones, pero, sin él, la crítica se reduce a una simple moralina.
Las raíces materiales del estalinismo
La principal debilidad de La Botz está en su desatención de la dimensión internacional. Lenin reconocía que el socialismo no es podía construir únicamente en la Rusia aislada y subdesarrollada. Los bolcheviques apostaron su futuro a la perspectiva de una revolución internacional, en Alemania en particular, pero esa promesa nunca se materializó (Rosenberg 1934).
Una vez que esta apuesta fracasó, la revolución rusa se quedó aislada: la clase trabajadora se encogió, los soviets perdieron su vitalidad, la economía colapsó y el partido quedó para administrar la escasez. El Estado asumió el peso de la supervivencia nacional. La burocracia se expandió, no simplemente por la teoría organizativa de Lenin, sino porque había un estrato social que tenía objetivamente que dirigir el trabajo, asignar recursos escasos, disciplinar al campesinado y mantener unido el país.
Estas son las raíces materiales del estalinismo. El estalinismo no fue ni la consumación inevitable del leninismo, ni una traición misteriosa sin explicación estructural. Supuso una resolución burocrática de la contradicción entre una revolución proletaria y la ausencia de las condiciones materiales e internacionales necesarias para el socialismo. El leninismo contenía ciertos elementos —sustitucionismo, centralismo de arriba abajo, supresión de fracciones, monopolio de un partido— que hicieron más probable ese desenlace. Pero el estalinismo también constituyó una contrarrevolución cualitativa dentro de la revolución: la consolidación de un nuevo estrato burocrático dirigente por encima de la clase trabajadora y contra ella.
Contra la afirmación por La Botz de que Lenin condujo inevitablemente a Stalin, John Westmoreland argumenta que tal cosa es una ficción y que «el estalinismo fue la negación del leninismo» (Westmoreland 2020). Una formulación marxista más precisa sería que el estalinismo surgió de la derrota, el aislamiento y la deformación burocrática de una revolución que Lenin simultáneamente dirigió, defendió y, en momentos críticos, puso en riesgo. Lenin no fue ni completamente inocente, ni simplemente culpable. Era un revolucionario cuya política encarnaba tanto las aspiraciones más altas de la autoemancipación de la clase trabajadora como unas peligrosas tendencias sustitucionistas que resultaron ser catastróficas bajo una presión histórica extrema.
Lenin como estratega
Es por esto que «Adiós a Lenin y al leninismo» es una respuesta inadecuada. No necesitamos a Lenin como un icono, un artefacto, una doctrina o una marca organizativa. La figura embalsamada de Lenin pertenece a la historia de los cultos políticos fracasados. Quienes somos marxistas, sin embargo, tenemos que estudiar a Lenin como un estratega de la ruptura revolucionaria, la construcción partidaria, el imperialismo, la guerra y el poder estatal. Descartar a Lenin en su totalidad es descartar no sólo sus errores, sino también la cuestión revolucionaria fundamental que planteó: ¿Cómo puede la clase trabajadora ir de la protesta al poder?
La Botz no da una respuesta satisfactoria. Aboga por la construcción de organizaciones socialistas democráticas —una meta a la que pocos se opondrían. Pero la democracia en sí misma no es una estrategia. La clase capitalista dirige un aparato estatal: cortes, policía, prisiones, fronteras, bancos, medios de comunicación, ejércitos y, cuando son necesarias, reservas fascistas. Un movimiento revolucionario exige organización, disciplina, liderazgo y la capacidad para actuar cuando es decisivo. La alternativa al centralismo burocrático no es un moralismo democrático vago, sino una organización revolucionaria auténticamente democrática que esté arraigada en la autoactividad de la clase trabajadora.
Esto exige rechazar el monopolio del partido sobre la clase trabajadora. Implica defender la existencia de fracciones y tendencias, garantizar la independencia de los sindicatos, los consejos, los movimientos sociales y los órganos de lucha. Requiere delegados revocables, debate abierto, pluralismo entre los partidos de la clase trabajadora y protección de la oposición socialista. También significa establecer el control obrero sobre la producción, en lugar de limitar el cambio a la propiedad estatal. Los soviets deben funcionar como instituciones vivas, no como meras formalidades. El partido debe buscar el liderazgo a través de la persuasión política, no mediante el mando administrativo.
Estos principios no son ideales abstractos. En las fábricas recuperadas de Argentina, los trabajadores han establecido asambleas de trabajadores electos que toman las decisiones importantes de forma colectiva y permiten destituir a los delegados en cualquier momento (Tauss 2014). En el levantamiento social de Chile, las redes horizontales desempeñaron un papel coordinador esencial, aunque sigue el debate sobre si tales redes pueden sostener la movilización sin anclajes físicos: aulas, barrios, lugares de trabajo y amistades orgánicas (Joignant y Garrido-Vergara, 2025).
A partir de estas experiencias, la organización contemporánea puede fundamentar la práctica democrática en el control colectivo, la rendición de cuentas y el ejercicio genuino del poder desde abajo. Ninguna política revolucionaria puede eludir la coerción, la ruptura y la confrontación con el viejo orden. La burguesía no desaparecerá por los votos ni aceptará la derrota sin oponer resistencia. Cualquier revolución socialista seria se enfrentará al sabotaje, la fuga de capitales, la obstrucción legal, la histeria mediática, la resistencia policial, la reacción armada y la presión imperialista.
Para defenderse de estas amenazas, las formas democráticas de autodefensa se vuelven necesarias. Esto podría incluir milicias populares o unidades de autodefensa que rindan cuentas ante asambleas electas, comités de defensa jurídica que protejan de la represión a los activistas, equipos de respuesta rápida para contrarrestar la violencia estatal y cajas de resistencia solidarias que permitan apoyar a quienes se hayan vuelto un objetivo de las autoridades. Todas estas formas tienen que estar firmemente ancladas en las estructuras democráticas del movimiento para prevenir el auge de cuerpos de seguridad que no rindan cuentas y mantener la confianza y la participación de la clase trabajadora. La clase trabajadora necesitará órganos democráticos capaces de defender la revolución.
Ni un culto a Lenin, ni un atajo antileninista
La lección de Rusia no es que el poder corrompe y que, en consecuencia, tiene que evitarse. Eso es desesperanza anarcoliberal. La lección es que el poder obrero tiene que permanecer democrático, pluralista, internacionalista y arraigado en la participación de las masas —o quedará capturado por una burocracia que afirme estar actuando en nombre de la clase.
Tenemos que criticar a Lenin rigurosamente: la prohibición de las fracciones, la supresión de Kronstadt, el régimen de partido único, la subordinación de los sindicatos y las raíces del sustitucionismo[2] —todo ello exige un serio ajuste de cuentas. Pero esa crítica debería llevarse a cabo desde un marco marxista, no desde la perspectiva de un demócrata liberal desilusionado a quien le impresionan la violencia y la complejidad de la historia revolucionaria.
El ensayo de La Botz es un valioso recordatorio de que el socialismo sin democracia degenera en dominación. Pero se queda corto al retratar el leninismo como, antes que nada, una secuencia de decisiones autoritarias, en lugar de como una política revolucionaria contradictoria forjada bajo una presión histórica extrema. La tarea no es simplemente rechazar a Lenin, sino descartar el leninismo como dogma a la vez que conservamos las cuestiones esenciales que Lenin planteaba: la organización, el poder, la revolución, el imperialismo y el Estado.
El futuro movimiento socialista no necesita ni un culto a Lenin, ni un atajo antileninista que confunda la renuncia con la estrategia. Necesita lo que la revolución rusa encarnó en sus mejores momentos y abandonó en los peores: la autoemancipación de la clase trabajadora organizada democráticamente, actuando internacionalmente y tomando el poder sin cedérselo a un partido-Estado que se alce por encima de la clase misma.
La tarea más urgente es construir organizaciones y movimientos en los que la democracia no sea una simple aspiración, sino una práctica vivida —y llevar esa práctica a cada espacio de lucha, de manera que la posibilidad de un auténtico poder obrero se renueve en nuestra época.
Anthony Teso fue un activista entre finales de los 1960 y principios de los 1970. Ahora es miembro de Democratic Socialists of America, Tempest Collective y Solidarity en Estados Unidos.
Referencias
Bhatti, Gul-i-Ayesha, Syed S. Shah, and Simant S. Bharti. “The Political Economy of Revolution: Examining the Transition From Marxist–Leninist Economics to Russian State Capitalism.” Journal of International and Area Studies 32, no. 2 (2025): 1-20.
Brovkin, Vladimir. “Workers’ Unrest and the Bolsheviks’ Response in 1919.” Slavic Review 49, no. 3 (1990): 350-373.
Editors. “Constituent Assembly.” Britannica.
https://www.britannica.com/topic/Constituent-Assembly-Russian-government
Editors. “Kronstadt Rebellion.” Britannica.
https://www.britannica.com/event/Kronshtadt-Rebellion
Editors. “Russian Civil War | Casualties, Causes, Combatants, & Outcome.” Britannica.
https://www.britannica.com/event/Russian-Civil-War
Joignant, Alfredo and Garrido-Vergara, Luis. “Revisiting the Chilean Social Uprising: Explanations, Interpretations, and Over-Interpretations.” Latin American Research Review, 2025
Lenin, Vladimir. “The Russian Revolution and Civil War.” Marxists.org (1917). https://www.marxists.org/archive/lenin/works/1917/sep/29.htm .
Rosenberg, Arthur. A History of Bolshevism: From Marx to the First Five-Year Plan. Chapter 11.
https://www.marxists.org/archive/rosenberg/history-bolshevism/ch11.htm
Tauss, Aaron. “Argentina’s Recuperated Workplaces.” Workerscontrol.net. 2014.
https://www.workerscontrol.net/authors/argentina%E2%80%99s-recuperated-workplaces
Westmoreland, John. “Did Lenin inevitably lead to Stalin?”, Counterfire. 2020
https://www.counterfire.org/article/did-lenin-inevitably-lead-to-stalin
[1] [N. de la trad.] En inglés, ratchet effect. Recurriendo a la imagen de una rueda dentada unida a un eje de manera que esta sólo puede rotar en un único sentido (es decir, un mecanismo de trinquete), la expresión se utiliza metafóricamente para describir procesos —en el caso del texto, políticos— en los que cada acción sucesiva refuerza la tendencia marcada por la primera.
[2] [N. de la trad.] Enmarcada dentro de la problemática general de la relación entre Partido y clase, es una expresión acuñada originalmente por Trotsky en su folleto de 1904, Nuestras tareas políticas, en polémica con las implicaciones prácticas de la concepción de la organización política de la fracción bolchevique del POSDR después de su II Congreso. Hace referencia al peligro de que, a la interna del Partido, «la organización del partido [sustituya] al partido, [el] comité central […] a la organización del partido y, finalmente, [el] dictador […] al comité central»; y, a la externa, «estos métodos se manifiestan en las tentativas para hacer presión sobre las otras organizaciones sociales utilizando la fuerza abstracta de los intereses de clase del proletariado y no la fuerza real del proletariado consciente de sus intereses de clase». Para una formulación actualizada de esta acusación desde el trotskismo más reciente, léase esta conferencia de 1960 de Tony Cliff sobre el tema.

